La ilustración muestra cuatro grandes fragmentos asociados a una abuela. Sus ropas, sus objetos y la tristeza de una nieta que la extraña.

Daniela, nada se acerca a ti

Cómo se puede describir a Daniela. Las palabras quedan cortas o son muy simples, mundanas, para la persona que fue. Por lo que le pasó o lo que sufrió. La lengua se me retuerce y escribo frases compuestas que no se parecen en nada a ti. No te hacen justicia pero, a veces, es justo eso lo que no hace la escritura.

Ella fue mi abuela, mi abuelita. Una figura que llenaba espacios y vaciaba otros. Para mí siempre fue de las primeras. Su presencia se podía sentir a dos habitaciones de distancia y su voz todavía se me cuela por las orejas hasta mis pensamientos para hacerme llorar. Mi abuelita. Digo mía porque no puede ser sino de esa manera, ella sí me perteneció, a los rincones más especiales de mis recuerdos. A los que intento volver cuando toco sus palomas rosadas de cristal o su perro pequeño de cerámica. Te hablo en las vigilias porque despierta estoy completamente lúcida de que ya no estás. 

Abuelita.

La vine a ver porque ya no vivimos juntas y el cuerpo me pide su olor y las palabras que salen de su boca. Conversamos sobre lo que está puesto en la tele del comedor, una costumbre que nunca se atrevió a erradicar. Es difícil imaginarla así porque pasó más tiempo sin tecnología que con ella. Comemos carne al jugo y papas cocidas al horno. Es su utensilio de cocina favorito, el horno, igual que el mío, pero a ella sí le gusta cocinar y lo hace muy bien. Antes de este plato me dio una empanada de pino. Yo ya no consumo carne, ella no tiene por qué saberlo. Me la como igual y me trago cada pedazo de vaca que murió para que yo hiciera feliz a mi abuela. Si lo pienso así, es un sacrificio que la misma vaca hubiese aceptado sin titubear. Cortamos la carne en el segundo plato casi al mismo tiempo y los trozos se ven llenos de vida para mí. Esa que veo irse lentamente en ella. 

No hay que confiar nunca en los hombres, me dice. Es lo que siempre me dice. Juego de manos es de villanos, besos y abrazos no quitan pedazos, lo que hay que cuidar es lo de abajo. 

No confío en ningún hombre, abuelita. Aún te hago caso. 

Las papas están perfectas porque tienen un sabor a jugo que echaba de menos. De postre trae un tarro de duraznos y helado de piña. Se nos derrite el helado y, entre ese jugo y las cucharas chocando el plato, no tenemos nada más que decirnos. ¿Pensará que ya no tiene temas en común con su nieta? Siempre tuve miedo de que pensaras eso, abuelita. Que te dieras cuenta, en realidad, de que soy la nieta con la que menos cosas tienes en común.

Ella nos quiso mucho. A todas por igual.

Su pieza estaba al lado de la nuestra. Casi podíamos sentir el pasar de las hojas y el cierre de su libro de reinas y reyes para irse a dormir. Las pantuflas que se ponía para no tocar la cerámica fría de su baño cuando no quería ir al del pasillo. La puerta que se abría para ignorar las reglas de mi madre. Las luces se apagan a las siete. Ella se escabullía a las ocho y se sentaba en la cama de abajo del camarote, la mía o la de mi hermana, para cantarnos viejas melodías. Es difícil tararearlas sin imaginarte moviendo las manos y esos gestos, que voy recuperando de a poco cuando las canto con otras personas. La canción se hace colectiva y también tu recuerdo que pasa de boca en boca construyéndote a pedazos.

El cuerpo me pide su olor y las palabras que salen de su boca.

No quiero compartirte, abuelita, mi dolor es íntimo y también tu cariño.

Su pared estaba llena de fotos de nosotras. De ellos, sus hijos, ellas sus nietas, ella su hermana, él su hermano. Son pedazos de su mente inmortalizados en la pared. Una ayuda que necesitó, en sus últimos días, para no olvidar lo que era realmente importante: su familia. Las tomo de a una, sin intención de hacer caer el único y oxidado clavo que sostiene la imagen. Te la acerco para que la revises con tu ahora lentitud y silencio. Ella es tu hija y él es tu hijo, le digo, despacio, como si le doliera mi voz en su tímpano. Me asiente y yo lleno el vacío de sus silencios pensando en esas dos personas que más quiso en su vida. Estar segura de lo que me responde sería elegir no ver a plena luz del día: una locura. Elijo esa locura cada vez que voy a visitarla. Quisiera haberte ido a visitar más veces, abuelita. 

Alejo el marco y lo devuelvo a su lugar para repetir la acción con la fotografía a su lado. Esta vez somos nosotras, ellas, las nietas. Le digo uno a uno nuestros nombres, esos en los que participó. Ella es, ella es, ella es, ella es, esa soy. En ese final, egoísta, hago una pausa esperando su reacción, su mirada directa a mis ojos. Puedo ver que me quiere en sus pupilas brillantes y temblorosas, casi distingo mi sombra en el color de su iris. 

¿Me ves, abuelita? 

Mi prima me grita que no estoy en el cuadrado. Las baldosas del patio están recién enceradas y las suelas de mis zapatos se resbalan sin control. Intento mantenerlas firmes mientras ellas planean las reglas del juego. Haremos dos equipos, las grandes con las grandes, las chicas con las chicas. Las grandes harán de profesoras de arte y nosotras nos sentaremos en la mesa a dibujar algo enseñado por osmosis. A través del vidrio del ventanal, las cortinas de encaje blanco transmiten una canción de Julio Iglesias a volumen medio. Ella no escucha nada demasiado alto. Está preparando panes con queso para llevarnos y vasos de bebida. No nos pide ayuda, ni a las chicas ni a las grandes. Nunca nos pidió ayuda. Camina equilibrando una bandeja de metal y noto que tiene puestas sus pantys color piel. La blusa con diseño de cadenas y leopardos mimetizan los tres collares que cuelgan de su cuello. Mechones de pelo quieren escapar del peinado inmortalizado con laca y no logran salir de la formación. Esa es mi abuelita.

Coman, niñitas. Coman, coman, después siguen jugando. Jugar en tu patio con infinitas posibilidades y rincones dispuestos a la imaginación. Se veía enorme, el espacio, inabarcable. 

Te hacemos caso y comemos primero. Dejamos las témperas a un lado y agarramos las hallulas cortadas por la mitad. Nos tomamos la bebida de un solo sorbo porque nuestras mentes no conocen la palabra futuro. Lo que se vive es el ahora y tenemos que seguir pintando. La amenaza de la hora de irse a casa no existe porque nosotras vivimos contigo. Mi hermana nos pide, con tono de profesora y actuando en su rol, que doblemos la hoja de papel por la mitad. Y después la abren, dice, posando una mano en el hombro de mi prima que descubre un color café producto del doblaje armado. Pedimos hacerlo otra vez y en esas súplicas no se me cruza por la mente ir dentro a estar contigo, ver televisión, escuchar música o ayudarte a limpiar la cocina. La amenaza de perderte, de que luego no estarás, no existe porque yo vivo contigo. 

Me arrepiento de no haberte acompañado. 

La pierna se me mueve incesante a la espera de la campana porque no me gusta imaginarte sola, en el asiento del conductor, deseando nuestra compañía. Son casi las cuatro de la tarde y nos vienes a buscar otra vez. Yo sé que tú estás esperándonos desde hacía media hora y ya entendemos que los horarios no están preestablecidos por otros, sino por ti. Cierro mi cuaderno lo más rápido que puedo, no pienso en la materia que dejé de escuchar minutos atrás. Mañana llenaré los espacios vacíos que sacrifiqué por ti. Salto a la puerta sin despedirme de nadie y llego a la reja del colegio. Ahí está tu auto color rojo estacionado al frente. Te veo con tus anteojos tornasol, más grandes que los huecos de tus ojos. Cruzo el semáforo y llego a ella. Recuerdo la vergüenza que me daba al principio verla en la entrada, a ti, abuelita. Me dabas vergüenza y eso me da muchísima pena. Esa niña abre la puerta del auto y te saluda tímidamente porque todavía no soy capaz de soltarme a tu lado. Hola, abuelita, cómo estás, abuelita. Tú me saludas de vuelta con un beso en la mejilla, con una marraqueta caliente entre tus manos. Les compré pancito para que coman. En la bolsa transparente puedo divisar unos Chester que prefiero por sobre el pan. Este para cuando lleguen tus hermanas, me dice. Y el silencio que guardamos entre las dos se rompe en cuestión de segundos con las voces de ellas entrando en la parte trasera del auto. 

No quiero compartirte, abuelita, mi dolor es íntimo y también tu cariño.

¿Cuánto nos querías, abuelita? Mucho, mucho nos querías.

Llegamos a la casa que ya no compartimos porque nuestra mamá decidió la independencia. Te enojas con mi hermana y la relación ya no es tan ligera como la nuestra. 

No eras perfecta, abuelita. A mis ojos eres lo más cercano a la perfección.

El paño de cocina que usabas para perseguirla cuando no hacía lo que te gustaba está descansando entre tus platos. Ya no te enojas. Ahora te pareces más y más a una abuelita de película, tierna, cariñosa. Nos abrazas o tomas de la mano, nos dices que nos quieres y que estás feliz de rodearte de nosotras. 

Las manos te tiemblan más de lo que te gustaría y piensas que estamos molestándote. No es así, estamos aquí para acompañarte. Veo tus ojos escapar de la conversación e irse a un lugar al que me gustaría llegar. Intentamos hablar lento, pero después de un tiempo se nos olvida, casi se nos olvida que estás ahí, y seguimos como si tu presencia fuese invisible. Es que ya no puedes hablar casi nada. Te pasamos el postre por el que has esperado despierta hasta ahora, vemos cómo se te iluminan los ojos al darte cuenta. Me encantaría decirte que, si hubiese dependido de nosotras, no hubieses sufrido como lo estás haciendo. Me encantaría poder tomarte de la mano y contarte a qué me dedico, que estoy escribiendo sobre ti o sobre otros, que siempre te recuerdo con mucho amor. Me encantaría que te vieras en el espejo y te encontraras como te gustaba, fuerte, decidida, garabatera y despreocupada. Tu muerte me trajo de vuelta a una abuelita que había perdido junto con los recuerdos de tu otra existencia. Yo sé que también te pasó y que luchaste para no perderte en el olvido, en las lagunas oscuras de tu cerebro. Me rompía el corazón escucharte decir que te querías ir cada vez que un extraño te tomaba de la mano para conversar, era suficiente. 

El Alzheimer me acercó más que nunca a ti. Hoy solo me queda el recuerdo que se desconfigura con los días y permanece en partículas de tus cosas que colecciono como si tuvieran tu olor todavía, tu habla. Me he convertido en archivista de tus pertenencias, desde el egoísmo, para perpetuar lo que alguna vez fuiste. Tus fotos, adornos, chapas, collares. 

Este ensayo es un ejercicio de memoria voluntaria para reconstruirte, a mi abuelita, la de antes, la que la enfermedad me quitó, la que me tomó la mano al partir.

Esta escritura no se acerca a nada, no se acerca a ti.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

1 comentario en “Daniela, nada se acerca a ti”

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