Yo no quería ser el poeta del pueblo, pero soy el poeta del pueblo. De mi pueblo. De acá de Vicuña. No quería ser el poeta del pueblo porque es demasiado fácil que te agarren para el hueveo. Que te pidan discursos fúnebres, prólogos para libros, poemas en las sobremesas. Me quieren y yo los quiero, eso sí; pero si siguen agarrándome para el chuleteo, hasta ahí no más va a llegar la amistad. De todas formas siempre me consideran. Y en septiembre del año 2024, la gente de la Corporación Cultural de la Municipalidad de Vicuña, me ofreció ser parte del jurado del 2° Premio Hispanoamericano de Poesía Gabriela Mistral. Querían más bien que fuera parte de la preselección. Estaban atrasados, en el límite. Lo que pasa es que yo trabajo, les dije, emulando a Juan Rulfo. Y es cierto, ser profesor me impide ser escritor. Tenía demasiado trabajo y estrés en el colegio, así es que les dije lo siento, pero no. De todas formas me ofrecí a ayudarles a buscar gente seria para hacer un trabajo así. Pensé inmediatamente en Los Escritores de los Pueblos Abandonados, un colectivo al que pertenezco. Son escritores territoriales, que no viven en Santiago, que trabajan desde esta desventajosa posición con mucha auto exigencia y una ética particular, que siempre he pensado le daría en todo el gusto a Gabriela. Me dediqué entonces a pesquisar a los más necesitados y llegué a Mario Verdugo, Cristóbal Gaete y Poli Roa: pobres muertos de hambre, con dificultades económicas e hijos a los que alimentar. Entonces aceptaron. Eran 922 poemarios de no sé cuántos países por un premio de dos mil dólares. Yo no hubiese podido hacer la pega. Una vez me ofrecieron ser jurado de MOL, las Mejores Obras Literarias, una importante instancia del Gobierno de Chile. Querían que leyese 380 y tantos libros de cuentos. ¿Cuántos jurados son? Tres. ¿Nos los vamos a repartir? No, cada uno de los jurados debe leer todos los libros. ¿Están seguros? Sí. ¿Cuántos años tengo para hacerlo? Lo que pasa es que yo trabajo. Sinceramente no sabría bien cómo hacer bien una pega así. Acá en Vicuña más encima les pidieron una rúbrica para justificar las evaluaciones. Creo que a nadie le pueden pagar lo suficiente para tal nivel de esfuerzo, pero la necesidad tiene cara de hereje y lo hicieron. Lo hicieron porque son profesionales del hueveo, de este hueveo al menos. Cada uno llegó con cinco finalistas. Quince en total. Pienso que en la corporación tienen que pegarse con una piedra en los dientes porque la preselección era realmente de nivel internacional. A mí me interesaba que así fuera, porque yo estoy decidido a habitar en este pueblo mío y si va a haber un premio que lleve el nombre de la escritora más importante de este lugar y de este país, hay que estar a la altura del desafío, siempre. Es lo que ella hubiese deseado.
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Pasó el tiempo y yo, como todos los años, salí del colegio con el ojo saltón, la voz agrietada y el rostro abofeteado por las quinientas horas semanales. En mi desesperación, buscando salir con dignidad de mi trabajo de sobrevivencia, puse una tienda con todos mis ahorros y asumiendo un par de deudas. Fue una inversión para convertirme en un liberto. La tienda quedó preciosa. Se llamaba Piel canela y vendía ropa, papelería y plantas. Yo la atendí todo el verano y me encantaba que no entrara nadie porque ahí me senté a leer y a escribir de lunes a viernes, de nueve de la mañana a ocho de la tarde. Eran los primeros días del emprendimiento cuando la Roxy Zepeda me llama y me dice: Tambe, por favor, ayúdanos. Ya estás en vacaciones y en febrero máximo tenemos que tener el ganador del concurso. Yo dije OK, ya es hora de tener trabajo de escritor. ¿Cuánto pagan? 500 lucas. Eran tiempos tristes de oro y acepté. Pero consultando con amigos que me quieren, me dijeron: nunca hay un solo jurado en estos concursos, tienes que conseguir dos más. Ya dije ya, este debe ser un premio prestigioso, porque lleva el nombre de Gabriela Mistral. ¡Todos acá mamamos de la teta de la Gabriela Mistral, lo mínimo es que hagamos las cosas bien cuando llevan su nombre! Uno ve que le ponen su nombre a universidades privadas, a rajos de la gran minería, a botellas de pisco. ¡Qué humillaciones tiene que sufrir esta mujer! Eso es pasar por encima de su pensamiento. Menos carne de estatua y más espíritu de la letra, señores. Entonces había que hacerlo realmente bien: acudí a mis contactos y conseguí que Rosabetty Muñoz y Verónica Zondek fuesen jurados. Péguense, vuélvanse a pegar, péguense una y otra vez con una piedra en los dientes, porque me parecía prácticamente imposible tener un mejor jurado. No solo por el nivel artístico e intelectual de las propuestas de cada una de ellas, sino porque ambas son mistralianas. Hubo un tiempo donde yo no veía el influjo de Gabriela Mistral en los y las poetas, pero era mi propia ceguera. A Rosabetty una vez le pregunté, como parte de un juego que suelo practicar con los escritores, que me diese sus tres autores fundamentales. A todos les advierto que es un juego, que no le pongan color, que se lancen, no es nada serio. No te preocupes, me dijo Rosabetty, te lo puedo decir sin demora y sin ningún tipo de dudas: la escritora más importante para mí es Gabriela Mistral, por ella yo fui profesora y poeta. Se me llenan los ojos de lágrimas. Verónica por lo demás es una de las personas que conozco que se la sabe mejor, que entiende con mayor profundidad su espíritu independiente y crítico, y que la admira de forma honesta, sin disfrazarla ni enmascararla de acuerdo a su propia conveniencia. Hay veces en que pienso que la mayor influencia de Mistral es más ética que estética. Nicanor Parra, en uno de sus poemas dice que ella ha influido más que Neruda, que Huidobro, incluso quizás más que Pezoa Véliz, “ninguno + honesto que la Mistral”, remata. Yo pienso que en el caso de ellas dos es así también, que es su actitud, su conducta, el influjo más poderoso, que quizás su estilo no esté determinado por sus poemas, aunque es posible que esté equivocado. Como sea, sus obras hablan por sí mismas, su compromiso literario es visceral y son parte de lo mejor de la poesía chilena viva. Yo entendía entonces que íbamos a hacer las cosas bien, porque su calidad artística es superlativa y sobre todo porque amamos con fervor a la vieja.
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A mí, particularmente, su ayuda me parecía caída del cielo. Leer poesía es lo más difícil, pienso. Yo tengo mi formación, yo quise ser poeta, a veces pienso que todavía algo queda en mí de poeta, todavía sigue siendo importante en mi vida, pero por Dios que me cuesta acceder a sus símbolos, por la cresta que me cuesta mantener la concentración, disfrutar de forma plena de sus propuestas. Ellas, sin embargo, la tienen por ejercicio vital y cotidiano, y entendí que esto terminaría siendo una clase para mí.
Lo hice con la máxima responsabilidad posible. A la mitad del verano, entre visitas, tienda, encierro, la escritura de la que espero sea mi próxima novela, me vi leyendo lo más acuciosamente que podía los quince libros preseleccionados por el jurado anterior. Vuelvo a repetirlo, qué difícil puede ser leer poesía. Y sin embargo también puede ser un inmenso deleite. El nivel era realmente bueno. Lamentablemente estos concursos son una tómbola. Yo jamás gané ninguno de poesía y solo he ganado uno en narrativa. Sé que muchos de nuestros libros fundamentales fueron víctima de la conjura de los necios. Hay segundos lugares que son canon, frente a primeros que cayeron rápidamente en el olvido. ¡Cómo se les encendería el rostro a los que dejaron Hijo de Ladrón en segundo lugar, cuando Manuel Rojas se convertía en un clásico estando vivo! Ser jurado no es sencillo. Por cada libro que leía, hacía anotaciones muy personales, para mantener una impresión tangible de esa primera lectura. Transcribo algunas de esas impresiones para que se interioricen en cómo las hice de jurado:
Lugares comunes del amalditamiento que me provocan algo de simpatía, pero que a estas alturas pueden ser muy obvios. Hiperbatones innecesarios. Errores gramaticales no forzados.
Unidad temática. Perspectiva mística de la naturaleza, algo hermética, en estilo próximo a lo mistraliano. Hay algo telúrico moviendo las acciones de todos los días. Las fuerzas de la naturaleza y los elementos impulsan cada cosa. Un deleite tanto en lo que evocan las palabras, como en su sonoridad. Candidata al primer lugar.
Es una estética que yo considero muy afín y que dan ganas de celebrar porque hay un legado rokheano que no ha sido suficientemente celebrado en nuestra literatura, pero…
A pesar de que es menos novedoso y más desprolijo que el poemario anterior, a pesar de que puede tener un puntaje menor, lo disfruté más.
Contundente, muchos poemas ganan por KO. Podría parecer mesiánico, pero al menos no es grandilocuente o hinchado.
No entiendo bien el recurso de las líneas oblicuas (/). Es un excelente conjunto, aunque poco accesible para aquellos que no tienen la misma enciclopedia que la autora.
Interesantes juegos verbales, aunque el seudónimo evoca cierta ramplonería o subversividad facilona. Quizás estoy siendo injusto y más bien es una postura algo cínica.
Su barroco me hace difícil seguir la lectura, aunque es un defecto mío y no del texto.
Muerte, debacle, animales, naturaleza. Al parecer el apocalipsis es el elemento cohesivo. Hay un poema que claramente debía ser el poema final, pero que no lo es. No entiendo muy bien la subdivisión. En el fondo creo que está mal articulado, aunque su uso del lenguaje es prácticamente impecable y no se observa el más mínimo lugar común.
Imágenes chocantes, abortos, incendios, violaciones, cadáveres, agresiones, agonía, putrefacción, miseria. Una cruenta percepción de la precariedad social, pienso. Terror a la pobreza, posiblemente escrito por alguien que la ha vivido o la tiene que vivir. Un grotesco envenenado. La belleza en el horror. Se repite un poema, algo así no es buena señal.
No debiera preocuparme la falta de ortografía, tal vez no es falta de rigor, tal vez explica la sonoridad del texto, en una de esas el autor es corto de vista y más auditivo que visual. Parece haber un juego métrico, por ejemplo con la sextina, aunque le estaría faltando el terceto final. Tampoco respeta rima, aunque parecen ser endecasílabos. ¿Hay un manejo real? ¿Es importante que respete la métrica del Siglo de Oro?
Con Verónica y Rosabetty, nos pusimos de acuerdo y cada uno llegó con dos seleccionados. No hubo coincidencias. O sea, que estuvo peleado. Yo entendí que la poesía está aún viva, latiendo con intensidad. Hay mucha gente sumergida hasta los huesos en el ejercicio, dándolo todo, poniendo su vida en juego. La diversidad de temas y estilos era bastante impresionante. Se repetían el apocalipsis, las culturas populares, los medios masivos de comunicación, los clásicos, la academia, el poema río, la enumeración caótica, la presencia de elementos narrativos y la experimentación en general. En un par de horas nos decantamos por Gorriones Rojos, escrito bajo el seudónimo de Sarduy. “¿Quién es, Cristian?” Me preguntaron. Insisto en que el proceso fue muy responsable, honesto a cagarse, como a la Gabriela Mistral le hubiera gustado. Averiguamos rápidamente el nombre real del autor: Ernesto Carrión Castro. “Espérate, éste es un gallo importante, vino después que yo en la residencia de escritores de la Universidad de Concepción”, dijo Rosabetty.
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De Ernesto Carrión Castro se ha dicho que es “el escritor ecuatoriano más premiado de su generación”. Y la lista de los reconocimientos es en realidad impresionante. Existe un efecto que detectaron unos investigadores españoles, el efecto campana o algo así, que explica por qué los ganadores de premios empiezan a repetirse. Existen unos pocos afortunados a los que les empiezan a dar premios en todos lados. Quizás obedece precisamente a darle prestigio a un reconocimiento. A mí, las mierdas ingratas de este mundillo despreciable, apenas me consideran y estoy muy lejos de todo aquello. Entonces me retuerzo de envidia cuando sé de personajes que tienen la suerte de ser beneficiarios de tal efecto. Puedo decir en todo caso que en el caso de Ernesto Carrión todo fue muy transparente. O sea que ganó por méritos propios y no por ser tan premiado en otras instancias. De verdad me alegró mucho, porque le habíamos achuntado y posiblemente algo así le diera un plus al premio.
Saber que era ecuatoriano también me alegró. Qué poco sé de la literatura del Ecuador. Qué poco sé de literatura en general, podría decir, pero no: algo pasa con la literatura del Ecuador que no llega hasta mí. Algo sé de Icaza. Alguna vez leí a Pablo Palacio. Pero creo que hasta ahí no más llego. Me llama mucho la atención, porque siempre hay uno destacado de un periodo reconocible: un poeta colombiano modernista, un indigenista boliviano, un poeta peruano vanguardista, un narrador uruguayo del Boom. ¿Por qué no en el Ecuador? Es una puta ignorancia mía. Y ya lo iba yo a comprobar gracias a Ernesto Carrión. Porque Ernesto Carrión decidió venir a recibir el premio en abril, justo en el puntapié inicial de los homenajes celebrando los 80 años del Nobel de Gabriela. No había plata para traerlo, pero él quiso venir. Yo quise hacer la tarea bien y me compré uno de sus libros en Buscalibre. Y después de empezar a leer su Triángulo Fúser, saltaba en una pata de contento.
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Todo se fue a la mierda. Me pasa cada tanto: pequeñas debacles sacuden mi vida, remecen mi paz. La tienda fracasó estrepitosamente. Mi pareja me dejó. Yo debía seguir trabajando como profesor. Llegaba marzo y lo irremediable volvía a instalarse en mi vida. No puedo dejar de ser profesor, entonces, puestos en esta situación vamos a darlo todo. En una de esas es el real propósito en mi vida. Quizás ésto es lo que el destino tiene deparado para mí: enseñarle a estos indios de mierda cómo civilizarse, enamorarlos en el conocimiento, ayudarlos a usar mejor Chat GPT.
Hay ocasiones en que es mejor dejar pasar los días, las semanas, los meses. Llegó abril. Ernesto Carrión venía. No había plata para traerlo, pero venía. ¿En serio, Roxy? Claramente Ernesto es alguien que no da puntada sin hilo. ¿Por qué viene a este pueblo abandonado? Son los 80 años del Nobel de Mistral, quizás fuese éso. Tal vez se iba a pasar para Santiago para visitar a los amigos influyentes. No, viene al valle desde el domingo 6 al jueves 10. ¿Tan poco tiempo? Se devuelve a votar. O sea que es político a cagarse. En una de esas Ernesto había tenido una intuición poderosa y venía sin otros motivos que el conocer desde adentro un lugar. Tal vez era el mundo el que venía a mí, ya que yo no iba al mundo. Yo seguía leyendo Triángulo Fúser embelesado. Son 600 páginas que disfruté intensamente. Al planear por sus páginas entendí que Ernesto era un escritor que estaba dando un salto al vacío, que había comprometido su vida en la conquista de lo inútil, que estaba viviendo la vida del yonqui de la literatura jugando con mucha habilidad las cartas que le habían tocado. La lectura del Libro primero de Triángulo Fúser es deleitosa en parte por cierta ingenuidad de sus protagonistas, dos estudiantes de cine y literatura en Guayaquil. Uno quiere escribir sobre la homosexualidad, el otro quiere realizar un corto sobre la estadía del Che en esa ciudad. Esa ciudad que no es la capital, pero donde ocurre de todo. Uno los ve en el fuego sagrado, entregándose enteros, siendo honestos y puros de la forma en que solo se puede ser en la adolescencia y juventud. Me vi buscando los momentos para poder volver al libro. Llegaba a la casa con ganas de leer. Avanzaba en la lectura y me ponía cada vez más feliz de que Ernesto Carrión viniera a Vicuña. Son tres libros, de ahí el título de Triángulo. Y tiene un subtítulo: La despechada, poética y fantasmagórica vida de Ernesto antes del Che. ¿Mucho? No viniendo de un escritor que tiene a De Rokha como uno de sus grandes referentes. Pero ahí uno entiende que la novela se trata del Che, de su fugaz y desdibujado paso por Guayaquil. De su relación con los poetas guayaquileños. Una ficcionalización de un posible encuentro con Burroughs con quien coincide en su estadía en esa misma ciudad. De sus posibles experimentaciones con la homosexualidad. ¿Con la homosexualidad? Pareciera improbable, aunque quizás no tanto. Es entonces un ejercicio literario e investigativo verdaderamente arriesgado, polémico, lanzado. A medida que seguía avanzando por el texto, siguiendo con facilidad sus experimentaciones formales, admirando su forma de meterse en las patas de los caballos, me sentía más y más contento de que Carrión llegara a mi precioso pueblo abandonado.
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Ernesto comenzó con la poesía, en un ejercicio desmesurado que lo llevó a proyectar una obra que consta de 13 libros bajo el título de Ø, grafía que incluye en su nombre al firmar Triángulo Fuser. O sea lo escribe así: Ernesto Carriøn. Ø es un friso monumental, parecido a las obras con vocación de desmesura e infinitud que uno ve en De Rokha, en Zurita, en Héctor Hernández Montecinos. De hecho Zurita dice de él que es “uno de los poetas imprescindibles de la ya extraordinaria nueva generación de poetas latinoamericanos”. Sin embargo es su vocación no parecerse a nadie. Y cada libro es una forma experimental distinta a sus libros anteriores. Una de sus últimas publicaciones, Materia primitiva, lleva por subtítulo Poesía después del vacío, en referencia a este proyecto anterior. En las páginas finales se agrega un testimonio en el que intenta explicar esta necesidad de escribir y publicar tan desmesuradamente. “No entiendo la vida sin la escritura. Escribo porque odio profundamente escribir y necesito vaciarme de este lenguaje que no sirve de mucho. No puedo dejar de escribir porque posiblemente sin este ejercicio me quitaría la vida. Escribo porque sin un constante duelo conmigo mismo y con la realidad, no existiría, no sería, no podría moverme siquiera”. Más adelante intenta caracterizar su estilo: “Yo no puedo escribir poesía sin entender que la poesía es desorden huracanado que una música en mi interior organiza. (…) Cada libro es una posibilidad que se abre para comprender de qué estamos hechos, así como de qué está hecha la poesía. Toda poesía es, además, un triunfo del lenguaje sobre la vida”.
Desde el 2015 trabaja en proyectos narrativos, lo que no ha obstado que siga escribiendo poesía. Una poesía ligada estrechamente con Chile, no solo por su acabado conocimiento de nuestros poetas, por la potente influencia de muchos de ellos, sino porque parte de esta línea de su trabajo la ha continuado acá mediante la Beca Residencia Gonzalo Rojas en Concepción, también siendo jurado para el premio Pablo Neruda y también con su último reconocimiento en mi tierra. Este premio no parece ser el final de una impresionante lista en la que encontramos incluso el premio Casa de las Américas de Novela el año 2017. Yo debiera meterme más en los trabajos en cultura de mi cuidad, pero peco de desobligado. Lo digo porque cuando supe que en la Corporación Cultural de la Municipalidad de Vicuña tendrían su libro Gorriones rojos impreso me dio todavía más gusto. Ernesto había conseguido palabras para la contratapa por parte de Bruno Montané y de Raúl Zurita. Miguel Idelfonso escribe un prólogo. Y yo estaba felicísimo, hasta que le mostré el libro a Ignacio Herrera, editor de Bordelibre, y me dijo que lo encontraba súper feo. Se me cayó el mundo. Como editor, Herrera se había fijado en los detalles, porque el diablo está en los detalles. Habían numerado la primera página, no tenía solapas, los materiales dejaban mucho que desear. ¿Fue la urgencia? ¿Falta de presupuesto? ¿Demasiada improvisación? ¿Un error de principiantes? Quizás todo junto. Yo que lo repartía por todos lados, me chanté. Solo por un rato, porque a pesar de estos errores que no guardan ninguna relación con el rigor y la prolijidad de Ernesto Carrión Castro, no le restan calidad a la propuesta que es su poemario. Pero es sin duda una lección para aprender por parte de la organización del premio que, insisto, debe mantenerse en el tiempo y mejorar con cada experiencia.
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Yo venía llegando medio muerto de la Primera Feria del libro de Illapel. Después de ver al diablo en dos ocasiones arriba de un bus, les hago el quite a los viajes largos. Pero en este caso era imposible llegar en avión. Y en el bus podía avanzar en Triángulo Fúser. Partí un día viernes a las siete de la mañana desde Vicuña en una micro destartalada y humeante. En el Tambo, a unos cinco kilómetros de trayecto, me di cuenta de que no traía la novela. Detuve la micro y me bajé. Esperé angustiado unos quince minutos hasta que pasó un taxi. Dentro de todo me cobró barato e incluso me esperó un rato para tirarme de nuevo al rodoviario. Volví a partir a La Serena, en colectivo esta vez, leyendo el libro, pensando que había tomado una excelente decisión al volver por él. Le propuse al colectivero pagarle un extra para que me dejara afuera del terminal de buses para viajar hasta Los Vilos y luego a Illapel. Al bajar tratando de acomodar mis cosas, me di cuenta de que otra vez no llevaba el libro. Me palpé la ropa en búsqueda de mi teléfono celular y no lo encontré en ningún lugar. Revisé todos los bolsillos y la mochila entera. No estaban. El puto celular. ¿Cómo es posible que uno dependa tanto de un aparato así? ¿Cómo era posible sentir ese hielo en el pecho, en el espinazo, en la planta de los pies? ¿En qué momento nos encadenamos a estos pequeños agujeros negros? ¿Y el libro? Segunda vez que lo extraviaba ¿Eran todas señales de que no debía ir a Illapel? Eres un gran imbécil, Cristian Geisse. Me puse rabioso al máximo. Tomé lo más rápido que pude un taxi hasta el terminal de los colectivos que me habían traído desde Vicuña. En el trayecto le pedí al jubilado que me chofereaba que me prestara su teléfono para llamarme. Lo hice unas cinco veces sin resultados. Al menos seguía sonando. Una vez en el terminal de los colectivos, les pedí a los choferes que esperaban su turno para viajar que siguieran llamando a mi número, pero nadie respondía. Tratamos de identificar quién había sido el conductor que me había traído desde Vicuña. Lo llamaron. Tampoco respondía. Perder el libro iba a ser una pequeña tragedia, difícil de perdonar para el torturador que puedo ser conmigo mismo. De pronto, milagro de milagros, apareció, y mientras se estacionaba vi el libro y mi teléfono en el asiento trasero donde había viajado yo. El alivio, la descompresión en el pecho, el suspiro de satisfacción me llena de desconcierto. ¿Cómo es posible que esté así de alterado por un teléfono? Qué demonios. Qué es ésto. Por qué está iniciando así este viaje. ¿Es que me tengo que quedar? Durante el viaje continué leyendo el libro de Carrión y nuevamente me felicité por haberlo recuperado. Y una vez en la feria, en varias ocasiones, me devolví al hotel a avanzar en la lectura. El viaje de vuelta fue una masacre, como siempre. Demasiado alcohol. Como siempre. Pasé la noche en La Serena. Más alcohol, al menos en un ambiente resguardado, la casa de mi hermano Francisco. Al otro día llegaba Ernesto. Poco me quedaba para finalizar su libro. Yo no iba a llegar con la tarea hecha. Al menos no como yo hubiese querido. De todas formas alcanzaba a terminar el libro durante la semana. Mi hermano me llevó hasta Vicuña, donde él iba a jugar fútbol. Yo me propongo siempre no tomar los domingos. Lo que pasa es que yo trabajo. Pero a las dos de la tarde estaba en el Bilbania tomándome un shop acompañando a Ernesto Carrión mientras almorzaba. A todo esto, no vayan al Bilbania. Se creen mejores que uno. Si quieren te sirven y si quieren no. Venden trago, pero no les gustan los borrachos. En vez de bar parece un salón de té de donde no sólo me han echado a mí en más de una ocasión, dejando de venderme el vital elemento, sino que lo mismo le ha pasado a mi hermano Francis, a mi vecino Angelo, a mi primo Nacho. Y a muchos más. No vayan. Antiguamente fue una cantina en toda ley, donde daba gusto que te echaran. Cuántas veces no tomé yo ahí mientras me picaban las pulgas y conversaba por horas con borrachos de tufo nauseabundo, mintiendo a todo ritmo, entre risotadas y peleas. Yo fui atendido ahí con todo gusto por la señora Irene, por la Tuca, por el Jarro, por el Chicharra, tomando las cervezas tibias que servían en mesas cojas y sillas telenques. Ahora es un local pretencioso, con televisores de plasma y música falsa, donde los empleados están siempre de malhumor y nunca duran mucho. La comida además es pésima. Sucede que está a un costado de la plaza donde uno puede mirar a la gente pasar, pero es lo único. No vayan. Háganme caso. Igual pasamos un buen rato ahí, contentísimo de escuchar el melódico acento, la bellísima pronunciación y las cuidadas construcciones sintácticas del español guayaquileño de Ernesto. Yo estaba emocionado, de verdad.


Ernesto nació en 1977, una de las cosechas humanas que a mí me gustan más, precisamente porque es la mía. Y nada en él me parecía ajeno. Era una de esas personas que me parece conocer desde antes, aunque haya sido la primera vez que nos veíamos. El pelo liso, que en alguno de sus poemas especula podría ser herencia ancestral china. Anteojos para la vista, barba, polera a rayas y chaqueta negra. ¿Hipster? Para nada. O eso espero. Hablamos de todo lo que pudimos en un lapso demasiado corto de tiempo. Del fariseísmo y los linchamientos en las redes sociales. De cómo uno siente la necesidad continuamente de autocensurarse. Ni siquiera el contexto de la ficción te salva. Es la horda enfurecida con antorchas, mazos y trinchetes, dispuestas a masacrar, asesinar y descuartizar protegidos por el anonimato. ¿Por qué te vas el jueves? ¿A votar? No tuve suficiente tiempo para indagar por qué consideraba tan importante votar. Ecuador –como el mundo entero– se está cayendo a pedazos, entiendo. Nuestros votos son tan insignificantes, prácticamente un saludo a la bandera, aunque por supuesto en su caso un gesto de potencia simbólica. ¿Por quién iba a votar? Por alguna razón esa pregunta quedó sin respuesta. ¿Vas también a Santiago, a otros lugares? No. ¿No? ¿Hay algo además de este premio que te llame a este rinconcillo insignificante? Entre otras razones, por la posibilidad de hacer un documental sobre Adelaida Velasco Galdós, la profesora y poeta ecuatoriana que recibió en 1938 a Gabriela en Guayaquil. Nuevamente Guayaquil y no Quito. Se iba a quedar inicialmente siete u ocho días y se terminó quedando cuarenta. Sí sucedió en realidad que fue Adelaida Velasco quien se tomó verdaderamente en serio el hecho de que Mistral debía ganar el premio Nobel. Y comenzó con la campaña desde allá, enviando cartas a Pedro Aguirre Cerda y a otros políticos, diplomáticos, académicos y escritores. Para Ernesto Carrión Castro era una historia preciosa porque conecta a Guayaquil con Chile, pero sobre todo porque fue una empresa de dos mujeres en un mundo de hombres. El hecho de que tuviera éxito en tan poco tiempo es en realidad pasmoso. Ernesto rápidamente confesó que la poesía chilena era fundamental para él. Se declaró un lector y fan absoluto de la poesía chilena. Desde la Mistral hasta Héctor Hernández Montecinos. Y se paseó con erudición, entusiasmo y gracia por Juan Luis Martínez, Pablo de Rokha, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Rodrigo Lira, Raúl Zurita, Vicente Huidobro, por mencionar apenas algunos. Entonces le pedí sus tres. Es un juego Ernesto, no le pongas color, suelta nombres. El primero que dijo fue Ezra Pound, porque su trabajo poético como proyecto de vida es de un delirio difícil de igualar, luego habló de Bolaño –quien a todo esto, dijo que Ezra Pound era una literatura más que un autor–, Bolaño porque tanto Los detectives salvajes, como 2666 le había demostrado que la novela es una crisis detrás de un misterio que podría no resolverse jamás, y finalmente Fernando Pessoa por habernos dado la posibilidad de multiplicar las máscaras. ¿Y los tuyos? Los míos van cambiando porque de verdad no me tomo tan en serio el juego. Si hablamos de poesía, César Vallejo, Blake o Whitman, y actualmente en primer lugar indiscutible: Violeta Parra. Ernesto la conocía poco en comparación de lo que sabía de Nicanor. Raro me pareció, tomando en cuenta que Ernesto Carrión es un melómano consumado. Gorriones Rojos es una track list que detona poemas biográficos. Es una horrible simplificación, pero tiene poemas titulados Café y petróleo, La isla bonita, Maldita primavera, El baile de los que sobran, Killing in the name. El último se titula Paseo con mi hijo escuchando Kanye West. Es un poema en prosa que en una parte dice “la música es el consuelo por todo lo que hemos perdido”. A pesar de su enorme afabilidad, de su simpatía y brillo, hay algo triste y terrible en Ernesto. Pero no llora, por lo menos no frente a mí. Me contó de la vez en que invitó a Leopoldo Panero y a Bruno Montané a Guayaquil para un festival de poesía que organizaba. ¡Bruno es mi amigo!, le digo, qué lástima que no pudiera ir. Cuando uno se junta con él, uno se transforma en un detective salvaje, díganme que no. Y Leopoldo Panero es un monstruo sagrado. Qué notable que los monstruos lleguen a tu pueblo. Porque no deja de ser un escritor que vive en la provincia, tal vez un abandónico, les sugiero a mis amigos del colectivo. De hecho Triángulo Fúser es un canto sucio a su ciudad. Oculté lo que me dijo Daniel Rojas Pachas sobre Guayaquil y Quito. Daniel Rojas Pachas es un verdadero sayayín. Según él Guayaquil o Guayakill como dice en alguna parte, no deja de ser un centro, en la forma en que lo es Guadalajara en México. Para él la escena ecuatoriana es mucho menor que la chilena o la peruana. No duda de la calidad de lo que está haciendo Ernesto Carrión en poesía y narrativa. Pero le molestan los escritores que él llama blindados, las figuras centrales que eclipsan. Uf, impresiona tanto lo mucho que sabe Daniel Rojas Pachas, como su ética en torno a los procesos de canonización. En algún momento, estoy convencido, Rojas Pachas será leyenda, si acaso no lo es ya. Y en este mismo momento se me ocurre que tal vez lleguen a pensar que escribo esto con un qué, con la idea de quedar bien con Carrión para que me recomiende con sus amigos influyentes, o me invite con gastos pagados a Ecuador y pueda probar por fin la ayahuasca. Pero no es así. He aprendido a no esperar nada de la literatura. Sólo dilaciones, ofensas, humillaciones y ridículo. Siempre así, ustedes, la gente intrigante y paranoica, proyectando su mierda hacia los pobres diablos que nos rompemos el lomo por este oficio sin asunto. No sean así, esto no es una batalla, mierdas culiás, esto no debe funcionar a codazos, aserruchándonos el piso los unos a los otros, no. Escuchen a Lihn, sombríos habitantes de este pueblo chico e infierno descomunal: ¡Mi único partido es la amistad! ¡Escuchen al sabio de sabios! Yo simplemente celebro la visita a mi aldea de alguien con su nivel de ambición artística. Déjenme en paz. No sé muñequear, no doy puntada con hilo, me molesta el cálculo intensamente. Si hay cálculo en la visita de Ernesto Carrión, creo que por una vez calculó mal y quiero pensar que sus razones guardan más bien relación con sus exploraciones existenciales y literarias, más que como una estrategia de instalación. Y bueno ¿por qué tengo que darles explicaciones a ustedes? Váyanse por favor quince minutos a la chucha. En todo caso, a mí no me quieren en Quito, me dice. Qué bueno, pienso, yo. Uno de los nuestros entonces. La cerveza chilena es un hallazgo, me suelta en algún momento Ernesto, pero quiero probar pisco. Yo ya estoy arriba del carro, las primeras cervezas fueron para disipar la caña, las segundas para espantar el nerviosismo, éstas en las que estamos son para mantener la alegría y las que siguen son las de mayor cuidado. Espero no fallar. Te voy a mostrar un lugar precioso, le digo. Partimos al Antawara sin parar en ningún minuto de batir la lengua. Y Burroughs, Burroughs es cruel. Es un escritor cruel. Es cruel consigo mismo. Es cruel con México. Es cruel con el Ecuador. Es cruel con su propia alma y con la de los demás. El Che. No puedo reproducir las pruebas que hacían convincente que el Che hubiese llegado a experimentar con el amor homosexual. Oye, y eso que yo me llamo Ernesto por una razón. Entonces su padre. El protagonista de la novela que hasta el momento él más valora: Un hombre futuro. Yo la quise comprar por internet, pero esa que está ahí no es la versión final, según me cuenta su propio autor. A ver cómo lo hago para entregarte una, me dice. A mi padre lo asesinaron. Era un bailador de salsa como no he visto nunca más. Admiraba la belleza de las negras. Yo diría que incluso le obsesionaba. Era de una izquierda radical, muy radical. Pero creo que nunca se recuperó de haber preferido la abogacía a la vida del guerrillero. Pienso que sentía esa obligación generacional por cambiar el mundo. También era un bebedor como no he vuelto a ver. Nos invitaba a mí y a mis amigos y nos retenía por días. Yo le digo que quizás se estaba matando de a poco. Y lo digo porque lo he visto mucho: el trago como una lenta forma de suicidio. Ernesto tiene claro que así era. Y quizás hubiese conseguido matarse a sí mismo si no fuese porque el año 2014 lo asesinaron. Pasó varios días dentro de una nevera antes de que lo descubrieran en un local porteño. Me relata parte del juicio y yo noto la profundidad de su herida, lo honda y oscura que es. Yo te invito. No es necesario. No te preocupes, yo te invito. Vamos a tomarnos el último trago a Casa Pisco, para que conozcas a unos amigos y te tomes el último. Hay que tener mucho cuidado con el pisco, enloquece a los hombres. Todavía no he escuchado esa salsa que mencionas en Gorriones Rojos, escuchémosla ahí. Sonido Bestial se llama. El poema y la salsa detonan el recuerdo de su padre y de su mejor amigo, ambos muertos. “Ambos unidos por el sonido bestial, embestidos por el dominio profundo del ritmo, / mirando otras cabezas rodando como reliquias / por las pantallas fantasmas de sucios espejos. / Bailábamos. Bebíamos. Discutíamos. / Nuestras gargantas se gastaban apagándose por su incontinencia, / por su forma de agrietar la conciencia que ardía en sus arcos”. ¡Liberen a las bestias! Dicen Richie Ray y Bobby Cruz, y las bestias están libres en esa salsa, en las que se pasean por la música clásica y el jazz con una soltura impresionante. Liberemos a las bestias, querido Ernesto. Y yo noto que monstruos oscuros e implacables se han liberado en él, pero sumido en el mutismo los deja pasear en silencio dentro de sí.
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He tenido lunes peores. A pesar de estar exhausto al final de la jornada, de haber padecido la angustia difusa durante la mañana, el desasosiego turbio en la tarde, a pesar del agotamiento total a eso de las siete, fui al acto de aniversario del natalicio de nuestra santa patrona, la madrina de todos los niños chilenos, la madre a la que le debo parte importante de quien soy y como veo el mundo. Había tres escenarios. Estaban tirando la casa por la ventana. Las autoridades se cacheteaban mutuamente. Se paseaba gente de punta en blanco y varios militares con sus uniformes llenos de medallas. La plaza se hizo chica. Alcancé a saludar de la mano a Ernesto. Estaba contento y la inteligencia seguía brillando en sus ojos. Habló para la tele y se fue a sentar en un extremo de la primera fila. Yo quedé entre el chinerío que es donde pertenezco. La Clo Domínguez me señaló con una sonrisa que se habían saltado a las autoridades regionales en el saludo protocolar. Si no me lo dicen no lo noto. Sinceramente estoy lejos de esa chimuchina, pero entiendo que puede ser muy sabrosa para los que viven sumergidos en las intrigas del poder. Del triste poder regional, del triste poder nacional. Una orquesta clásica con más de veinte músicos tocó temas de Inti Illimani, Víctor Jara y Violeta Parra. A mí eso último hizo que se me pararan todos los pelos. Ojalá Ernesto hubiese entendido por qué la considero la más grande, la más importante, la más auténtica. En un escenario en el otro extremo de la plaza sonaron unas batucadas y bailaron alumnos de una escuela rural. Comenzaron los discursos. Uno tras otro. La señora Charo me dijo ¿cuándo se van a quedar callados estos desgraciados? Y es que los niños del coro del colegio Antonio Varas esperaban muertos de frío su participación en el acto final. Habló el alcalde, habló el gobernador, habló la ministra de cultura. Uf. Eran los primeros anuncios del invierno más helado de este siglo. En medio le entregaron el premio a Ernesto. Yo lo aplaudí contento. Siguieron los discursos. Me acordé de la anécdota de la Gabriela Mistral en Iquique cuando dejó pagando a las autoridades que no empezaban nunca a almorzar y alargaban infinitamente un cóctel mientras unas alumnas esperaban a pleno sol para cantarle sus rondas. En algún momento, aburrida de sus voces impostadas y sus risas falsas, simplemente dijo: lo siento, pero los niños son primero. Y se fue. Diputados, gobernadores, presbíteros y capitanes no lo podían creer. Por supuesto la empezaron a pelar de lo lindo. Pero todo lo presenció un joven periodista llamado Radomiro Tomic quien lleno de emoción pensó algo así como: ése es el tipo de chileno que hay que ser. No importa que haya sido demócrata cristiano, creo que tenía razón. Y ahí estaban los niños esperando que de una vez por todas soltaran el micrófono para cantar lo que venían a cantar. Terminados los discursos en un escenario central comenzó a tocar un grupo de fusión latinoamericana en medio de un espectáculo de luces y challas. Bastante impresionante para estos pagos. Cuando los niños cantaron fue precioso verlos aunque apenas se escucharan. Con cierta satisfacción me di cuenta de que Ernesto se había ido sin despedirse de las autoridades, sin hacer lobby, sin muñequear ni hacerse el lindo. Me cayó todavía mejor.
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Al día siguiente tenían preparada una actividad para Ernesto: ir a hablar con los niños de la escuela Lucila Godoy Alcayaga. Al fondo de un patio sombreado, oloroso a tierra recién regada, bajo unos jacarandás, sentados en una banca, lo acompañé sintiendo gusto porque no les hablaba como a idiotas. Era un grupito pequeño. Nos esperaba el Coke Munizaga, profesor de educación física, quien había tenido que suspender su clase para que sus alumnos se reuniesen con nosotros. Los Munizaga son todos educadores, seguramente parientes del Munizaga que fue socio de la Gabriela en Punta Arenas. Su padre, que vive en Combarbalá, cada cierto tiempo le manda al mío los libros pirateados que devoran uno tras otro. Yo los considero prácticamente familia. Ernesto contó sobre sus primeras experiencias como lector. Por suerte tuvo una madre maestra rural que les inculcó la lectura y siempre tuvo libros en su casa. A menudo se levantaba en la madrugada a escribir sus propios libros, con sus dibujos y debajo palabras, algo así como historietas que engrapaba en las mañanas y se las llevaba a su mamá diciéndole que eran un libro. No tiene idea de por qué, pero desde pequeño que sentía este deseo de hacer libros, de verlos escritos en forma de objetos, algo muy raro, que incluía el hecho de desvelarse. Desvelarse le dura hasta el día de hoy, con frecuencia, se puede levantar a las cuatro de la mañana a transcribir aquello en lo que está trabajando, asumiendo tal vez que hay una predisposición a la obsesión compulsiva en los trabajos artísticos, ideas, visiones, que no permiten dormir, comer o vivir si no se terminan. Sus primeras lecturas son hasta cierto punto convencionales para esos años: Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari, el cuento del Grial de Chrétien de Troyes, que lo sacudían con diez añitos, mundos de aventura que le mostraban que la literatura genera espacios en los que se puede habitar, que permiten salirse de la monotonía y la cotidianidad, en los cuales refugiarse de ser necesario, puertas para ingresar a otros mundos. A los 14 ya escribía cuentos y siempre se mantuvo escribiendo, por ejemplo obras de teatro para sus compañeros del colegio, aunque recién en la universidad lo asume como un oficio, tipo 19 años, cuando empieza a tomarse en serio el asunto, acumulando carpetas y carpetas dentro de carpetas. Una alumna muy seria nos señaló que Gabriela Mistral siempre tenía un rictus contrito. Usó esa expresión y yo pensé: esta niña es una prodigio. Le señalé que había unas fotos preciosas en las que se ve a Gabriela reír proyectando una luz verdaderamente radiante. Pero que quizás tuviera razón. Ernesto dijo que a él no le interesaba la poesía que escribía la gente feliz. Lo declara así en uno de sus libros: “Lo he dicho antes: la gente feliz no hace poemas. Y si los hace, esos poemas a mí como lector no me interesan. No persigo la risa ni el relato de una cotidianidad en la poesía. Persigo una revelación. Quiero admirar en un poema, como otros seres humanos, a pesar de las pérdidas y las traiciones, sobreviven”. Quizás por eso Gabriela es tan poderosa en él. Yo pensaba en que quizás estas actividades eran muy ordinarias para un escritor de su envergadura, pero después se me ocurrió que estaba siendo un verdadero idiota. Y recordé esa anécdota que el mismo Ernesto Carrión contó sobre Gabriela en Guayaquil. En mi mente chovinista guardo la versión de su visita a un colegio donde habló frente a los alumnos, los profesores y directivos, y al día siguiente cambiaron el nombre del colegio al de Gabriela Mistral. Seguramente no fue al día siguiente y yo le estoy poniendo color, pero así era la vieja: su presencia era poderosísimamente transformadora. También aquella otra historia que me contó una profesora mía sobre cómo la visita de Neruda a su liceo en Coquimbo había cambiado su vida. Para mal, ya que terminó haciendo clases, pero cambiando el rumbo de su existencia. Entonces sí, esta actividad frente a un grupo pequeñito de niños fieros, podía ser como el efecto mariposa, nosotros éramos la breve brisa de un aleteo, los niños crecerán hasta convertirse en las ráfagas devastadores de un huracán que lo arrase todo de una vez por todas. Cuando íbamos saliendo de la escuela un alumno nos acompañaba con cara muy seria, el ceño fruncido, los labios apretados. A éste le pegamos fuerte, pensé yo, lo dejamos para dentro, reflexionando: ¿Qué pasa, muchacho? Le pregunté. Es que por su culpa nos perdimos la clase de educación física. Niño de mierda, en una de esas cambiamos su vida justo por no poder marcar un gol y convertirse en el astro máximo del deporte nacional y en vez de eso lo dejamos convertido en un cantante de trap. Después de visitar una radio donde volvimos a escuchar Sonido Bestial, dejé a Ernesto en el puto Bilbania donde la Municipalidad tiene convenio. Al menos le estaban pagando la comida. Justo ahí en la esquina me comentó sobre Julio Jaramillo y el poeta modernista Medardo Ángel Silva, el principal modernista de Ecuador. Ángel Silva fue un poeta guayaquileño que muere a los 21 años en 1919, sin duda un monstruo quien a pesar de su temprana muerte, produjo muchísimo, digamos unas mil páginas escritas, no solo poemas, también crónicas notables, una novela campesina que publicó por entregas en un periódico donde trabaja y fue el primer publicista del Ecuador, haciendo versos para la publicidad de la cerveza Pílsener, por ejemplo, algo curiosísimo, una especie de niño genio como sólo la poesía es capaz de generar, un prodigio en medio del fuego sagrado, hoguera existencial que habría apagado violentamente con su suicidio, o a lo que se cree fue un suicidio, porque se disparó frente a su novia en su casa de Guayaquil, detonando una larga estela de poetas suicidas en Ecuador. Uno de sus poemas, El alma en los labios, se convierte en canción gracias a Julio Jaramillo, también leyenda en el Ecuador, autor de pasillos, popularísimo en México, en Colombia, en Perú –también en Chile– quien en parte le debe su fama extraordinaria a esta musicalización, uno de cuyos videos en Youtube tiene más de 7 millones de reproducciones. ¿Por qué no sabía de esto? ¿Por qué se me ha escapado esta historia de poetas-leyenda? Ernesto escribe en 2017 una novela donde trató de recuperar su poesía y sus vinculaciones con la magia y la brujería, a partir de la voz de una periodista que busca reconstruir su muerte, proponiendo que no corresponde a un suicidio sino a un asesinato, y esto porque en el parte policial de la época hay un montón de pistas que sugieren ese final distinto al que la gente ha creído hasta ahora, romantizando la muerte por su propia mano, mientras que lo que propone la novela negra de Carrión, El día en que me faltes, cuyo título sale precisamente de un verso de El alma en los labios, es un crimen cuya oscura trama ganó en 2017 el premio LIPP en la Feria del Libro de Guadalajara.
Ernesto también rescata en Triángulo Fúser a David Ledesma, un poeta importantísimo que aparece en escena en los años 50 y se suicida en los 60, quien sufre la discriminación por su homosexualidad. Ledesma fue un comunista convencido, alguien que había creado un programa de radio solamente para enviarle dinero y ayuda a Cuba. Ernesto recupera la biografía de quien está pensando que es la derecha la responsable de todas estas discriminaciones hacia los que son diferentes, la derecha como faro católico, obsoleto, de gente blanca, con una influencia retrógrada y maligna, que impide la libertad de ser quién uno es. Ledesma, que es una persona de estatus social alto, con familia del barrio Centenario, uno de los barrios más costosos del Guayaquil de los años 50, hijo de un juez, está convencido de que con el comunismo vendrán libertades para todos, por lo que viaja a Cuba sólo para encontrarse con que están persiguiendo a los homosexuales y han creado estos campos de concentración para ellos, campos de trabajos forzados, aniquilando brutalmente su ilusión y prácticamente expulsándolo de vuelta a Guayaquil, donde a las dos semanas se ahorca en la casa de sus padres, dejando un poema titulado Poema final, que sacaron de la camisa que vestía su cadáver. Para Ernesto ese Poema final y el poema Distinto, son poemas que siguen la línea de Medardo Ángel Silva, en cuanto a la ciudad como extensión de la vida psicológica del individuo, revelando las fisuras, las desgarraduras, la tristeza espiritual interna, la desubicación del sujeto en una sociedad que no lo acepta.
Yo leo esos poemas un día domingo, y efectivamente los encuentro totalmente demoledores. Los domingos son días en los que uno a veces quiere llorar sin razón alguna, pero su lectura me da razones válidas, de una ferocidad que ensombrece y castiga. ¿Por qué demonios uno no conoce a estos poetas? ¿Qué pasa con la poesía del Ecuador que parece no querer salir de sí misma? Una parte importante de la producción de Ernesto Carrión Castro está dirigida a terminar con ese perjudicial ombliguismo que siento nos perjudica a todos.
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Para el jueves, asistí a la última actividad en una casa cultural dentro de una población acá en Vicuña. Decidió leer poemas de un libro llamado Asia en el pelo, ganador del XLII Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”. Un paratexto que acompaña la edición dice que la colección Verbum ha mantenido desde sus inicios la vocación de dar a conocer voces poéticas de sostenido prestigio en sus países de origen, pero poco o nada conocidos en España. Y ahí Ernesto aparece junto a nombres como Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, E.E. Cummings, Antonio Colinas, Fernando Pessoa. No es poco, digo yo. El libro es realmente precioso. 25 poemas vertebrados por la presencia de China en el mundo privado del hablante, pasando por la filosofía, la poesía, las series de kung fu y una versátil muestra de la influencia del otro lado del mundo en el nuestro. En realidad hay aquí un viento huracanado cuyo ritmo doma Ernesto de manera preciosa y se convierte en una suave brisa bastante deleitosa. ¿Por qué quieren que hable yo? Le pregunto a la Roxy. A mí me van a tener toda la vida, esperemos que Ernesto vuelva. ¿Pero si no? Ante la insistencia aproveché de explicar cómo fue la selección de Ernesto como ganador del Segundo Premio Hispanoamericano de Poesía Gabriela Mistral, hablé de su libro, le pedí que leyera El baile de los que sobran de Gorriones rojos. Ernesto me había pedido antes que también leyera algo. Y leí un poema que tiene como protagonista a Pablo de Rokha: Todo es culpa de los monstruos, se llama. “Porque en el fondo ¿qué otra cosa se puede hacer? ¿Ser un triste oficinista? ¿Un empleado público? ¿Un profesor cesante? ¿Un borracho de cantina? ¿Un empresario viajero? ¿Un académico? ¿Un gerente de marketing? ¿Un jefe de zona? ¡Júzgalos a todos por sus espíritus! No son nada si no son poetas. No son nada si no son arte. No son nada si no han sido tocados por el rayo. No son nada sin el crujir de la semilla. No son nada sin el fuego. No son nada sin el soplo. Yo podría haber sido cualquier otra cosa, dice de Rokha babeando sangre; yo podría haber sido incluso un potentado; igualmente sediento y hambriento; yo podría haber tenido oro, ser ocioso y brutal; yo podría haber tenido mi manada de lobos feroces; pero de nada hubiese servido si no hubiese buscado alimentar la hoguera con la que iluminé el mundo. Entonces todo es culpa de ellos. De los monstruos.” Lo leí completamente convencido de que Ernesto es el tipo de monstruo del que hablo ahí. En el sencillo cóctel, entre pequeñas sopaipillas y pebre, le conté que había terminado Triángulo Fúser, le dije que me parecía ver en él una tentativa de novela total, más al modo de Bolaño que de Mario Vargas Llosa, un homenaje oscuro a tu ciudad, Ernesto, a la que entiendo amas con todas las desgarraduras de un amor violento, porque no deja de tener características de la novela negra, con crímenes de odio y un cuestionamiento a sistemas de valores que agreden la diferencia, pero sobre todo una novela urbana, con un Guayaquil atravesando épocas, retratado con un crudo realismo experimental, que me agranda Latinoamérica. Me parece, querido Ernesto, que toda la simpatía que nos provocan Mariano y Pablo, los protagonistas de la primera parte, con su ingenuidad erudita, su candor y dulzura, posiblemente reverberando de su entusiasmo juvenil y su exploración bien intencionada, se pierde cruelmente ya en sus otras partes, con la escenificación de los crímenes, con sus víctimas y victimarios, sus sórdidos hechos policiales que dan cuenta de lo peor de los seres humanos, la injusticia que brota a partir de la desigualdad que propician las clases dirigentes de nuestras sociedades y los traumas que imprimen en los sujetos subordinados y desposeídos. No vi ni propaganda, ni consignas, ni proclamas, eso me gustó mucho, compañero. Todo está en el showing y no en el telling, lo que me parece un verdadero acierto. También hay que agradecerte el panorama de la literatura ecuatoriana, por razones todavía ocultas para mí, mucho más invisible que la peruana, que la argentina, que la uruguaya, quizás al nivel de la boliviana y sobre todo de la paraguaya, en lo que espero sea una falta mía y no de todos los escritores de mi generación. ¿No te parece que hay cierta revancha además en uno de los retratos del Che?, no por supuesto en su interacción con los poetas guayaquileños con quienes mantuvo una amistad durante su prolongada aunque increíblemente borrosa estadía en ése puerto fluvial, cuyo río Guayas –macho y hembra– es un símbolo tanto de su desmesura como de la negación de lo femenino en la que seguimos viviendo, sino en el retrato del Che revolucionario, en la parte titulada Lo que el río esconde vuelve con la lluvia, que me pareció casi una caricatura grotesca, por supuesto de un grotesco intencionado, no te asustes, en el que su machismo se nos revela en una caracterización prácticamente escatológica. Hay su qué en esa escena donde, a la mitad de su necesidad de ocultar su pasado guayaquileño, quemando los diarios que daban cuenta de su relación con los poetas de esa ciudad, se rasca la entrepierna y se huele la mano. ¿Hay su qué o no hay su qué? No me digas que no. Otro de los detalles que llamó poderosamente mi atención, fueron los argumentos esgrimidos por un personaje llamado Petizo Piantao sobre la doble militancia poeta/narrador, pues podemos leer que “alguien nace para escribir poesía y alguien nace para escribir novela. Pero no puedes servir a dos amos. Además, lo mejor de ser poeta es que un poeta no puede envejecer. De hecho: su fuerza reside en la rebeldía. Mientras más salvaje e imprudente, mejor. La vejez y madurez le hacen daño al poeta. Por eso un poeta es a todas luces, un subversivo y un viajero en el tiempo. Mientras que a un novelista le hace bien madurar. Escribe mejor después de haber vivido y perdido mucho.” Lo que tomando en cuenta las características de tu trabajo, querido Ernesto, me hacen pensar que además estamos frente a una novela polifónica, al modo en que Bajtín leía a Dostoievsky, como creador de novelas corales donde los narradores y personajes no necesariamente representan el modo de pensar del autor.
Traté de decirle atropelladamente todo aquello para terminar con lo que me pareció débil, pequeños detalles, algunos apenas atribuibles a su propia pluma, porque consideré en ese momento que el estudio final sobre la novela a cargo de Wilfrido H. Corral, quizás estuviese de más, un gesto quizás innecesario para todos menos para mí, porque entre otras cosas entrega un panorama de la poesía de Ecuador al que accedo precisamente gracias a su inclusión en el libro.
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Mientras atravesaba el breve laberinto de callejones de una población apenas iluminada por la turbia luz del alumbrado público, a un par de cuadras de la caverna donde me refugio, se me ocurría que quizás tristemente no vería nunca más a Ernesto, pero al mismo tiempo sentía algo parecido a la felicidad por haber paseado con las bestias que liberamos y que llegaron fugaz y milagrosamente de visita, porque ya que no salgo al mundo, el mundo con sus monstruos viene a mí.
Vicuña, invierno de 2025.





