Mi padre mide un metro noventa y pesa noventa kilos. Lo operaron hace unos meses, ve menos que antes, camina con cuidado, necesita que alguien ande cerca por si acaso. Eso es verdad y no vengo a discutirlo. Lo que me cuesta decir es que esa necesidad de que alguien ande cerca no empezó en el pabellón. La conozco desde que tengo memoria.
Un cuerpo grande puede ser, por dentro, un cuerpo que nunca aprendió a quedarse solo. Mi padre llegó hasta acá por varias razones y una es la pobreza, que gasta a la gente antes de tiempo y no deja plata para cuidarse. Hay otra que cuesta más nombrar. Toda su vitalidad, su comida, su ropa limpia, sus horas, las llaves de su propio ánimo, las dejó en manos de mi madre. Toda la vida. Antes de cualquier operación.
A veces me pregunto si él lo sabe. Si alguna noche se le cruza que un hombre de su tamaño está, frente a la vida, completamente indefenso cuando ella no anda por casa. No sé si se lo pregunta. Sospecho que no, porque el sistema que lo sostiene funciona mejor cuando nadie lo mira de frente.
Hoy, como siempre, le pide a ella la renuncia a tiempo completo. Que esté disponible a toda hora, que adivine el dolor, que ordene los remedios. Colonizó su vida y no se conformó con eso: a mis hermanos, todos hombres, les enseñó a pedirle lo mismo. A ella le exigen una sola cosa. Tener paciencia. Cuando pregunto por qué a ella, me contestan con una frase hecha que parece sabia: es lo que le tocó. ¿En serio? ¿Es lo que le tocó? Como si la vida repartiera maridos igual que reparte la estatura o el lugar donde uno nace y a mi madre le hubiera salido este número.
No me lo creo. Esa frase mira corto y se conforma y debajo de ella trabaja algo más fino y viejo que la mala suerte. Alguien decidió, hace mucho y sin decirlo en voz alta, que sostener una casa no se cuenta ni se paga, porque se le puso el nombre de amor y al amor no se le pasa factura. Silvia Federici lleva décadas mostrando esa cocina por dentro: detrás de cada hombre que sale al mundo hay una mujer reponiéndole el cuerpo y el ánimo gratis y llamarle a eso instinto femenino fue el mejor negocio del que casi nadie habla. Pedirle paciencia a mi madre no la consuela. La deja financiando el negocio un rato más.
Hay una parte que me da pena todavía, porque toca a mi padre y yo lo quiero. A los hombres de su generación les enseñaron a entregarle la vida interior a una mujer y a ponerle a eso el nombre de hombría. Que otra te cocine, te escuche, te recuerde tus remedios y tus rabias, te ordene los afectos, mientras tú te dedicas a «lo importante». A los setenta y tantos quedó a la vista de qué estaba hecha su indefensión: de que nadie, en toda su vida, le pidió aprender a sostenerse solo. La edad y el bisturí solo terminaron de mostrarlo. bell hooks lo dijo; el patriarcado también mutila a los hombres, les saca la mitad de la vida y les hace creer que ganaron. Mi padre ganó una esposa a jornada completa y perdió la capacidad de estar solo en su propia casa. No sé si a eso se le puede llamar ganar.
Yo no le doy los remedios, lo sé y aun así no me callo. Lo que me desarma no es que un día ella falte y él no sepa cocinarse un huevo. Es que él nunca vivió su propia vida, ni siquiera con ella al lado. Delegó el estar vivo. Puso su cuerpo, su ánimo, sus ganas, en manos de otra persona y se dedicó a durar. No sé si no se entera porque le da lo mismo o porque le da miedo, si es comodidad de tantos años o el terror de mirarse y encontrar a un hombre grande que no aprendió a sostenerse. Quizás ni él lo sabe.
Ojo, que no estoy diciendo que ella no deba cuidarlo. Todos vamos a necesitar que nos cuiden y todos vamos a cuidar a alguien, esa es la parte buena de estar vivos y amarrados a otros. Con el cuidado no tengo ningún problema. Lo que me revienta es que viaje siempre en la misma dirección. Que ella lo sostenga a él y él no sepa, o no quiera, devolverle lo mismo. Él cumplió con lo suyo trabajando afuera, aguantando, trayendo lo que se podía a una casa donde nunca sobró nada y con eso se quedó tranquilo, como si haber estado y haber traído bastara. Los hombres de mi familia cuidan así, desde lejos, con el cuerpo puesto en otra parte. Pero llega el lunes igual y hay que levantarlo, vestirlo, averiguar si el dolor de hoy es el de siempre o uno nuevo y eso no lo cubre ningún sueldo viejo. Eso lo hace ella, sola, en la misma cocina de Talca donde lleva cuarenta años parada frente a la olla, el lunes y todos los días que vienen después del lunes. Alguna vez tuvo cosas que quería para ella y las fue soltando de a poco, sin que nadie se lo agradeciera. Ahora, ya vieja, va a un taller de adulta mayor, se hace un rato suyo y hasta ese rato lo tiene que arrancar con los dientes.
Esos dientes los conozco bien, porque son los que ella me dio cuando era chica. Crió a estos hombres, es verdad y con las mismas manos les enseñó a pedir. A mí me enseñó a morder. No sé cómo lo hizo. Nunca se dijo feminista, nunca leyó a Federici ni a hooks, casi nunca tuvo desde dónde elegir y aun así se las arregló para pasarme algo que a mis hermanos no les pasó: que una puede querer a su gente sin desaparecer en ella.
Porque lo que ella fue soltando de a poco no eran cosas chicas. Mi madre estudió más que mi padre. Quería seguir, quería trabajar y él no la dejó: le prohibió trabajar, así de bruto. Y a eso le llaman lo que le tocó. Los años buenos los pasó criándonos, con la cabeza llena de la vida de todos menos de la suya. Un día dijo una cosa que se me quedó clavada y todavía no sé si se la escuché o me la dijo a mí: ya se me olvidó conversar. De tanto estar pendiente de los demás, se había quedado sin nada que decir de sí misma. Lo mismo que mi padre, que no sabe estar solo.
Pero ella no se quedó ahí. Cuando crecí y la vi apagándose en esa misma cocina, la empujé a salir. No lo cuento como un mérito mío, lo cuento porque por una vez el cuidado cambió de sentido. A los setenta y tres anda en cursos de liderazgo, se arma un mundo a esta altura. Recién ahora sé cómo se llama lo que hemos hecho las dos todos estos años. Era feminismo. Nunca lo dijimos así, no hacía falta.
Mamá sigue cansada y eso no hay quien se lo quite; la dejamos así entre todos, en esta casa. Pero está viva. Eso ya no se lo debe a nadie de acá, se lo debe a ella, que nunca se rindió del todo y a que por una vez alguien le devolvió algo de todo lo que ella repartió.
ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA






2 comentarios en “Mamá está cansada y papá ni se entera”
Qué bello relato y cuánta verdad, circunstancias más o menos a los 70 y tantos, todas sentimos lo mismo, siempre cuidando y yo? Pude revertir ese estado y está siendo maravilloso, y sí, también habité el feminismo cuando no tenía ese nombre, le decían «rebeldía».
Me subí al metro. Buscaba algo hermoso que leer. Lo encontré. Gracias. ❤️🔥