Nada que valga la pena aprender puede enseñarse (Oscar Wilde)
—¿Por qué escogió un libro tan enfermo?
La pregunta me dolió. No era la primera persona que me lo decía. Llevaba los últimos tres días pensando en el asunto. Mi colega del otro curso, que no lo había leído y que aceptó ponerlo en el plan lector confiando ciegamente en mi criterio, fue la primera en hacérmelo ver.
—¿Qué onda el libro que elegiste?
—¿Está muy fuerte?
—Unos niños tienen sexo sadomasoquista con un militar. Le hacen pipí en la cara. Y también matan animales para ejercitarse.
—Sí, sí… Es fuerte.
—Incluso para mí ha sido difícil leerla.
Luego, una estudiante de tercero medio me interrogó mientras esperábamos en la fila del kiosko:
—¿Es verdad que en cuarto medio están leyendo un libro súper enfermo?
—Sí. O sea, no. No sé si enfermo es la palabra. Es que es un libro sobre… ¿Cómo supo usted?
—Lo vi en instagram. Uno de cuarto subió una historia diciendo que estaba traumado.
—Es que es un poco fuerte.
—Dicen que una niña tiene sexo con un perro.
—Sí, sí. Es fuerte. Bien fuerte.
Ahora, frente a una de mis mejores alumnas, la pregunta me pareció mucho más difícil. No se trataba de discutir la moralidad del contenido de la obra. Ni siquiera me estaba cuestionando por haberla escogido. En cambio, ella quería entender mi decisión, plenamente confiada de que si yo había escogido una obra así de inquietante es porque tenía una muy buena razón.
Su confianza era todavía más amenazante que su cuestionamiento.
¿Tenía una buena razón?
***
Para muchas personas, los libros que leyeron en el colegio son los únicos que leerán en la vida. La lectura no es inofensiva. Los libros son dispositivos capaces de moldear la relación del lector con su sensibilidad, imaginación, valores y expectativas. A la edad de mis estudiantes, entre doce y dieciocho años, esto es crítico. Eso explica el interés de la política de todo signo en incidir en este repertorio.
El poder que a lo largo de la historia ha sido disputado por intelectuales, políticos, párrocos y hasta militares, el de decidir qué libros han de pervertir a la juventud, recae hoy en Chile en las manos gastadas del profesorado.
Mira las mías, manchadas con la tinta de los plumones y salpicadas del café con el que me atraganto en los recreos. Tengo veintiocho años. Hago clases desde los veintidós. Mi colegio es bueno, un particular subvencionado mixto que cumple los sueños de la meritocracia. Allí todos se esfuerzan. Los papás en pagar el arancel, que no es barato. Los niños en sacarse buenas notas. Y nosotros los educadores en que todo eso tenga sentido.
La paga no es tan mala como creen. Gano lo mismo que recibía de garzón. Parecido a lo que ganaba manejando uber. Pero el trabajo es mucho más demandante. Paso casi todo el día ahí. Tengo 400 estudiantes a mi cargo, de séptimo a cuarto medio. Me sé los nombres de todos. Mucho más que los nombres. Me sé sus historias de amor, sus miedos, sus traumas. Es hermoso. Es agotador. Cuando salgo del trabajo no quiero ver a nadie. Parezco un zombie.
Pero no te dejes engañar por este aspecto de animal apaleado. Las personas como yo somos capaces de lo mejor y también de lo peor. Parte importante de ese poder reside en que podemos escoger los libros que leerán los niños del futuro. Justamente nosotros, que nos apasionan los libros.
Cuidado.
Quizá pusieron al gato a cuidar la carnicería.
***
Cuando la leí por primera vez, la novela me gustó. Más que gustarme: me voló la cabeza. Llegué a ella por recomendación de otra colega que la había incluido con éxito en el plan lector de hace unos años. No la eliminó por los reclamos, sino porque creía que las nuevas generaciones no la leerían con la misma mirada crítica.
—Igual esta generación es distinta— le dije para intentar convencerla.
—Estoy de acuerdo.
—¿Nos lanzamos no más?
—Démosle.
Nadie en el departamento de literatura se opuso porque solo nosotros la habíamos leído. Desde las jefaturas, solo nos pidieron que anotáramos en un documento —que sospecho que nadie ha revisado todavía— con qué tema de convivencia u orientación podría relacionarse la lectura. Recuerdo que escribí a la rápida:
«¿Cómo tomar decisiones éticas en tiempos difíciles?»
Ahora debía explicarme frente a la estudiante matea. Ensayé una respuesta que fuera en esa línea.
—En el mundo actual hay muchos niños que viven cosas parecidas a las de los niños del libro. Es chocante e incómoda, pero quizá las categorías como «bueno» y «malo» no tienen mucho sentido cuando todo está destruido.
—Ah…Entiendo.
— Cuando hay una guerra, como lo que está pasando ahora en el mundo.
— Me imaginé algo así. Igual me ha costado mucho leerlo, he intentado pensarlo desde un análisis o algo, pero no sabía si estaba en lo correcto. Ahora entiendo por qué lo escogió. Gracias profe.
—De nada.
Salvado.
¿Cierto?
La verdad, no pareció muy convencida con mi respuesta. Es una buena estudiante, para nada crítica de sus profesores. Ella asume que nosotros somos lo que sabemos e intenta cumplir con lo que cree que esperamos de ella.
Así que quizá dijo que entendió, pero en realidad en el fondo, bien en el fondo de su corazón, seguía profundamente inquieta con lo que leyó. Aceptó mi respuesta intelectualmente, pero no la hizo carne como yo habría esperado. Y es que, en realidad, yo tampoco había hecho carne mi respuesta.
Era solo una explicación burocrática.
***
Diseñar un plan lector es una negociación difícil. En la mesa se sienta, tímido, el Estado a través de las lecturas recomendadas de los Planes y Programas. Están también los apoderados, siempre dispuestos a reclamar por el precio, el largo, el contenido o lo que sea que les haya resultado inconveniente. Tienen su lugar importante los colegas de asignatura, quienes cargan con sus propias pasiones, prejuicios e ideologías de lo que debiese ser la lectura escolar. A veces, cada vez menos, también dejamos espacios para los muertos, para esos grandes nombres que reclaman su lugar en representación del viejo canon literario. Y por supuesto, tienen su lugar los publicistas de las editoriales que etiquetan los libros para adolescentes de tal o cual edad.
Los estudiantes también pueden ser convocados a la conversación, aunque rara vez a través de su propia boca. Sus voces se escuchan en el eco de conversaciones de pasillo, encuestas improvisadas, correos de apoderados y comentarios recogidos al vuelo entre clase y clase. Mientras más envejezco, más siento ese abismo que se abre entre lo que los adultos creemos que los jóvenes podrían disfrutar y lo que efectivamente ocurre.
A fin de cuentas, los libros que escojo hablan tanto de mí como de lo que espero que ellos sean.
***
—Encuentro horrible que nos obliguen a leer cosas así.
Otra estudiante que se sumaba a los reclamos. Sus papás le dijeron que simplemente no lo leyera. Ellos hablarían con el profesor para explicarle. Pero a mí no me había llegado ningún correo.
—Nadie te quiere obligar…
—Pero si no lo leo me saco un uno. Y eso afecta mi NEM.
—Bueno sí. Pero no por eso te queremos obligar…
—Es obligar. Aparte no entiendo para qué nos hacen leer cosas así.
—Bueno, justo hablé de eso con una compañera del otro curso. Emm, tu sabes que esas son cosas que pasan en el mundo. Es chocante e incómoda, pero quizá las categorías…
—Ya sé que son cosas que pasan. Todos lo sabemos. No necesito que me lo diga un libro. Pero no tengo por qué leerlo. No quiero tener que pensar en eso.
—Es que quizá justamente por eso es importante. Porque son cosas en las que preferiríamos no pensar y por eso permitimos que ocurran.
—Que yo piense en eso no va a hacer que se acaben.
—Sí, es verdad, pero…
De repente empezó a llorar. Me asusté. Mucho.
—Perdón…te entiendo. No queremos obligar a nadie. Habla con tu profe jefe, estoy seguro de que podemos encontrar una alternativa. Otro libro o un trabajo reflexivo sobre la temática, no sé. Pero no llores, disculpa.
La verdadera razón era más trágica. Mientras nosotros discutíamos, su mascota había muerto.
El papá le envió una foto del cadáver por WhatsApp. Me la mostró mientras lloraba: un hámster tieso, frío, muerto ¿Por qué justo en este momento? ¿No podía esperar a que llegara a la casa? Sus amigas la acompañaron fuera de la sala mientras yo iba a buscar un té a la sala de profesores pensando en esos padres que consideraron que su hija no estaba lista para leer sobre violencia en un libro de ficción pero sí para ver el cadáver de su propia mascota.
***
La elección del libro se estaba volviendo una pesadilla y todavía me faltaba la instancia decisiva: la clase antes de la prueba. Ese día la gran mayoría de los estudiantes ya leyó el libro y tiene preguntas. Los que no leyeron, en cambio, van más concentrados que nunca para intentar hacerse una idea y salvar la nota.
Me imaginaba la escena. Sería yo frente a cuarenta y cinco adolescentes entre los 17 y los 18 años. El tribunal supremo me juzgaría. Yo llevaba todas las de perder en el caso. Me enteré de que la otra profe de cuarto medio le dijo a su curso que ella también pensaba que no era una buena idea leer ese libro. O sea que llegaba a comparecer después de que mi abogado renunciara al caso. O después de que mi cómplice ya confesara. Sin importar cómo lo viera, lo cierto es que estaba frito.
Llegó el día. Tenía mi presentación preparada, con hartas imágenes y datos históricos. Quería explicarles por qué la autora llegó a escribir algo así y, sobre todo, por qué lo hizo con ese estilo tan minimalista, objetivo y aséptico. Creí que si entraba por ese lado quizá se les ocurriría solitos una buena razón para leer justo esa novela a esa edad. Pero una estudiante se anticipó y me puso en el estrado antes de que pudiera empezar a defenderme:
—Profe, no lo quiero cuestionar ni nada, pero ¿podría explicar qué sentido pedagógico tiene hacernos leer esto?
—Buena pregunta… bueno, de hecho, me lo he estado preguntando harto estos días… La verdad es que…
Estaba a punto de confesar. Disculparme, pedir misericordia, darme latigazos
—¡Solo escogí el libro porque me gustó y la verdad es que no pensé ni medité lo suficiente sobre el impacto que podría generar en ustedes! ¡Por favor perdónenme!
Pero tuve otra idea.
Una ampolleta se prendió ¿Y si en vez de defenderme o reconocer el error les devolvía la pregunta? ¿Qué respuestas habrán imaginado ellos? ¿Que el profe es un degenerado que los quiere hacer leer sobre pedofilia, zoofilia y muerte? ¿Que el profe los quiere hacer sentir mal, traumarlos? Por supuesto que no, ellos no son así. Ellos, todos ellos, son personas hermosas, nobles e inteligentes. Jamás pensarían algo así de sus profesores.
—Yo tengo una respuesta a esa pregunta, pero quizá sea más interesante escucharlos a ustedes ¿Por qué creen ustedes que lo escogí?
Silencio.
El tiempo se detuvo para mí. Ese vacío, ese momento denso, ese vértigo. Un instante invisible para los parámetros de medición de calidad educativa. Esta es, para mí, la imagen más bella de la pedagogía. No se trata de traspasar un saber, sino de despertar la inquietud por saber. Hay algo que el profesor no sabe. El objetivo de la clase es que al final de la clase ellos tampoco lo sepan.
Una, dos, tres manos levantadas.
Le di la palabra a la primera.
—A mí me pasó que nunca había leído una perspectiva así sobre la guerra. Siempre en las películas te muestran a los héroes, pero nunca a los que se quedan sufriendo. Y el libro se centra en ellos. Los niños, las mujeres, los animales. A mí me hizo pensar mucho. Creo que por eso lo pusieron.
Suspiré, por fin, después de horas sintiendo angustia. Casi me puse a llorar.
Le di la palabra al siguiente.
—Profe, yo entiendo que a muchos les incomodó el libro porque muestra cosas super fuertes. Y además como que la autora no lo cuenta como algo terrible ni con muchos sentimientos. Simplemente lo cuenta como es, sin adornos. Pero yo siento que igual es importante que leamos estas cosas porque son cuestiones que pasan. Lo que pasa en Gaza por ejemplo, eso está pasando ahora y aunque sea incómodo leerlo no es tan ajeno a nuestra realidad. Yo creo que por eso lo hizo leer.
—Gracias por tu comentario ¿Quien más había levantado la mano?
—Yo profe ¿Puedo ir al baño? Naaa, broma. Profe yo quería decir que a mi no me gusta mucho leer, pero este es el primer libro que de verdad disfruto. Nunca había leído algo así. Aparte como los capítulos son cortos y no tiene muchas páginas es fácil de leer. Yo creo que lo puso por eso.
Y así siguieron, uno tras otro, dándome una lista de buenas razones, cada una más válida que la anterior. La clase fluyó solita y no nos dimos ni cuenta cuando sonó el timbre. Muchos me dieron las gracias por la clase. Yo se las daba de vuelta. Uno se acercó y me dijo que era la mejor clase que habíamos tenido en el año. Le di las gracias también.
Me acerqué a la estudiante matea que me había interrogado en la mañana.
—Creo que la explicación que te dieron tus compañeros es mucho mejor de la que te di yo.
—Sí profe. Ahora entiendo por qué eligió este libro para que fuera el último que leeremos en el colegio.
La verdad no me había dado ni cuenta. Tenía razón. Era el último libro. Lo que quería decir que era también la última clase de literatura que tendría con ellos. Y coincido con el otro estudiante: fue la mejor que hemos tenido en los dos años que llevábamos juntos.
Al día siguiente, al entregarme su prueba, la estudiante matea me dejó un mensaje al final.
«Me gustó mucho el libro para ser tan horrible, me dejó mucho en qué pensar y valorar. Deberían implementar más lecturas así para las próximas generaciones, tal vez no tan crudas pero si que te provoque cuestionarte sobre tu alrededor. Gracias Profe.»
No sé si puede existir una mejor razón para enseñar literatura.





