Los profesores deben diseñar nuevas estrategias de enseñanza para atender las necesidades de los alumnos neurodivergentes, un desafío en los últimos años en los colegios. Esta situación evidencia la falta de apoyo institucional y obliga a los docentes a adoptar estrategias personalizadas, como la anticipación de rutinas y adecuaciones en el entorno del aula, para garantizar el aprendizaje de todos los estudiantes.
En Chile, cada vez se identifican más estudiantes que necesitan apoyos distintos dentro del aula, y eso ha puesto nuevos desafíos en el trabajo diario de los profesores. Con recursos limitados, sobrecarga administrativa y la necesidad de nuevas formas de enseñanza, muchos docentes buscan formas de asegurar que todos puedan participar en el aula.
La presión por adaptarse a esta diversidad creciente se vuelve evidente cuando se observa el trabajo cotidiano en las escuelas. Laura Astorga trabaja en una escuela pública de educación básica de San Bernardo, donde 27 de los 150 estudiantes presentan diagnóstico dentro del espectro autista, la mayoría confirmado por un neurólogo. Para Astorga, jefa de la Unidad Técnica Pedagógica (UTP), esta realidad hace imprescindible supervisar cómo se desarrollan las clases y apoyar a los docentes en la implementación de estrategias que respondan a las necesidades de cada estudiante.
Según explica Laura, su área cumple un rol central en el funcionamiento pedagógico de la escuela y en la implementación de proyectos como el Plan de Mejoramiento Educativo (PME). Esto resulta especialmente relevante en cursos donde la presencia de niños neurodivergentes ha aumentado, obligando a realizar ajustes constantes en la enseñanza.
Un estudio de 2023 de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, indica que entre el 15% y el 20% de la población mundial es neurodivergente. En Chile, un informe del Ministerio de Desarrollo Social y Familia publicado en 2024 estimó que el 17% de la población de dos años o más presenta algún tipo de discapacidad, ya sea física, sensorial, del desarrollo o de otro tipo, lo que corresponde a más de tres millones de personas. Este contexto evidencia que los docentes enfrentan un escenario de creciente diversidad en las salas de clases, lo que ha generado una urgencia por adaptar los espacios educativos y ajustar las estrategias pedagógicas.
El tiempo, la falta de recursos y los cupos limitados del Programa de Integración Escolar (PIE), que no siempre alcanza para cubrir a todos los niños que requieren apoyo en las aulas, son señalados como dificultades por distintos docentes Estos coinciden en que la demanda supera la capacidad de brindar un acompañamiento completo a cada estudiante.
Según cifras del Ministerio de Educación correspondientes a 2023, el PIE integra actualmente a 473.006 estudiantes, lo que equivale al 14,6% de la matrícula en establecimientos con aporte estatal. De ellos, el 70,6% presenta Necesidades Educativas Especiales (NEE) de carácter transitorio y el 29,4% NEE permanentes.
Las NEE corresponden a los apoyos adicionales que requieren ciertos estudiantes para poder aprender en igualdad de condiciones. Estas pueden ser permanentes, como el Trastorno del Espectro Autista, la discapacidad intelectual o un Trastorno Específico del Lenguaje severo, o transitorias, que incluyen dificultades específicas del aprendizaje, desafíos emocionales o conductuales, e incluso casos de TDAH que pueden mejorar con intervención.
Aun así, estas cifras no consideran a los niños sin diagnóstico que quedan fuera del sistema, lo que evidencia la presión que enfrentan las escuelas para responder a una diversidad creciente que supera los recursos disponibles.
La implementación de estrategias de enseñanza por los profesores
Para los docentes, estas cifras se traducen en una demanda creciente de apoyos especializados. Esa es la experiencia de Elisabeth Navarro, educadora diferencial en una escuela municipal de Huechuraba que forma parte del PIE desde hace nueve años. En su establecimiento, actualmente tienen siete estudiantes transitorios, quienes reciben apoyos por un período determinado, y dos estudiantes permanentes, que requieren acompañamiento educativo constante durante toda su trayectoria escolar.
En el caso de Elisabeth, docente con 9 años de experiencia, comenta que una de las necesidades más complejas de abordar aparece en estudiantes dentro del espectro autista, especialmente cuando presentan dificultades de comunicación. Comenta que, aunque muchos de ellos tienen una alta capacidad cognitiva, no siempre pueden expresarse verbalmente, lo que dificulta intervenir en momentos de crisis o enseñar habilidades socioemocionales.
Para enfrentar esta situación, el año pasado implementó una estrategia que, según cuenta, fue una de las más efectivas en su curso: un panel de anticipación elaborado exclusivamente con fotografías reales del estudiante y de las personas involucradas en sus conductas.
A diferencia de los pictogramas tradicionales, utilizó imágenes del propio niño realizando acciones problemáticas, como molestar a un compañero, tirar del pelo o golpear a los profesores. También incluyó fotos de las personas presentes en su entorno para reforzar la asociación. “Le hacía mucho más sentido verse a sí mismo en esas escenas, así entendía mejor lo que no debía repetir”, comenta. La estrategia no eliminó por completo la conducta, pero sí redujo su frecuencia y permitió trabajar límites a través de preguntas guiadas como “¿Se le puede pegar a un compañero, sí o no?”, que favorecieron la comprensión y el autocontrol.
El impacto de estas estrategias contrasta con otra realidad del sistema: la cantidad de trámites y registros que debe completar a diario. Aunque reconoce que estos instrumentos son necesarios, explica que muchos de los documentos que debe completar terminan repitiendo información: informes de progreso, registros diagnósticos, planificaciones individuales y formularios de seguimiento que solicitan prácticamente lo mismo para el PIE, el establecimiento y las supervisiones externas.
Además, tienen la obligación de documentar cada apoyo entregado, registrar adecuaciones curriculares y adjuntar evidencias del progreso del estudiante, procesos que deben completarse en distintos formatos. “Al final pierdes el tiempo que podrías ocupar en preparar material o en atender a los niños”, comenta. La duplicación de registros y la entrega constante de antecedentes incrementan las horas extra dedicadas a tareas que no impactan directamente en el aprendizaje.
El peso del marco legal que impacta en la inclusión escolar
Su experiencia coincide con los resultados de la Encuesta PULSO de 2024, realizada por Global School Leaders junto a Fundación Chile, que muestra que los líderes escolares destinan un 32% de su tiempo a actividades vinculadas al currículum y la enseñanza, evidenciando la sobrecarga que enfrentan quienes deben coordinar el trabajo educativo del establecimiento.
Parte de esta exigencia se relaciona con el marco regulatorio que rige la inclusión educativa en Chile. El Decreto 170, vigente desde 2009, establece los procedimientos para identificar a estudiantes con necesidades educativas especiales, tanto transitorias como permanentes, y determina los apoyos pedagógicos y profesionales que pueden recibir a través del Programa de Integración Escolar (PIE). Este proceso implica evaluaciones, diagnósticos y registros que los establecimientos deben mantener actualizados.
A ello se suma la Ley TEA (21.545), promulgada hace dos años, que busca garantizar la inclusión, la atención integral y la protección de los derechos de las personas dentro del espectro autista en ámbitos como educación, salud y participación social. Aunque no es el único marco vigente, forma parte de un conjunto de disposiciones que buscan fortalecer la inclusión, pero que también han incrementado las demandas administrativas y de adaptación para las comunidades escolares.
Elisabeth comenta que, pese a los avances normativos, la implementación en las escuelas ha sido difícil. Señala que la llegada de estas políticas no ha ido acompañada de la capacitación suficiente para ellos, lo que ha generado dificultades al momento de aplicar las medidas de inclusión en los cursos. A su juicio, los profesores no recibieron la preparación necesaria para asumir estos cambios y “los tiraron a los leones”, sin considerar las consecuencias que esa falta de apoyo tiene en el trabajo diario con estudiantes que requieren acompañamiento específico.
Además, enfatiza que muchas políticas educativas se diseñan desde una distancia importante con la realidad de las escuelas, ya que quienes elaboran estas normativas “pueden tener muchos cursos o posgrados, pero no conocen en terreno las realidades de cada colegio ni cómo se trabaja en cada uno”, lo que para ella termina generando lineamientos que no siempre se ajustan a las necesidades concretas de las comunidades educativas.
A la experiencia de Elisabeth se suma la de Claudia Moncada, educadora de párvulos que trabaja desde hace diez años en una escuela ubicada también al norte de Santiago. Claudia comenta que su labor con los estudiantes que presentan distintas necesidades educativas ha sido diversa: algunas estrategias funcionan con ciertos estudiantes, pero no con otros, lo que la obliga a aprender nuevas formas de enseñar y a complementar su formación inicial.
Moncada explica que identifica las necesidades de sus estudiantes apoyándose en el equipo PIE, compuesto por una educadora diferencial, una psicóloga y una terapeuta y que, ante una realidad escolar cada vez más compleja, también se informa por su cuenta, consulta con colegas y recurre a especialistas. Recuerda que, cuando comenzó, había uno o dos casos por nivel, mientras que hoy llegan a cinco o seis por sala, un cambio que la ha llevado a prepararse más y comprender mejor las particularidades de cada estudiante.
Uno de los aspectos más desafiantes, afirma, es el trabajo con las familias. En preescolar, muchos niños aún no cuentan con diagnóstico, por lo que son las educadoras quienes primero detectan señales y deben comunicarlo. Sin embargo, “a veces las familias están en negación”, atribuyen las dificultades a la inmadurez o simplemente no logran ver lo que ocurre con su hijo o hija. Esto vuelve el proceso complejo, porque implica acompañar, orientar e insistir, incluso cuando algunos adultos no colaboran o delegan toda la responsabilidad al colegio.
Respecto de las estrategias que más utiliza, Moncada destaca una recomendación central del PIE: conocer al estudiante en profundidad. Desde identificar sus gustos, rutinas, estímulos que lo desregulan y situaciones que podrían provocar crisis. Así puede anticipar lo que ocurrirá en el día y preparar al niño o niña para cambios en la rutina. Un ejemplo que describe es la anticipación verbal cuando deben salir de la sala.
Si sabe que un estudiante es muy estructurado y podría reaccionar con ansiedad, le explica con tiempo qué ocurrirá, a dónde irán, qué habrá en ese espacio y cómo volverán después. Esa anticipación, dice, “le baja la ansiedad” y permite evitar episodios de desregulación. Añade que este trabajo requiere observar detalles y ajustar cada día según la respuesta de los estudiantes.
El rol del apoyo psicológico y emocional
Además de lo que observa en su labor diaria, Moncada subraya la importancia de contar con más psicólogos dentro de la institución, donde asisten alrededor de 600 niños. Esta necesidad por apoyo emocional no solo se refleja en la experiencia docente: también la confirma Daniela Sanhueza, una de las pocas psicólogas que, desde hace cuatro años, se especializa en la atención de personas neurodivergentes.
Daniela explica que su interés por esta área surgió tras recibir su propio diagnóstico de TDAH y el posterior de autismo tipo 1 de su hija, además de la llegada de pacientes que enfrentaban desafíos asociados a diagnósticos tardíos o sospechas no confirmadas de neurodivergencia. Muchos de ellos llegan con dificultades para pedir ayuda o para acceder a adecuaciones académicas. En su experiencia, los estudiantes pueden recibir rechazo no solo de sus familias o pares, sino también del sistema educativo en general. “El rol de la escuela debería ser primero formarse y capacitarse en estos temas, pero también brindar apoyo concreto a los estudiantes”, señala.
Sobre el impacto de estas barreras, la psicóloga agrega que pueden afectar tanto el desarrollo de habilidades como la posibilidad de encontrar espacios adecuados para aquello, además de la comprensión y acompañamiento por parte de las redes de apoyo. “En términos emocionales, se trata de entregar espacios más neuroafirmativos, donde la persona no tenga que cambiar para encajar, sino que pueda reconocerse como neurodivergente y sentirse aceptada en su entorno”, indica.
En su experiencia, la implementación de estrategias simples pero personalizadas puede marcar la diferencia. En la escuela de su hija, por ejemplo, se dispone de un “rincón de la calma” y se permite el uso de audífonos para disminuir la sobrecarga sensorial. Además, se flexibilizan ciertos espacios, como la biblioteca, para que los estudiantes puedan moverse según sus necesidades. Estas medidas, señala Daniela, contribuyen tanto al bienestar emocional como al aprendizaje de los estudiantes, evidenciando que incluso ajustes modestos pueden tener un impacto significativo cuando se aplican de manera constante y consciente.
Todo esto coincide con la mirada de especialistas, como la Dra. Ninoska Inochea, especialista en Neuropsiquiatría Infantil y Juvenil experta en Altas Capacidades, quien aclara que “neurodiversidad y neurodivergente son conceptos distintos: todos somos parte de la neurodiversidad, pero la neurodivergencia recae en un grupo más pequeño que se aleja de lo neurotípico”. Respecto al abordaje de estos casos, explica que “el primer enfoque nunca es farmacológico, siempre es según la necesidad de apoyo que requiera el paciente, pero nunca es la primera línea de tratamiento”.
A raíz de ello, enfatiza en el rol importante de las terapias no farmacológicas como la terapia ocupacional, psicológica hasta los talleres donde se desarrollen las habilidades sociales ya que se enfocan en un manejo más bien ambiental. Se evalúa puntualmente el ámbito familiar de la persona como el educacional.
Por este motivo, la neuróloga cree que la primera estrategia siempre debe ser la educación al docente sobre cómo atender las necesidades educativas dentro del aula. Una vez sabiendo eso no se va a patologizar, sino al contrario, se visibiliza que hay una necesidad de apoyo en cierta área, en el alumno y va a crear estrategias para eso. Menciona el uso de salas de estímulo o de calma, espacio adaptados para la regulación emocional de los niños y niñas controlados para el desarrollo y la relajación.
Acompañar en el aprendizaje a través del apoyo psicológico
Otra experiencia que permite comprender los desafíos docentes frente a la neurodivergencia es la de Macarena Macchiavello, educadora de párvulos que hoy se dedica de manera exclusiva al trabajo con altas capacidades. Desde su rol, advierte que la falta de información y la ausencia de una política pública clara generan dificultades constantes en el sistema escolar. “Las altas capacidades son una neurodivergencia y están presentes en el 10% de la población, pero en Chile casi no se conocen y no existe una ley que ampare a estas personas”, explica. Para Macarena, este desconocimiento tiene efectos directos en las salas, ya que muchos profesores nunca habían escuchado del tema y, por lo mismo, no cuentan con herramientas ni formación para atender adecuadamente a estos estudiantes.
A partir de su propia experiencia como mamá, Macarena creó la comunidad Mi Hijo Excepcional tras detectar tempranamente las altas capacidades de su hija y encontrarse con un sistema sin apoyos ni información. En enero de 2024 abrió una cuenta de Instagram para acompañar a otras familias y, en poco tiempo, comenzó a recibir decenas de mensajes pidiendo orientación. Aunque al inicio solo respondía dudas la comunidad creció rápidamente y hoy reúne a casi 10.000 seguidores en la red social.
En su trabajo con comunidades escolares, Macarena realiza capacitaciones dirigidas a los docentes a través de charlas educativas. Explica que muchas veces debe ajustar el contenido porque el desconocimiento es generalizado. “Hace dos años nadie sabía que esto existía. Ese descubrimiento inicial suele generar sorpresa, pero también motivación. Los profesores muestran mucho interés ante esto que es nuevo”, señala.
Aun así, reconoce que incorporar estos aprendizajes no es sencillo, especialmente en un sistema bajo alta exigencia. Macarena comenta que los docentes enfrentan sobrecarga de trabajo y bajos sueldos, una realidad que conoce de primera mano por su experiencia como profesora. Para ella, la principal barrera no es la falta de disposición de los docentes, sino un modelo educativo que “no está hecho pensando en que todos somos diferentes” lo que dificulta atender adecuadamente la diversidad de estudiantes presentes en las aulas.
Por ahora, la inclusión descansa más en el compromiso y experiencia de los profesores que en el sistema educativo. Y mientras las normativas sigan avanzando sin llegar plenamente a las salas, ese equilibrio seguirá siendo tan frágil como cotidiano.
*Este reportaje fue realizado en el marco del ramo homónimo dictado por la periodista y docente Amanda Marton en la Universidad de Chile.
ILUSTRACIÓN DE PATO VERA





