La patria ricotera: el último adiós al Indio Solari

Todos los caminos parecían ir a Avellaneda. El cielo estaba gris y las calles vacías. Una llovizna fina, casi imperceptible, hacía eco a una extraña melancolía colectiva, entre fantasmas y fiestas perdidas.  “¿Están yendo a ver al Indio?”, pregunta Miguel Chiquilín, nuestro taxista, como si no hubiese otro destino posible el domingo pasado, en la ciudad de Buenos Aires. Dos días antes, el 5 de junio, había muerto Carlos Alberto “el Indio” Solari, músico argentino y cantante de la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (popularmente conocidos como Los Redondos), quienes tocaron juntos desde 1976 hasta 2001. 

Fue un rockero-poeta-profeta, uno de los más queridos e influyentes del rock argentino, quien captó la profunda y compleja esencia de su país, y la llevó a sus letras, inspirando una devoción casi religiosa entre sus seguidores, los “ricoteros”. 

Entre 2004 y 2018, el Indio hizo tanto carrera en solitario como con la banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, cuyo último show en vivo –“el pogo más grande del mundo”, al que asistieron más de 300.000 personas– desbordó el predio y terminó con dos personas muertas. En 2016, el Indio anunció que padecía Parkinson y redujo gradualmente sus apariciones en público. A sus 77 años, falleció en su casa-quinta de Parque Leloir, en la Zona Oeste del Gran Buenos Aires.

Desde el viernes de su partida, Argentina atraviesa una especie de duelo comunitario, que se materializó el domingo en el municipio de Avellaneda, en la Zona Sur del conurbano bonaerense donde, en un tiempo récord, se organizó un velorio para que, todo aquel que quisiera, pudiera acercarse y darle al Indio su último y sentido adiós. Las autoridades locales estiman que fueron un millón de personas. “Llegamos”, anuncia Miguel, y nos avisa: “Piensen que esto es como si se hubiera muerto el Maradona de la música”. 

La calle está tomada. Parece que el mundo se ha detenido para despedirlo. Parrillas con choripanes, heladeritas con cerveza y fernet, stands improvisados con remeras y afiches que leen algunas de las frases más icónicas de este padre espiritual y que ya casi son dichos argentinos: “Vivir solo cuesta vida”, “el lujo es vulgaridad”, “violencia es mentir”. Sencillas verdades, realmente. De pronto, un pogo: alguien sostiene un parlante a todo volumen con temas de Los Redondos, y se forman el baile y el coro, entre saltos, choques y empujones. Un joven mira el pogo llorando desconsolado, y a su lado otro sonríe mientras hace ondear una bandera argentina. Algunos abrazan ramos de flores, como si fueran un sostén. A nuestro lado, una fila de personas avanza de manera muy ordenada hacia un horizonte infinito. Alguien nos ubica geográficamente: estamos “a unas 30 cuadras” –unos 3 kilómetros– del Parque Domínico donde, en el interior de un polideportivo, se encuentra un cajón cerrado con el cuerpo del Indio, y donde termina el peregrinaje.

Nos encontramos con nuestro amigo, Juan José Relmucao, de 34 años, periodista, ricotero y oriundo de Luis Guillon, Zona Sur de Buenos Aires. En seguida asume el rol de guía –urbano y espiritual– para la jornada: de pronto, nosotras también estamos en un viaje – una catalana y una argentina-canadiense, buscando no sabemos bien qué. Quizás, una llave más para acercarnos al corazón de Argentina. Empezamos a caminar juntos, acompañando la marcha, que avanza con lentitud, porque nadie tiene prisa. Todos quieren estar aquí, en este ritual – en esta fiesta.

“La música… la sentís como algo que te acompaña en la vida”, nos dice Ernesto Herrera, sentado en un banquito, en la vereda. Parece mirar más allá, a un destino lejano en el conurbano bonaerense, o capaz en sus recuerdos. De sus hombros, cuelga una bandera con la cara del Indio que le da, a este señor de 65 años, un aire de superhéroe. Un superhéroe cansado. “Mi mujer falleció hace dos meses”, nos cuenta, “y, antes de morir, ella leyó el libro del Indio: toda la historia”. Él está transitando el duelo, pero no es fácil. Como dijo el Indio en su canción y autobiografía, los recuerdos mienten un poco. Para distraerse, pero también para comprarse el pan del día, está acá, en la vereda, vendiendo remeras con la cara de un ídolo del rock, por 25 mil pesos. Desde la pandemia, Ernesto está sin trabajo formal: su último empleo fue en una empresa de refrigeración. Se tuvo que rearmar, poniendo en práctica esa habilidad tan argentina.

“Las letras del Indio Solari han sabido señalar muchas cuestiones complejas, placenteras, luminosas y oscuras de lo que significa ser argentino”, nos dice Juan, “pero también sobre lo que significa ser un ser humano atravesado por lo que se conoce como el ‘capitalismo tardío’”.  El Indio se refirió al opresivo y desgastante ritmo de la vida cotidiana como un “infierno”. Después de la dictadura argentina, él siguió advirtiendo sobre otras formas de control de la modernidad, que mantenían a los ciudadanos “atrapados en libertad.” “¡Un último secuestro no! ¡El de tu estado de ánimo, no!” canta en el álbum Oktubre, publicado recién estrenada la democracia. Tan pronto como en 1998, el Indio anticipó que “Dios es digital”. Su estilo ha sido acuñado como un tipo de escritura “oracular”. 

Nos acercamos a un grupito de veinteañeros, ocho chicos y una chica. Todos visten suéters deportivos y jeans: hay una remera de Greenpeace, un rosario, un pañuelo palestino, tatuajes y piercings, y una lata de cerveza circulando. Nos cuentan que se conocieron en 2020, durante la pandemia, jugando online. Cuando se pudo, se reunieron en persona, a pesar de ser de municipios distintos. Ahora son todos amigos. Hay uno que tiene ganas de hablar: es Agustín Paredes (22), de Berazategui, estudia Ingeniería Informática en la Universidad de La Matanza y lleva colgando una cámara de fotos – ha empezado hace poco y parece entusiasmado. Para él, el Indio es la voz que suena de fondo en los asados familiares. Con el tiempo, se ha ido identificando con las letras: “son crípticas”, dice, “pero a uno le llegan y dice ‘che, esto es lo que vivo en mi día a día’”. Agustín reconoce ahí al ciudadano promedio del conurbano – al trabajador, al albañil. “El boneaerense es un pueblo muy olvidado por lo que es Capital [Federal]”, dice: “y el gobierno [de Milei] no ayuda, en el sentido que, a veces, es muy antipatriótico”. Dice que el Indio le enseñó “primero, a transformarse uno mismo, y después, en grupo, a crear resistencia”. 

—¿A qué hay que resistir, hoy, en Argentina? —le preguntamos 

—A lo anticultural —sentencia.

Para Sandra Oliver, docente de periodismo y comunicación de la Universidad de La Plata, el Indio “fue un tipo que nunca reconoció el poder. Él quería hablarle a los argentinos, apelando a la emocionalidad patriótica, a que se rebelen.” Aunque empezaron como un grupo del under, tocando en bares y sótanos en La Plata, Juan asegura que hoy Los Redondos pueden sonar en la pileta de un club, o en un restaurante de clase alta, porque la poesía y los versos del Indio siempre están abiertos a múltiples interpretaciones: “Él buscaba que, a través de una imagen, las personas se vieran reflejadas de la manera que mejor pudieran hacerlo,” dice, “no buscaba cerrar el significado de una canción, sino abrirlo, y por eso puede llegar a tantas capas de gente.” 

Gustavo Brailer (65), un economista de Olivos, está parado en la orilla de las masas, observando, dejando que el momento lo abrace, y que le recuerde, quizás, a otro tiempo, en el que los discursos masivos tenían otro tinte. “Se ve la diversidad social que hay acá,” comenta, “[el Indio] tuvo un mensaje muy claro: de solidaridad, de empatía, de igualdad, de profundidad. Que no es el momento que estamos viviendo en Argentina. Tampoco en el mundo”.

Como por arte de magia, en el río de gente nos cruzamos con una amiga, Rafaela Gamba, de 33 años, actriz y acompañante terapéutica. El abrazo es sentido, porque Rafi está conmovida. Habla de cierta sensación de orfandad, a raíz de la muerte no solo del Indio sino de referentes ideológicos que soñaron un mundo que, jóvenes como ella, en sus años de universidad, creían posible. “Calculo –y lo dice con más cara de ‘espero’– que algo irá caldeando por debajo, en la cultura y en la sociedad, hasta que emerjan nuevos referentes”. Destaca que el Indio “nos ha ayudado a pensar políticamente” porque “jamás ha subestimado a sus oyentes, que son el pueblo, con estudios o sin, que sabe leer o no – pero al que obliga a pensar”. De hecho, el Indio había hablado en numerosas ocasiones sobre cómo era el público (y no la banda) el protagonista de los recitales, las ‘misas’ ricoteras: habló de una construcción compartida entre el público y el artista, del privilegio de ocupar el escenario, como espacio habilitado por la gente. “Redondos son el público, no los que estamos arriba del escenario”, dijo.

El sentido de identidad atraviesa esta jornada de duelo. En Avellaneda, todo el mundo hoy se siente ricotero. Hasta nosotras, después de varias horas caminando en romería junto a toda esta amalgama de historias que casi todo el mundo tiene ganas de expresar. Después de varias horas caminando, la avenida se ensancha y se dispersa la procesión. Se convierte en una onda más de plaza, de encuentro, charlas en grupos, mates compartidos. Un pasacalle lee “InDios eterno, Cristina libre”.  Algunos siguen hasta el final; otros, que van con niños, personas mayores o empujando sillas de ruedas, dan al Indio por despedido antes de llegar al polideportivo. Es domingo y mañana hay que laburar.

En este último tramo, los organizadores del evento –la municipalidad de Avellaneda, en coordinación con el gobierno provincial y con la familia del Indio– van habilitando la entrada a la capilla ardiente, en grupos de unas 100 personas. Aquí ya no hay parlantes, ya no hay fernet. Todo se vuelve más solemne, esperando el turno, todavía bajo un cielo gris. “El Indio es mi papá, loco,” dice Milton, 24, desocupado, de Quilmes. Se le entrecorta la voz: “Fue una gente que le dio voz a un pueblo que no tenía, a una generación que hacíamos todo mal, y él lo pudo reflejar para que nuestra vida sea un carnaval”. Matías Solís, de 29 años, reflexiona, entre lágrimas: “No hay mucho para pensar, se trata más de sentir”. Se aferra a unos shorts blancos, decorados con sus propias manos hace muchos años, de chico, en su casa de Berazategui, cuando dibujaba a la noche para no sentirse mal. Son la ofrenda que hoy dejará al lado del cajón del Indio, un adiós que atraviesa tantos otros. “Se va ese pibe que se sentía solo, que quizás no encajaba en ningún lugar, y encontró en Los Redondos, en el Indio, en el rock nacional, un refugio.” 

El grupo está por acercarse al Indio por última vez. Hay silencio y hay cantos. La pasión colectiva. El corazón argentino. 

*FOTOGRAFÍAS DE MARIANA NEDELCU. Reportera gráfica freelance radicada en Buenos Aires, Argentina. Su trabajo se enfoca en temáticas sociales, conflictos políticos, derechos humanos y problemáticas medioambientales.

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