Nos decían que se pintaba bigotes con carbón, que se vestía de hombre, que burlaba a todos con su actuación para poder pasearse por la mina. Distintos entrevistados nos contaban la leyenda a su antojo, con cambios menores, poniendo y sacando sazón a la historia. Abrían los ojos con asombro para dar énfasis al mito que se tejía en torno a la geóloga. Sin embargo, casi nadie sabía su nombre ni el argumento de su desobediencia.
Era el año 2017. Yo trabajaba en mi tesis de pregrado, una investigación sobre la participación de las mujeres en la minería, con la idea de entender y describir la división sexual en la empresa pública más simbólica de Chile. Con Javiera, mi compañera de carrera, nos adentramos en ese mundo del subsuelo en un periodismo minero que permitiría encontrar a las pioneras en el área y a quienes hoy manejaban camiones gigantes y explosivos, un territorio tradicionalmente masculino que por años fue esquivo con las mujeres.
Buscábamos a esas mujeres que iban poco a poco estirando el espacio, corriendo el cerco, más allá de los puestos en casinos, limpieza y administración. Desde el mundo sindical, las subcontratadas, las de planta y las calificadas para manejar maquinaria pesada. Teníamos información corporativa y en off de record nos decían que la deuda era tremenda. Que muchas veces la empresa buscaba certificarse en equidad, pero faltaba tanto aún. Los números respaldaban la investigación, la historia nos daba pistas sobre el rol histórico de las mujeres y nuestro punto de vista se validaba, había razones políticas y sociales para mantener a las mujeres a raya. Eso hasta que dimos con un tesoro vivo, una mujer leyenda, quien sin sospechar abriría, literalmente, el paso a quienes hoy trabajan a la par con hombres tierra adentro.
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La minería, a pesar de ser un área estratégica en la economía chilena, es una cultura con códigos que pocos foráneos a ella logran descifrar. Pero la idea de que las mujeres traían mala suerte en las minas era algo vox populi, una regla que por muchos años todos conocíamos incluso sin haber pisado jamás un yacimiento. Que existió una ley que prohibía el ingreso de las mujeres al rajo hasta 1998, ni idea. Mucho menos que una geóloga había cruzado ese umbral tan simbólico, esa línea imaginaria que mantenía a las mujeres relegadas a la esfera privada o en el mejor de los casos, a trabajos administrativos y de reproducción. Cuando supimos que alguien había violado esa ley absurda, anclada en el machismo minero, quisimos encontrarla.
¿Quién era? ¿Qué motivaciones y fuerzas la habían movilizado hacia el desacato?
La primera geóloga que entró a El Teniente, la mina subterránea más grande del mundo: Alejandra Arévalo Troncoso, geóloga de la Universidad de Chile, con casi treinta años de experiencia, de los cuales mayoritariamente ejerció en Codelco. La mujer ícono de la minería que en 1988 había ingresado a la faena subterránea sin pedir permiso a nadie y que conforme a las exigencias de los tiempos, había sido nombrada Mujer Destacada en Minería 2008.
El instinto periodístico nos decía que debíamos encontrarla. Tenía que estar por ahí esa mujer tan determinante en la historia de la minería y la inserción de la mujer en el área. Preguntamos por ella hasta encontrarla por medio de una colega de Codelco, quien nos citó en su casa en Machalí para presentarnos a Alejandra.
Recuerdo esa tarde de enero en la región de O’Higgins, con el calor implacable, la jerga técnica, las memorias de la empresa y una botella de espumante sobre la mesa que servían para refrescar los recuerdos de la geóloga. De tez blanca y ojos claros, pelo oscuro y estatura promedio, no perdió el tiempo y nos contó la verdad: nunca necesitó de un disfraz para ocupar su lugar.

–Me movilizaba la porfía. No pensaba en abrir paso a nadie. Esa fue una consecuencia. Más bien pensaba en el absurdo de ejercer mi trabajo sin poder tomar las muestras desde el interior de la mina. Ese era mi trabajo –nos dijo.
Hasta 1996, la Ley prohibía el ingreso de mujeres a la mina mediante el artículo 49 del Código del Trabajo. Una orden que nacía de la cultura minera, que a su vez se correspondía a la precarización del trabajo femenino, aunque también se atribuía a que esta norma buscaba proteger a niños y mujeres, considerados más débiles físicamente. Las mujeres desde el comienzo de las explotaciones de mineral habían estado destinadas al cuidado de los trabajadores, a la reproducción de la mano de obra, y más tarde, habían entrado a las faenas a puestos administrativos, manipulación de alimentos y aseo. El trabajo precario se había trasladado desde la casa a la división. Aunque seguía representando un porcentaje muy bajo respecto a la participación masculina. Qué decir de los puestos de poder.
–Yo me ponía aros grandes y me dejaba el pelo suelto fuera del casco para que no quedara duda de que era mujer… Cuando los hombres me veían se daban media vuelta, se bajaban de la jaula, me acusaban en Rancagua, me perseguían.
Su voz clara y firme, a ratos dura, nos narraba cómo había sido estudiar geología en una Universidad de Chile colonizada por hombres. Con profesores que mandaban a las alumnas de vuelta a sus casas. Cómo fueron esos primeros años en Codelco, trabajando a honorarios, luego como planta y su integración de lleno en El Teniente. Nos contaba que había nacido en Buenos Aires y la habrían criado con un rigor laico que la enorgullecía. A eso atribuía su ímpetu y determinaciones, como haber estudiado, en esos tiempos, una carrera “de hombres” y la opción de no tener hijos. A pesar de que insistíamos en destacar su actitud pionera, ella prefería pensar en su aporte en área de la geometalurgia. Sus aportes en esa área, sostenían la confección del Plan Anual de Codelco.
Intuíamos que había más. Una forma de ser. Un alma inquieta, estudiosa, trabajadora y por sobre todo, determinada a doblarle la mano a las injusticias destinadas a la mujer por pura naturalización. Estábamos seguras de que Alejandra proyectaba una sombra gigante en las cuevas del Teniente en los años ochenta, en esos días en que su actuar constituía un delito. Buscando material, amando esas piedras, más profesional que nadie, su casco, sus aros y su pelo suelto se replicaban una leyenda imborrable al interior de la tierra.
Nos sacamos fotos a su lado sabiendo que era una rockstar. La reina de las rocas en El Teniente.
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Cuando publicamos el reportaje sobre la división sexual del trabajo en esta división, nuestra tesis de pregrado en un formato periodístico, la contactamos para contarle y darle las gracias. Las fotos de ella en la mina, en el escritorio, en Magallanes sobre un caballo, en el patio de su casa, eran documentos que jamás borraría de mis archivos. No supe de ella hasta que en 2024 un par de medios locales y ligados a la minería, dieron a conocer la iniciativa de levantar un monumento en su honor, a propósito del cambio del “día del minero” por el “día del minero y la minera” celebrado el 10 de agosto día de San Lorenzo (patrono de los mineros). El hecho me parecía suficiente para escribirle y retomar la conversación para darle continuidad a ese reportaje escrito hacía siete años. La respuesta me llegó al whatsapp, pero no provenía de Alejandra.
Su cuñado me escribía que ella había fallecido en 2022.
¿Qué se hace con una conversación truncada? ¿Dónde se buscan las respuestas? ¿Dónde la podría encontrar?
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Alejandra vivió hasta sus últimos días en plena consciencia. Le pidió a su marido que la cremaran. Así es que poco antes de que falleciera el 11 de enero de 2022, su cuñado Ricardo, arregló todo ese asunto funerario y cumplieron con su voluntad.
Después de jubilarse, su casa en el sector El Vergel en Machalí fue su refugio. Un terreno de una hectárea que en un principio fue puro barro, estaba lleno de árboles maduros y otros nuevos que Alejandra y su marido nunca se cansaron de cuidar. Un espacio que sus perros adoptados gozaban. Un generoso antejardín con especies endémicas que la pareja fue trasladando desde distintos lugares, habían convertido ese rancho en un muestrario de la naturaleza. Ambos geólogos vivían la tierra en todas sus formas.
Un peral, un membrillo, un castaño, un pomelo, una higuera, un castaño siguen firmes dando frutos. Un tilo, esa especie que pocas personas logran guiar y ver crecer, en la casa de Alejandra se mantiene incólume. También porfiado con su destino más probable. En el medio del amplio patio trasero, Alejandra plantó un ombú -también conocido como bellasombra– una especie nativa del nordeste argentino y considerado el árbol patrio del pueblo trasandino. Este se transformó en esos días de enfermedad en la locación que ella más disfrutó rodeada de sus mascotas y las visitas de las aves. Así la capturaron en una de sus últimas fotos, sentada en una silla de descanso, con sombrero, sonrisa plena y rodeada de cinco de sus perros.
Yo me ponía aros grandes y me dejaba el pelo suelto fuera del casco para que no quedara duda de que era mujer… Cuando los hombres me veían se daban media vuelta, se bajaban de la jaula, me acusaban en Rancagua, me perseguían.
Quizás ese tronco grueso la unía al lugar donde nació. Quizás le recordaba esos tiempos de trabajo en la pampa magallánica en los comienzos de su carrera. Como haya sido, su conexión con la tierra como elemento y origen la hallaba en su casa.
Visito la propiedad y lamento no haber visto otra vez a Alejandra para preguntarle algo más allá de la minería. Pero a medida que avanzo en su hogar, quizás la voy comprendiendo y conociendo un poco más. Los objetos me responden algunas preguntas.
Alejandra viajó mucho, sola y con Carlos. Las paredes de su casa dan cuenta de esos recorridos. La selección de sus souvenirs dicen algo que permite dibujar aunque sea su silueta. Su colección de objetos traídos desde Perú, la geometría sagrada plasmada en cerámicas, objetos de Grecia, máscaras africanas, artesanía Rapa Nui, arte rupestre, boleadoras pampinas, tejidos y pinturas enmarcadas, jarrones y una pareja forjada en metal que no hace otra cosa que hacerlos presentes a ellos. Libros y pinturas. Muebles lustrosos que seguramente contaban una historia. Fotos de ella y de quienes la quisieron. Toda esa extensión de su vida curiosa la dejó para otros. Generosa y desapegada.

La forma de su casa fue diseño de ambos, pensada para ellos, emplazada en la mitad del terreno, con acceso directo al atardecer y un canal que permite el riego de tanto árbol añoso. El cuidado evidente de las especies muestra la delicadeza de la geóloga, el amor que emanaba de su interior cálido, ese que la vida misma cubrió de carácter y temple para permitirle hacer lo que hizo. Alejandra, como la Tierra, estaba hecha de capas y sus más cercanos conocieron todas ellas. Desde la más dura a la más tierna.
–Las mujeres no tienen que llorar para conseguir un espacio– decía cuando le preguntaban por la inserción laboral en la minería. Lo decía ella que había soportado todo, incluso una ley absurda. A sus sobrinas les decía que usaran la cabeza, que no se dejaran pasar a llevar. Las instaba a la firmeza y a forjar carácter a la vez que las mimaba con delicadeza.
Los últimos días de Alejandra en Machalí fueron en esa casa que tanto amó, esa que compartió con su amor y sus perros, esa donde plantó semillas para disfrutar sombras. El día que falleció producto del cáncer de páncreas que enfrentó durante dos años, Carlos comenzó también su cuenta regresiva. Cuatro meses después murió de un infarto cuando se preparaba para entrar a una reunión virtual con su jefe en Codelco. Quedó sentado en su escritorio. Ricardo dice que no pudo con una vida sin ella.
Él también fue cremado. Al poco tiempo Ricardo decidió cavar una pequeña zanja junto al montón de camelias que ante mi visita son un arbusto lleno de prometedores botones. Allí, en esa tierra regada de cuidados, esparció las cenizas de ambos. Encima, ubicó algunas de las piedritas de minerales que ellos guardaban como parte de su inventario profesional. Cuarzos, crisocola, atacamitas, malaquita verde. Otras alteradas comunes y arcillosas.
–Ellos están aquí. Cuando me instalé en esta casa lo hice especialmente por los perros. Pero después me di cuenta que había mucha vida que cuidar. Tuve que aprender el manejo de todo, el huerto, cada arbusto y árbol que plantaron, porque luego de que fallecieran, la casa empezó también a enfermarse. Se descomponía la bomba de la piscina, se caía el techo, se rompían cañerías, llaves de agua, etcétera. Tuve que ir sanando cada cosa–dice Ricardo. Acaricia a los perros y mira al ombú que a esa altura de la tarde da una sombra amplia atravesada por los últimos rayos del sol.
–Ella está aquí –dice.






2 comentarios en “La bellasombra de la reina de las rocas en El Teniente”
Sólo agradecer infinitamente Jimena por darte el tiempo de recordar, ennoblecer y visibilizar la vida de Alejandra, tanto en lo profesional y en lo familiar.
Como familia extrañamos a «Ale y al Gordito (como ella le decía)» profundamente, nada será igual sin ellos pero seguiremos luchando para que su querida casa siga siendo refugio de amigos, familia.
Un enorme abrazo.
Ricardo.
Wow Ximena, qué gran relato y cuanta verdad en cada una de esas palabras que resuenan en mis oídos con nostalgia y con ese profundo sentimiento de extrañar a esa gran mujer, que pir casi 30 años guió mis pasos y mi vida como una verdadera madre, una faceta poco contada de ella, pero que también le consumía gran parte de su vida.
Agradecerte por dejar esta historia plasmada en tu entrevista.
Cada día se le extraña más.
Abrazos por este hermoso trabajo