Se podría decir que en Marciano (Penguin Random House, 2025) Nona Fernández cuenta la historia del comandante Ramiro. Ramiro, héroe para unos, villano para otros. Ramiro, uno de los líderes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, uno de los fusileros del atentado de Pinochet, uno de los presuntos ideólogos del asesinato de Jaime Guzmán, uno de los secuestradores de Cristián Edwards y del empresario brasileño Washingtom Olivetto. Se podría decir todo eso, pero sería falso. O al menos impreciso.
“Uno de los desafíos más grandes que el libro implicaba para mí era poder justamente no habitar ninguno de esos polos”, afirma en conversación con Revista Abismo.
Es que el nuevo libro de la escritora chilena es, como ella misma dice, “un relato que pasa por el corazón”. Porque tiene matices. Porque es un relato sobre la humanidad. Sobre Mauricio Hernández Norambuena, el hombre detrás del personaje. Sobre las luces y sombras de los seres humanos. Sobre amores, sueños, enojos, convicciones. “Yo intento contar una historia que siempre ha sido asumida desde un lugar con muy poco aire de por medio, incluso desde sus propios protagonistas. Intento que podamos vernos reflejadas en la historia no sólo de Mauricio, sino de este grupo de amigos. Poder identificarnos incluso con aquello que parece que es una locura. Identificar, tender esos puentes, a lo menos intentar comprenderlo”, comenta.
Pensando en eso, ¿cree que en algún grado el comandante Ramiro se comió a Mauricio?
Hablo por mí, y yo creo que Mauricio desborda completamente al personaje. Y creo que sí, que Mauricio está un poco atrapado en el personaje y en lo que su propio sector le exige al personaje. Yo creo que Mauricio incluso tiene pensamientos bastante más delirantes y vanguardistas que Ramiro jamás va a poder lanzar, porque no lo van a dejar que lance eso. Yo creo que él se siente asfixiado a ratos por Ramiro, un poco pauteado por Ramiro incluso, porque de Ramiro se espera, de Mauricio no se espera nada.
¿Qué se espera de Ramiro?
Lo épico, el cliché, las grandes frases, los grandes lineamientos. En ese sentido Mauricio es mucho más espeso, mucho más profundo, mucho más rico, mucho más contradictorio. Imagínate que es un hombre que está rozando el budismo en este minuto y él mismo se ríe y me dice “yo con todo mi materialismo histórico aquí de budista”, yo no sé si Ramiro podría decir eso, pero Mauricio lo dice. Entonces creo que sí, respondiendo desde mi observación de la persona: Mauricio está un poco encorsetado.
Propones a Mauricio Hernández Norambuena como alguien de otro planeta, un “marciano”. ¿Qué significaría ser parte de este planeta hoy?
Es una difícil pregunta porque es difícil comprender el planeta en el que estamos viviendo, ya es difícil comprender el micro mundo nuestro, el país en que habitamos… Todo se ha vuelto muy incierto, hay lógicas nuevas que cuesta aprehender, cazarlas, recopilarlas bien y entrar en ellas.
¿Y eso qué significa en la práctica?
Significa estar en un estado de incertidumbre y desasosiego completo. No me gusta la queja, pero no puedo dejar de decir que me entristece. Es imposible que nuestro estado anímico esté al 100% cuando tú te despiertas y te acuestas todos los días con ese genocidio horrible que vemos todos. Rita Segato decía que quería dejar de ser humana, que no comprendía la lógica del ser humano y no las compartía. Yo no entiendo las lógicas en las cuales nos estamos moviendo. No las comparto, no deseo que perduren y no sé cómo se pueden detener. Yo creo que ese es el problema más grande, cuando ya hemos fracasado en tantos intentos. Pero, por lo mismo, también pienso que hay que seguir intentándolo. Pese a la incertidumbre, al desasosiego, a la pena, hay que seguir intentando.
En ese escenario, ¿qué lugar tiene alguien como Mauricio Hernández Norambuena en esta sociedad tan desilusionada?
El lugar que Mauricio tiene y que, por supuesto, no ha elegido es el lugar que le han dado: el del encierro estricto, de estar invisibilizado, encarcelado, silenciado. Pero hay algo interesante que me pasó a mí en estas conversaciones y fue descubrir, en el caso de él y de la generación de la cual participó, que ya prácticamente no existe, cómo frente a hechos complejos como la dictadura militar, ellos se organizan y hacen un intento… Un intento bien brutal, bien radical, un intento que los sobrepasa a ellos e incluso sus propias humanidades. Ellos dicen “si morimos en esto es una pena, pero no importa”, están dispuestos a eso. Ese lugar, que es el lugar que ellos habitaron, y ese trenzado de afectos que tuvieron, que también los sostuvo en esa tarea, yo creo que ahora es imposible de reactivar. Está siendo muy difícil esa asociatividad, esa convicción, esa pasión, nos puede resultar súper delirante en el momento, casi de un fanatismo loco, pero a ratos pienso, frente al mundo que tenemos, si no será esa la energía que requerimos para intentar algo de verdad.
¿En qué sentido?
No estoy hablando de ese camino en específico, no en el camino de la lucha armada necesariamente, sino que en algún camino que por lo pronto yo desconozco cuál es, pero tiene que haber una salida, no puede no haberla. Toda la experiencia que Mauricio Hernández Norambuena encarna es una experiencia que ahora está invisibilizada, enclaustrada, desdeñada, ridiculizada, criminalizada, es como que no debiéramos pensar en eso. Ese es el mensaje súper claro: si pensamos en eso, si pensamos en una vía extraña institucional a la gran cagada que tenemos a nivel planetario, claro, estamos locos, somos criminales, somos risibles. Creo que este es el lugar que Mauricio tiene ahora y lo encuentro injusto.
Pese a que esa generación, como dices, ya no existe, hay algo cíclico respecto de la juventud. En el libro uno de los personajes dice “éramos tan jóvenes y la palabra futuro ya se estaba quedando fuera de nuestro vocabulario”, algo que resuena hoy, aunque por otros motivos, en las nuevas generaciones…
Yo creo que eso es parte de un sentimiento bien colectivo y que, por supuesto, donde más apena observarlo es en la juventud. Vitalmente y cíclicamente le corresponde a ella y a ellos levantar nuestros ánimos y delirar, delirar, hacer lo que no sabemos que hay que hacer. Siempre es la juventud la que observa de manera más lúcida esa salida que nosotros ya no vemos porque estamos muy contaminadas, pero comparto contigo esa misma idea: estamos viviendo un momento muy desesperanzador también para ellos, donde incluso no se proyectan en términos reales y te hablan con cifras claras.
Nona añade que hubo una idea del libro que siempre estaba presenten en sus conversaciones con Mauricio: la del intento. “Él me contaba que ahí en la celda de Rancagua tiene una pequeña ventanita, que más que una ventanita son como tres líneas desde donde ve la cordillera. Es un tremendo regalo para alguien que ha estado encerrado tanto tiempo y a ratos sin poder ver la luz del día. Él me decía que era fantástico porque veía el amanecer, veía salir el sol y eso te marca la necesidad de decir ‘todos los días sale el sol, todos los días tenemos la oportunidad, tenemos una oportunidad’ y eso ocurre todos los días, aunque la caguemos, aunque fracasemos, aunque no tengamos ánimo, el sol aparece y amanece”.
No es menor viniendo de alguien que lleva un cuarto de siglo encerrado…
Justamente por eso creo que nosotras podríamos también pensar algo similar, teniendo más posibilidades y más libertad para poder imaginar. Hay que ser creativos, no sabemos cuál es la forma, pero tiene que haber una forma. Ya sabemos que la revolución socialista tal cual como se pensó no ocurrió, eso fracasó, pero no podemos perder como norte la posibilidad de que haya un mundo más justo, más digno, más cariñoso y mejor. No podemos entregarnos a eso, y por lo mismo tenemos la posibilidad todos los días de hacer un intento, por mediocre y desastroso que sea.
Relacionado con eso. En un dado momento del libro se habla de la inercia, de cómo un cuerpo conserva su movimiento a menos que otra fuerza actúe. ¿Cuál crees que es nuestra inercia hoy?
Vivimos procesos políticos intensísimos, por lo menos en este país; la revuelta social, los procesos constituyentes, la llegada de un gobierno que de alguna manera estaba ahí para dar curso a una Constitución que no ocurrió… Es como que todo lo que se planea o se desea no ocurre y yo creo que hemos quedado un poco entrampadas en esa sensación de que no hay vuelta, de que no importa lo que se desee, no importa lo que se trabaje, no importa lo que se proyecte, no hay posibilidad y estamos encerradas en algo que no sabemos bien lo que es, pero no tenemos nosotras las posibilidades de romper los barrotes.
¿Cómo podemos romper esa inercia?
Evidentemente a mí me gusta pensar que sí tenemos algo que hacer, que sí hay una energía que podemos reactivar porque estamos cansados, eso se entiende perfectamente, pero los procesos históricos son largos, no son de uno, dos, tres años, son largos y en ese ejercicio todavía hay mucho que decir, todavía hay mucho que hacer y ojalá yo supiera cuáles son los caminos que hay que tomar. Amanece todos los días, pero no tengo una respuesta clara, sigo pensando que sí tiene que ver con la asociatividad, con el cariño, con la energía, con una buena energía y, probablemente, tiene que ver con intentar romper la polarización en la que el mundo se encuentra. Nos guste o no nos guste tenemos que tender puentes, esto no va a ir a ninguna parte si no intentamos comunicarnos un poco mejor. Todo se ha vuelto una gran pelea, una gran competencia y eso hay que romperlo, claro que sí.
Invitar al recuerdo
Desde el Periodismo y otras áreas del conocimiento ya se ha abordado ampliamente al personaje. ¿Cuál es el rol de la novela, de la ficción, en la construcción de la memoria?
Antes de contestar, Nona Fernández reconoce que siempre le ha costado adjudicarle misiones o roles a la escritura, a la literatura y al arte. Para ella, el espacio creativo debe mantenerse libre, sin cargas externas, y la tarea principal de quien escribe es sencilla y radical a la vez: “Escribe bien, es lo único que yo diría que hay que hacer”.
Luego, añade: “Pero comprendo tu pregunta, y no quiero quitarle el poto a la jeringa. Y, haciendo ese énfasis, yo creo que lo más interesante que para mí tiene la literatura y el arte en general es que no es la vida, no es la vida tal cual, es el imaginario de la vida, es el sueño de la vida. Es ese lugar donde nosotros podemos comprender desde otros lugares que no es necesariamente intelecto lo que estamos viviendo, es donde se instala”.
¿Puedes desarrollar más esa idea del sueño?
Me gusta mucho la idea del sueño porque, tal cual como en un sueño, aunque seamos incapaces de expresarlo después, ocurrió y ocurrió en ese espacio que es muy específico. Para mí, la literatura y el arte en general son el imaginario de su época y trabajan con esos símbolos, con esos códigos que no son clausurados, que no son concretos, que son porosos, que son erráticos, que a ratos son caprichosos y que a ratos no los comprendemos del todo. Ese es el lugar donde se instala y desde ahí vamos dejando una huella, un testimonio incompleto, una huella, marcas que quedan en los cuerpos de quien lee de otra manera. Un libro, una película, una obra de teatro te entrega muchísimo más que lo que puede ser un manual de historia y eso es porque entra desde otros lugares y por eso se vuelve peligrosa y extraña para cierto sector. También su manufactura es súper alquímica y es rara, etérea, oscura, loca, y ese justamente es el poder, es magia negra –en el buen sentido, jugando con el término–, levanta corazones, levanta ánimos, levanta cuerpos y levanta emocionalidades, justamente porque es más concreta. Entonces, claro, cuando hablamos de una memoria extraña como la de este país y entendemos que hay literatura que puede llevarnos a esos lugares, es fantástico.
Y lo resume: “Si hubiese que inventarle un rol a la escritura en relación a la memoria, es la de volverla experiencial, es la de invitar al recuerdo tal cual como entendemos al recuerdo, volver a pasar por el cuerpo, por el corazón, entender por otros lugares que no son necesariamente la cabeza y la razón, son otros lugares que tienen el mismo estatus”.
En ese sentido, Marciano dialoga mucho con tu ensayo Cómo recordar la sed y los retos que suponen definir dónde empezar y dónde terminar un relato. ¿Cuál fue tu desafío esta vez?
Mauricio se sabe, digamos, uno de los últimos de una estirpe que contiene cierto legado, la memoria, pero él sabe que esa memoria es incompleta, él sabe que él es un pedacito y que la historia no parte ni termina con él, y que claro, faltan voces, hay voces que nunca van a narrar la historia, que hay capas anteriores a él, que es un sedimento. Él se sabe una pequeña capita incompleta y también había que dar cuenta de eso, de lo incompleto y es algo que él siempre me decía “esto, si te lo hubiera contado esta otra… te habría contado esto, porque yo no lo sé, no lo sé, incluso si lo supiera va a estar siempre sesgado por mi punto de vista”. Entonces hay un juego con eso en el libro y hay un juego también por comprender que la historia y por ende la memoria, siempre es incompleta y siempre le faltan capas y siempre es una historia que partió hace más de lo que incluso tenemos conciencia, que probablemente no tiene comienzo y no tiene fin. Vamos a pautearlo, como pauteamos el tiempo…

El libro se hace muchísimas preguntas. ¿Hay alguna que no pudiste contestar?
Yo creo que muchas preguntas no me las terminé de responder con mis conversaciones y las sigo teniendo hasta hoy.
¿Como cuáles?
Tienen que ver con la historia del Frente luego de la llegada a la democracia, comprendiendo la transición y la democracia que parte con una democracia muy particular, una democracia trazada, levantada, desde la impunidad. Ahí hay mucho material que sigue siendo confuso para mí y que no se clausuran respuestas que me dejen tranquila ni de parte de él, ni de parte mía. Creo que tiene mucho que ver con que todavía nosotras como sociedad no hemos terminado de conversar ni de problematizar eso, seguimos viviendo en una sociedad que nunca ha hablado de la impunidad de esa época, de cómo se levanta esta democracia en esa impunidad y cómo eso tiene consecuencias hasta el día de hoy, probablemente en esta polarización en la que vivimos, y en temas de justicia, de justicia y verdad que todavía están abiertos y que ya no se van a cerrar.
Nona añade: “Entendámoslo realistamente, ha pasado demasiado tiempo y yo creo que todo ese gran hoyo, que es esa gran herida que todavía tenemos. Todo ese periodo creo que para mí sigue siendo una gran interrogante, todavía no termino de comprenderlo, todavía quisiera seguir preguntándome cosas, pensándolo, reflexionando y lo digo porque me parece vital para la comprensión del hoy, para la comprensión de este momento, y lo digo siempre: pensemos que estamos viviendo en la Constitución de Pinochet, seguimos viviendo en la Constitución de Pinochet, de ahí para arriba, de ahí para abajo, para el lado, para adelante, para atrás, para donde tú quieras, todavía estamos anclados a esa etapa. Ahí hay un caldo de cultivo todavía muy efervescente que no me deja tranquila”.
Eso se evidencia, por ejemplo, en el tema de las cárceles, que está muy presente hoy en el debate político. Sabemos que hay un enfoque altamente punitivista, sin foco en la reinserción. Me parece muy contradictoria, incluso hipócrita esa postura teniendo una impunidad tan presente…
Es de patio, es una casa de locos, absolutamente, por supuesto que es contradictorio, pero es muy loco, porque claro, eso tiene que ver con el lenguaje, y cuando hablamos de criminalidad, ¿de qué hablamos cuando hablamos de criminalidad? ¿de qué hablamos cuando hablamos de justicia? Yo creo que ese diálogo no ha ocurrido, no ocurrió. Creo que la palabra criminal se entiende desde un solo lugar. Lo pienso incluso en el estatus que Mauricio tiene como preso, él ha sido juzgado como un criminal, no como un preso político, él está en una cárcel, en un módulo lleno de narcotraficantes. Nosotros podemos compartir o no su trayectoria, pero esa trayectoria tiene un lineamiento político. Mauricio no secuestraba gente para llenarse los bolsillos de plata e irse al Caribe, era por otras razones, era para mantener a la guerrilla, para mantener la resistencia. Podemos estar en completo desacuerdo con eso, lo comprendo, pero es un accionar distinto al de un narco, al de un ladrón, al de un asesino, es otro accionar, es completamente distinto y acá todos están en el mismo saco. Como tú bien dices: en las cárceles, la idea de la reinserción, que debiese ser un objetivo, no está. Yo estuve cuatro años allá adentro visitando a Mauricio y, no hay nada que ayude a esos presos a reinsertarse, absolutamente nada, es parte de una lógica de locos pensarlo.
¿Cómo ves su situación pensando en el punitivismo y la impunidad?
Es una contradicción tremenda y es un hurto, un hurto de los conceptos. No nos pusimos nunca de acuerdo sobre quién se quedó primero con la palabra criminal, van tildando a quien quiera, pero no a sí mismos. La idea de la justicia también, dentro de todo este proceso que he tenido en las conversaciones con Mauricio y estudiando al Frente me he topado con muchos grandes intelectuales que empatan a la gente de Punta Peuco con los frentistas que están en las cárceles. Creo que hay demasiada ignorancia en esos comentarios, entendiendo que viven presidios completamente distintos, que tienen trayectorias completamente distintas, vuelven a decir una y otra vez que los frentistas atentaron contra los derechos humanos de los carabineros y de los militares que mataron. Es tremendo. Eso tiene que ver mucho con la falta de conversación, con la falta de educación al respecto.
En Marciano la literatura pasa a ser casi co-protagonista del relato, con los libros como una escapatoria de la cárcel.
Yo siempre he tenido la hipótesis que la literatura salva vidas y yo así lo he sentido. Con Mauricio lo evidencié de manera casi experimental, como si hubiese sido una ratita de laboratorio y esta idea que yo he tenido siempre de los libros él me la lanzara de manera mucho más radical. La literatura fue su tabla de salvación durante todo su presidio en Brasil, él se fugó cada vez que entró a un libro y nadie nunca se dio cuenta que habitó otras vidas, que respiró, que conoció el mundo. Esa experiencia la hemos tenido todas y, por supuesto que en él se volvió una experiencia mucho más radical. Mauricio, de cierta forma, llegó a responder o a verificar muchas teorías que tengo sobre el tiempo, sobre la literatura, sobre la memoria. A través de él yo habité –y busqué mostrarlo en el libro– todos esos espacios: la literatura, sus vidas imaginadas, sus pasados, sus muertos, su estrategia de sobrevivencia psíquica. Él tiene casi un doctorado en esas estrategias…
Finalmente: ¿Qué libros son hoy, para ti, una escapatoria?
Colección permanente, de María Negroni; La novela del corazón, de Roberto Castillo y Terrestre, de Cristina Rivera Garza. Están siendo un refugio ahora en este desconcierto donde me encuentro. Siento que solamente la literatura y el arte en general me permiten hoy observar la realidad y estar conectada con ella, pero a partir de otro imaginario. Lo real es como que ya no lo soporto, me quiero morir cada día, un poco como la frase de Tennessee Willian en Un tranvía llamado deseo: “un poco de ficción, por favor”.
FOTOGRAFÍA DE LORENA PALAVECINO – PENGUIN RANDOM HOUSE






1 comentario en “Nona Fernández: “No podemos perder como norte la posibilidad de que haya un mundo más justo, más digno, más cariñoso y mejor””
Muy interesante constatar que a través de la literatura, esta generación, la mía, aún puede soñar por un mundo mejor, aunque se sepa no posible, es estimulante, al menos, ponerse en el escenario imaginado que da la escritura de Nona Fernández