La verdad es que esta columna comenzaba de otra manera. Describía una foto real en la que, en un extremo del edificio se agrupaba el sindicato de arrendatarios de Barcelona intentando evitar el desahucio de una familia completa posicionándose en la puerta de entrada; y en el otro, justo al lado derecho del mismo edificio, dos mujeres rubias con maletas y bolsos buscaban el código de acceso para llegar a su piso turístico.
Pero ahora ese inicio no tiene ningún sentido.
El 7 de octubre falleció Maricarmen o María del Carmen Abascal, una mujer de 87 años a quien desahuciaron de su vivienda el 23 de septiembre en la capital de España, Madrid, donde había vivido durante siete décadas. ¿Las razones? Urbagestión, empresa inmobiliaria que había comprado el departamento a un precio irrisorio porque tenía ya una inquilina, la estaba echando. Quería usar el inmueble para arrendarlo a otras personas que pudieran pagar más (2.650 euros mensuales) y así ganar más intereses. Maricarmen, con una pensión de 1.400 euros aproximados, no podía pagarlos. A sus 87 años, una mujer con movilidad reducida fue sacada de su hogar en camilla por la policía local.
La situación de Maricarmen ha provocado acampadas masivas en las plazas de las grandes ciudades de España y manifestaciones a lo largo de todo el país que aún están latentes. Su muerte, una indignación inabarcable que se suma a una lista de problemas en torno a la situación de la vivienda que, para la mayoría, ya no se puede sostener.
El malestar de los sin casa
Hacía ya mucho tiempo que en España se venía especulando con la vivienda. Personas con sueldos muy altos, extranjeros mayoritariamente, compran viviendas y las ponen en alquiler como forma de ganar dinero. Ese es su trabajo: comprar y alquilar, comprar y vender. Hay mucha gente que no le ve nada de malo a esto, tener tres o cuatro viviendas, dos o tres departamentos, ¿qué podría pasar? El problema surge cuando ya son muchos los que lo hacen, y muchos los departamentos que acumulan en manos de unos pocos.
Si todavía no les parece que algo anda mal, les cuento mi experiencia. Llegué a España, específicamente a Barcelona, hace dos años con mi marido y mi perro para estudiar un doctorado. Nuestra situación, comparada con la de otros migrantes, es privilegiada.
Desde nuestro departamento, en Santiago de Chile, pensamos y nos ilusionamos con la idea de un piso, como le dicen acá, antiguo con balcones mirando hacia calles que datan de la Edad Media, con habitaciones amplias y suelos de cerámica históricos. Pecamos de ilusos e inocentes, claro está, porque ese sueño se rompió apenas entramos al portal inmobiliario español, acá Idealista. Cada departamento que veíamos era más y más pequeño, de 30 o 40 metros cuadrados por un precio de más de 1.000 euros. Se acercaba la fecha de partida al otro continente y nosotros, familia completa, no teníamos ni siquiera una sola llamada de vuelta a las tantas solicitudes que habíamos puesto por un piso. Nadie nos prestaba atención, no éramos suficientes para ningún propietario, para ninguna inmobiliaria. Yo trabajaba haciendo clases en la universidad, talleres literarios, y tomando proyectos de marketing de vez en cuando. Mi marido, diseñador gráfico, estaba empleado hacía más de cinco años en otra universidad. Mi contrato era por honorarios, fluctuante; el suyo indefinido, pero chileno. Ambos hacíamos 2.000 euros con mucho esfuerzo.
En nuestra desesperación, decidimos pagarle a dos mujeres que habían formado una empresa que se dedicaba a encontrarte un departamento antes de tu llegada a España. Parecían de confianza y sabíamos que nos ayudarían porque conocíamos a personas que hablaban muy bien de ellas. Desenbolsamos absolutamente todos nuestros ahorros y pagamos fianzas que no nos correspondían, en efectivo, porque, aunque sabíamos que era ilegal lo que estaban haciendo, estábamos realmente angustiados.
Nos quedamos en un hotel por unos días, porque, por muy increíble que parezca, nos salía más barato que arrendar una habitación por una o dos semanas.
Hasta que, por fin, entramos a nuestra nueva casa en Barcelona sin ni un peso en nuestros bolsillos, pero habiendo logrado un alquiler que para muchas otras personas aún sigue siendo imposible.
No tenemos luz natural, como la mayoría en esta ciudad, nuestro vecino nos discrimina abiertamente por ser latinoamericanos, y vivimos con miedo a que nos terminen el contrato cuando se les dé la gana porque en este país no se protege al arrendatario: se protege al propietario.
Aún así creí que nuestra experiencia había sido solo un caso aislado, algo realmente difícil y digno de olvidar. Sin embargo, lo reencarné con cada persona que conozco en esta ciudad y, recientemente, con mis dos hermanas. La primera rechazada por la mayoría de las inmobiliarias a las que llamaba solo por ser latina. Le cortaban el teléfono o le contestaban que el piso no estaba disponible cuando sí lo estaba (cosa que corroborábamos después cuando su novio europeo llamaba para preguntar lo mismo). La segunda, después de dos meses buscando habitación para ella y su perro, no ha conseguido ni una sola visita. Habitaciones sin derecho a agua caliente o a cocina, habitaciones donde se les pide a los inquilinos que por favor trabajen y vivan fuera de la casa. Habitaciones por 900 euros mensuales que solo tienen una ventana a otra pared. Habitaciones donde se pide cuatro meses de fianza solo por tener un perro de compañía.
Esta ciudad tiene muchas cosas hermosas, como lo tiene toda España, infinidad de panoramas culturales gratuitos, muchísima vida vecinal en el espacio público y una celebración admirable por la comunidad. Pero, ¿saben qué? Nada de eso vale la pena si no tienes dónde vivir. Sé que mi experiencia tiene factores, por lo demás, muy distintos a cualquier catalán o español en la misma situación. De hecho, mi experiencia tiene aún más dificultades. Sin embargo, no deja de ser un malestar generalizado y preocupante.
Cuando la vivienda deja de ser un derecho
El sueldo mínimo en España es de 1.221 euros al mes exentos de tributación, según El Boletín Oficial del Estado publicado como norma el 18 de febrero de 2026. El 37% de los trabajadores en España gana ese sueldo mínimo, según el Ministerio de Trabajo y Economía Social de España. Pero ahí no radica el problema de base. De acuerdo con un estudio reciente del Consejo de la Juventud de España (CJE), Fad Juventud y Oxfam Intermón, Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural, destinar más del 50% de tu sueldo en alquiler provoca graves problemas de salud mental, justamente lo el porcentaje que dedican más del 50% de los jóvenes en España, según el informe. Es decir: después de pagar el alquiler, el riesgo de pobreza se duplica.
El estudio también muestra que en 2007 cerca del 58% de los jóvenes españoles emancipados eran propietarios, mientras que en la actualidad esa cifra no llega al 30%.
A pesar de la reforma laboral y el aumento de sueldos y contratos indefinidos, el coste de la vida sigue subiendo, y entre eso está el alquiler. De acuerdo al informe, el precio de los arriendos ha subido en un 77 %, mientras que los sueldos solo un 33%.
Si realizo el ejercicio de cuánto destino de mi sueldo fluctuante a mi alquiler, dividido entre mi pareja y yo, el cálculo me muestra un 45.79%. Entre los problemas que se describen en el estudio por dedicar más del 30% recomendado de tu sueldo al arriendo, están: cansancio o apatía, falta de concentración, tristeza o desesperanza, poco interés por hacer cosas, miedo ante el futuro o el presente y problemas para dormir. La verdad es que los tengo todos.
¿Y quiénes son los culpables? Los desplazamientos de personas denominadas “expats”, trabajadores remotos de países occidentales con mejores sueldos que las personas del país de origen. Políticas públicas diseñadas para beneficiar al propietario y atraer inversión extranjera. Guerras y genocidios que provocan el aumento del costo de la vida. Todo suma y sigue, mientras la situación solo empeora.
El sistema capitalista ha creado un modelo económico que ha propiciado el bienestar personal por sobre el colectivo, y en situaciones críticas como las que vivimos cabría preguntarse si, entonces, habrá que pensar en un modelo distinto. Uno que beneficie a todos y no solo a unos pocos.
Mark Fisher, filósofo inglés, solía hacerse esa pregunta. ¿Hay otra alternativa? Si ya ni siquiera nos está garantizando derechos tan básicos como el de la vivienda. ¿Cuánto más tendremos que aguantar hasta decir basta? Él, antes de suicidarse, escribió esto: “El evento más sutil es capaz de abrir un enorme agujero en el telón gris y reaccionario que ha cubierto los horizontes de posibilidad bajo el realismo capitalista. Partiendo de una situación en la que nada puede cambiar, todo resulta posible una vez más”. Quizás eso es lo que necesitamos: que todo explote para que todo pueda cambiar.






1 comentario en “Que explote todo: la crisis de la vivienda ”
Esta columna me trajo recuerdos de hace un tiempo donde gente se suicido en España, no se si todavía pasa, es miy triste.
Gracias.