Jorge Salvo, el eterno estallido

Han pasado siete años desde el estallido social y tres desde la muerte por suicidio de Jorge Salvo, una de las víctimas de trauma ocular de la ola de protestas más masiva de la última década en Chile. La investigación judicial que buscó identificar al carabinero culpable fue cerrada. Él, sin embargo, hasta sus últimos días de vida pidió justicia y reparación. 

—El papá es mi héroe.

—¿Esa foto es tu favorita, ¿cierto, Eli? 

—Ajá, porque el papá para mi era un héroe.

—Ya, mi vida.

En la foto favorita de Eli aparece el rostro de su papá, Jorge Salvo Alarcón, con un ojo mutilado por un disparo recibido durante el estallido social de 2019. Su abuela, Susana Alarcón, madre de Jorge, se la muestra porque esa imagen también es hoy un retrato gigante, pintado sobre un fondo negro en la fachada del centro cultural autogestionado Casa Brasil, en la calle Catedral número 2116, en pleno Barrio Brasil. La obra, que fue inaugurada en marzo de 2024, es un homenaje a una de las 464 víctimas de trauma ocular de la ola de protestas que sacudió Chile hace ocho años. Tres años y medio después de recibir los disparos que lo cegaron del ojo izquierdo, falleció por suicidio.

Esa tarde de marzo, una colección de velas, colocadas en el suelo, una al lado de otra, como bolitas de un collar, iluminan el retrato de Jorge. Su luz acompaña mensajes de familiares, dedicatorias de sus amigos colocolinos, canciones y lienzos que piden Justicia, reparación y no repetición para el joven de Maipú. Un acto entre pares y un “momento de encuentro con Jorge”, tal y como definió Susana la presentación en público del retrato restaurado de su hijo. 

–Este es un espacio para estar un rato al lado de Jorge, donde poder juntarnos, donde poder conversar y ver que la lucha sigue y que no puede parar –dice Susana desde el lugar en que se han concentrado un centenar de personas para recordar a su hijo. 

El mural lo pintaron pocas semanas después de la muerte del joven, en julio de 2023, pero con el tiempo se hizo necesario restaurarlo, por lo que la madre impulsó una campaña en redes sociales para recaudar fondos.  Su autor, Felipe Ortiz, conocido en redes como Teatro Mural y dedicado desde hace años a pintar a luchadores sociales en los muros, como Anita Gonzáez de Recabarren o el cura Mariano Puga, dice que el dibujo de Jorge ha sido, para él, un “ejercicio de memoria” sobre el estallido, del que también se reconoce parte.

–Quisiera abrazarlo, besarlo, pero tengo que llenarme con esto, porque si no, no tendría fuerzas. Perder un hijo es terrible. Y saber todo lo que él pasó, toda la rabia que juntó, toda la decepción que tenía –dice Susana al finalizar el acto, que acaba con fuertes aplausos, gritos y un concierto de música.

–Una necesita que Jorge todavía siga latente en muchas voces. Es lo que voy a buscar siempre.

“Un corazón enorme”

Jorge nació en pleno invierno, el 3 de julio de 1993, en un Chile que se encontraba en pleno año electoral para elegir al sucesor de Patricio Aylwin y todavía con el eco del “Boinazo” de bajo el eco del «Boinazo”, encabezado por poco más de un mes antes. 

Susana dio a luz en el Hospital del Profesor, situado en la Alameda, en la comuna de Estación Central. Crecido y criado en un barrio de Maipú, al que amaba y de donde procede su familia materna, fue el segundo de tres hermanos: Fernanda, siete años mayor, y Susana, solo un año más joven que él y con quien mantuvo una fuerte complicidad. La llamaba “la negra chica”. 

–Era súper tiernucho –recuerda su madre–; siempre decían que era el regalón, porque además era llorón. Era muy sensible y de lágrima fácil cuando algo le daba mucha pena, pero tenía muy buena voluntad y la gente le quería.

Jorgito, como le llamaron hasta el final, aunque a él nunca le gustó, era cariñoso, tranquilo y dócil, pero también “muy tímido”, dice su tía paterna Cecilia Salvo Rojas. Su familia lo recuerda como un niño feliz.

Con los años fue asomando en su personalidad una faceta más alocada y “un poco desordenada, en el buen sentido”, como dice su primo Felipe Salvo. Se convirtió en un joven popular y amistoso, donde iba lo conocían.

La timidez empezó a transformarse en rebeldía y su apariencia física también cambió. Comenzó a vestirse de negro y a frecuentar distintos grupos. Pronto encontró en el punk y sus ambientes la comprensión que hasta entonces no había sentido y una nueva forma de vida lo representaba. Para su familia, era un adolescente inmaduro, necesitado de contención y que “siempre se mandaba embarradas”–dice Susana.  

Durante el estallido, su sentimiento de injusticia social se disparó. Aunque su conciencia de clase estaba despierta desde antes, la ola de protestas avivó sus críticas contra la desigualdad hasta el extremo de sumirlo en una frustración y amargura. El reclamo de dignidad que por esos días se pedía en las calles penetró en él y ya nunca lo abandonó. 

En ese momento de estruendo popular sus pares vieron en él un compañero desafiante y que no le temía a nada. 

–Cuando salíamos a protestar, él iba a la guerra, era una forma de estar contra el Estado y contra los pacos –recuerdan Carla Fuentes y su pareja Alejandro Garate, conocido como “El Conejo”, dos de sus amigos más estrechos que integraban Los Blasfemos, una barra colocolina con intereses políticos y sociales reconocidos como “antifascistas” y punkis, y con quienes se manifestó varias veces. 

Su forma atrevida de estar en el mundo se combinaba con una actitud “respetuosa y conciliadora”, capaz de poner paz a discusiones y riñas que surgían en el piño de amigos.

–De afuera, la gente lo veía como el tipo malo, pero quienes estábamos adentro sabíamos que era noble, de esos que iba a atender a la abuelita; siempre ayudaba a todos y era súper preocupado. Tenía un corazón enorme –añade Alejandro.

Pero detrás de la imagen del Jorge fuerte y bajo la coraza de la que se proveyó, había un joven “bonachón, emocional y sensible”, dice Susana. “Le afectaban demasiado las injusticias y pequeños detalles lo derrumbaban, por eso se sentía tan indignado”.

Una mochila pesada desde chico

Una tribu de tías y primos acompañó la infancia de Jorge, que desde los diez años vivió en la comuna de Maipú. 

La separación de sus padres, cuando tenía siete años, marcó la niñez de Jorge y sus hermanas, que se trasladaron a vivir con su madre a casa de los abuelos maternos, en la comuna maipucina. En esos tiempos tan duros, el abuelo “Pepe”, Heriberto Alarcón Morales, padre de Susana, se convirtió en un referente. 

–Jorge era súper regalón de mi papá. Él le llamaba Coque. De chiquitito, iba a buscarlo en las mañanas y salía con él a todas partes. Mi padre era muy preocupado de su nieto, siempre hablaban. Cuando se enfermó, Jorge sufrió mucho y aumentó su sentimiento de injusticia porque tras años de incansable trabajo, el abuelo terminó con una pensión “de miseria”.

Ya desde pequeño la mochila de Jorge pesó mucho. Desde el inicio de la básica hasta que terminó cuarto medio pasó por cuatro colegios. 

–Nunca hiciste nada cuando me hacían bullying en el colegio. ¿Por qué lo permitiste, mamá?

–¿Cómo, Jorge?

–Cuántas veces se burlaron de mí, me dijeron llorón, que era un cochino…

Para sus compañeros era “el guatón flojo”, el “tortuga” el que “no hacía nada”. Había sido víctima de violencia física y de maltratos de parte de varios de ellos.

–Los profesores me decían ‘tu hijo está castigado’ o ‘no tuvo recreo porque no trabajó –relata Susana–. Él no quería enfrentar estas situaciones y no quería en absoluto ir al colegio.

Con el tiempo, comenzó a sentirse cada vez más desplazado, abandonado, y empezó a salir más a la calle, a rebelarse contra sus padres, a ser más contestatario. 

 –Jorge siempre buscó un grupo donde pertenecer; buscaba lo que no encontraba porque lo invadía una profunda incomprensión –dice Susana.

Susana, que le conoció muy pocas pololas, dice que Jorge era “enamoradizo” y “coqueto” y que tuvo algunas relaciones “tóxicas y tortuosas”. De hecho, durante la pandemia vivió un período en Chillán, donde trabajó para una empresa de electricidad, para salir de un vínculo que lo tenía atrapado en celos, peleas y malos tratos.

–A Jorge le costó tener relaciones sanas porque en casa no tuvo un buen ejemplo –dice la madre sobre la forma como acabó su matrimonio.

En cambio, con quienes cada vez más logró estrechar su relación, sobre todo durante la ola de protestas del estallido, fueron los Los Blasfemos, que lo acompañaron hasta los últimos días y en uno de los momentos más duros de su vida, tras recibir el disparo en su ojo.

“Me miro y no me veo”

Años antes del estallido social, Jorge ya mostraba interés por involucrarse en causas sociales. Susana recuerda que participó en numerosas tomas de colegios en Maipú, en el marco de las movilizaciones de la Revolución Pingüina. 

—Jorge creería en la justicia social. Mis tres hijos estaban en contra de las injusticias sociales. Si los tres podían manifestarse, se manifestaban— comenta.

Cuando comenzaron las protestas por el alza de $30 en el pasaje del transporte público, se registraron manifestaciones en distintos puntos de Santiago: desde las comunas céntricas hasta las más periféricas. Se hicieron protestas espontáneas y otras convocadas. El 19 de octubre se escuchó el golpetear de ollas desde ventanas de los edificios, de las casas, de gente que salió a las principales avenidas de la ciudad para protestar. Los días que le siguieron el movimiento ciudadano cobró fuerza. 

Jorge se interesó rápidamente en el movimiento, sobre todo, porque se trataba de una protesta ciudadana sin banderas políticas que la encabezaran. Comenzó a participar cada semana de las manifestaciones junto a sus amigos y su hermana menor. 

—Todos los viernes se encontraban, no faltaron ningún viernes. Yo decía que Dios los bendiga, que Dios los guarde— recuerda su tía Cecilia.

En los inicios, Jorge participaba en las protestas convocadas en Maipú, pero luego empezó a asistir a las manifestaciones en la Plaza Dignidad, donde asumió una posición más radical y se unió a la “primera línea”, enfrentándose a los carros policiales que intentaban dispersar la protesta. 

La tarde del viernes 17 de enero de 2020, Susana habló por teléfono con su hija menor. Sabía que ella y Jorge habían ido juntos a la protesta. La joven le contó que la represión en los alrededores de la Plaza Dignidad estaba muy intensa, que había decidido devolverse con unos amigos, y que Jorge no estaba con ella. Se habían separado en medio de las manifestaciones y, desde ahí, no supo más de él.

Susana había llegado a su casa en Maipú. Mientras se preparaba para salir, recibió una llamada a su celular de un número desconocido. 

—¿Hablo con la mamá de Jorge Salvo? —escuchó al otro lado de la línea. 

Pensó que era una estafa y cortó sin decir nada más. Pero le volvieron a marcar desde el mismo número. Entonces, se lo dijeron: “Su hijo ha tenido un accidente”. 

Susana partió de inmediato hacia la Posta Central junto a su esposo, en shock. Al llegar al sector del cerro Santa Lucía, las patrullas policiales cruzaban la Alameda. Susana recuerda la avenida principal llena de gente y barricadas en las esquinas. 

Vio policías apostados, listos para disparar perdigones, gente corriendo, y escuchó gritos que se confundían con las sirenas. Presenció un ambiente caótico: personas prestando ayuda a otras en camillas improvisadas, bombas lacrimógenas que no dejaban respirar. 

Al llegar a la atención de Urgencia, todo fue muy confuso para ella. Había familias afuera, mucha gente. Le habló un fiscal de derechos humanos. No entendía qué estaba pasando. Se le acercó una integrante de las brigadas de rescate, parte de estas organizaciones de salud, que llevaba una pañoleta roja para diferenciarse. Le dijo que había asistido a Jorge, que estaba internado en una sala, que había ingresado con una herida grave. Susana se desmoronó. Suplicó entrar a verlo. 

—Mamá, mamá— escuchó desde adentro de una sala.

Jorge estaba entre unos biombos. Tenía vendado completamente su cabeza que le sangraba, también la boca. Ella le tomó una foto para mandársela a sus hermanas: “Miren dónde estamos, no puedo creerlo”.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —le preguntó desesperada a la enfermera.

— Es que un carabinero le disparó a la cara —le explicó.

—¿Y fue un carabinero? — insistió Susana.

—Sí, un carabinero. Vienen más jóvenes heridos, pero él viene en condiciones graves.

Cuando llegó el doctor de medicina general a revisar a Jorge, él estaba descolocado, le rogaba a Susana que lo sacara de ahí. 

—Nada que hacer: es un trauma ocular. Estallido de globo ocular —sentenció el médico.  

Los médicos le explicaron que Jorge tenía una lesión de fractura y astilla en el pómulo. La bomba lacrimógena le había destrozado la cavidad ocular. Si bien la operación había resultado exitosa, le advirtió que posiblemente tendría que ocupar una prótesis.

Cuando se la instalaron en su ojo izquierdo, él pidió que tuviera el símbolo de anarquía en la parte delantera. La doctora le dijo que no, que no podía ser así, que era un contrato con el Estado y todas eran iguales, pero Jorge alegó que no era posible que se le negara su petición, siendo él la víctima y quien llevaría esa prótesis en su cuerpo. Reconsideraron su solicitud y le hicieron el diseño que él quería en la prótesis. Luego, se hizo un tatuaje en la cara debajo del ojo que le mutilaron.

—Nunca va a haber una reparación mamá ¿quién puede volver a ser igual? Yo me miro y no me encuentro, no me veo.

La primera iniciativa que atendió a los afectados por lesiones oculares durante el estallido fue el Programa de Atención de Víctimas de Trauma Ocular (PIRO), creado en noviembre de 2019. La atención se entregaba en el Hospital El Salvador e incluía la entrega de una prótesis y apoyo psicosocial. Luego, este programa fue reformulado, en 2022, por el Plan de Acompañamiento y Cuidado para Sobrevivientes de Trauma Ocular (PACTO), durante el gobierno de Gabriel Boric. En ese momento, se estableció que el programa consideraría “ayudas técnicas para facilitar el desplazamiento a las terapias, el estudio y la reinserción laboral de la y los sobrevivientes”. También se integró a hospitales regionales. 

Este último programa sigue activo en el Hospital El Salvador y ofrece atención de salud para las víctimas y sus familiares. Desde 2025, Susana y la hija de Jorge reciben terapia psicológica en un centro que pertenece al programa ubicado en la comuna de Providencia.

“Esto no fue un accidente”

Tras recibir el alta del hospital, ciego de su ojo derecho, Susana se dedicó a cuidarlo. Era imposible que estuviera solo: requería limpiezas frecuentes en el ojo y tomar distintos medicamentos. 

Al comienzo, los dolores lo hacían vomitar. Estaba muy irritable. No quería hablar con nadie y echaba a todo el mundo, también a Susana. La madre recuerda que no era el mismo Jorge. Pensaba en venganza, en que no iba a parar, en la cantidad de mutilados. Para ella, se hizo muy difícil contenerlo. 

El primer día que le curó las heridas, le sacó la venda y vio su rostro hinchado, cubierto de hematomas.

—Mami, ¿tú podís?
—Sí, sí yo puedo.
—Mamá, ¿de verdad podís?
—Sí, Jorge, sí puedo.

Lo limpió y le echó las gotas. Él no veía nada.

—Yo tenía un hijo con dos ojitos y ahora no veía nada —recuerda.

Para trasladarse por la casa, Jorge necesitaba que lo ayudaran a caminar, porque se mareaba. Esa dependencia le provocaba mucha rabia.

—Soy un puto inválido. Soy un puto maldito inválido. Me tendrían que haber matado— recuerda Susana haberle escuchado decir.

La pérdida de autonomía comenzó a desgastar la salud mental de Jorge. Su madre lo notaba deprimido, sin ganas de levantarse. Le insistió en que pidiera hora con el psiquiatra, pero él le decía que no se la habían dado. Más tarde, un informe psiquiátrico consignaría que una de las preocupaciones más latentes de Jorge era la tramitación de la Ley Naín-Retamal, que otorga más libertad a Carabineros en el uso de las armas de fuego y que entonces estaba a punto de ser aprobada.

Cuando Jorge estuvo un poco más recuperado comenzó a salir. Cada vez se hizo más frecuente que regresara borracho. Si antes tomaba en los carretes con sus amigos, después del trauma ocular ese consumo se exacerbó. Llegaba casi inconsciente a la casa. Su madre lo interpeló y le advirtió que incluso podían atropellarlo.

Jorge le dijo que se sentía superado, pero que quería seguir viviendo por su hija y por la lucha política. Decidió entonces ponerse un pellet para tratar su alcoholismo.

—Quiero vivir tranquilo, pero en esta lucha —le dijo a su madre.

Durante el año que se mantuvo con el implante, que le provocaba rechazo al alcohol, Susana lo notó más tranquilo, incluso contento. Sin embargo, varias negativas en distintos puestos de trabajo lo quebraron emocionalmente.

—No sirvo para ninguna hueá —decía.

—Cálmate, cálmate. Hay gente que aprende a vivir con esto —le respondía Susana.

—Pero yo nací bien, yo veía, no soy ciego.

—Sí, Jorge, pero hay gente que aprende a vivir.

—Esto no fue un accidente —recriminaba Jorge.

Para sus amigos, la situación de Jorge había ido escalando. Sabían que había tenido intentos de suicidio porque él se lo había contado y eran conscientes de la fragilidad de su salud mental.

La vida para Jorge después de sufrir el trauma ocular tuvo cambios inesperados y condicionó toda su vida laboral. Aunque no alcanzó a especializarse como electricista, aprendió el oficio de forma autodidacta. Así encontró “pitutos”, siempre trabajos que iban y venían. Algo que le daba la libertad de compatibilizar otros intereses, sobre todo políticos.  

Después del estallido social y ya en plena pandemia, viajó a Chillán junto a un grupo de amigos por una oferta laboral que les habían ofrecido en una empresa eléctrica. Le entusiasmó la posibilidad de tener, por fin, un contrato laboral. Le explicaron que esto ocurriría una vez que aprendieran el manejo del sistema y pasaran las pruebas necesarias.  Jorge se desafió a hacerlo. Era el primer trabajo al que se presentó después de haber sufrido el trauma ocular.

—Estaba súper contento. Es buena la empresa, mamá. Nos va a ir bien— recuerda que le decía a su madre. 

El tiempo de prueba concluyó con una serie de evaluaciones técnicas a los postulantes al contrato definitivo. Pero los resultados de Jorge no superaron las pruebas en altura: la pérdida de su ojo le provocaba mareos. Por más que se esforzaba, no conseguía mantener el equilibrio. Sin más oportunidades, regresó a Santiago derrotado, decepcionado de sí mismo.

—Repetía que era un hombre inútil, que no servía para nada, lloraba, quería irse a la mierda. No soy capaz ni de generar lucas para la Eli— se desahogaba con Susana. 

Esa situación, que se repetía una y otra vez, quebró la autoestima de Jorge. No se sentía capaz de asumir responsabilidades laborales. Una de las experiencias más duras, fue cuando en una entrevista laboral en la que quedado seleccionado, le preguntaron la razón por la cual usaba una prótesis en su ojo. Le preguntaron si es que había sido por algún accidente. Jorge le dijo que no, que había sido víctima de trauma ocular. El encargado de inmediato le negó el puesto. 

—No, te vai cagando voh. Ustedes son los que quemaron Chile— le dijo. 

La despedida

La tarde en que Jorge se suicidó, el 28 de junio de 2023, a los 27 años de edad,  había hablado con un amigo de Los Blasfemos que estaba en Chillán. Después, Jorge se fue al parque Quinta Normal con una botella de vino y se quedó allí durante la tarde. Desde el parque hizo una transmisión en vivo por redes sociales. Algunos de sus amigos vieron que había iniciado la transmisión, pero no se sumaron ni le preguntaron nada. 

—Yo igual lo vi y no le comenté nada. Uno no cacha, uno no sabe. Lo que más quisiera, de repente, es haber estado ahí mismo, sabiendo lo que estaba pensando. Pero él ya lo tenía decidido. Si no era en ese momento, a lo mejor iba a ser en otro– recuerda Alejandro.

Esa tarde, Jorge había quedado de ir a buscar a Susana al trabajo para después ir a tomar once con su hija, pero no llegó. Le había dejado un mensaje por whatsapp disculpándose y llorando. Susana comenzó a llamarlo, pero las llamadas se desviaban al buzón de voz. Le pidió a su familia que también lo hiciera. No respondía el teléfono. Sus amigos de Los Blasfemos también empezaron a comunicarse con él, sin obtener respuesta.

Hubo un registro en video que sus amigos no han querido ver y que confirma que se trataba de Jorge. Fue el Club Social y Deportivo Colo-Colo el que dio a conocer, a través de redes sociales, su muerte.

Lo incineraron al día siguiente de su muerte. El funeral, al que asistieron sus familiares, fue un encuentro privado.

—No queríamos que se extendiera más, pero hoy soy consciente de que tendría que haber sido abierto. Creo que así era mi hijo, así lo hubiera querido. Mucha gente quería ser parte de su despedida y no lo dejamos. Muchos amigos no alcanzaron a llegar —dice Susana.

Los amigos de Los Blasfemos no asistieron al funeral. En su lugar, le hicieron una velatón en el mural dedicado al Neko, otra víctima del estallido social, ubicado en la ribera del río Mapocho. Allí se reunieron junto a un lienzo del colectivo.

“La justicia es que no se olvide”

Siete años han pasado desde el estallido social y tres de la muerte por suicidio de Jorge Salvo. Según la Coordinadora de Víctimas de Trauma Ocular, hoy se registran cinco víctimas de trauma ocular durante el estallido fallecidas por sucidio.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) fue querellante en la causa penal de Salvo. El joven solicitó una pensión de gracia por tratarse de una víctima de violencia estatal, pero solo alcanzó a recibirla un mes, en junio. Susana lucha ahora para que ese dinero pueda ser heredado por la pequeña Eli. 

–La vida de un ser humano es invaluable y no tiene precio. Pero la Eli es pequeña y pelearé esa pensión hasta que se me cierren todas las puertas porque tengo que dejarla cubierta con algo.

La causa judicial de Jorge, como la de tantos otros mutilados oculares durante el estallido, se cerró porque, explica Susana, “nunca identificaron al carabinero”. 

Para su familia hoy lo importante es mantener su memoria y su causa vivas. “Estar ahí donde le dediquen un mural o unas palabras para compartir y hablar de Jorge tranquilamente”, dice Susana.

Ver su rostro pintado en un muro es hoy, para ella, un acto de memoria. Lo más valioso que puede haber. 

–El estallido social marcó a Chile, pero también marcó nuestra vida como familia: me marcó a mí como mamá, a sus hermanas, a sus tíos, a sus primos, a su hija. Y, a lo mejor, la justicia es que nosotros no dejemos que se olvide. 

Ante una crisis emocional o para solucionar dudas respecto al suicidio, se puede acceder a la Línea Especializada de Prevención del Suicidio, marcando desde teléfonos móviles *4141. Esta línea está disponible las 24 horas, todos los días de la semana. 

1 comentario en “Jorge Salvo, el eterno estallido”

  1. Rosa Evelyn Piñeido Constanzo

    Me da tanta pena yo era una de las amigas del pelao esa semana ablamos seguido de echo unos días antes nos juntamos nos tomamos unas fotos. Andaba con pena el día que pelaito se suicidó ablamos me llamo me dijo amiga juntémonos estoy con un botellón de vino estaba mal le dijo que podía ir al parque pero más tarde ya que llegaba mi hijo del liceo me dijo ya amiga trankila si te espero !! Pero me dijo trankila primero está tu hijo tirando me sus tallas como era el !! Me dijo tkm weona ya cuídate yo lo rete le dije oie wn no tomo vino espérame jaja csm después pasaron las horas cuando me llaman y avísan no sabía que hacer no lo podía creer me sentí culpable hasta el día de hoy porque podría haber estado con el ay y quizás no hubiera pasado nada no lo se me da mula pena me conmueve mucho apenas empecé a leer recordé todo te extraño mi pelao lindo siempre estás en mi aunque parezca loca te ablo siempre a tu foto porque se que me retas y me dile vo dale si vo podi !! Yo soy del grupo los necos estuve en su mural marchas ay una historia muy linda que nació el dia de su muerte !! El pelao nos juntos con mi pareja que tengo el día de hoy nos conocimos en su funeral nos vimos. Y de ay no nos emos separado éramos ambos amigos de ell lloramos juntos nos reímos de sus tallas y cosas que pasamos ambos con el bueno en fin te amo pelao dame fuerzas también amigo para seguir siempre te extraño y te pienso tu Rosaura jajaj 🌹✨🥺🔥✊

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