La ilustración de Mara Parra muestra a una niña tratando de seguir los pasos de su padre, buscándolo en distintos lugares. Ilustra el texto "El retorno y el perdón", de Sofía Troncoso

El retorno y el perdón

Después de sobrevolar las pequeñas colinas del desierto y repasar la ruta que seguí tantas veces en estos aviones, me pregunto al llegar a Cerro Moreno: ¿alguna vez mi papá me fue a dejar a este aeropuerto? 

Antofagasta se ve ajena. Tiene rutas y recorridos que no logro identificar en la bruma. Tras seis años alejada, mientras caía el sol, volví. Llevaba demasiado tiempo escribiendo desde el dolor, tan oscuro como el carboncillo, como para seguir evitando el retorno. Ahora debía escribir desde el lugar de los hechos. La perla del norte, la raíz de mi vida, la cruz que cargo. La arena deslizándose por mis manos que recogí, tiré al suelo, y ahora recojo nuevamente.

Mi padre nació en Antofagasta. Migró a la capital durante mi niñez y me hizo migrar también: idas y vueltas constantes por vacaciones, tránsitos entre aeropuertos, visitas a su hogar y vueltas al mío, ese hogar de infancia que ya no existe. Él voló centenares de veces el mismo recorrido que hice yo para ir a verme y volver a su vida, allá, a algo así como mil trescientos kilómetros, equivalente a dos horas de viaje aéreo. Vio el sol tímido embadurnando los cerros de naranja hasta desaparecer entre las nubes. Una y otra vez. No tengo ningún recuerdo de haber viajado con él. ¿Dónde estaba yo cuando él se iba? ¿Dónde estaba yo cuando él se quedaba? Veo al cielo desde la costanera, al borde del oleaje, mientras camino sola pensando en sus caminatas largas, preocupantes. Se iba lejos cuando tenía mal humor. 

Después de la muerte de mi padre no quise volver a la ciudad. Presente está el recuerdo de mi madre contándome en la costanera, frente al murmullo del mar cada vez más opaco en contraste a sus palabras, que él había muerto. Tomamos un avión al día siguiente. Un día sofocante de febrero. Mamá, hermana, abuela y yo. 

El clima antofagastino ya no era el mismo que me cubría el cuerpo. Vi a las personas caminar por la costanera y cómo portaban gorros, abrigos. Lo registré en mi libreta, mi segunda memoria que acarreaba a todos lados, porque no quería olvidar un solo detalle de este viaje. Anotar en el mismo espacio y tiempo. Estaba más abrigada de lo que planeaba, era mitad de junio y sentía mi cuerpo lánguido, como si este supiera desde la fibra muscular que yo había esperado una calidez que no llegaba.

Vi unas cuantas estelas de luz, esas que convergían en el espacio donde el cerro se convierte en mar. Me dio cierta ilusión volver a ellas. Eran inamovibles, cuando nada más lo era. Mi hogar de infancia ya no existía, las calles tenían asfalto fresco y nuevo sobre los hoyos, los negocios que veía de niña, cuando recorría la Avenida Brasil, habían cerrado y se habían instalado otros nuevos. Las estelas de luz también eran frágiles retazos de memoria. Un efecto óptico tras otro efecto óptico. 

Al final del día, este viaje lo hice por él. Nació aquí. Creció aquí. Vivió aquí. En lo que respecta a la memoria de la ciudad, él nunca dejó de vivir. Simplemente se fue por un sempiterno tiempo. La ciudad no sabe que él no regresará. Él mismo no lo pudo anticipar. La muerte ciega los ojos como un destello antes de llevarte. Se apropia de ti, de tu pasado, de tu retorno y quedas hecho polvo. Mi padre nunca hubiese adivinado que yo tampoco volvería por un tiempo. El murmullo de las olas en la costanera pone muda a toda declaración post-mortem que pueda dar. Pero sí sé un par de cosas: no honré su recuerdo y no honré su ciudad y hui como quien comete un crimen. Y, seguramente, si estuviese vivo no me perdonaría haberme ido de la ciudad que él sobrevolaba de forma tan protectora. 

La tarde es tanto más oscura. El viento es mucho más frío. La ciudad es mucho más grande ahora que estoy sola recorriendo el lugar donde el concreto conoce el oleaje. El murmullo del mar está opacado por lo que pienso y anoto y siento. Me pregunto si él puede escucharme o leer mis palabras llenas de grietas. Recuerdo cada cosa que me dijo, cada palabra a la que le hice caso omiso, que podrían haberme hecho enfrentar su muerte mejor. Los edificios son más altos. Y me siento tanto más pequeña. El sol es de la mitad del brillo que le recuerdo y las precavidas estrellas están más distanciadas las unas de las otras. Ahí es cuando pienso en regresar caminando hacia el departamento de mi abuela. Es mi último día en este viaje. Siete días desde que llegué a Cerro Moreno. Ella vive en Antofagasta aún, a pesar de la pena. Tiene recortes de los logros de su hijo en álbumes de fotos. Como ella, yo y mi libreta azulada registramos todo. Cada paso que doy está anotado. Nombres, voces, las mismas palabras que ella dice son replicadas en su tono amoroso y consternado simultáneamente. La madre de mi padre es un recordatorio constante de que él existió alguna vez. 

Me pregunto si para mi abuela soy el recordatorio de la vida de mi padre. Y si eso es bueno, o es algo malo.

Me olvidé de Antofagasta en su momento, de forma deliberada. No podía sobrevivirla. A ella y su recuerdo mortuorio. Me llevaron a Santiago para hacerme olvidar mi crianza y quienes me criaron. Viví entre ciudades, entre aeropuertos, entre dos vidas dispares. No pertenecí ni a una ni a la otra. 

Pienso en mi padre mientras recorro el borde del camino que da hacia el mar. No estaba para llevarme al vuelo que tomé el día de su muerte, y tampoco estaba para recibirme, allá. Ese día el avión se deshizo en partes para mí. En Arturo Merino Benítez siempre me esperaba, caminaba rápido para pagar el ticket de estacionamiento, y cargaba mis maletas como si fuesen plumas. Intento recordar y, a la vez, intento olvidar más. Estoy llena de fantasmas, pero vuelvo de todas formas. En un pueblo chico nadie se salva del interrogatorio de rigor. No pude volver antes, simplemente, no pude volver a una ciudad exclusivamente suya. La pertenencia que caracteriza a mi familia en esta ciudad está en todos lados: mi abuela se ha caído en las veredas rotas caminando a misa, hacia la iglesia que se ve desde su ventana, mi padre se quebró un brazo jugando en su liceo de hombres cuando era muy niño, yo nunca me quebré un hueso, ni me astillé una pierna, no ensangrenté el polvo con mis palmas heridas. Quién adivinaría que en la ciudad en que hiciste tu vida siempre fuiste una huésped. Apenas te enteras la empacas en dos maletas hacia otra existencia. Pienso que él estaría sorprendido de saber esto. No sé si mi padre oirá estas palabras que recito ceremoniosamente ni cuando su madre reza el rosario todas las noches desde que la dejó sola.  

¿Dónde estaba yo cuando él se iba? ¿Dónde estaba yo cuando él se quedaba?

Sé que viajo para redimirme, recorro sus lugares para encontrarlo, pienso que lo veo de reojo en cada esquina. Voy al club deportivo donde jugaba, las calles aledañas a mi antigua casa donde vivió un tiempo, el supermercado que era antes un Korlaet y ahora un Unimarc donde recuerdo que iba a comprar dulces para la tarde. Repito nuestros pasos de la misma forma que los aviones repiten las mismas rutas.

Mi último atardecer en Antofagasta es opaco. Lo anoto en la página de mi libreta que dejé a medias. Camino errante, como mi padre hacía cuando tenía que pensar, por lo largo de la costanera, y como no quiero llegar a ese lugar donde me enteré de su muerte, me doy media vuelta y regreso. Busco el cruce de cebra que me hará subir en dirección al cerro que yace pálido sosteniendo la ciudad, vuelvo de forma definitiva al departamento de mi abuela, y preparo mi bolso tratando de hacer caber este retorno de una semana. Me voy al día siguiente sin saber cuándo regresaré. La página blanca queda a medias. 

Vuelvo a abrir mi libreta para escribir esto. Ya no le tengo miedo a lo escrito. Veo la muerte de mi padre en las líneas, pero también veo su vida reflejada en cada cosa que mi ojo más maduro puede divisar. Revive en cada una de mis observaciones.

Retornaré. Volveré a escuchar a su madre rezar y ver los recortes de diario que insiste en mostrarme y veré las fotos que guarda, y volveré a irme de Antofagasta, siguiendo la misma ruta sobrevolando los cerros y despidiéndome de Juan López, esa colina en medio del mar, y mi padre nunca más me dejará en el aeropuerto, pero quizá ahora sí me perdonará por haber dejado su ciudad tanto, pero tanto tiempo.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

1 comentario en “El retorno y el perdón”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido