Roberto Castillo, autor de «Muriendo por la dulce patria mía» vuelve a mirar a la leyenda del boxeo local, ahora en la gran pantalla, tras el estreno de Rey del Ring. De paso por Santiago, donde viajó para ver la adaptación de su libro, reflexiona sobre el poder de la ficción, los límites de los géneros literarios y su próxima novela protagonizada por un perro que lee a Horacio Quiroga.
“¡Esa ficción miente!”, le aseguró un hijo del boxeador Arturo Godoy (1912-1986) cuando se acercó al escritor Roberto Castillo Sandoval y le mostró el libro que recién había publicado editorial Planeta: Muriendo por la dulce patria mía. “El género de la ficción se está burlando de Arturo Godoy”, agregó Godoy Jr. ofuscado, en 1998, frente al debut literario de Castillo, quien es profesor de Literatura en Haverford College, Pensilvania.
Instalado en Estados Unidos desde los 21 años, Roberto Castillo (67) buscaba materiales históricos en los archivos de la Universidad Harvard, hasta que en un momento se encontró con los insumos para su primera creación literaria. Allí vio por casualidad una revista de los años 40. Entre escritos coloniales y otras materias, apareció nada menos que Arturo Godoy. En primer plano aparecía el boxeador chileno, oriundo de Iquique, campeón sudamericano, considerado el mejor púgil chileno del siglo XX, quien enfrentó en dos oportunidades a Joe Louis, en febrero y en junio de 1940.
“Hasta ese entonces había escrito algunos cuentos y poemas muy malos, hasta que se produjo este hallazgo casual en la prensa, donde estaba Arturo Godoy. Un nombre que era mencionado por mi familia, por conocidos y comencé a documentarme”, cuenta Castillo de paso por Santiago. Viajó al país para ver el preestreno de Rey del Ring, de Rodrigo Sepúlveda, protagonizada por Marko Zaror (Arturo Godoy) y Benjamín Vicuña (Gabriel Meredith). Filme inspirado en el título Muriendo por la dulce patria mía.
Reeditado en 2017 por editorial Laurel, el libro es una novela, pero también una crónica, que se construye con diversas voces, documentación y la recreación sobre la vida del pugilista nacido en Caleta Buena, en Iquique, y que pelea ante el llamado “Bombardero de Detroit”, Joe Louis, por el título mundial de los pesos pesado, subiendo al cuadrilátero del Madison Square Garden, en Nueva York.

Antes de seguir conversando sobre el filme y la leyenda deportiva, Roberto Castillo relata que visitó en la capital a su padre en el hospital del Salvador. En ese lugar, el narrador nació el 14 de noviembre de 1957. Ya junto a su papá, los doctores le contaron que le instalarían un marcapaso. El último libro que publicó Castillo fue La novela del corazón, que obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago 2023, donde se refiere a trasplantes cardíacos, a historias que ocurren dentro de un pabellón… “Me preguntaba —comenta—, cuando me hablaba el doctor, a lo mejor escribí La novela del corazón para entender esto que estoy viviendo ahora”.
La mímica del héroe
En su obra dialoga la historia, la cultura popular, los personajes anónimos y quienes han dejado una huella en el tiempo, quienes se inmiscuyen entre géneros literarios. Roberto Castillo puede citar en una página desde un chiste de la serie de Condorito a una cita extraída de la revista National Geographic.
Responsable de traducciones de Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, Castillo además es autor de los libros Antípodas. Ensayos y crónicas (2014) y Muertes imaginarias (2020). En todos sus libros está presente el personaje de Gabriel Meredith, quien es uno de los narradores de Muriendo por la dulce patria mía. En la pantalla grande, en la película Rey del Ring, tiene el rostro de Benjamín Vicuña.
“Yo no me imaginaba a Meredith como Vicuña, pero tampoco me lo imaginaba muy lejos”, comenta Castillo, quien asegura no tuvo incidencia en el guion. “Solo me hicieron consultas por e-mails y por teléfono”, agrega y cuenta que entre sus últimas lecturas que le gustaron están los libros Mientras dormías, cantabas, de Nayareth Pino Luna y Aviso de demolición, de Gabriela Alburquenque.
—¿Qué te pareció la actuación de Marko Zaror, esa proyección de Godoy en el presente?
—El mayor acierto de poner a Marko Zaror como Arturo Godoy es que tiene una presencia física comparable a la de “El guapo de Caleta Buena”, creíble y muy bien trabajada en los aspectos técnicos. Zaror trata de imaginar, de rehacer el estilo de Godoy, lo reconstituye, que en cierto modo es lo que hacen en la novela las personas que oían las transmisiones en las radios, en las plazas de Chile: hacían la mímica. Ese gesto se va repitiendo, la mímica del héroe. Zaror sabe pararse en un ring, se ve como un boxeador de verdad y emula muy de cerca los movimientos de Godoy, su pose, su estrategia. Zaror encarna la misma paradoja de Godoy: ser considerado representante del “chileno típico” cuando en realidad son excepcionales.


—El poeta Jorge Teillier te dijo que Arturo Godoy se merecía una novela…
—Así es. Y recordando esa frase, yo digo: Godoy también se merece una película. Lo mío es una novela, es documentar un mito. En esa época que la escribí todavía había gente que había conocido a Godoy. Si hay un mérito en esa novela, es hacer legible y organizar esos materiales míticos. Y como todo mito nunca se termina. Se le adosan historias. Para mí la película es eso: el héroe que arrastra como una estela hecha de deseo. Deseo de afiliarse con el héroe mítico. Es una forma de contar la historia. Es otra variante del mito.
—El mito es, de alguna manera, interpretar la derrota como una victoria, ¿no?
—Una de las claves metafóricas del mito de Arturo Godoy es que la derrota se transforma en victoria. Mucha gente cree que le arrebataron injustamente el título mundial. Y en la novela yo presento las dos posibilidades: sobre la primera pelea podemos hablar… Sobre la segunda no hay nada que hablar. Yo pienso que en la primera si hay elementos para decir que la pudo haber ganado si no fuese porque el árbitro decidió, y el sueldo del árbitro lo pagaba el mánager de Joe Louis. Era imposible que el tipo le rompería la racha a Louis.


—Cuando publicaste el libro, en 1998, muchos creyeron que era una especie de biografía y leyeron la novela como una construcción verídica de los hechos.
—Cuando la gente invoca lo que pasó de “verdad” versus lo que se imaginó, es muchas veces tan imaginario como la ficción. Cuando fui al club México, en 1998, a tomar unas fotos para la revista Qué Pasa, se consiguió permiso la periodista Sonia Lira, para que me subiera al ring. Y en ese momento quien administraba el gimnasio era muy amigo del hijo de Arturo Godoy, y debido a la polémica que surgió con mi libro, me miró con muy malos ojos. Y en cierto momento que estaba subiendo al ring me grita: “Subirse al ring es fácil, pero bajar no es tan fácil”.
—¿Qué opinión tienes de los géneros literarios? Al parecer hay un permanente deseo de clasificar, ¿no?
—Los géneros literarios están bajo presión, es cierto, en parte porque la definición tradicional ya dejó de tener sentido al momento en que uno se pone a escribir. La novela ha sobrevivido porque su ductilidad y su capacidad de enmascararse ha resultado muy útil para quienes sentimos que las fronteras genéricas ya no sirven de mucho. Sobre todo, no sirven al escribir, todo lo contrario, se convierten en un corsé. Lo único entretenido de un corsé es abrirlo, inventar maneras de liberarse de él, jugar con él, usarlo como disfraz o como punto de partida del goce de leer. La definición de géneros y subgéneros es ajena a la literatura de hoy, le sirve más al mercado y a la academia.
—¿Escribes algo nuevo?
—Así es. Pero no tiene que ver con Chile. Es una novela argentina, cuyo protagonista es un perro, que sabe leer y estudia en Harvard. La estoy pasando muy bien escribiendo. El perro se sabe de memoria los cuentos de Horacio Quiroga. Su madre, que también es perra, era montonera. Es una novela de camino recorrido, que va desde Misiones, Buenos Aires y terminará en México, Boston y otras ciudades de Estados Unidos. El protagonista es un perro que, sin dejar de ser perro ni de ser profundamente argentino, es capaz de protagonizar un periplo.
—Por último, vives desde los 21 años en Estados Unidos… ¿Cómo percibes las políticas migratorias de Donald Trump?
—Esto de decir que mandará tropas militares a Portland y Chicago, creo que ya pasó esa línea donde uno dice esto es un régimen autoritario. La sensación que hoy tiene uno como migrante latino, es muy parecida al miedo que uno sentía durante la dictadura de Pinochet. Te oyen hablando en la calle en castellano y te pueden detener o interrogar. Yo tengo ciudadanía, pero eso no te protege para nada. Cuando ando fuera de Pensilvania, ando con mi pasaporte sabiendo que eso no me va a proteger. No es que estemos descubriendo que Estados Unidos es un país violento, racista y autoritario, pero ahora es más reconocible y evidente.





