Dejé el libro en la silla del lado y revisé mi reloj. Llevaba cerca de cuarenta minutos esperando en aquella sala para migrantes, acompañado, únicamente, por dos mujeres con turbante y un chino mudo. Frente a mí, había una puerta de seguridad y, justo al lado, una placa incrustada en la pared con la frase: Protect our people against terrorism and drugs.
Desde que era un niño, incluso antes, desde el embarazo mamá, siempre odié los aeropuertos, los aviones, las cosas que vuelan o estallan. Odiaba el manoseo del equipaje, los detectores de metal y la duda sobre mi propia inocencia.
Agarré mi pasaporte y lo revisé una vez más. La foto de la página principal con el pelo largo y revuelto, la foto de la visa, con grandes entradas y sin sonreír. Los cuatros sellos: Ecuador, México, Guatemala y Alemania. Finalmente, mi nombre completo impreso en dos columnas, en dos identidades. El poeta y el narco. Metí el pasaporte en mi chaqueta. Saqué del bolsillo de mi maleta de mano la carpeta con las cartas y las reservaciones impresas, y las revisé una a una.
La puerta de seguridad se abrió y un hombre en uniforme, blanco y bajito, apareció.
Míster, hizo una pausa, sonrió y continuó, Pablou Escoubarr.
Las dos mujeres me miraron y yo miré al chino para confirmar que no era él. Pero no se inmutó. Entonces me puse de pie, agarré mi maleta y seguí al policía.
Entramos en un pequeño pasillo repleto de puertas. El tipo se paró en la del fondo a la derecha y con un gesto me indicó que entrara. En la habitación había una mesa de metal en el centro, tres sillas, una cámara de seguridad muy grande en una esquina y cuatro paredes sólidas de concreto.
El tipo tomó mi maleta de mano, me señaló la silla del fondo y se sentó del otro lado. Saqué el pasaporte de mi chaqueta y lo puse, junto con la carpeta, sobre la mesa. El tipo lo agarró y comenzó a revisarlo sin prisas. Lo hacía con un gesto asumido, página a página. Se mojaba la yema del dedo para agarrar el papel y se detenía en las páginas un rato largo, como si estuviera leyendo un librito pulp.
Tenía una idea bastante clara de lo que iba a pasar. El tipo me preguntaría mi nombre. Yo respondería con la primera columna que aparecía en mi pasaporte y él, con una sonrisa de autosatisfacción, de asombro ante su propio ingenio, replicaría con la segunda.
So, Míster…
Juan Parra, dije.
El tipo alejó el pasaporte de su rostro como si necesitara enfocar mejor.
Pablou Escoubar, repitió.
Luego sonrió de la misma forma que lo hizo cuando me llamó desde la puerta de la sala de espera. Igual que la agente de migración que me había retenido al ingresar al país, después de preguntarme de qué vivía un escritor y si conocía a Escobar. El mismo gesto tonto que me había perseguido toda la vida.
La primera vez que me hicieron el chiste de Pablo Escobar tenía nueve años. Fue mi profesor de español de cuarto grado. Yo estudiaba en un colegio de curas católicos, medio militar, muy fascista, en el que se referían a los estudiantes por el primer apellido. Cuando nos entregaban los exámenes, los profesores se paraban en la parte del frente del salón y gritaban: Suárez Diego, Arévalo Andrea, Lizarazo Esteban y aunque en mi caso correspondía Parra Juan, el profesor de español dijo, Escobar Pablo. Todo el salón soltó una risa. Recuerdo bien que yo no entendía el porqué, pero sentí una incomodidad creciente. Muy dentro de mí, sabía que algo estaba mal. Tal vez, entendía que no era correcto que un profesor ridiculizara a un niño o intuía, por conversaciones lejanas entre mamá y la abuela, que aquel nombre, parte del mío, era un tabú, que había algo tenebroso, maligno, asociado a él, asociado a mí.
Esa sensación incómoda me persiguió de forma esporádica toda mi infancia y adolescencia. El comentario sobre mi tío Pablo o la pregunta sobre si conocía Medellín. En la mayoría de los casos, los ignoraba como me habían enseñado mamá y la abuela, que nunca se referían al tema. También desarrollé mi otra identidad, Juan Parra, poeta miedoso y por un tiempo lo controlé. Pero a finales de 2006, comenzó el boom de las narconovelas: Sin tetas no hay paraíso, El Cartel de los Sapos, El Capo, El patrón del mal, Breaking Bad y así, una por año hasta el día de hoy. Y el comentario de Pablo se comenzó a volver cosa de todos los días.
No mentiré, a mí me gustaban esas telenovelas. Me gustaban esas historias de forajidos que morían en su ley, disfrutaba las traiciones, los conflictos, las armas, las mujeres, la picaresca y la épica, en fin, todo lo que debe tener una buena ficción. Pero me gustaba aún más intentar averiguar del abuelo, imaginar que aparecería en alguna escena, tal vez con mamá o con la abuela, en el fondo del encuadre. Por supuesto, ellas odiaban las narconovelas y me habían prohibido verlas. Mamá y la abuela querían olvidar y pasar la página, pero eso era imposible. El narco estaba de moda y esas telenovelas eran un éxito no porque hubiera muertos y droga (la cocaína nunca la mostraban), sino por los dólares, la verdadera cara del narcotráfico.
Billetes, fajos, fincas, carros, montañas de dinero. La riqueza que todos ansiamos, que todos estamos obligados a perseguir en el capital. El narco triunfa, pensaba a menudo, y aún lo hago, nos gusta porque es el capitalismo puro: el producto perfecto, el mercado totalmente autorregulado, la competencia más gore, la igualdad de oportunidades, el American Dream.
¿Coloumbiaano?, me preguntó el agente que terminaba de revisar mi pasaporte.
Sí, respondí.
¿Medillín?
Yo no, mi papá sí.
Podía sentir el ojo frío de la cámara enfocándose en mí. Revisé el gafete en el uniforme y encontré el apellido Brown, escrito en letras amarillas sobre un fondo blanco.
¿Usted es familia de Pablou Escoubar?
No, respondí, Escobar is my mother’s family name, and my father has another surname, Parra.
Llevaba cerca de dos horas en el aeropuerto y era la segunda vez que me lo preguntaban. En los cientos de veces que me había pasado antes, de la respuesta, que nunca cambiaba, no dependía mi destino inmediato. Pero aquel día sí. Yo quería entrar al país, dar la charla sobre poesía y podredumbre y vender libros. Ser un escritor más allá de estar mucho tiempo solo con un teclado y poder pagar mis facturas con mis libros.
Señor Escoubar, dijo el agente Brown, usted está selecciounado para control alatorio.
En ese momento sonó un timbre metálico, vibrante. La puerta se abrió y apareció un segundo agente, vestido de civil, con una grabadora y un maletín que dejó sobre la mesa.
Míster Escoubar, nice to meet you, dijo con una sonrisa, I am special agent Miller. I’ve got some questions for you.
Lo miré y vi cómo la puerta se cerraba detrás. Sentía mis manos mojadas y frías.
Do you have a connection with the FARC guerrilla?, me preguntó Miller.
No, respondí.
Why are you visiting the United States?
Trabajo. Me invitaron a una feria del libro en español.
Tomé la carpeta con los papeles y les pasé los correos y las cartas de invitación en los dos idiomas. El agente Brown los agarró y comenzó a revisarlos. Miller, por otra parte, no paraba de mirarme. Brown le pasó uno de mis documentos y Miller les dio una mirada rápida.
Are you a writer?, preguntó Miller.
Sí, dije.
How do you pay your bills?
Lo miré y dudé un poco. Ni yo sabía la respuesta.
I work in different places, I teach, work in a restaurant, write for newspapers…
Miller había sacado una libreta y anotó algo sobre mi respuesta.
I’ve never heard of you. Do you have one of your books with you?
Negué con la cabeza y sonreí. La próxima vez, pensé, anexo uno de mis libros al pasaporte.
Señor Escoubar, usté es elegido para control aleatorio, intervino Brown. Vamos a hacerle algunas pruebas. ¿Estás de acuerdo? No necesita abogado.
Me quedé mirándolos sin saber qué decir. Después de todo, pensé, tantas horas de ver Alerta aeropuerto no me habían servido para nada. Y la escuela de derecho tampoco, la ley termina cuando empieza la migración.
Let’s do it, respondí.
El agente especial Miller tomó la grabadora y la puso en el centro de la mesa. Luego agarró el maletín y sacó una hoja con tres palabras impresas en letra gigante.
Read this, dijo Miller.
Respiré profundo, me acomodé la camisa que comenzaba a empaparse de sudor y hablé:
Plata o plomo.
Again, dijo Miller.
Pasé saliva y repetí despacio, separando las sílabas:
Pla-ta-o-plo-mo.
Nou, nou, nou, dijo el agente especial Miller. Faster. Speak normally.
Plata o plomo, dije de nuevo.
Y mientras repetía aquella frase, pensé cuántas veces la había dicho antes, y cuántas la había escuchado. Pensé en aquellas otras expresiones narco que usaba a diario con placer, en mis actitudes gánster a escondidas de mamá, y pensé en los stickers con Pablo Escobar triste en una piscina y en el parque, o anotando algo en su libreta de la muerte.
Ok, Míster Pablou. We need your cooperation now. Listen to the recording and repeat.
Miller terminó de hablar, oprimió un par de botones de su grabadora y una voz con un acento extraño, gangoso, lento y fingido, habló.
Plata, decía la grabación, luego seguía una pausa larga, enfática, y finalmente el remate, o plomo.
Y yo repetí.
Plata, pequeña pausa, o ploomo, dije.
Luego me sequé el sudor de la frente, me limpié las manos con el pantalón e intenté esconderme de las luces blancas del cuarto.
Miller y Brown no me quitaban los ojos de encima. Esos ojos azules y fríos. Casi muertos. Ellos no sudaban ni pestañeaban. Como hombres pez.
Ok, dijo Miller. Much Better. Let’s continue.
Sacó una carpeta de su maletín y se la pasó a Brown. Luego comenzó a poner sobre la mesa un montón de bigotes falsos. Había todo tipo de mostachos, unos largos y en punta como el de Dalí, otros cortos y cuadrados como de nazi, unos curvos y bien cortados como de hípster, unos muy, muy largos como el de San Bigote, el vaquero de los Looney Tunes.
Brown, tomó uno de los mostachos y me lo acercó estirando su mano, pero Miller negó enseguida con un gruñido. Así que Brown tomó otro y desde lejos lo superpuso a mi rostro. Estuvo así un par de segundos, luego dejó el segundo bigote falso en la mesa y tomó otro muy negro, largo y frondoso, a la usansa de la Revolución Mexicana.
Pruébela, me dijo.
Tomé el mostacho y sentí como me hacía cosquillas en los dedos. Luego lo acerqué a mi rostro y lo puse sobre mi bozo cantinflesco. El bigote era muy largo, mucho más que mi boca y el pelo me picaba sobre el labio.
Cuando terminé de ajustarlo, Miller sacó una cámara instantánea de la maleta, me apuntó y tomó una foto. Yo me quedé mirándolo, algo confundido, furioso, acobardado, con el bigote puesto y las manos escondidas en la chaqueta. Cuando la foto estuvo lista, la pusieron sobre la mesa y del maletín comenzaron a sacar otras. Eran, por supuesto, retratos de Pablo Escobar. Pero no del real, del muerto, del asesino múltiple, del hombre que forzaba abortos y amenazaba niños, sino de todas sus versiones ficticias, de sus intérpretes: ahí estaba el Escobar brasilero, los dos colombianos, el chicano, el puertoriqueño, el español, el maorí. Todos los actores que hablaran español e inglés, o que fueran morenos, estaban sobre la mesa. Todos con sus bigotes y sus pelucas de pelo crespo y negro. Con camisas de tela abiertas, malacarosos o con una sonrisa cínica. Y mi foto estaba ahí junto a las demás.
Ese collage de Pablos no era nuevo para mí. Cuando mamá conectó la casa a internet, una de las primeras cosas que hice fue buscar mi nombre. Y ahí estaba Escobar, estaban las noticias de las bombas, los magnicidios, estaba el audio de Juan Pablo, el hijo del capo, que siendo un niño lleno de ira y dolor por la muerte de su padre, amenazaba con matar al presidente. Recuerdo que por entonces yo ya quería escribir, me gustaban las personas que firmaban con seudónimos, que remezclaban sus nombres para crearse una identidad artística, como Emilio Remzi o Arturo Belano, y pensé que yo no sería un buen escritor porque mi seudónimo, mi identidad secreta, mi alias, ya estaba copado.
What do you think? Is it him?, preguntó Brown.
All of them look like the same person to me, respondió Miller.
I’ve heard that some drug dealers have facial surgeries to hide their identities and Pablo, as you know, is the best at it.
What do you think, pal?, dijo Miller mirándome.
Yo seguía con mi mostacho falso puesto. Le di a las fotos una mirada y suspiré. A esa hora, había imaginado, yo estaría conociendo los sitios donde grabaron algunas de mis películas favoritas. Pero, en cambio, estaba encerrado en un cuarto frío, con mucha luz, y muerto de hambre.
Son falsos, respondí.
What?, preguntó Miller.
The mustaches are fake, repetí.
Y los dos agentes se miraron entre sí totalmente desconcertados. Las aletas de sus narices se agitaron como branquias de pescado. Le dieron la vuelta a un par de fotos y las comenzaron a revisar.
Impossible, dijo Brown, this is Escobar. Entonces se puso de pie y fue a pararse junto a la puerta.
Miller dejó las fotos sobre la mesa.
So, dijo, why are you visiting the United States?
Saqué las manos de los bolsillos y las puse sobre la mesa repleta de fotos. Ellos tenían la carpeta con los correos y los certificados, y también mi pasaporte.
Vine por un congreso de literatura.
What?, dijo Miller.
I was invited to a literature congress, repetí.
Sure, dijo. I will check that information. You know?
Sí, respondí.
Let me explain what’s going to happen here, vato, dijo Miller, hizo una pausa y habló en español por primera vez: Aquí recibimos mucha información de Pablou Escobar. Gente dice que no ser muerto. Lo visto en toda parte, Escobar más vivo que nunca. The other day, I saw a guy, a white guy, in my neighborhood wearing a shirt with his face on it. Entonces, aparece un colombiano con ese nombre, with unusual trips in his passport, claiming to be a writer, but no one knows him, yet he has money to travel. What do you think? Is it a coincidence?
Sí, respondí. Me llamo así por el Papa.
Había sido mi padre, en su único gesto hacia mí antes de desaparecer, quien me había puesto el nombre, luego de ver a Juan Pablo II en la televisión mientras hacía fila en la notaría. Por supuesto, él, un católico devoto, no pensó que sería mala idea, pues apenas conocía a mamá. Pero cuando llegó a casa, ella tiró sus cosas por la ventana y nunca lo volvió a dejar entrar.
Me iba a llamar Nicolás, agregué. Nicolás Parra.
Miller asintió y sacó de su maletín otra carpeta.
What do you think is in here?
No sé, respondí.
Es una expedienteee, me señaló con el dedo, suio. Aquí dice que su nombre está en proceso judicial de terrorismo y narco. How would you explain that, writer?
Miller dejó el expediente en la mesa. Lo tomé y la mano me temblaba. Nunca lo había visto completo. El expediente del juzgado había desaparecido, y mamá y la abuela no hablan del vuelo 203. Del avión que Escobar había estallado para matar a un político que luego se corrompió y que jamás se subió a la aeronave. El avión en que mi abuelo viajaba y en el que murió cuando estalló la bomba. La explosión que dejó a mamá sin padre, a la abuela sin esposo. El avión que, desde antes de nacer, me unió, tal vez para siempre, con Pablo Escobar y el cartel de Medellín.
Comencé a revisar las páginas, escuché que Miller o tal vez Brown me decían algo. Vi las fotos del avión en pedazos, metales doblados, media carcaza chamuscada, una silla de cabeza. Cuerpos esparcidos al azar como si fueran agua de lluvia. Y al final, la orden del juez de repararnos, de hacer memoria, y un listado de víctimas con las ciento diez personas muertas y sus familiares. Y ahí estaba el nombre de la abuela, el de mamá y el mío, que acababa de nacer.
Mi abuelo murió aquí, dije. Con el dedo les mostré su nombre en la sección de víctimas y luego todos los de mi familia.
Miller y Brown me miraron confundidos, como si acabaran de entender que aún había víctimas de Escobar caminando por las calles. Víctimas sin rostro. No los hijos de los políticos que eligieron presidentes y que aún nos gobiernan con ineficacia. No, gente normal. Personas que nunca serían interpretadas por un actor famoso, que apenas llegaban a ser dobles de espaldas en una narconovela. Esos dobles que me obsesionaba buscar en la televisión, pensando que encontraría al abuelo. Personas que no habían sido interpretadas cien veces, de las que no se escribían libros, ni se hacían camisetas o pocillos. Personas cuyos nombres se olvidaron y cuyas familias estaban condenadas a ver a Pablo, a vivir con Pablo, a ser Pablo.
Miller se puso de pie, giró el expediente y comenzó a leer. Algunas de las fotos de los Pablos de ficción salieron volando y cayeron al piso. Brown se acercó, y ambos se quedaron mirándome sin decir nada. Activaron la puerta de seguridad y desaparecieron. Yo me quedé ahí, en la mesa, solo, rodeado de mil Pablos. Tomé mi foto, me vi con ese mostacho abundante, mi pelo crespo, sonreí y me la guardé en el bolsillo. Luego me quité el bigote y esperé.
Brown volvió una media hora después. Me pidió disculpas por la confusión, me entregó mi pasaporte y me acompañó a la salida. Cuando salí al pasillo, no estaba Miller y en la sala de espera seguían el chino mudo y las dos mujeres.
Brown se despidió de mí y luego dijo:
Zedong Mao, entonces todos miramos al chino mudo, pero no se inmutó. En cambio, una de las mujeres se puso de pie y caminó hacia la puerta. Brown la miró de arriba a abajo y la hizo pasar.
Salí de la sala, revisé el celular y le escribí a mamá que ya iba camino al hotel, luego pasé a la fila de migración con un nuevo agente. Era un hombre joven, negro y muy grande. El tipo tomó mi pasaporte, lo pasó por una especie de datáfono y revisó mi crédito.
Nombre y profesión, please.
Me quedé mirándolo un segundo. Pensando si quería decirle que no conocía a Escobar. Que era escritor y que no sabía cómo pagaba mis facturas. Que vivimos inmersos en una narco-cultura y que las violencias no pararán mientras persista la desigualdad. Decirle que mi abuelo había muerto en un avión, pero que mi familia nunca me habló de ello. Respiré profundo y respondí.
Me llamo Pablo Escobar, soy narcotraficante y vengo de parte del Cartel de Medellín.
El tipo de migración paró de escribir, me miró y soltó una risa ante lo ridículo de mi respuesta. Luego volvió al computador, mientras meneaba la cabeza, aún invadido por la hilaridad.
You are a funny guy, dijo. Have a good day, Míster Pablou. Luego oprimió el botón sobre su escritorio y la puerta frente a mí se abrió.






2 comentarios en “Míster Pablo Escobar”
Una tragicomedia con mucho de realidad y un tanto de ficción. Un final grandioso!
Excelente relato, la lectura es sencilla y.lo hace a uno querer leer la historia hasta el final.
Que grande don tienes Juanpa.
Sigue deleitándonos con tus escritos.
Un Abrazo