Desde México, país que se ha convertido en su hogar durante el último año, el reconocido periodista salvadoreño Óscar Martínez (1983) hace un espacio en su agenda para sentarse a conversar de ese asunto difícil que se ha vuelto omnipresente. El que lo persigue en cada entrevista, sobre el que acaba de estrenar un libro, el que lo forzó a exiliarse de su país: el gobierno de El Salvador o, más bien, como lo define sin tapujos, la dictadura de Nayib Bukele.
Jefe de redacción del periódico El Faro, ganador del Premio Gabo de este año y autor de obras claves del periodismo narrativo de la región como Los muertos y el periodista, Martínez ha dedicado gran parte de su carrera a investigar la violencia de las pandillas, el crimen organizado, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos en Centroamérica.
Hubo un tiempo en el que el propio Bukele lo felicitaba por eso, y retuiteaba sus revelaciones sobre los casos de corrupción ligados al gobierno de Salvador Sánchez Cerén (del partido izquierdista al que había renunciado el ahora gobernante). Pero al asumir el mandato, en 2019, “demostró desde un principio que no le interesaba que la prensa libre lo vigilara”, explica Martínez en entrevista con Revista Abismo.
La escalada de ataques contra El Faro comenzó cuando reveló a inicios de 2020 las negociaciones secretas que el mandatario llevó a cabo con los líderes de las pandillas para que redujeran los asesinatos y le dieran apoyo político, a cambio de beneficios judiciales, mejores condiciones carcelarias y protección frente a posibles extradiciones.
Entonces comenzaron los espionajes al equipo de reporteros, las acusaciones —hasta en cadena nacional— de lavado de dinero, narcotráfico, vinculaciones con las Maras, trata de personas y otros tantos delitos. Cosa especialmente peligrosa porque, desde que inició el régimen de excepción en El Salvador en 2022, el debido proceso se anuló para quien sea acusado de pertenecer a las pandillas y una mera imputación policial puede devenir en un juicio secreto, donde se puede encarcelar sin límites ni sentencia hasta a 900 acusados a la vez.
Cuando el 7 de julio de 2025, luego de publicar dos entrevistas a líderes pandilleros que pactaron con el ex alcalde de San Salvador, Martínez se enteró de que iba a ser capturado por el gobierno y tuvo que partir al exilio.
Con todo eso, y quizás por eso mismo, Martínez sigue escribiendo. Lo hizo en Bukele. El rey desnudo (2026, Editorial Anagrama), el libro que lo tuvo de gira por Chile hace algunas semanas, y en el que hace un perfil del líder de la nación con la tasa carcelaria más alta del mundo (1 de cada 57 ciudadanos está preso), esa que lo reeligió con un 84,6% de los votos, pero que —antes de Bukele— prohibía cuatro veces la reelección en su constitución.
Porque si algo quiere dejar en claro el periodista es que el presidente que sacó de las calles a las peligrosas pandillas criminales que se habían transformado en una suerte de Estado paralelo, al mismo tiempo “terminó con el debido proceso, destruyó los contrapesos de la democracia y se apropió del poder absoluto del país”.

—En el libro contrapones declaraciones que hizo antes de ser presidente con las que ha dado tras asumir el cargo, mostrándolo con ideas prácticamente antagónicas. ¿Crees que se trata de alguien que traicionó sus principios para amasar el poder o, más bien, de una persona que no tenía convicciones fuertes y que por ello pudo cambiarlas con facilidad?
—Con el tiempo me he convencido de que Bukele nunca tuvo principios sólidos. Él se decía una persona de izquierda, pero nadie que se diga de izquierda hace un giro tan radical, en tan poco tiempo.
Pasó de decir que parte del problema de la violencia tenía que ver con la falta de oportunidades y que no podía resolverse solo con cárcel, a decretar un régimen de excepción que nos dejó sumidos en un Estado policial, donde policías y militares pueden hacer lo que les da la gana, y los ciudadanos no tienen ninguna forma de aplicar el debido proceso para defenderse. Pasó de tomarse fotos con los líderes de los colectivos de la diversidad sexual a declarar que el aborto es un genocidio.
Yo creo que nunca tuvo principios. Lo que tuvo, desde que entró a esa pequeña alcaldía de Nuevo Cuscatlán en 2012, es un plan que solo consistía en una cosa: llegar al poder total, ser el líder absoluto de un país. Y ha estado dispuesto a hacer lo que tenga que hacer para conseguirlo.
EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Para el autor, Nayib Bukele se consolidó como dictador en 2024, cuando cambió la constitución para competir por un segundo período. No fue una sorpresa: ya se había hecho con el pleno control de todas las instituciones del Estado: la fiscalía, la asamblea legislativa, el Poder Judicial. Pero, al sacudirse del último contrapeso que le ataba a las reglas, selló el último clavo del ataúd de la “raquítica democracia salvadoreña”.
Un ascenso vertiginoso explicado, en parte, porque entendió los tiempos políticos de una nación golpeada y vio que la gran mayoría de la ciudadanía salvadoreña estaba harta de los partidos de la posguerra civil, decepcionada de las promesas incumplidas y lista para escuchar a un “outsider”.
Pero también, porque ha sabido leer la época mejor que nadie. Bukele domina las redes sociales y ha edificado su imperio con virales, likes y corazones. El mandatario anuncia sus pasos en lives de Facebook, instala relatos en TikTok y da órdenes a sus ministros por X.
Desde ese reino, el de las redes, ha logrado expandir sus ideas mucho más allá de su tierra, el país más pequeño de Centroamérica, apareciendo como el político mejor evaluado en encuestas de diversas naciones del continente, donde no pocos piden “mano dura”, “alguien con huevos” o derechamente “un Bukele” para su país. “Si de los taxistas dependiera, Bukele los gobernaría”, sintetiza Martínez.
—¿Por qué el estilo de Bukele resuena tanto en diferentes lugares del mundo? ¿Es el hartazgo con la política tradicional lo que logra interpretar?
—Eso lo explico en base al uso de la propaganda de Bukele y a una alta dosis de ignorancia. El aparato de difusión, de ataque y de posicionamiento de temas que tiene es enorme y millonario. Que él haya logrado trascender siendo de un paísito de 21 mil kilómetros, que en Chile aparezca como el político al que la gente aspira, o que todo el mundo haya visto las imágenes del CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo, la megacárcel), tiene que ver con un sistema de propaganda enorme.
Cuando vos en Chile, Colombia o República Dominicana le preguntas al taxista o al peluquero por qué adora a Bukele, normalmente la respuesta es una bobería. Te dicen que lo vieron en un TikTok o en un programa… Es decir, consumieron algo de su propaganda. Es una admiración ignorante.
—¿Pero hay un engaño ahí? ¿Crees que no conozcan el “lado B” del éxito que vende en materia de seguridad? ¿No será que simplemente prefieran esa opción por sobre la democracia, la transparencia y el respeto a los derechos humanos?
—Sí, ha llegado un punto en el que hay muchas palabras denostadas. Ahora parece que si defiendes los derechos humanos sos un estúpido, un naíf, que estás hablando tonterías vetustas desde una izquierda hippie, lo cual me parece ridículo. La lucha por los DD.HH. en un continente como este ha sido esencial y está bañada en sangre de gente que combatió para que tuviéramos algunos derechos fundamentales y no nos trataran como bestias. Lo sabemos en El Salvador y lo saben en Chile.
Habrá poca gente que lo admirará con conocimiento, pero te repito, creo que la gran mayoría lo adora con ignorancia, no conocen el régimen en profundidad. Les gustan los gestos, ver como arrastra a unos criminales en un video de propaganda, ver que salga y diga que defenderá los derechos de la gente, no de los presos, sin entender que en El Salvador el gran porcentaje de los presos ni siquiera ha tenido juicio. Me parece un absurdo. Me parece que no saben que han salido 547 cadáveres de las cárceles de Bukele, la gran mayoría con señales de tortura y con el mismo pinche e indolente diagnóstico de que murieron por “edema pulmonar”, aunque algunos salgan con agujeros en el cuerpo o la cabeza cosida como si fuera un balón de los años treinta. Esa parte no la conocen. Y si no conoces la contraparte de lo que dices admirar, admiras con ignorancia. Sos pasto fértil para los caudillos.
Pero lo que muy poca gente se da cuenta es que los caudillos se muestran eficaces porque desmantelaron cualquier contrapeso. Y cuando llega el momento de buscar esos contrapesos, cuando las madres y los padres desesperados de muchachos capturados en el régimen que no tenían antecedentes ni pertenecían a las pandillas llegaron a la Corte Suprema a interponer un habeas corpus, ahí se enteraron para qué servían los contrapesos, pero la Corte Suprema ya estaba tomada y no resolvió los habeas corpus.
Ahora, sí creo que el que haya llegado al poder de esa forma nos pone a todos los demócratas de la región en el predicado de tener que reflexionar: ¿Qué tan raquíticas son las democracias que armamos? ¿Por qué para tanta gente eran insuficientes? ¿Por qué tanta gente no sabía que era la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema y nunca iba a salir a defenderla? Si cuando los Bukele, los Milei y los Trump del mundo campan, nosotros no hacemos una reflexión de las fallas de nuestras democracias, entonces estamos pendejos.
EL PODER TOTAL
Si cuando asumió el poder en 2019, Nayib Bukele se presentaba como un outsider que venía a desplazar a los políticos tradicionales —cosa que hizo, reduciendo a cenizas a los dos partidos que controlaban el poder antes de él—, siete años después la situación es diferente.
“Hoy Bukele es el sistema, el todopoderoso absoluto del país. No hay forma alguna de cuestionar sus decisiones. No dialoga con los legisladores, les da órdenes. No dialoga con los jueces, les ordena condenar. Y el juez que no condena termina exiliado fuera del país o en un juzgado menor, en la frontera con Honduras, dirimiendo conflictos por vacas o por tierras”, expone el escritor.
La imagen paradigmática, dice, ocurrió en la toma de posesión de su segundo mandato, cuando, con una puesta de escena casi mesiánica, inició simbólicamente el camino que lo llevaría en los meses siguientes a expulsar del país a casi toda la prensa independiente, a detener por razones políticas a decenas de personas y a decir que lo trae “sin cuidado” si le llaman “dictador”.
Ahí le pidió al público reunido alrededor del Palacio Nacional de El Salvador que levantaran una mano y repitieran junto a él, entre medio de aplausos, vítores y vuvuzelas. “Juramos defender incondicionalmente nuestro proyecto de nación. Siguiendo al pie de la letra cada uno de los pasos, sin quejarnos (…) Y juramos nunca escuchar a los enemigos del pueblo”.
“Nos ha etiquetado así a todos los críticos, seamos periodistas, jueces honestos u organizaciones de DD.HH. Nos ha metido a todos en el mismo saco, porque piensa que así es más fácil prenderle fuego”, complementa Martínez. “El mensaje es simple: conmigo o contra mí. Bukele asume que es el poder y quiere que la gente lo asuma”.
Muchos de esos “enemigos del pueblo” terminan en el CECOT, la megacárcel que se ha encargado de mostrar orgulloso ante el mundo y que muchos líderes buscan importar a sus países. Otros tantos, la mayoría, terminan en cárceles que no aparecen en la prensa y se pierde rastro de sus destinos.
—¿Por qué en sus visitas guiadas y ante la prensa solo muestra el CECOT y no alguna de las otras 22 cárceles del país?
—En el CECOT ha reunido a todos los pandilleros para hacer un espectáculo plástico de la maldad: así se ven los malos a los que captura el régimen, con sus cabezas rapadas y tatuajes en la cara. Pero en esa cárcel hay menos de 4 mil presos y en El Salvador, según datos de la propia dictadura, hay 97 mil presos. El resto de la gente no se ve así. La mayoría son lancheros, campesinos, agricultores que fueron capturados por la policía para llenar de números el discurso político.
Después de que iniciara el régimen de excepción, Bukele dijo que iba a capturar a las pandillas en unas pocas semanas. Cada delegación policial entendió que debían capturar a quien fuera. Ya hay miembros de la policía que han dado testimonio de como capturaban por cuotas, que salían a agarrar a cualquiera.
En las otras cárceles se ven personas que no tenían antecedentes penales, a las que la policía les construyó una ficha de la nada y que han caído en una situación terrible. Hay gente que ha salido desnutrida, a morir fuera de las cárceles, como saliendo de un campo de concentración, con evidentes señales de tortura, con huecos dentro del cuerpo que los forenses no mencionan en la autopsia.
Bukele no quiere que vean las otras cárceles porque, tal como concluyó hace unos meses un grupo de expertos de Naciones Unidas, es muy probable que en esas prisiones se estén cometiendo crímenes de lesa humanidad.
—En el libro dedicas un capítulo completo a la historia de Alejandro Muyshondt, quien fue el secretario de Seguridad de Bukele y murió tras ser encarcelado en una de sus cárceles. ¿Por qué su caso es tan paradigmático?
—Primero, porque era su amigo desde la adolescencia y luego secretario de Seguridad de la Presidencia. También, por la forma en la que ocurrió: Bukele lo acusó en un tuit de haber filtrado información a periodistas e inmediatamente después anunció que la Fiscalía lo iba a capturar, porque ya no ocultaba que la Fiscalía es un órgano de persecución controlado por él mismo.
Pero, además, por el nivel de crueldad que le aplicaron. No lo mataron, le destruyeron el cuerpo en seis meses. Se lo devolvieron a su madre hecho un cadáver, con costuras en el cráneo como si lo hubieran lobotomizado. Cuando salió, ya no podía ni hablar, apenas caminaba. Era un hombre fuerte que recorría la frontera con militares, que jugaba a ser el secretario del presidente, y salió hecho una piltrafa.
A ese hombre no lo dejaron siquiera llegar al juicio. Cuando le tomaron las declaraciones antes de morir, Muyshondt ya no sabía dónde estaba, no sabía hablar, tenía la mirada perdida y no entendía lo que estaba leyendo el fiscal. Su caso evidencia el enorme nivel de crueldad y vengatividad de Bukele. Y si a un hombre así le pueden hacer eso en las cárceles, ¿qué le pueden hacer a don Pedro? ¿Qué le pueden hacer a doña Lupe?
—¿Qué rol juegan en su legitimación personajes como el youtuber mexicano Luisito Comunica, que visitó y grabó un video recorriendo el CECOT con Bukele?
—A mí esa gente, ese muchacho en particular, me parece un aprovechado. Es un tipo que toma ventaja, con un desinterés absoluto por las cosas importantes del mundo; al que no le interesa informar ni contrastar, sino ser viral. Encerrarte un rato en la celda de aislamiento hace que mucha gente te vea. Pero es irresponsable. Es un hombre cruel. No quiero decir un idiota, porque idiota no es. El hombre está forrado de dinero gracias a sus videítos.
Toda esa gente ha descubierto en Bukele una extraordinaria posibilidad de conseguir likes, además de un tipo al que le encantan ese tipo de entrevistas, donde no lo cuestionan y le lamen los pies.
—¿Por qué crees que en tantos países (como en Ecuador con Noboa o en Colombia con De la Espriella) el modelo a imitar es Bukele y no otros referentes de las derechas radicales como Orbán o Milei?
Martín Caparrós lo explicó muy bien en una columna que tituló “La eficracia». Bukele le dio algo a la gente: terminó con los pandillas, y a la gente que lo ve desde afuera, que no está interesada ni conoce el acontecer del país, eso les parece un logro suficiente como para no preguntarse de qué forma y a cambio de qué. Bukele ha logrado sacarle todo el provecho a ese logro.
Eso hace que haya miles de personas dispuestas a dar testimonio de la felicidad de ese nuevo El Salvador, sin pandilleros en sus colonias. Pero te garantizo que hay otro montón de hombres y mujeres a quienes les arrestaron un hijo que no pertenecía a una pandilla, que era un muchacho trabajador. Esa gente no está feliz.
A la gente que les guste el modelo de Bukele, yo solo les digo: cuando esa fórmula se aplique en su país y arresten a su hijo inocente, no se quejen, porque el modelo incluye eso, arrestar a quien le da la gana, que si un policía o un soldado quiere o necesita llenar cuotas de arrestos, pueden llevarse a su hijo. Si usted no entiende que ese modelo implica eso, usted no entiende el modelo.
UN PRECIO ENORME
El Faro es probablemente el medio que más escándalos ha revelado de la administración del todopoderoso ex alcalde de San Salvador. Además de sus pactos con las pandillas, destaparon cómo la fortuna de la familia presidencial se ha disparado en estos últimos años, los múltiples casos de corrupción que Bukele ha escondido bajo la alfombra y muchos de los abusos del régimen de excepción que impuso.
En El exilio nos alcanza, Óscar y su hermano Carlos explican en primera persona y a través de testimonios cómo han sufrido en carne propia la represalia gubernamental por todas esas revelaciones: la pérdida del hogar, la incertidumbre, la imposibilidad de ejercer libremente el periodismo.
“25 colegas de cinco medios salvadoreños distintos nos reunimos en una casa de la ciudad de Guatemala. Intercambiamos información en una rueda de rostros alargados y miradas ojerosas. La información era la misma, todas las fuentes de los colegas interpretaban una calcada lógica de la dictadura: los periodistas no han entendido el mensaje tras la captura de Ruth López, toca enseñarles en carne propia (…) A los casi dos meses de haber publicado las entrevistas a los pandilleros, desde el exilio, varios aún no nos decimos exiliados. Aún pensamos en volver”, narra en la crónica, galardonada hace algunas semanas con el prestigioso Premio Gabo.

—¿Qué costos ha tenido informar el lado oscuro de un régimen que la sociedad salvadoreña, en su mayoría, aprueba?
—Ha tenido costos enormes para mí y mis colegas. Fuimos espiados por el régimen durante 17 meses, así que no sé cuánta información sobre nuestras vidas personales tienen almacenadas. He perdido muchas fuentes que han sido acosadas y obligadas a exiliarse por habernos hablado. Hemos perdido financieramente, muchos de nuestros accionistas ya empezaron a congelar bienes inmuebles y cuentas bancarias. Cubrir desde el exilio es posible, lo seguimos haciendo, pero genera mucho cansancio.
Pero sobre todo he perdido un país. Ya no puedo habitar El Salvador. Nosotros íbamos a ser capturados en el aeropuerto cuando íbamos a volver tras entrevistar a los líderes pandilleros.
También lleva costos sentimentales, emotivos. Lugares a los que no puedo volver, gente a la que no puedo ver. Con esto hemos conminado también a toda nuestra familia al exilio, gente que no ejercía el periodismo y que ha tenido que dejar el país para protegerse y no ser utilizados por Bukele para castigarnos.
—Bukele inscribió su precandidatura para una nueva reelección y todo apunta a que va a ganar cómodamente. ¿Crees que hay alguna figura dentro de la política institucional que pueda competirle en el mediano plazo?
—No. Bukele va a ganar y será presidente hasta el 2033. Ya modificó todas las reglas electorales, cambió la fórmula matemática para eliminar a los pocos diputados que no controlaba y alteró el Tribunal Supremo Electoral. Ha logrado exiliar a gran parte de la oposición y a los líderes de las organizaciones de DD.HH., con persecución, con encarcelamiento, persecución policial. ¿Quién diablos quiere competir contra un hombre que tiene todo el poder, cuando las consecuencias pueden ser esas crueles cárceles? Estas son unas elecciones bufas, un maquillaje democrático.
Ojalá me equivoque, nunca había tenido tantas ganas de estar equivocado, pero creo que a El Salvador le queda Bukele para rato y que, cuando empiece a perder popularidad, nos va a mostrar su cara más cruel. No creo que hayamos visto los niveles mayores de crueldad de Bukele. El rol no solo de la gente que está dentro del país, sino de los que estamos en el exilio es empezar a imaginarnos un país diferente. ¿Para cuándo? No sé, para cuando se pueda.
—Con ese diagnóstico sombrío, como salvadoreño en el exilio: ¿Dónde depositas tu esperanza para que vuelva la democracia a tu país?
—En que registrar todas sus tropelías son importantes. Aunque el periodismo logra cambios a un ritmo lento, sigue siendo la única forma que tengo de intervenir el mundo, no conozco otra. Nosotros ahora en el periodismo nos hemos constituido en el mayor obstáculo de Bukele. Somos quienes han puesto algunas espadas de Damocles sobre su cabeza. Estados Unidos puede juzgarlo cuando se le dé la gana, por haber pactado con organizaciones criminales transnacionales y nosotros demostramos esos pactos. Hemos contribuido a dejar testimonio de las torturas en las cárceles. Si a Bukele se le llega a confeccionar un caso por crímenes de lesa humanidad en el futuro, los testimonios recabados por la prensa serán indispensables.
También creo que tiene sentido hacer periodismo para dejar marcada la posición. En el libro Que alguien los mate, la escritora filipina Patricia Evangelista —que cubrió la dictadura de Rodrigo Duterte— dice: “Gran parte de lo que ocurrió en mi país ocurrió con la venia de la mayor parte de mis compatriotas. Escribo mi libro para dejar por sentado que no doy la mía”. En gran medida, a veces siento que hago periodismo para eso, para dejar claro que no estoy de acuerdo con lo que está pasando y que si esto ocurre, no ocurre al margen de lo que pueda hacer para impedirlo o al menos estorbarle.
*FOTOGRAFÍA FACILITADA POR EDITORIAL ANAGRAMA.





