A solo un par de días del cambio de gobierno en Chile, en el contexto del Plan Nacional de Búsqueda, el Ministerio de Justicia hizo entrega de las carpetas de calificación a familiares de las y los detenidos desaparecidos y ejecutados durante la dictadura, en una ceremonia sobria, distante y triste. El autor de esta crónica narra la documentación que recibió sobre su tía Sonia Bustos Reyes, a más de 50 años de su secuestro y desaparición, cuando también se reedita el libro que protagoniza, Rostros de una desaparecida.
“Estos son muertos que no terminan de morir… Está todo incompleto”, dice la protagonista de la obra Los Huesos, una antropóloga forense, quien habla de víctimas de desaparición forzada, interpretada por la actriz Marcela Salinas. Es viernes 13 de marzo de 2026, en Matucana 100.
La obra Los Huesos es el último trabajo de la directora Manuela Infante, quien comentó en la prensa a propósito de su estreno: “Esta es una obra poblada de entidades incompletas”. Entre el público, entre las sombras de la oscuridad, a ciegas anoto en una libreta la frase que podría ser el epitafio de las y los detenidos desaparecidos: “Estos son muertos que no terminan de morir”.
Días antes, la mañana del lunes 9 de marzo, a pocas horas del cambio de mando en Chile, entre el presidente saliente Gabriel Boric y el actual presidente de ultraderecha, José Antonio Kast, se efectuó la ceremonia de entrega de carpetas de calificación a familiares de personas detenidas desaparecidas y ejecutadas políticas durante la dictadura cívico-militar (1973–1990). La actividad, que convocó a familiares, se realizó en el auditorio del Servicio de Registro Civil, ubicado en Catedral 1772, en Santiago.
Fue un hecho histórico. Pero la ceremonia tuvo poco de eso: fue sobria, opaca, distante, triste y dolorosa. No solo por el peso del tema, sino por los vacíos evidentes (la mitad del auditorio sin ocupar) y por la premura, al parecer, que significaba entregar esas carpetas antes de que se acabara el gobierno de turno.
¿Cuál es el tiempo de la memoria? ¿Cuál es el verdadero compromiso de un Estado? ¿Cuándo alguien deja de existir para siempre?
Según las cifras del Plan Nacional de Búsqueda existen 1.092 personas detenidas desaparecidas, 377 ejecutadas y ejecutados sin entrega de cuerpo y 307 personas ubicadas y entregadas a familiares. Ahora resuena en mi cabeza la frase, al escribir estas cifras: “Estos son muertos que no terminan de morir”.
En la ceremonia, ese lunes de marzo, hubo problemas con el sonio del micrófono durante todo el acto (parecía una mala broma) y en el escenario, que cuenta con un gran telón de fondo negro, donde se podrían haber proyectado los rostros de las y los detenidos desaparecidos y ejecutados, a modo de homenaje, solo sirvió para recordar esos últimos lienzos pintados por Mark Rothko, donde solo predomina un color. Un único color: el negro. Una escena deprimente para un tema doloroso.
Ese lunes, cada nombre y apellido de una o un detenido desaparecido o ejecutado, fue anunciado con el propósito de que un familiar subiera al escenario del auditorio, donde recibiría la carpeta de calificación, ya sea de las manos de la subsecretaria de Derechos Humanos, Daniela Quintanilla, o de Ernesto Muñoz, entonces subsecretario de Justicia. Pero los nombres rebotaban en el silencio. En el incómodo silencio.
Pocos eran quienes subían al escenario y el rostro de incertidumbre de las autoridades era evidente. ¿Qué ocurrió? ¿Quién falló esta vez? “No estamos para este show”, dijo una joven que tras recibir la carpeta se retiró del auditorio, dejando en evidencia, entre otras cosas, el paso del tiempo: gran parte de los familiares directos han fallecido o están en avanzada edad o enfermos y ya no asisten a estas ceremonias.
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En el Plan Nacional de Búsqueda que presentó el expresidente Gabriel Boric, en La Moneda, el 30 de agosto de 2023, en el día de las Víctimas de Desaparición Forzada, y a pocos días de que el país conmemorara los 50 años del golpe de Estado, dejó entrever, sin duda, las buenas intenciones del gobierno y se planteó las siguientes preguntas: “¿En qué momento, después de tantas filas, de tantas puertas, de tantos nudillos gastados de golpear, se asume la muerte? ¿hay un momento en que se asume la muerte? ¿cómo se cuenta lo que se imagina que pasó? ¿dónde, en qué lugar físico, material se vive el duelo?”.
Detrás de este compromiso, de este proyecto, de estas preguntas, trabajaron muchas personas. Y eso se agradece eternamente. Pero también dejó entrever los “Pactos de silencio” de parte de miembros de las Fuerzas Armadas que eternizaron la impunidad y sepultaron mayores ansias de justicia. Se dejó entrever que ha pasado mucho tiempo, y que la desidia también incluye la complicidad de las autoridades de los gobiernos de la Concertación.
La carpeta que yo recibí de mi tía Sonia Bustos Reyes, secuestrada y desaparecida desde el 5 de septiembre de 1974, de manos del exsubsecretario de Justicia Ernesto Muñoz, reproduce documentos del Registro Civil (certificado de nacimiento), declaraciones, fichas e informes judiciales sobre su caso.

Además de los recursos de amparo interpuestos en la justicia luego que mi madre, Blanca Rosa Bustos, fuese detenida cuatro días después que mi tía. Ambas hermanas estuvieron detenidas en Londres 38 y Cuatro Álamos. Ambas fueron brutalmente golpeadas y torturadas con corriente eléctrica. En los documentos del Plan de Búsqueda no hay nada nuevo. Nada que guíe una trayectoria de detención y un posible paradero. No. Es un cúmulo de papeles impresos.
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Este mes se reeditó el libro Rostros de una desaparecida (Overol, 2022), donde reconstruyo -con archivos de la Vicaría de la Solidaridad, del Museo de la Memoria, entrevistas, fallos judiciales y fotografías- la vida de mi tía Sonia, quien tenía 30 años cuando desapareció. Sonia era secretaria de Investigaciones y miembro del MIR. Fue secuestrada de la casa familiar, donde llegaron a buscarla dos carabineros y tres agentes de la brigada Caupolicán de la DINA. Esa casa arrendada -que ya no existe- quedaba en Catedral 3119, a una cuadra de donde hoy se ubica el Museo de la Memoria.
En octubre pasado recibí en mi correo, la carpeta digital del Plan Nacional de Búsqueda. Con temor, pero igualmente con cierta esperanza abrí estos archivos, esos documentos digitalizados, pensando quizás, en hallar algún material que me permitiera actualizar el libro que ahora llega otra vez a librerías. Pero no. Solo corroboro que Sonia sigue desaparecida. El fantasma sin tumba sigue orbitando en su ausencia eterna.
Mi abuela Olga murió buscando a su hija, a los 70 años, en 1984. Diez años después de la desaparición de Sonia. Mi madre, Blanca Rosa, quien dijo que mi abuela murió de “cáncer y de pena”, falleció en julio del año pasado, a los 80 años, sin saber del paradero de su hermana, de su ser querido, de su amiga de infancia y juventud. Desde niño yo asistí a las reuniones de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Esto último lo dije ese lunes de marzo, cuando subí al escenario a recibir la carpeta con el nombre de Sonia.


Ante estas ausencias, estos dolores, recurro como siempre a la literatura, como un ansiolítico, como una compañía para tratar de entender, de proyectar una ausencia permanente. “Un muerto no muere”, apuntó Juan Rulfo. “No saben que los muertos se refugian en los vivos y allí se esconden”, escribió Elias Canetti. Y como en la obra de Manuela Infante: “Estos son muertos que no terminan de morir”.
En todo lo anterior, en todo lo dicho, hay más preguntas que respuestas. Hay más interrogantes que llaman a otras preguntas y pareciera que no hubiese nadie para responder. Que las preguntas rebotaran en el incómodo silencio. Sobre todo, la pregunta más importante, que se repite como un estribillo, un mantra, una consigna, como una tormenta en la nieve, y cuya respuesta deseamos salir a encontrar, aunque sea en la oscuridad: ¿Dónde están?





