Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le ocurrió ni cómo, pero los felicito de todo corazón. Se llaman los Diálogos en Movimiento y consiste más o menos en esto: se compran libros a autores nacionales y se los entregan a un grupo de personas para que los lean con la ayuda de un mediador. Al parecer el público preferencial está en los sectores vulnerables, pero no es forzoso que así sea. El autor tiene que escribirles una carta que será leída durante la primera sesión. Después de dos otras sesiones de lectura, hay una última con el mismísimo autor quien conversa en vivo y en directo con los lectores. A mí me gusta mucho porque me ha permitido conocer lectores reales de diferente índole: liceanos de Coquimbo, Montepatria, Illapel, Salamanca y Combarbalá. También bibliotecarios y estudiantes universitarios. Incluso he podido ir al Servicio Militar a hablar con los pelados y ahora último viví una de las experiencias más interesantes y enriquecedoras para mí: unos jóvenes privados de libertad leyeron Ñache en un centro de reclusión para menores.

*

    Creo que los Diálogos echan a rodar una serie de engranajes relacionados con la producción literaria: editoriales, autores, mediadores, educadores, lectores. Todos de diferentes maneras se ven gratificados: le compran los libros a las editoriales, los autores reciben una platita como que no quiere la cosa, los mediadores también se llevan lo suyo y los lectores se van con un libro para la casa. Lo más importante, claro está, no son estas materialidades, sino la experiencia en sí misma. Pero para qué andamos con cosas, una pega como ésta busca subsanar la precarización del campo cultural que caracteriza al mundo del libro, donde todos no somos sino unos tristes migajeros. Su propina es mi sueldo. A mí esto me tiene enrabiado hace rato, ser escritor es una de las pegas más ingratas que pueden existir. No solo por el lado de la plata –y no voy a contar mis miserias acá, quizás otro día, pero puede ser verdaderamente degradante– sino porque en cualquier momento aparece un fulano cualquiera a hacerte mierda por la razón que sea. Te hallan la guagua fea y no hay mucho que uno pueda responder. Y con todo lo que costó hacerla. Uno por lo demás nunca está realmente seguro de si el aporte que está haciendo es verdaderamente valioso. Te pueden agarrar como material para los hueones y darte visibilidad por razones que ni siquiera tenías en mente. Puedes tener éxito por razones extrañas y luego eres olvidado para siempre. En el fondo te usan como quieren. O bien puede irte como el forro y luego la posteridad reivindica tristemente tu triste trabajo. De qué mierda nos sirve la posteridad. O bueno, quizás sea lo único que valga, pero jamás tendremos la más mínima certeza de que ocurrirá. Y en el fondo se vive a patadas con las águilas, de bote en bote, a la mitad de una total incertidumbre. Hubo un rato en que me pareció que la cosa mejoraba, pero ahora siento que los tiempos son más oscuros que nunca. Todos sabemos por qué.   

*

Con los Diálogos yo me he movido por la Región de Cochimbo, pero entiendo que a uno lo pueden llevar más lejos. La idea es ir lo más lejos que se pueda, pienso. Un viaje es educación a la vena. Conocer a un escritorcillo también. Achíllense por favor, sáquenme de aquí. Según la María Cecilia Cortés, que me tiene buena y que me ha llevado a todos estos lugares, siempre me recomienda en otras regiones. Debo tener mala fama inter regional, porque nunca me han llamado. En todo caso, ya ni quiero ir. Ustedes se lo pierden. Estoy viejo y estas movilizaciones me destrozan la espalda y los riñones. Me hacen faltar a la pega que sí me da el sustento y cargo a mis colegas con un trabajo que posiblemente tampoco les paguen a ellos. Váyanse a la mierda entonces. Tú no, María Cecilia querida, sigue considerándome por favor. En todo caso ahora con nuestro presidente Kast, claramente nos fuimos a la B. Hasta la Z nos fuimos. A esta gentuza no solo la cultura les parece algo innecesario o hasta indeseable, sino que han mostrado un amor por los libros que a uno lo deja al borde del ataque de pánico. De hecho, escribo esto con un inmenso temor de que por mi culpa apliquen recortes asesinos a instancias e instituciones que sobreviven a la mala, completamente precarizadas y que al no tener una productividad inmediata o cuantificable, son candidatas eternas a ser privatizadas o eliminadas sin importar el costo humano. Quizás otro día despotrique, pero es para asustarse.  En todo caso con el amor a la lectura que muestran, quizás no debiera preocuparme mucho de que en algún momento se acerquen a diez metros de este texto.

*

Yo suelo escribir una cartita diferente para cada lugar donde voy. Y mi carta a los jóvenes privados de libertad del Centro de Internación Provisoria y Centro Cerrado para Menores fue así: 


Muchachos,
el diablo puede asumir cualquier forma y aparecer en cualquier lugar. Puede ser un triste pelagatos o el líder de una potencia mundial. Puede aparecer en cantinas, templos o palacios. En nuestras casas. En nuestra mente. No hay límites ni fronteras para el máximo embustero. Es soberbio, seduce y traiciona. Nadie es el mismo una vez que se cruza con él.
Por esa y otras razones, yo sentí fascinación por su figura y me dediqué a escribir historias en las que él metía su cola, sus manos, su sombra. Hubo un tiempo en que lo veía en todos lados. Porque en todos lados puede estar. Era ese mismo tiempo en que me obsesioné con historias de gente que lo había echado todo a perder. Me sentía muy cercano a ellos. Entendía su vergüenza, su culpa y su caída. Me quedó claro que es mejor saber que el mal y la oscuridad se incuban en todos nosotros, sin importar sexo, raza, edad ni condición. Potencialmente cada uno de nosotros puede verlo entrar en su habitación. Es importante saber que es así.
Yo escribí estos cuentos cuando era joven y tenía la fuerza. Ingenuamente quería partir mi escritura tocando fondo. Mi idea era salir poco a poco de esos infiernos, volver a la Tierra y entender a los seres humanos, para por último acercarme a Dios. Yo deseo ver el amor triunfar, créanme que estoy en ésa. Aunque como les digo, nadie es el mismo después de ver al diablo.
Hoy por hoy pienso que debemos esforzarnos por movernos con gracia en el caos. Entender que una forma de vivir en el infierno es negarnos a la posibilidad de que este mundo puede ser mejor para todos. Hay que dar la lucha por tratar de habitar la Tierra sin miedo ni furia, sin irradiar oscuridad. Estoy prácticamente convencido de que somos una chispa de Dios explorando nuestras vidas en un traje humano.
Hay gente a la que le toca muy pesado. Según he estado entendiendo el último tiempo, ellos son los mejores, aquellos que sacarán las lecciones más valiosas, quienes en su momento vivirán las más brillantes manifestaciones del amor y la muerte. En una de esas ustedes son parte de ese grupo, no lo sé. Sea como sea, considero un verdadero privilegio poder reunirme con ustedes para que me digan qué vieron cuando leyeron estos relatos sobre cómo puede ser estar con el diablo y mirarlo a la cara.
Un abrazo a todos.
Cristian.

*

Marcela Reyes era la mediadora. Le gustan las pegas así, con la gente más vulnerable, la parte más fina del hilo. Yo la quiero por eso, pero no sé si ella me quiere a mí. Le pedía permiso para decirle Marce, pero siempre terminaba por decirle Marcela. Así soy yo, corto de genio, como dicen. Yo no entendía cómo iba a ser la cosa y quería información. Ella me contaba que a los niños les había gustado la carta y que habían reaccionado muy bien ante el libro, que muchos de ellos estaban motivados. Me mandó algunos textos que escribieron para mí: 

esta bueno cristian

cristian estube leyendo el libro esta Bueno me encanto te felicito

gusto con saludarlo señor cristian me gusto su libro mi abuelo vio el diablo en la mina mi abuelo roba oro ilegal y se la a parecido el diablo me gustaria conocerlo para hablar del libro gracias por el libro

mano mio yo e estado en la misma vola del ectasi y keta

hola gracias por el libro lo voy a leer se ve super bueno y curioso la historia se agradece igual por la historia contada la voy a tener en cuenta

se escucha bueno el libro llegando a la casa lo leere me llaman mucho la atencion este tipo de historia tratare de leerlo lo mas que pueda hasta que llegue en este mundo que estamos se ve mucha gente mala pero por algo estamos aquí para cambiarlo

Quizás sea deformación profesional, pero me fijé que ningún mensaje llevaba ni mayúsculas ni tildes ni puntuación. Yo sé que el humor chileno corre en base al bullyng y espero que nadie piense que esto que hago notar acá va por ese lado, más bien me interesa dar a entender que estos niños con cuea pasaron por la escuela. Y si fueron, no aprendieron a escribir bien. Esto me daba vueltas y vueltas antes del encuentro. Yo soy profesor, no me queda de otra. Si me pagaran por leer y escribir lo haría a tiempo completo, pero ese día se ve cada vez más y más lejano. Hoy más que ayer, todos sabemos por qué. Pero he llegado a valorar al máximo el servicio que uno entrega haciendo una pega ligada a la educación. Entre otras razones por que un trabajo así debiera alejar a los jóvenes de un recinto como el que estaba a punto de visitar. Un lugar donde los seres humanos se ven privados de libertad. Fue, en todo caso, mi primer acercamiento a esa absurda realidad con la que me daría de bruces en semanas, un primer atisbo a esa grotesca celda, un triste remember a los viejos tiempos cuando solía ver al demonio a los ojos y el primer saludo de un encuentro en el cual lo terminaría por invitar a mi casa. 

*

En algún momento me avisaron que algunos de los niños que habían empezado a leer el libro no iban a estar presentes porque los habían soltado. Cada 15 días tienen audiencias y existe la posibilidad de salir del centro. Son los jóvenes imputados, recluidos mientras los investigan. Yo me alegré de que no estuvieran, por supuesto. Pero a partir de esto, decidieron pasarle el libro a puros condenados no más. Con la María Cecilia no sabíamos si reír o llorar. Pero ese era el nuevo panorama ante nosotros: puros condenados.

*

El día viernes 15 de mayo era el encuentro. Ése día a mí me habían citado en la mañana en el Museo Gabriela Mistral para grabar un video sobre Yin Yin, con motivo de una próxima exposición en su honor. Me parecía muy coherente con la órbita del día: otro joven condenado. Desde el museo se escuchaba el ruido de las celebraciones del Día del Alumno en el colegio donde hago clases. Hay quien dice que los colegios son como cárceles. Yo pienso que no es así, tienen que pegarse con una piedra en los dientes más bien. Es decir, claramente falta mucho por mejorar, pero ir a una escuela –siendo un derecho– es también algo parecido a un privilegio. Yo creo que se nos olvida lo frágiles que son los derechos, lo mucho que hay que protegerlos, lo difícil que es obtenerlos, ejercerlos y mantenerlos sin educación. Desde el museo entonces se escuchaba el jolgorio de los jóvenes con intensidad. Igual salí tiritón del museo. Yin Yin me pone tiritón, me sigue pegando fuerte su condena. Mientras avanzaba en mi bicicleta, escuchaba a mis colegas improvisando freestyle para hacerles una gracia a nuestras joyas. El freestyle es la poesía de muchos jóvenes de esta generación y de otras. Es un diálogo agresivo, violento, donde hay vencedores y vencidos. Es una suerte de rama del hip hop y de la nueva música urbana que la lleva hoy en día. Hay algo que hace que algunos jóvenes amen el “malanteo”, el dárselas de mafiosos, el validarse en la marginalidad. Algo de eso tuve yo también cuando era un adolescente estúpido. No saben la cantidad de alumnos míos que se ufanan de tener parientes en la cárcel, de consumir drogas, de estar a un paso de la delincuencia, si acaso no, en la delincuencia misma. Hubo un tiempo en que muchos querían ser Pablo Escobar o el Chapo, muchos de ellos se acercaron a cumplir sus deseos con tristes consecuencias. Yo creo que es la manera más desesperada de buscar respeto. Lo entiendo, pero también me da pena que tenga que ser así. Se escuchaban grandes ovaciones después de cada intervención rapera de mis colegas, aunque yo no alcanzaba distinguir lo que ellos decían. ¿Por qué les hicieron ese show a los niños? Es lo que la lleva ahora. Pero quizás también porque hace muy poco un muchacho llamado El Menor ganó el nacional o internacional de freestyle, muchos jóvenes elquinos lo admiran y ya sabría yo que él había estado en el SENAME tanto en Vicuña como en el centro de internación que estaba por visitar.

*

Me pidieron estar en La Serena a las dos de la tarde. Ir a La Serena desde Vicuña puede ser desagradable los viernes, pero desde muy joven aprendí a leer en el transporte público, incluso con cumbias a todo chancho y viejas con guagua en el asiento de al lado. Entonces puede ser una oportunidad para estudiar. A mí leer y estudiar me sigue dando nuevas perspectivas y ampliando el mundo, no concibo mi vida sin hacerlo. Me fui leyendo Marciano de Nona Fernández. Entendí que en gran medida el libro se nutrió de la experiencia carcelaria de visitar al protagonista por tres años. Han pelado el libro, han dicho de él que bolichea con la dictadura, que faranduliza un tema político de máxima dignidad. Hablan de tratamiento cosmético de la historia. De Netflixización de la memoria.  Como les digo, eso tiene este oficio de pobres diablos, cualquier fulano puede decir lo que se le ocurra de tu guagua. No es una guagua fea, pienso yo. De hecho está muy bien hechita. Se ve el talento, la inteligencia, la sensibilidad y la valentía que hay detrás. La acusación de “cobardía documental” sobre la novela, me parece, no corresponde a la literatura. No es un documento. Tampoco un monumento. En este caso se trata más bien de una historia que a todas luces parece digna de ser contada. A mí me parece que se distancia mucho de la no ficción. Y eso se declara a cada rato en el libro. Por lo demás no es la única que la ha contado esa historia. Si alguien quiere entender qué es lo que pasó realmente, que lea otro tipo de libros, no una novela. Pienso que Fernández es parte de la gente que está haciendo avanzar la máquina de Mardones de la literatura chilena. Su guagua vino con una marraqueta bajo el brazo porque se ganó un premio internacional: cómo les habrá ardido la mierda a los que la chaquetearon. Y creo que ahí está el punto: les molesta esta forma particular de visibilizar un hecho que posiblemente les toca la fibra. Lo entiendo perfectamente. Pero como dijo mi amigo Óscar Barrientos: debiera haber muchas más novelas sobre la dictadura. Tal vez así no tengamos que quedarnos con una sola. Como sea Marciano sobre todo era parte de esta órbita del día: un condenado más. El comandante Ramiro, Mauricio Hernández Norambuena, está lejos de ser una blanca paloma, pero uno entiende que alguien así hubiese surgido en el contexto que le tocó. Creo que era una persona ávida de libertad y ahora quizás nunca salga de la cárcel. En Brasil hizo muchas fichas de lectura quizás porque allá la lectura de un libro y la elaboración de una ficha te puede ayudar a disminuir una pena. En todo caso ni aunque se leyera todos los libros del mundo podría salir. Yo prefiero creer que lo hacía para suavizar la condena, para abrir la mente, para salir afuera por un momento al menos, para alcanzar una extraña forma de libertad. Cárceles y libros, qué cosa más triste. Pero era la órbita del día. 

*

Yo le hago el quite a La Serena. Me ensombrece. El día estaba nublado, como casi siempre. Cruzamos el puente hacia un sector que se llama Las Compañías. Es un sector muy popular, donde también vive mucha gente vulnerable. Pero he visto salir de ahí preciosos frutos del “absurdo tesoro de la miseria”. Cantantes populares, un movimiento de nueva trova, escritores, actores y dramaturgos. Pero me entristece. Y me entristeció. El cielo es gris y el polvo fino. Fino pero pesado. Amarillento y pálido. Detrás de la cárcel para menores, detrás de los muros y los alambres de púas, detrás de las torres de vigilancia, se veía un edificio oscuro desde el cual seguramente se podía ver el patio y los movimientos del centro de reclusión. Era un hogar de ancianos, una residencia parece le dicen ahora. Pensé en mi madre. Pensé en la tenue chispa que apenas sobrevive recluida en sus sesos anquilosados, en su corazón envejecido. El cuerpo también puede ser una cárcel. Vamos que se puede, Cristian Alberto. Es mejor saber que no saber. Es mejor entender que no entender. Todos seremos verdaderamente libres algún día. 

*

Pasamos todos los protocolos de entradas. Nos retuvieron los carnets, nos hicieron esperar –amablemente y con la cara llena de risa hay que decir– en las oficinas previas a la antesala del infierno. Llegamos ahí frente a la oscura y pesada puerta negra, donde me enteré que los trabajadores del centro estaban en medio de una movilización. Había pequeños carteles por todas partes: 

TUTORES ALZAN LA VOZ. Salud mental nula para tutores ¿Te descuentan $ cuando te vas de vacaciones? A mí sí.  Los tutores nos sentimos abandonados. Los tutores nos sentimos hongo. Las autoridades no nos consideran importantes. El servicio no nos cuida. Las redes sociales mienten. El servicio miente. Renuncia Rebolledo. Ningún trabajador merece agresiones ni humillaciones. Somos la primera línea de la reinserción. En este centro se normaliza la violencia. Exigen reinserción pero sin recursos. #sin cámaras sin implementos de seguridad #sin chapas en el baño #sin dignidad #sin sillas. Falta de personal. Precariedad laboral. La sobreexplotación te mata. Queremos soluciones directora. Que vuelva SENAME. Cuidamos a jóvenes ¿y quién nos cuida a nosotros? Las licencias médicas no son abuso. Es desgaste. Estimad(a)s. El frente de trabajadores (as) convoca a asambleas con turnos salientes y administrativos en los siguientes horarios y fechas: *jueves 14 de mayo 8:40 y 20:40 hrs. *viernes 15 de mayo 8:40 y 20:40 hrs.

Y en un momento me empecé a preocupar cuando leí más carteles que decían: 

No más abusos ni del “servicio” ni de los jóvenes. Sus tutores merecen respeto.  Queremos trabajar no sobrevivir. Los tutores estamos solos ni gendarmería quiere entrar. Insultos Escupes Maltrato físico y verbal, amenazas y acoso es parte de mi jornada laboral. QUIERO LLEGAR VIVO A MI CASA.

Conchasumadre. Yo soy una persona miedosa. He tenido problemas importantes con la ansiedad. Al menos tres veces en mi vida he tenido ataques de pánico. Mi sistema nervioso es saltón. A veces –sobre todo con la caña– me vienen tiritones. No estaba con la caña, pero empezó un autoboicot que mi cuerpo me hace cada cierto tiempo: sé que no tengo que temblar y tiemblo. No estoy temblando, no estoy con la caña, quizás algo débil, no debiera temblar, pero tiemblo. Si alguien me observa, tiemblo. Cuando voy a meter una llave, cuando voy a firmar, cuando tengo que hablar en público. Ya tengo mis años, debiera dominarlo, pero el cuerpo puede ser muy canalla. No es el cuerpo en realidad, es la mente, la mente te vacila, te puede jugar sucio, muy sucio. La mente también puede ser una cárcel. Empecé a temer que me diera la pera frente a los muchachos. Apliqué la técnica: olvídate ahora mismo de todo esto, cuando llegue el momento clave resolvemos. Y me acordé de esa vez cuando me llamaron para ser profesor en Limache. Era mi perfil de profesor: hacía clases a adultos en sedes sociales, hacía clases en colegios para alumnos que el sistema no aceptaba. A esas alturas ya deseaba hacer clases en un lugar algo más main stream. En Limache quedaba el SENAME o un centro de reclusión para jóvenes. Estaban buscando un nuevo profesor, porque alguien había renunciado por lesiones graves, o algo así. No hagas tal, me pidieron los más cercanos. Y con mucha razón, porque el 2016 terminaron apuñalando a un profe ahí mismo. Más de ocho apuñaladas con una cuchara afilada. El cartel que decía QUIERO LLEGAR VIVO A MI CASA no era una exageración. 

*

Se demoraron un poco, pero nos hicieron pasar al purgatorio, donde un gendarme nos quitó lentes, llaves y celulares. Las modificaciones al SENAME impiden que los gendarmes acompañen a los profesores. Los talleristas y profesores que van a Huachalalume y otras cárceles para adultos sí son acompañados por ellos. Por si a los presos les dan los turururus o se descompensan. Pero en estos centros no pueden estar. Ahora simplemente permanecen ahí, en una pequeña caseta al lado de un detector de metales, justo en el intersticio de un largo corredor cercado por altas paredes alambradas que dan a las torres de vigilancia, desde donde observan otros gendarmes. Seguramente desde ahí escuchan todo. Quizás avisan. Se preparan para dejar entrar a quienes deben intervenir. Tal vez sean ellos los que intervienen. Saltarse un protocolo puede tener consecuencias graves. Al parecer ser gendarme es una de las pegas más estresantes y precarias que existen. Le gana a ser profesor.

*

Corrieron el cerrojo e ingresamos al recinto. Era la desolación misma. Silencio. Vacío. Nadie se veía en el lugar. ¿Por qué? A diferencia de las cárceles, los muchachos no pueden andar paseándose en los patios. Viven en casas de un máximo de cuatro residentes. No pueden salir de ellas cuando se les dé la gana, porque hay peleas. Pero salen a talleres, al gimnasio y a la escuela. Hay una escuela chiquitita ahí dentro. Uf. Pobre pobresor o pebresora. Denles una medalla a esos hombres y mujeres. Háganles grata la vida a esos hombres y mujeres. Protéjanlos, apapáchenlos, cuídenlos y recompénselos por favor. Había murales con fauna nativa de la región. Quizás lo habían hecho los mismos alumnos. Ojalá, porque el arte salva. Puede iluminar. Puede aliviar el peso de esta existencia donde casi nadie vive realmente cómodo. Entiendo que Álvaro Prieto, un ex integrante de los Miserables, hace talleres acá. Lo hace calladito, sin publicidad. Al parecer los niños adoran su taller. Y el de carpintería. E ir al gimnasio. Desde acá les hago llegar mi enorme gratitud.

*

Esta es la parte que me da susto contar: la población penal era de 15 jóvenes entre los 22 y los 16 años. ¿Por qué de 22 si la mayoría de edad es a los 18? Porque muchos de ellos cayeron y fueron condenados mientras eran menores de edad. Pero cuando cumplen la mayoría, es mejor no pasarlos al otro sistema, porque si los juntas con los maleados de las cárceles para adultos los puedes podrir definitivamente. 15 parecen pocos, pero creo que un número así aumenta las posibilidades de una reinserción social adecuada. A Kast esto podría parecerle un despilfarro y mi miedo es que piense que el estado está gastando demasiado en lo que ellos consideran unas lacras inmundas. Pienso que están profundamente equivocados. En eso y en tantas cosas. Me asusta profundamente su falta de empatía, su desprecio por todo aquello que no conocen, su capacidad de polarizar, el hecho de que muchos de ellos están completamente seguros de que tienen razón. Es una horrible manera de vivir encerrados en sí mismos. La ideología también puede ser una cárcel.

*

Hace poco tuve que presentar a Carlos Pinto en el colegio donde trabajo. Era el día del libro. Carlos Pintos ahora es escritor: mírenlo. No me gustó mucho el libro que le leí, pero Carlos Pinto tiene algo. Es un ícono cultural. Es como Condorito prácticamente. Todo el mundo se ofrecía para echar el humo cuando entrara. Tarareaban la música de Mea Culpa. Yo estaba contento y lo estudié lo mejor que pude. Me gustó cuando dijo que había terminado completamente enamorado de una mujer que al principio no le gustaba. Eso porque quería hacer cine y no televisión. Despreciaba a la televisión. Pero ella no dejaba de acercarse a él. Entonces se dejó llevar, que es una de las mejores cosas que uno puede hacer en ciertas ocasiones. Vi varios de sus programas. Incluso la entrevista que le hizo Ruperto. Fuguet dijo que era nuestro Hitchcock. Cuando le pregunté si le parecía un elogio me dijo que no. Que él quería ser él y no Hitchcock. Lo consiguió entonces, le dije, tomando en cuenta que yo escuchaba su voz mientras leía las truculencias de su novela, supuestamente basada en hechos reales. La tesis de su libro es que el ser humano es una bestia salvaje que ha sido domesticada. Ni siquiera la educación te salva de que el animal que llevas dentro salga, ataque, y termines condenado. Yo sé que es así. Pero creo que la educación es importante y ayuda. Supe que en Informe Especial pegó uno de sus primeros hitazos con un reportaje sobre la cárcel de Puente Alto, donde vio a niños de 12 años mezclados con presos adultos. Imaginen los monstruos que se crearon en ese laboratorio. Como el reportaje tuvo un impacto mediático descomunal –tuvo que intervenir el Ministerio de Justicia para parar el escándalo–, él detectó una veta. Cuando le ofrecieron un programa, pensó en la cárcel y se le ocurrió Mea Culpa. Partí mi entrevista frente a los alumnos diciéndole: qué bueno que sea yo quien lo entreviste a usted y no usted a mí. Lo que pasa es que Carlos Pinto tiene muchas horas-cárcel, como él mismo dice, comparándolas con las horas-vuelo de los pilotos. Y entrevistó a mucha de esa gente caída en desgracia, enferma del chape, o bien, responsable totalmente del daño y la maldad que hicieron a los demás. Nunca me quedó totalmente claro qué es lo que piensa sobre este sistema actual. Para mí sí es claro que las cárceles debieran parecerse más a hospitales que a otra cosa. Mi maestro Sapolsky cree que en algún momento nuestros sistemas judiciales debieran considerar la real importancia de la biología en nuestro comportamiento y cambiar a partir de todas las evidencias que se han encontrado en las últimas décadas. Pienso en un vecino mío, que cayó en la cárcel en múltiples ocasiones y que terminó suicidándose bastante joven, un poco más joven de lo que soy yo ahora. Nunca habíamos hablado detenidamente hasta que me lo encontré a la salida de una cantina. Le miré la frente y la tenía surcada de cicatrices que aprendió a ocultar con el pelo o con gorros. ¿Qué le pasó en la frente, vecino? Le pregunté. Cuando tenía 12 años un caballo me pegó una patada, respondió. Eso explicaba muchas cosas. Phineas no longer Phineas. Raspe no longer Raspe. Es posible que todo haya cambiado para él a partir de esa edad. Es posible que mucha, incluso la mayor parte de las personas que están en cana, tengan cerebros modificados, problemas mentales con bases biológicas. Su libre albedrío está condicionado.  Como la de Carlos Pinto era una entrevista dirigida a estudiantes, yo quise centrarme en su proceso formativo. Pero tengo la idea de que andaba con la caña y que había dormido poco. El hombre se defiende solo –qué duda cabe– y a veces no respondía mis preguntas y hablaba de lo que se le daba la regalada gana. Daba consejos. No le deseaba a nadie la cárcel. De alguna manera entendí que pensaba que estudiar te alejaba de ahí. Pero su libro, protagonizado por tres médicos que se volvían criminales, parece sostener que a veces nada te salva de las rejas y todos en algún momento podemos perder el control. ¿Todos? En una de esas no. Claramente los más pobres tienen más posibilidades de ser condenados que los demás. Son las dos justicias chilenas de las que alguna vez habló Milton Juica.

*

Llegamos a la sala multipropósito. Es el lugar de encuentro con las familias. Una de las monitoras que nos acompañó nos dijo que en el recinto también se recibían niñas. Por supuesto casi ni se veían con los muchachos, pero para este tipo de actividades era positivo si se juntaban. Los hombres se las daban de lindos y se portaban bien. Hablaban de una tal Daisy que había entrado al Inacap a estudiar. Lo malo es que había reincidido y había vuelto a caer presa. Esta vez ya era mayor de edad. Lo más seguro es que su proceso de reinserción se haya ido a la mierda para siempre. Espero de todo corazón que no. También contaron que El Menor había estado en este hogar como interno. Hace muy poco había ganado la Final Internacional de Red Bull Batalla 2026. Lo hizo frente a más de 15.000 personas y se ganó 5 milloncitos de pesos. Es una especie de ejemplo de reinserción, de rehabilitación. De niño se puso ladrón porque siempre andaba harapiento y la ropa se volvió una obsesión. Después se metió a robar a una casa deshabitada que sí estaba habitada. En una entrevista con César Manuel Rodríguez cuenta como lloraba cuando apareció su abuelita a verlo. Al Menor se le había muerto la mamá estando chiquito y la abuelita había apañado todo el tiempo. Quizás haya sido por ella que decidió dejar de malvivir. Una tía mapuche quiso hacerse cargo pero le sacaba la cresta a cada rato. Él no la juzgaba, entendía que no era nada en contra de él, que así era la crianza en esos pagos. Igual no más la abuelita se lo raptó mejor. Ahora El Menor es famoso, viaja por el mundo, todos lo respetan. Menos mal que no le dio por ser escritor, en el panorama actual seguro se iba a pérdida. Ser escritor es para la clase media aspiracional y para los cuicos mantenidos. A mí me da no sé qué, pero en Vicuña triunfa un muchacho que también se llama FloyyMenor. A mí su poesía me parece penca, pero a los niños no. Es el referente ahora. La Gabriela Mistral ya no es nadie para ellos. Yo creo haber sido poeta y escritor por la Gabriela. Quizás si hubiera nacido en otra época hubiese sido hip hopero, MC. Los niños ya no quieren ir a la escuela porque es más fácil ganarse la vida cantando sobre el malanteo. Temo del día que le cambien el nombre a la calle donde vivo a FloyyMenor. Es la paralela a la que antes se llamaba Maipú y ahora se llama Gabriela Mistral. Así como van las cosas, es algo posible. De todas formas me parece bien que la gente de las poblaciones desarrolle sus propias formas de arte. Son muy ajenas a mí, no me las voy a dar de poblacional o a caer en la caricatura del viejo alolado. Pero me gusta que así y no mediante coerciones externas se hagan conscientes del lenguaje, jueguen con él y lo hagan crecer. Por lo poco que entiendo están desarrollando sus propias formas métricas, sus propios recursos, sus propias categorías, cánones y reglas sin pedirle permiso a los mijitines que los quisieran a su pinta. En una de esas están canalizando una energía que siempre ha estado ahí y que otros no han sabido llevar a buen cause. De todas formas en medio de todo ese brillo, ruido y lujo obsceno, veo algo oscuro, triste, bajo. Quizás sí hay coerción. Quizás sí están siendo utilizados. Como sea, me faltan antecedentes.

*

 Una vez pensaron en traer a El Menor al centro acá en Las Compañías, pero fue justo antes de un dieciocho. Mala fecha porque los jóvenes se descompensan. “Quiero puro volver a la calle” decía un rayado en una ventana. También extrañan a sus familias. Las descompensaciones son frecuentes. El Menor cuenta que una vez no vino su abuelita y se subió al techo a hacerle el tremendo show a los gendarmes, que es una costumbre frecuente cuando revienta la olla a presión. Tiene un video clip con otro artista que también estuvo en el SENAME. Se llama Arte Elegante y El Menor dice que lo escuchaba cuando estuvo recluso y que lo hizo creer que podía salir de ahí y cumplir sus sueños. A mí esto me emociona. Pienso que tal como decía la Gabriela el arte no soporta la mentira y el ser humano detecta cuando algo es de verdad. Por eso a la juventud le gusta esta música. “Con puros the real, pa rriba voy”, dice la canción. Por eso yo respeto esa canción que es muy triste en realidad. Es poesía en sus códigos. Muestran una realidad real. Es bueno que estén ahí, mostrando lo difícil que es la vida para la gente en la parte alta de los puertos.  

*

La tutora empezó a servir las bebidas y la vi temblando. Y yo no me había tomado el Melipass que siempre me salva en circunstancias así. Agarré un vaso para ver si yo también tiritaba y me vi sólido, con el pulso bueno. Pero me saltaba el ojo. A los profesores nos salta el ojo. Si ven a alguien con el ojo saltón, piensen que tal vez pueda ser profesor. 

Entonces llegó el primer grupo.

Entraron en una fila. Las pintitas. Son buenas las pintas ésas. Tienen personalidad, muy lejos están de querer pasar piolas. Los jokeys, las mechas, los pircings, blinblines, chaquetas con chiporros, capuchones, cinturones con hebillas grandes, pantalones a medio filo, zapatillas cuáticas. Uno que tenía la cara tatuada me miraba en mala onda, de reojo. Como un gato fiero preparado para saltarme encima. Si nos secuestran: cualquier publicidad. Si muero, qué lindo morir así, me dije, extrañamente tranquilo: acuchillado con un lápiz mina, me hago leyenda al toque. Otro, de buzo rojo, me saludó con alegría. Uno con cara de loco se reía solo con los ojos brillantes. Y otro parecía tumba de lo callado. El de buzo rojo había leído el libro:

–Bueno su libro oiga. Yo quería puro conocerlo. 

–¿En serio? Bacán.

–Me gustó porque no hablaban como en los libros. 

–Eco, a mí también me gustó eso. 

–Y el último cuento es un bucle, ¿o no? 

–Algo sí. Buena onda que lo hayan captado.

–Oiga tío ¿y el ñache es de verdad?

Jóvenes y viejos, siempre quieren saber si el ñache es de verdad. 

–En la cordillera hay una yerba que los crianceros llaman “yerba loca”. Cuando empieza la veranada eliminan toda la que pueden porque los animales se envician y después se van, se pierden. Caballos, burros, cabras. Para hacer el ñache hay que darle esa yerba a un animal hasta intoxicarlo. Después se le saca la sangre: ése es el ñache.

–¿Y dónde se consigue? Preguntó el con cara de loco. Le brillaban los ojos y en ningún momento dejó de sonreír. 

–La yerba loca existe en realidad. El ñache no, yo lo inventé.

–Ni un brillo entonces –dijo el que tenía cara de gato malo. Ese no miraba directo, parecía ofendido por algo grave. 

–Fue una forma de lograr que los personajes vieran morir al dios de los diaguitas. ¿Sabían que aquí hubo indios?

Sabían, aunque como todo el mundo, no sabían mucho. Yo les dije que nadie sabía qué idioma hablaban, tampoco qué pensaban, pero habían encontrado tablillas de rapé con las que jalaban vilca. Ahí seguro pasaban a otra dimensión y trataban con entidades. Que una de mis obsesiones era entender cómo vivían, qué veían, qué sentían, aunque era casi imposible, porque los habían hecho desaparecer. 

–¿Y usted ha visto al diablo?

–Un par de veces, pero estoy muy lejos de querer verlo de nuevo. Cuando hice el libro, lo veía a cada rato. Ahora quiero ver a Dios. 

–Se hizo evangélico?

–No. Estoy pegado con las Experiencias Cercanas a la Muerte. La gente que muere y vuelve, dice que se encuentra con Dios. No todas son iguales, pero se repiten muchas cosas: salir del cuerpo, la revisión de la vida, el encuentro con la luz, con ángeles o con familiares, el umbral, la llamada de vuelta. 

El de rojo me dijo: 

–Cuando a mí me acuchillaron por hacer una mexicana me pegaron un corte en la yugular, mire, acá está la cicatriz. Me saltaba la sangre. Con cada latido del corazón saltaba un chorro. Entonces me empecé a sentir bien y salí del cuerpo. 

–¿Tuviste una revisión de tu vida? 

–No sé. Igual me empecé a sentir calentito y a acordarme de cosas agradables, no feas. Ahí me fui a negro. 

–Dicen todos que morir es volver a nuestro verdadero hogar. Una experiencia preciosa, una paz inexpresable.

–Dan puro gana de matarse entonces.

 –No vale suicidarse para tener una, por si lo están pensando. Hay gente que tuvo una siendo niño y ya no querían estar acá, querían volver al otro lado donde fueron inmensamente felices y se sentían realmente bien. Entonces en algún momento se tratan de matar, pero los mandan de vuelta.

–¿Por qué? 

–Por lo que voy entendiendo estamos acá por algo que muchas veces no entendemos. Pero el que vuelve, vuelve más tranquilos, sin miedo a la muerte, sabiendo que están por algo de este lado y que en su momento volverán a ése otro lugar. Reciben mensajes. Y lo que se repite siempre es: aprende, ama. Venimos a aprender no sé qué. En una de esas aprender a amar.

Pasamos el rato hablando puras cabezas de pescado. Nos dio la hora y me pidieron que les firmara los libros. Mientras lo hacía, el más callado de todos me dijo: 

–Mi abuelo vio al diablo.

–¿De dónde es su abuelo?

–Del interior de Ovalle. Ahí se dedicaba a robar oro.

–¿Y cómo era el diablo?

–Dijo que lo vio de noche. Era un hombre alto, largo, vestido de negro. A veces muestra donde está el mineral. 

Donde hay oro, está el diablo. Pregúntenle a nuestro presidente.

–Yo tengo un amigo que también vio ese diablo, en Rivadavia. Estaban acampando al lado del río y partieron a comprar una garrafa. Se les cruzó en el camino. Así tal cual como el que vio su abuelo: alto, altísimo, todo de negro. 

–En una de esas había oro en ése río.

–Capacito. Pero mi amigo no andaba buscando oro, andaba buscando vino. Así es que a pesar del miedo pasó al lado del diablo y siguió en su misión.

Esa historia la contaba el mismísimo Jugo. Su madre, mi tía querida, era pobre. La pobreza se hereda. Ahora a mi amigo, que podría haber tenido oro, ser ocioso y brutal, le quedan pocos dientes. En una de esas le hubiese convenido parar un rato a hablar con él. 

Cuando el gato fiero se acercó, el que se reía solo le empujó la cabeza. Entonces pegó un manotazo fuerte para atrás y la tutora tuvo que intervenir. 

–Ya, no se molesten.

–Eco, déjalo, no lo molestís.

–Dile que te lo firme. A él también le gustó el libro. 

–¿En serio le gustó?

Simplemente afirmó con la cabeza sin mirarme jamás. Había algo muy triste, muy desolador, muy oscuro en él. Yo diría que vivía bajo un intenso sufrimiento. 

–Bacán que le haya gustado 

No respondió nada. El de buzo rojo lo abrazó por los hombros y caminaron juntos hacia la puerta. 

Los niños se fueron. Siempre termino hablando de las drogas, dije. Por qué a los seres humanos nos gusta tanto las drogas. A veces se trata de darle unas vacaciones al frontal cortex, dijo Oliver Sacks. A veces se trata de entrar en la otra dimensión. Hablando con María Cecilia, Marcela y los productores, les dije que le ponían color con la música urbana y la juventud actual. Por qué no se acordaban de los punks. Cómo les hicieron pasar susto los punks a la generación previa. Parecía que era el colapso de la civilización y aquí estamos. El productor contó que tenía una banda de punk. Que alguna vez había quedado ciego con el floripondio. Nunca más. Es una planta muy fiera, yo diría que es mejor no molestarla. Le dije que yo tenía un amigo que había sido punk y que tocaba el bajo, le decían El Maradona porque era chico y crespo. Una vez acuchilló a unos trasher. No cayó preso porque su familia movió hasta el último de sus hilos para que no terminara en un lugar así. La familia. La plata. La gente con plata casi nunca cae a la cárcel. Es claramente una cosa de plata. Una cosa del oro. Una cosa del diablo.

De pronto se escucharon gritos, palabras que apenas pude entender. Alguien pegó en la ventana. Risas estridentes. Un monitor tuvo que llamar a alguien al orden.

Entró el segundo grupo. 

De nuevo las medias pintas. Sin miedo al éxito. Se repetían los patrones: los buzos, las chaquetas, las hebillas, los blinblines. Los tatuajes. El único que había leído el libro era un gordo desproporcionado con lentes poto de botella. Tenía un peinado como escobillón usado y desteñido. Vestía todo de café. Hasta los calzoncillos eran café. Y combinaban con él. Con su piel rubia y sus ojos verdosos.  Apenas cabía en el sofá. Pero el resto se sentó junto a él. Parecía que estaban jugando a parir la chancha. 

El que quedó al medio era el más cara de loco. El jockey ladeado, varias lágrimas al lado de los ojos, la mirada esquiva, movimientos nerviosos. Agarró varias galletas y se las echó a la boca: 

–No he comido en una semana. Oiga, tía, digan ahí que quiero llamar a mi familia, hace más de una semana que no hablo.

El gordo rubio se estiraba en el sillón y se tocaba la cara. Dijo: 

–Bueno su libro. Me gustó. Yo leo, siempre he leído. Su libro es bueno. 

–¿Y qué lee?

–No sé, lo que pille. El diario. La ciencia ficción. 

–¿La ciencia ficción? ¿Cómo qué?

–No sé, no me acuerdo de los nombres. Pero me gusta leer. Y me gustó su libro. 

El cara de loco se intentó acomodar en el sillón, pero apenas podía. 

–Yo no sé leer, pero lo que leyeron también me gustó. Oiga, digan que me dejen llamar a mi familia. No sé por qué no me han dejado hablar, me van a dar los quince, no me quiero detonar.

Acá  sí que viene la descompensación, pensé.  En realidad qué feo morir así, qué van a decir en la casa. 

–Una vez mi mamá vio cómo su abuelo traía al diablo en la espalda. Había andado desaparecido por varios días y lo vio venir por la línea del tren. 

–¿Dónde fue esto? 

–En Talcahuano, mi familia era de allá. Venía por la línea del tren, curao, porque era alcóhólico. Mi mamá era chica y lo veía de lado a lado con algo en la espalda. Se fijó bien y dijo que era como un monstruo que llevaba. Una cosa ploma.  Era el diablo, apenas podía avanzar con él encima. De repente abrió unas alas grandes y salió volando. Ahí como que me abuelo casi se cae. Pero se acomodó y pudo caminar bien.

Nadie se reía ni chacoteaba durante esas historias. Tienen un efecto extraño. Nunca se duda de ellas. La gente las escucha casi sin parpadear. No dijimos nada por un momento. 

–Oiga, ¿y eso del ñache es de verdad?

–Ahí en Talcahuano yo he probado el ñache. Pero el que probé yo no es droga. Pero sí es como una gelatina. 

­–Yo inventé esa droga. No existe en realidad. Me basé en el ñache ése que usted probó.

–Ahí en Ovalle yo también comí cuando era chico. Mi familia es criancera. A veces hacían ñache. Oiga, ya pues, déjenme hablar con mi mamá. 

–Yo no soy el primero que inventa una droga para un libro. Está el soma, la que tomaba el doctor Jekill, la adrenocrono. 

El gordo se seguía acomodando cada cierto tiempo en el sillón. Los otros parecían sentir una simpatía natural por él. Podrían haberse repartido en otros asientos, pero parecían preferir permanecer sentados donde él estaba. Sus lentes de marcos gruesos, verdes, apenas dejaban ver sus ojos. La polera se le levantaba dejando parte de su barriga blanca al aire. Llevaba pantalones sucios, o que parecían sucios y rotos. El que estaba a su lado estaba sentado cerca del borde del sillón, con la espalda encorvada. Los ojos le brillaban mirando a un punto fijo. No habló en toda la sesión. 

–¿No trajeron sus libros?

–Es que nos cambiaron de casa y a mí se me quedó en la otra. Cuando lo fueron a buscar lo habían hecho tira. 

Al parecer había habido una pelea que había motivado la desorganización de un grupo y un cambio de habitación. 

–Oiga, y el ñache ése, dónde se puede conseguir. 

–Es de mentira te dicen. 

­–A mí me gustan esas drogas. No la tusi ni la pasta. 

­–Fome la pasta. 

–Me gustan los honguitos. Y una vez que fui al Valle quise llevar hongos, pero el que me los vendía me dijo que no había pero que me podía pasar san pedro. Así es que estuvimos entero volaos ahí en Cochihuaz. 

–Y cómo lo hacían para ir para allá?

–En auto. A mí me gusta caleta el Valle. Cuando vaya para allá, lo paso a ver. 

–Allá nos veremos. ¿Y volaste?

–¿Cómo volaste?

–El San Pedro hace volar. Yo nunca lo he probado, pero me interesa saber, porque estoy tratando de entender a los indios. Es muy posible que ellos hayan probado, porque estaban en contacto desde mucho tiempo con diferentes otros pueblos que les traían cosas. La vilca, por ejemplo venía del noroeste argentino. 

–No volé, pero sí vi a una india. 

–¿Cómo es eso?

–La vi. Era chiquita, pelo negro, cara redonda. Tenía como un poncho. Y estaban sus dos hijos al lado. Sus hijos eran más altos y viejos que ella, pero era claro que eran sus hijos. 

–¿Y qué te dijo?

–Nada. Yo no le dije nada tampoco, porque estaba enojada. No quería que pasara. Y me dio miedo y me fui. 

–Oigan, ya, pásenme un teléfono para hablar con mi gente.

­–Se terminó el tiempo. Que Cristian firme los libros de los que lo trajeron.

­–Son lindos sus anillos, tía. Ese grande ¿es de plata?

–Sí me gustó su libro. Es bueno, me entretuve. Lo leí más de una vez ahí en la pieza. 

–Es verdad. Le gusta leer a éste. 

–Bacán. Le voy a poner abajo la fecha, como si se lo hubiera dado en Cochihuaz. 

–No, si cuando salga, en serio lo voy a pasar a ver. 

–Ya pues, pase no más.

Cuando salieron comenté: 

–Qué agradable sujeto ¿qué hizo? ¿por qué está acá? 

–¿Te acuerdas de ese chofer de Uber que estuvo desaparecido por meses?  Él estaba con el grupo que lo mató. 

*

Me fui de vuelta a Vicumbia en una micro atestada. Tuve que tomar la micro en la pasarela para poder irme sentado. Frente al Unimarc se llenan y a veces uno tiene que irse de pie. Una vez, hace no mucho, justo en este lugar me asaltaron, me subieron a un auto y me llevaron hasta Alfalfares. Eran chilenos. La verdad es que yo me andaba regalando. Les expliqué a esos pobres diablos que ya no me quedaba nada. Nada de nada. Diez lucas que quería ocupar para volver a mi casa. Que no valía la pena que se fueran en cana por diez lucas. Yo era profesor y lo más seguro es que si me mataban la cosa no pasaría piola, porque era conocido en mi pueblo. Echar a perder sus vidas por diez lucas, ahí sí que la cagan. Me dejaron a la mitad de la nada y libré sin heridas. Los combos que me pegaban apenas me dolieron. Me dio vergüenza hacer la denuncia, que después me mostraran en los videos y que me viera en mis peores momentos. Yo de verdad ya no quiero ver al diablo, pero el diablo sigue ahí. Pobre gente en todo caso. Puede parecer una estupidez, pero de verdad siento compasión. Entendí claramente que a menos que ocurriera un milagro, sus almas estaban condenadas y que en algún momento iban a terminar mal. Arriba de la micro vi a dos de mis alumnos que volvían de un preuniversitario. Ni los saludé. Más bien dejé que me vieran leyendo el libro del Comandante Ramiro alumbrado por una linterna frontal. El ejemplo puede ser más poderoso que los consejos. El profe secuestrado por andarse regalando, el ejemplito. Mejor que no se sepa. En una de esas conviene que la versión final de este texto elimine esa parte. Digo yo. En todo caso los profesores también somos humanos. Los jóvenes encarcelados también. Los viernes a esta hora la mayoría de los usuarios de estas micros son estudiantes. ¿Sigue siendo la educación una causa de movilización social? ¿Ayuda en realidad el colegio a permanecer fuera de las cárceles? No sean pobres queridos niños. Tampoco sean como los médicos del libro de Carlos Pintos. Ni como el Ingeniero industrial que se puso hueón arriba del avión de Brasil. A pesar de haber ido a las mejores universidades del país, trató de monos y maricones a la tripulación del avión. Pobre diablo. Es posible que sea condenado y viva una temporada en el infierno, en la cárcel del Brasil. ¿O el dinero lo va a salvar? Dicen que la clase alta chilena es penca. Poco sofisticada. Casi nadie lee. ¿Para qué? Piensan que es una pérdida de tiempo. También hay gente que dice que leer no te hace mejor persona. Yo creo que están equivocados. Yo creo que leer sí puede ser la salvación. Que es posible ser más libre leyendo. Que leer –sin ser el único camino- te acerca más a la sabiduría y el amor. Aunque sean libros sobre el diablo y los condenados. 

IMAGEN DE PORTADA: GOBIERNO DE CHILE.

2 comentarios en “Condenados”

  1. LILIAN JACQUELINE PARDO

    Excelente historia, me atrapó de principio a fin. Llegué aquí por uns publicación de Instagram. Gracias por la experiencia de entrar en tus pensamientos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »
Ir al contenido