50 años de Borges en Chile: una semana entre halagos y polémicas

Estuvo siete días. Almorzó en el Club de la Unión, en El Mercurio, anduvo en ascensor en Valparaíso y le fue otorgado el Doctor Honoris Causa en la Universidad de Chile el 21 de septiembre de 1976. Ese mismo día en Washington, una bomba asesinó al excanciller Orlando Letelier y a su secretaria Ronni Moffitt. En el país, el escritor argentino se reunió con Pinochet a quien calificó de “excelente persona”. Siempre se aseguró que aquella visita fue la lápida para que el autor de El Aleph nunca obtuviese el Premio Nobel de Literatura. 

Venía desde España. Llegó acompañado de María Kodama, la tarde del miércoles 15 de septiembre de 1976, al aeropuerto Pudahuel, en Santiago. Allí fue recibido por la prensa, militares, algunos seguidores y por autoridades de la Universidad de Chile. 

Entre uniformados y civiles, Jorge Luis Borges, quien alguna vez se definió como “un anarquista conservador”, ya en el salón VIP del aeropuerto, estrechó la mano de Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicaciones y Hernán Holley, de Administración y Finanzas de la U. de Chile. Por esos días, el rector de la casa de estudios, fundada en 1842, era el general Agustín Toro Dávila. 

El diario El Mercurio señaló que Borges “fue asediado por la prensa metropolitana” y agregaba de su arribo al país: “El ilustre ensayista, poeta, cuentista y crítico trasandino, postulado al Premio Nobel de Literatura llegó a la capital a las 18.05 horas”.  

“Estas cosas no me sucedían desde que era joven”, declaró el autor de Inquisiciones sonriente a su llegada, en el aeropuerto de Pudahuel, luego que recibiera un beso de una estudiante. 

El escritor por entonces tenía 77 años y llevaba dos décadas desde que había quedado ciego debido a una miopía degenerativa. Ya era un autor reconocido mundialmente y su nombre se reiteraba como posible Premio Nobel de Literatura. 

Hace algunos meses, se conmemoraron 40 años desde su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1986. Borges volvió renovado a librerías y la prensa mundial lo difundió entre sus páginas. Su obra, en prosa y poesía, se imprimió en nuevas ediciones. Además, se publicaron sus Conferencias reunidas: 1960-1985 (Alfaguara). Fue centro de nuevos libros como Borges, a cargo de Alberto Manguel (Gris tormenta) y Borges y la política, de Nicolás Freibrun (Siglo XXI Editores). Pero hay un hito que cumple medio siglo: su polémico viaje a Chile. 

Estuvo una semana en el país. Almorzó en el Club de la Unión y en el diario El Mercurio junto a Agustín Edwards Eastman y Cristián Zegers. También ingresó como miembro honorario a la Academia Chilena de la Lengua, compartió un día en Valparaíso con escritores, con periodistas en el Hotel Sheraton y recibió el Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile. 

En la casa central, el narrador dijo: “En esta época de anarquía, sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita”.  

Su visita no pasó desapercibida. Y hay otro hecho que la entrelaza a una tragedia que se suma a los horrores cometidos por la dictadura liderada por Pinochet. El mismo martes 21 de septiembre de 1976, algunas horas antes de que Borges fuese halagado, entre sonrisas y aplausos, en la Universidad de Chile; en Sheridan Circle, el sector de las embajadas en Washington, una bomba detonaba dentro del auto Chevrolet Chevelle Malibu Classic, que manejaba el excanciller Orlando Letelier, dejando sus piernas desmembradas. Junto a él iba Ronni Moffitt, de 25 años. 

Letelier murió desangrado antes que la ambulancia pudiera llegar al Hospital George Washington. A las pocas horas murió su acompañante, su secretaria Ronni Moffitt, quien tenía un embarazo de ocho meses.  

Al día siguiente del atentado, en el edificio Diego Portales, el autor de Historia universal de la infamia compartió con los miembros de la junta militar, Gustavo Leigh y el dictador Pinochet, a quien llamó una “excelente persona” y destacó “su cordialidad, su bondad”. 

Con los años se sabría, a través de un informe secreto desclasificado de la CIA al secretario de Estado George Shultz, que Pinochet fue quien dio la orden para que asesinaran a Letelier en EE. UU. 

“Para mí es más natural que mire más a la derecha”

Una semana antes de llegar a Santiago, en septiembre de 1976, Borges había declarado en Madrid, España: “La democracia es una superstición, basada en la estadística”. En marzo de ese año, en Argentina, se impuso la dictadura militar dirigida por Jorge Rafael Videla. Mientras, en Chile tres años llevaba la dictadura encabezada por Pinochet. 

Borges añadió sobre la situación política local: “Yo no critico a Chile. Estoy de acuerdo con el gobierno militar de Chile y también con el de la Argentina. (…) Yo no estoy de acuerdo con toda su política, pero hay que reconocer que el régimen militar nos ha salvado de la ignominia”.   

En la capital española, el narrador fue entrevistado por Joaquín Soler Serrano para el programa A fondo, de RTVE. Allí se definió: “Para mí es más natural que yo mire más a la derecha que a la izquierda”. 

Tras esa seguidilla de declaraciones, Borges estuvo una semana en Chile. En realidad, todo había comenzado unos meses antes. A tres años del golpe de Estado, con el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, la prensa internacional denunciaba las graves violaciones a los derechos humanos, que incluían detenciones ilegales, torturados y desaparecidos. 

Era urgente mejorar la imagen del país. El 21 de julio de 1976, en la embajada de Chile en Buenos Aires, entre halagos, Borges recibió la Orden al Mérito Bernardo O’Higgins. De esta manera, poco a poco, el autor de Ficciones se acercaba al país. 

Según la versión del historiador Sergio Martínez Baeza, quien en 1976 se desempeñaba como profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Chile, además de ser presidente del Instituto Chileno-Argentino de Cultura, fue él quien se dirigió al departamento de Borges, en Buenos Aires, a extenderle la invitación para viajar a Chile. 

“Sugerí un Doctorado Honoris Causa (…) Se me entregó una conceptuosa carta dirigida a Jorge Luis Borges, firmada por el vicerrector de Extensión y Comunicaciones, Sr. Alegría”, anota Martínez Baeza en un artículo que publicó en la revista Mapocho en 1999.

Siempre se remarcó que la visita de Borges a Chile fue la lápida para que el autor de El Aleph nunca obtuviese el Premio Nobel de Literatura. En estos últimos años han circulado varias versiones. 

Lo cierto es que la primera vez que el ensayista argentino fue candidato al Premio Nobel ocurrió en 1956. Lo fue también en 1962, en 1965 y en 1967. 

Borges también era candidato al Nobel en 1976 cuando llegó a Chile. Pero según confirmó el académico sueco Artur Lundkvist, responsable de la introducción de la obra borgiana en su país, al autor de la biografía Los dos Borges, Volodia Teilelboim: “La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges. El encuentro con Pinochet y los elogios al dictador”. 

En esa dirección, su viuda y albacea María Kodama, con quien vino a Chile hace medio siglo, corroboró esa versión en 2016: “Todo el mundo sabe que es una cuestión política”. Mucho antes, en 1991, entrevistada por el diario La Segunda, Kodama afirmó: “Al viajar a recibir un doctorado en Chile, durante el régimen militar, él sabía que perdía su opción al Nobel”. 

Sin embargo, en 2018, un informe desclasificado de la Academia Sueca señaló que en 1967 fue el año en que Borges estuvo más cerca de obtener el máximo galardón. No sucedió por considerarlo que era “demasiado exclusivo o artificial”. El narrador Ricardo Piglia siempre señaló que Borges “no escribió una obra novelística y por eso no le dieron el premio Nobel. No le dieron el premio Nobel porque no es una obra para el premio Nobel”. 

Un chapucero entre piropos 

Fue trasladado en automóvil de la embajada de Argentina. Siempre anduvo escoltado por su amigo, el escritor chileno Edmundo Concha. La mañana del viernes 17 de septiembre de 1976, Borges se reunió con un grupo de periodistas, en el Hotel Sheraton. 

Allí el profesor Concha hizo una breve introducción de su obra. Luego, Borges habló de la fama y de su imagen. “Creo que no soy un impostor. Bueno, soy impostor en el sentido de aceptar esa bondad de ustedes. Me considero más bien un chapucero. Algunos me llaman las dos cosas: un impostor chapucero”, señaló el autor. 

Hasta las dependencias del hotel Sheraton, ubicado a los pies del cerro San Cristóbal, llegó su querida amiga, la narradora María Luisa Bombal, quien le entregó al final de su reunión con la prensa, un ramo de flores. 

Ese viernes, Borges almorzó en el Club de la Unión, junto a un grupo de autoridades encabezadas por el general Agustín Toro Dávila, entonces rector de la Universidad de Chile y el prorrector Hernán García Vidal. “Alrededor de cuarenta personas se reunieron en el Club de la Unión en un almuerzo ofrecido por las autoridades de la Universidad de Chile”, señaló El Mercurio.

Por la tarde de ese viernes 17 de septiembre, Borges se reunió con un grupo de intelectuales y autoridades en la Sala del Consejo Universitario de la Casa Central de la U. de Chile. María Kodama se mantuvo sentada a un costado de la sala, oyendo las palabras del autor. 

Comenzó hablando, pasadas las seis de la tarde, Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicaciones, quien partió con una complaciente pregunta: “¿Qué podría decir yo de los valores espirituales extremos que representa nuestro invitado Jorge Luis Borges?”. 

Entre los intelectuales citados al coloquio estaban Edmundo Concha, Felipe Alliende, Hugo Montes, Pablo Stelingis y Luis Arenas, director de Extensión, quien hizo de moderador aquella tarde e insistió en que saludaba “al próximo y seguro Premio Nobel de Literatura”. 

En aquella cita, Borges habló de Neruda, de Vicente Huidobro, de Shakespeare, de Flaubert, de Allan Poe, de su relación con Adolfo Bioy Casares y dijo: “Yo no soy un pensador. Yo soy un escritor que ha usado los problemas de la filosofía como material para su literatura”. Y agregó: “Yo vivo al día, digamos, yo trato de justificar cada día, pero no tengo ninguna teoría sobre el propósito de la humanidad”.  

Al día siguiente, el sábado 18 de septiembre, Borges viajó a Valparaíso junto a María Kodama -a quien conoció cuando ella tenía 12 años-, y se reunió con María Luisa Bombal. Borges presentó la reedición de su libro La historia de María Griselda, en el Club Naval de Valparaíso. Además, compartió con los escritores Enrique Lafourcade, Carlos León, Enrique Gómez-Correa y Sara Vial. 

La periodista recordó aquella visita en una columna: “Subimos el rechinante ascensor del cerro Cordillera, el que cargaba con buena parte del peso de la literatura chilena (…) Podía Borges sentir bajo su brazo el marco frágil de la ventanuca de madera y el crujido de los viejos cables arrastrándonos hacia arriba”. 

Ya en la mañana del lunes 20 de septiembre del 76, de regreso a la capital, Borges fue incorporado como miembro honorario a la Academia Chilena de la Lengua, previo a una presentación del académico Fernando Durán Villarreal. En su discurso dijo el autor argentino: “Escribí una vez una página titulada Borges y yo. Hice una división de los dos. Una división entre el Borges de los libros, el hombre público y el Borges privado. Yo siempre soy espectador. Pero este acto no le ha ocurrido al Borges de los libros. Todo esto me ha sucedido a mí”. 

Horas después, ese lunes, el reconocido escritor se dirigió a las dependencias de El Mercurio. Allí almorzó, cerca de las 2 de la tarde, junto al presidente de la empresa Agustín Edwards Eastman, el jefe de los Servicios Informativos, Cristián Zegers, y René Silva Espejo, entonces director del diario. En el almuerzo Borges relató anécdotas, sacó risas entre sus interlocutores y se refirió a su relación con el idioma: “Estamos invadidos por jergas. Todo el mundo habla como un psicoanalista”.   

Al día siguiente sucedió la actividad más esperada de su visita. El martes 21 de septiembre, por la tarde, se le entregó el grado Doctor Honoris Causa en la Casa de Bello. Borges fue condecorado por el rector y general Agustín Toro Dávila. Entre el público estaba el exrector Juan Gómez Millas; el embajador de España Emilio Beladiez y el agregado Naval de la embajada argentina, Niceto Ayerra.  

En la Universidad de Chile, el narrador reiteró sus palabras donde remarcaba sus predilecciones: “Creo que merecemos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por otra de las espadas precisamente. Y aquí tenemos a Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una espada honrosa”.    

Pero las palabras de Borges no pasaron inadvertidas. El escritor y filósofo Jorge Millas señaló sobre las afirmaciones del argentino: “No le pedimos que hable de la libertad y la democracia con patetismo. Pero otra cosa es hacerlo con frivolidad”.

Efecto propagandístico

El miércoles 22 de septiembre de 1976, el autor de Fervor de Buenos Aires cumplió una semana en Chile. Ese día, por la mañana visitó al dictador Augusto Pinochet, en el edificio Diego Portales, ya que el palacio de La Moneda estaba aún inhabilitado producto del bombardeo ocurrido por el golpe de Estado de septiembre de 1973.  

Tras su reunión, Borges aseguró que Pinochet era una “excelente persona” y dijo estar agradecido porque “Yo soy una persona muy tímida, pero él se encargó de que mi timidez desapareciera”. 

El autor reflexionó que Latinoamérica era “un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado”. 

Luego de compartir con Pinochet se reunió con el general Gustavo Leigh, quien lo invitó a dictar un curso en el país. Borges dijo sentirse “muy honrado”. 

 

Sobre la visita de Borges al dictador, apunta el periodista Juan Cristóbal Peña en su libro La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: “Cualquiera haya sido el tema de conversación, lo importante de la visita de Borges a Pinochet estuvo en ese contundente efecto propagandístico que provocó a favor de la dictadura chilena. Borges era un escritor de renombre mundial, seguro candidato al Nobel de Literatura, y sus elogios al régimen y la persona que lo conducía fueron ampliamente difundidos por medios extranjeros”. 

Según la pauta de prensa, ese miércoles 22, en la portada de todos los diarios debía salir el acto ocurrido el día anterior: la imagen de Borges recibiendo el Doctor Honoris Causa en la Universidad de Chile. Sin embargo, ni la más macabra ficción logró reproducir la realidad de los hechos: un atentado internacional apareció en la portada de los medios, orquestada por la misma dictadura que rendía honores a un escritor de prestigio. 

“Asesinado Orlando Letelier con una bomba de relojería”, señaló El Mercurio ese miércoles 22 en su portada. Con la imagen del auto Chevrolet destrozado tituló el diario español El País: “Asesinado en Washington el exministro chileno Orlando Letelier”. 

Por la tarde, de ese día, Borges dejó el país junto a María Kodama. Todas sus palabras eran de agradecimiento. Borges continuó recibiendo diplomas de Doctorado honoris causa. 

En los años siguientes sumó los de la Universidad de La Sorbona, de la Universidad de Puerto Rico, Universidad de Roma, Universidad de Creta, Universidad de Tokio, Universidad de Murcia y de la Universidad de Harvard. 

Toda su vida, Borges estuvo condenado a hablar del Nobel que nunca llegó. Una de sus tantas respuestas fue: “Todos los años me proponen. Todos los años me olvidan”.

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