Cada cierto tiempo alguien pregunta qué es ser de izquierda hoy, como si fuera una duda nueva. La respuesta es vieja y no ha cambiado tanto. Ser de izquierda es creer que la vida buena se hace de a muchos y querer que le alcance a cualquiera. Todo lo demás, los programas y las peleas de cada día, sale de ahí.
Empezó hace mucho, con gente cansada que se juntó a la salida de la fábrica y se dio cuenta de que juntos daba menos miedo. De esas juntas salió que el día de trabajo tuviera un límite, para que quedara tarde para algo más que producir. Salió la escuela donde entra el hijo de cualquiera. Salió la jubilación para no llegar solo a viejo y el hospital que no pregunta cuánto ganas. No fueron regalos. Los arrancó, de a uno, gente que se quería lo suficiente como para pelear por la vida del otro. Cada derecho que hoy parece de sentido común fue antes el sueño de unos pocos que amaban de una manera ancha, rara, que incluía a desconocidos.
Porque de eso se trata y conviene decirlo sin vergüenza: la izquierda es una forma del amor, y no la más cómoda. Una en la que querer a alguien es querer que no le falte. Se ama con el sueldo que alcanza y con el techo que no se llueve. El cariño y el pan son lo mismo. bell hooks lo decía sin vueltas, que el amor es un verbo, algo que se hace con las manos y que querer a alguien sin pelear porque tenga lo justo es pura decoración. Aunque la madre que hace doble turno lo sabe mejor que cualquier libro: amar a un hijo es también conseguirle la comida. Separar el corazón de la materia es un lujo de quien nunca tuvo que elegir entre los dos.
Y como es amor y no deber, se celebra. La izquierda que vale la pena es la que canta. La peña, el asado que junta a la cuadra, la marcha que termina en baile, la olla que siempre da para uno más. La alegría de estar juntos es de donde sale la fuerza para pelear. Gladys Marín lo entendía mejor que nadie. Pasó diecisiete años escondida, le mataron a Jorge y aun así la recordamos por la risa. Pedía que fuéramos livianas como mariposas y fieras ante la injusticia, las dos cosas a la vez. Sabía que un mundo donde quepamos todos se levanta con ganas y no con cara de sacrificio. Cada vez que un grupo de gente la pasa bien junta sin que nadie cobre la entrada, ya está viviendo, por un rato, el país que sueña.
Ese sueño tiene lugares donde ya se puede tocar. La plaza que no es de nadie y por eso es de todos. La biblioteca a la que uno entra sin plata y sale con algo. Está la banda del liceo que ensaya los sábados aunque desafine y el equipo que juega en la cancha de tierra. Todo eso que la gente arma para estar junta y que no aparece en ninguna planilla porque no deja ganancia, solo vida. Los comunes, les dicen los que estudian estas cosas. Nosotros les decimos, más simple, lo nuestro, lo que es de todos y no se vende. Mientras haya una plaza llena un domingo, hay país.
Hoy cuesta más creerlo. Nos acostumbraron a mirar al de al lado como competencia y a comprar a solas lo que antes se hacía entre varios. Contra esa costumbre triste, ser de izquierda es un acto medio terco: seguir apostando a que juntos vivimos mejor justo cuando todo empuja a separarnos. Se apuesta así por haber visto, aunque sea una vez, lo que pasa cuando la gente se organiza y se le acaba el miedo. Quien lo vio no lo olvida y deja de creer que la única vida posible es aguantar solo en la pieza.
Hacia adelante la apuesta es todavía más grande, casi insolente: que el país funcione para todos, hasta para el que piensa distinto, hasta para el que hoy no nos quiere adentro de su mundo. Que quepan muchas maneras de vivir sin que una aplaste a las demás, sin pedirle a nadie que piense igual, que sería un plomo. La izquierda sueña una casa con la puerta abierta, donde entra el que discrepa, el que llegó de otro país, el que ama distinto, el que todavía desconfía. La única condición es que nadie se quede sin lo básico para vivir con la frente en alto.
Así que la respuesta a la pregunta del principio no necesita teoría. Ser de izquierda es querer que la vida buena, la de reírse fuerte y comer acompañado sin temerle al futuro, deje de ser un privilegio y sea lo normal. Ese mundo todavía no llega. Pero asoma cada vez que unos cuantos se juntan a pelear por él sin dejar la risa en la casa. Lo que se goza mientras se pelea ya es la vida en común. Ahora mismo, en alguna parte, una olla da para uno más y alguien sube la música.
*CRÉDITO FOTOGRÁFICO: Imagen tomada a inicios del siglo XX en las ramadas del Parque Cousiño. Foto: Archivo fotográfico del Museo del Carmen de Maipú, disponible en Enterreno.






2 comentarios en “Ser de izquierda es el goce de la vida en común”
De lejos, una de las cosas más bellas que he leído en (y para) este tiempo. Muchas gracias Verónica
Creo que todos mis compañeros de esta tierra deben ser igual de feliz cual yo.