Mi vida como migrante

España recibe un promedio de 600.000 migrantes al año según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (2025). A nivel mundial, de acuerdo al último reporte de la ONU (2024), cerca de 304 millones de personas migran buscando nuevas oportunidades. La migración es cada vez más común, pero el rechazo a ella es cada vez más grande.

Al inicio de un invierno, siete personas se reunieron bajo un taller literario sobre migración en la ciudad de Barcelona. Mediante lecturas y escrituras, se fueron dando refugio y compañía durante más de tres meses. Escribiendo y reflexionando, compartiendo experiencias que ninguna cifra o noticia podría retratar. 

Estos textos son el resultado de ese refugio.

Muchas gracias por confiar, 

Ignacia Godoy.

Polerón rosado – Valentina Paz

Como cada día se prepara un té con miel y se sienta en el sillón junto a la ventana, el único punto de luz natural de ese departamento. Enciende el computador, tiene poca batería, lo enchufa, el adaptador no funciona. 

El adaptador no funciona, qué cliché y qué energía de mierda con la que se levantó hoy, la verdad es que últimamente lleva días así, una fuerza extraordinaria, como un pegamento permanente la absorbe en su departamento-piso. Se da vueltas y duda antes de salir hasta que se lava la cara, se pone su polerón rosado largo hasta las rodillas y sus lentes-gafas de sol con los que disimula perfectamente su pijama. Logra salir. 

Baja en el ascensor, lleva una bolsa de basura “orgánica”. Más de alguna vez le han dicho que el reciclaje de esta ciudad es un mito; ella aprovecha de bajar la bolsa para dejarla en el contenedor, no sabe si bajará nuevamente. 

Camina, sabe que nadie la mira y ella no mira a nadie. 

Es media cuadra, es solo media cuadra, piensa, media cuadra y a la izquierda. 

Se dirige al bazar, pasa por fuera de dos tiendas, saluda con un gesto rápido al vecino del supermercat, como casi siempre, casi sin mirar. Pasa por la pizzería que está cerrada hace más de un año, un café de esos que te puedes encontrar en cualquier esquina de esta ciudad, una salida de metro y una tienda carísima de colchones a la que no suele entrar nadie.

Por fin llega al bazar. Tiene ocho pasillos, cada uno de ellos dedicado a cubrir, reemplazar, complementar algo del hogar o de la vida cotidiana. Los pasillos se le hacen más largos y profundos de lo que realmente son, la luz fría y titilante la absorbe y la sensación de pegamento vuelve.  

Aquí, al igual que en su departamento-piso, puede encontrar todo y en secreto lo agradece, eso impide que tenga que ir a otro sitio. Ella quiere algo dulce, siempre quiere algo dulce. Es que le da una cuota de felicidad comer cosas dulces, cualquier golosina-chuche que contenga chocolate le va bien. Allá se compraba un Super 8 o una Chokita. Aquí, un croissant con chocolate, un chocolate Milka o alguna galleta de marca desconocida también con chocolate.

Sabe directamente dónde ir, al pasillo tres, el de electricidad y cosas para el hogar o vida cotidiana. Se sumerge en un paisaje estrecho lleno de cables clasificados por color, cintas aislantes junto a los enchufes, interruptores, ampolletas-bombillas led, frías, cálidas. Entre medio de todo esto, un poco a trasmano, al lado de los adaptadores ladrones, lo encuentra. Ahí está el adaptador universal para su computador-ordenador. Lo coge-toma, se detiene por unos segundos, alcanza a escuchar una estela de conversación que proviene del pasillo cuatro, el de utensilios de cocina para el hogar. Por muy sumergida que esté en su pasillo la curiosidad le gana. 

A: Què tal el noi que va venir a veure l’habitació del Jordi?

B: No ho sé… No el va acabar de convèncer.

A: No? Per què?

B: Què vols que et digui. El Jordi diu que prefereix llogar-la a algú d’aquí.

A: Bé, ell sabrà a qui fica a casa. No hi pot entrar qualsevol; a més, s’ha d’adaptar a la dinàmica de la casa, no?

¡Ay verdad! Olvidaba la cosita dulce, se dirige a la caja,  escoge cualquiera con chocolate, ya saben. Se encuentra con el vecino de siempre, su madre o suegra, su niña que juega alrededor y que corre por los pasillos. No entiende lo que conversan entre ellos, entre que discuten y se ríen, la saludan, cruzan pocas palabras, mientras, se queda pensando en las del pasillo cuatro, el Jordi y su filtro sospechoso para no alquilar a cualquier persona. Ningún Jordi que ha conocido en esta ciudad le ha caído bien.

Vuelve rápido al departamento-piso. Esta vez alguien la mira, pero ella no mira a nadie, va encerrada en su cabeza, ensimismada pensando si necesita comprar otra cosa o no, porque no sabe si bajará de nuevo. Ya se olvidó del Jordi y del alquiler, pero lo recordará más adelante y lo conversará con alguna amiga.

Ni se da cuenta, pero ya se encuentra instalada en el ascensor subiendo al segundo primero. Siente alivio, ya está en casa y no sola, ya está en su casa-piso-departamento-piso con su adaptador y su cosita dulce.

Se mueve con agilidad, como hace tiempo no lo hacía, coge-toma el envoltorio de plástico que cubre el adaptador, intenta quitarlo con la boca, no puede, coje-toma la tijera, clava una de las puntas y raja toda la envoltura de plástico con fuerza, lo logra. Mira el adaptador blanco, busca la entrada que necesita, lo conecta con el enchufe de su ordenador-computador. Salen chispas, un pequeño destello de electricidad y la agilidad desaparece de golpe.

Algo no encaja, respira, lo observa bien, el adaptador tiene una patita que no entra, no funciona bien.  Rabiosa lo tira al suelo y grita, se mete el pelo en la boca y lo muerde y grita para adentro. No sé por qué le importa si nadie la escucha y ella no escucha a nadie. 

Tendrá que bajar nuevamente al bazar que está a media cuadra y a la esquina izquierda, ya saben. 

En las nubes – Jean-Sébastien Pélerin Mejía

Las puertas se abren finalmente, la multitud empuja para entrar en el metro y Laura se deja llevar por la gente detrás de ella para entrar. Por suerte encuentra un sitio. Es lo peor cuando le toca quedarse de pie una hora más después de un turno intenso como el de hoy en el hotel.

Son las cuatro de la tarde; hoy fue el mismo día que el de ayer. Seguramente será el mismo mañana. Pero aquí está, en la línea 6 del metro parisino lista para descansar.

El convoy arranca y acelera. Se puede sentir por la manera en que la rama está temblando al hacer su recorrido de otra época. Como la vieja Wolsvagen escarabajo que su padre quiere tanto, con la que la llevó al aeropuerto ese día. Apoya su cabeza en la ventana del metro y se acuerda.

Están solos con su padre, él conduciendo, ella a su lado. Su madre no quiso acompañarles. Ni para despedirse ha podido salir de la casa.

El sol está despertando, es de madrugada y ella cuenta las palmeras rodeando la ruta hacia el aeropuerto. Es un paisaje maravilloso, lleno de verde, la carretera está muy plana pero se ven como un cuadro las montañas de la cordillera iluminadas por el sol naranja del alba.

A su padre no le gusta hablar tanto, no es su primera cualidad, pero está preocupado.

–¿Los papeles están en orden? 

–Sí, señor…

–¿Y dónde pusiste el rosario que te dio tu madre?

–En la mochila.

–Tienes que llevártelo contigo… Tu madre está muy triste, sabes.

–Lo siento.

–Tienes que trabajar mucho para regresar rápido, tienes que dar noticias a tu mamá, se va sentir muy sola.

Silencio.

–¿Me escuchaste?

–Perdón, sí, señor.

Cuando se ponía agresivo, así, siempre la asustaba, pero en este momento respira hondo y se calma. Sabe que en su carro no va a pasar nada. No es que su padre sea una mala persona, solo que en esta época es más fácil comunicarse con el cinturón. Pero a la hora de separarse, las almas siempre se tranquilizan, y tampoco es el momento de dejar huellas.

Cierra los ojos y siente una luz deslumbrarla. El tren ya ha pasado la estación Kleber y ahora está fuera del túnel pasando por el puente que domina el río de la Seine. Esa luz es diferente, esa no tiene color, pero desde aquí se puede ver la Torre Eiffel acercándose más y más en un espectáculo que deja indiferente al resto. Si aquí se evitan los ojos, podrían por lo menos atender a la escena. Pero ella la ve, y no se cansa de mirarla. Es como la había imaginado, una estructura desnuda pero fuerte que se mantiene valiente en medio de las nubes negras y de la lluvia ácida. Una belleza fría que hasta la Sarita no paraba de mencionar.

“Qué bonito París, la torre Eiffel, el amor, oui oui, oh y vas a comer una baguette, ¡qué lindo!”, dijo su amiga de la vida cuando le anunció que ya tenía la visa. Era un momento especial, estaban juntas en traje de baño sentadas en unas piedras a la orilla del río de su pueblo, su lugar preferido para fumar unos porros a solas, donde nunca llegarían sus familiares.

Laura tenía consciencia de que no iba por turismo, que tenía que quedarse, encontrar una vida allá y que iba a ser difícil. Pero cuando Sarita le decía esas tonterías, las nubes de su cabeza se iban, y venía a su mente esa idea de que, tal vez, lo podría disfrutar.

–Amor, ¿regresarás por lo menos cada año? –preguntó Sarita.

–Dale.

–¿Me lo prometes? –insistió.

–Sí claro –mintió Laura.

–Y cuando regreses me traes a un hombre más guapo, un bizcocho.

–Ay, Sara…. Dale, lo intentaré.

–A mí me gustan más pollito, pero si me puede mantener puedes traer un viejito, ¿dale?

–Ay, boba, qué asco –ríe Laura por primera vez– Cállate y ven conmigo.

Lo dijo así sin pensarlo pero era algo imposible, Sarita tenía a su bebé por el que había tenido que dejar de estudiar, por eso Laura no necesitaba una respuesta. 

–Y él cómo… ¿reaccionó por fin?

–Vos sabes, como siempre.

Puso su cabeza contra su hombro y le dijo, ya casi, amor, ya casi.

Sarita sentía el contraste entre el sol quieto que calentaba su espalda y la corriente de agua helada que se creaba camino entre sus piernas. Era la única cosa que le recordaba que el tiempo no se había parado.

“Pardon, pardon… ah enfin…”, otra vez Laura se ha olvidado dónde está. El hombre con cabello canoso delante suyo la hace salir de sus pensamientos. La está mirando con ojos de exasperación. Necesita salir en la próxima parada, es urgente. Estaban uno frente al otro desde un principio, pero ni se habían visto. Es grande y elegante a pesar de que su ropa parece haber envejecido con él. Quizás le hubiera gustado a la Sarita, piensa, pero ya se va. Adiós, señor, te lo perdiste por tu mal genio. 

Por lo menos le recuerda que este tren tampoco es el lugar ni el momento para quedarse en las nubes. No ha cruzado océanos para disfrutar o para soñar. No quiere saber hasta dónde la podrían llevar sus sueños.

Mi Sur – Verónica Rojas

Miró su boarding pass antes de subir al avión: “32 F”. Al menos es ventana pensó.

Intentando no golpear a nadie con la mochila viral versión primark, se dirigió lentamente hasta el final mirando con atención los números para no pasar de largo al embarcar. Una amable sonrisa a los compañeros de fila, para luego apuntar con los dedos y decir: “permiso, ese es mi lugar” 

Ir al lado de la ventana le despertaba nostalgia, de su tierra. Afirmó su cabeza con resignación en la ventana, con melancolía se oyó repetir:

90 kms en su parte más angosta.

445 kms en su parte más ancha.

175 kms es su anchura promedio.

4.270 kms de longitud.

Tenía en su memoria la imagen de Chile desde las alturas ¿O era la que había visto en el icarito?

Siguió repitiendo:

Al norte Perú.

Al sur la Antártica.

Al este Argentina.

Al oeste el Océano Pacífico.

Todo eso lo había aprendido en clases de historia de la única escuela con número a la que fue en su vida, en esa escuelita la lista de útiles incluía palos de leña seca y zapatillas de lana.

Respiró profundo, sentía la cabeza abombada y le molestaba un poco los oídos. Estaba a 10.000 metros de altura buscando en la ventana valles transversales y volcanes. Pero no estaban…ahí no estaban.

Volvió a mirar por la ventana para encontrar confirmación a su teoría geográfica basada en su intuición, “aquí el sur queda del otro lado”, y lo creyó de verdad porque eso era lo que su brújula interna le marcaba. 

En un tono alegre y cantado se le oyó decir al capitán. “Estimados pasajeros hemos aterrizado en Sevilla, temperatura actual 35 grados”. ¡35 grados! ¿Pero no es invierno? Ah, cierto…verdad que no, aquí no lo es. 

Por un momento había olvidado que este viaje al sur era a otro sur. Sacó su teléfono y abrió la aplicación del tiempo, allá hacían 11 grados y aún no amanecía. Se imaginó la combustión lenta encendida con las últimas brasas de fuego ardiendo, si todo sigue como siempre, muy pronto se levantaría su papá, bajaría las escaleras silencioso y pondría más leña; tener la casa caliente era su forma de decirles: “las quiero”.

Ahora en cambio estaba en un sur donde todo era ausencia, ausencia de lluvia, de olor a humo y de hollín, pero lo más evidente era la ausencia de los suyos, así que no había duda… este sur no era su sur.

El cielo azul – Ana Hernández

No quiero despertar porque en ese lugar de ensoñamiento existíamos todos en Barcelona. 

Mi mamá está en la cocina dirigiendo el proceso. Mi papá existe, sí, ¡existe! y está riéndose con Juanse mientras se toman un ron en la sala. Gaspar se restriega contra sus piernas, y Malta vela el pollo que Theo le ayuda a hacer a mi mamá en la cocina mientras ríen y hacen todo en una magistral coordinación, como si se comunicaran mentalmente. 

Yo me río hasta las lágrimas con mi hermana mientras arreglamos la mesa, tal cual mi mamá nos enseñó hace tanto tiempo, y pensamos en la vez que ella dijo que me enseñaría a beber y la que se emborrachó fue ella. 

Lula, por supuesto, se ha teletransportado también, y no sé por qué, (en los sueños nunca sabemos por qué pasa lo que pasa, solo aceptamos la realidad), está parada encima de la mesa del comedor. Salgo al patio y miro el cielo. El cielo azul perfecto de Barcelona. De este lugar tan mío y tan distante. Le digo a mi hermana: cada día me tengo que recordar que vivo y sobre todo, que existo aquí. Se me olvida. Cuando lo recuerdo soy feliz. Cuando lo olvido quiero volver a Colombia. ¿En dónde soy más yo? Es una pregunta latente. No lo sé. No tengo respuesta para eso. No tengo respuesta para eso, es algo que me repito cada tanto cuando mi mente quiere responder algo que no tiene respuesta y que me agobia. 

Desde el patio miro hacia adentro y resulta que sí tengo respuesta para esto: en este sueño es cuando soy más yo. Con todos ellos. En Barcelona y en mi hogar. 

Entro del patio y veo cómo se amontonan todos en el sofá de la sala. En hilera están: Theo, mi  hermana, Juanse, mi papá, mi mamá, Lula, Gaspar y Malta. Todos sonríen, incluídos los animales. No sé cómo, pero lo hacen.

Ahí vuelvo a despertar.

Barcelona es mía porque yo estoy aquí. 

Al día siguiente vuelvo a soñar, esta vez solo con mi papá. 

Lo veo a lo lejos, pero no me ve. Es mi papá.
Todo a mi alrededor está vivo. Hay árboles entrando por los ventanales abiertos de lo que parece un hospital antiguo muy amplio. Tiene una única cama en una esquina de hierro color blanco y se le notan los años. Es en donde él está. Moviendo sus brazos de un lado a otro al son de la canción que tararea en medio de una sonrisa que siento que no veía hace mucho tiempo.

Conserva la bata de la Clínica Imbanaco. Pero ya no está completamente entubado. Ahora solo tiene dos sutiles tubos en cada una de sus fosas nasales que le permiten volver a moverse libremente. Tiene más peso y no está completamente calvo. Por los ventanales, además del sol, entran algunos pajarillos y un mico entre las ramas de uno de los árboles que conforman el bosque tropical en el que toda esta enfermedad divina parece estar, por fin, desapareciendo.

Yo no puedo acercarme más a él, solo observar desde lejos. Él no me ve. Yo sonrío.

Yo sonrío con lágrimas en los ojos porque él está ahí. En medio de la naturaleza. Su elemento. Libre. Solo. Rodeado de animalitos. Sin preocupaciones. Bailando al son de una canción que solo existe en su cabeza y que posiblemente tarareará por mucho más tiempo después de que yo deje de verlo. 

Abro los ojos de nuevo. Sin miedo, con el corazón latiendo en calma y no desbocado como muchas otras veces. Cae una lágrima y luego otra. Un sueño hermoso, no hay duda de eso. Pero al final del día sigue muerto. La enfermedad está desapareciendo y así, poco a poco, él está desapareciendo también. Parece feliz, se veía bien.

Me levanto. Tomo un café. Salgo al patio y me abraza ese mismo cielo azul perfecto de Barcelona que de una extraña manera me dice: así no seas de acá, en este lugar estás a salvo. Y todo, por un momento, parece tener un poco de sentido.

Mi no espacio – Nicolás Díaz

Este nuevo espacio que habito me lleva directamente a un fatídico ping pong mental de cuestionamientos un poco absurdos.

A los pocos segundos de entrar a ese living, de ahora en más MI LIVING (odio de sobremanera la palabra living), la certeza recorrió todo mi cuerpo, como siempre lo hace esta certeza, sabiendo inequívocamente que había cometido un error casi irremediable con mi llegada.

Las paredes del durlock de la peor calidad que vi en mi vida, me transportan a un coche viejo y putrefacto, a momentos de mi pasado que quisiera y realmente pensé jamás volvería a visitar. El maldito reloj vintage que hace años no funciona, las fotos de viajes pasados, las puñeteras figuras de cerámica china y sobre todo el espeluznante empapelado estilo rococó de la sala.

¿Cómo se puede tener tan mal gusto?, fue lo primero que pensé. 

Nos sentamos con mi nuevo esposo, bueno, en realidad nuevo para mí, porque él de nuevo tenía muy poco. Como los tan pocos o nulos pelos que le quedaban en su casi completa calva lustrosa. Frente a nosotros, la mesa anaranjada setentera, y para refrescarnos un exquisito vaso de agua sabor a humedad, mi sabor favorito. 

El calor de ese julio era particularmente infernal y veníamos de un largo viaje desde mi país no tan natal, pero el país donde había pasado los últimos años de mi vida (FELIZ). El agotamiento era total y se sentía como una pesadilla de esas que tienes en una noche de febrícula.

Luego de un rato de conversaciones vagas y explicaciones generales del funcionamiento de la casa, SU CASA, me enteré que, de ahora en más, iba a tener que preparar mis desayunos en una cocina color crema deprimente (aunque lo deprimente quizás era lo de menos, pero lo crema es inaceptable), así que decidimos pasar a la habitación para darnos una merecida siesta. La decoración, déjenme decirles, no mejoró, quizás todo lo contrario. ¿Quién tiene fotos impresas con una impresora hogareña de los noventa? Muchas fotos impresas. Demasiadas fotos impresas para que mi psiquis no se viera corrompida por tal agresión.

Todo esto que describo para mí no es poca cosa, porque si hay algo que tengo es buen gusto o al menos eso me gusta pensar.

Tengo mi buen gusto, me dije.

Claro que tengo mi buen gusto o si no ¿qué significa este hermoso set de lino que me confeccioné con mis propias manos expresamente para esta grandiosa llegada? ¿No es buen gusto acaso haberme hecho chapa y pintura en la peor estética de Ciudad de México? ¿Y mi perfume Bois de Balincourt? ¿No es ese detalle la mayor expresión del buen gusto? 

Temo decir que si hay alguien que piense lo contrario, carece de esta cada vez más extraña cualidad.

La fineza de mi delicada expresión vital se hacía más evidente por el contexto anteriormente descrito y lo verbalice, quizás con la intención de quitarme un poco de lo cochambroso de ese lugar de encima. 

¡TENGO MI BUEN GUSTO!, grité y las paredes de la habitación temblaron en un eco firme desgarrador como si de un llamado de guerra se tratase. 

Quizás, EL BUEN GUSTO, sea de las pocas cosas que me quedan desde que llegué a esta casa, a esta ciudad, donde me pregunto a cada hora en punto que marca el detestable reloj estilo vintage que hace años no funciona: ¿por qué te viniste a vivir a Barcelona?

1 comentario en “Mi vida como migrante”

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