Día 1 / 19:43
Llegué a Tigre con tormenta. La travesía comenzó con lluvia y un atraso en el tren, pero nada podía quitarme el entusiasmo de venir una semana a una isla a escribir mi novela.
Aquí se siente el mismo silencio que viví el primer día del toque de queda. Los perros no ladran en la noche, nada me interpela, nada conversa conmigo. Se siente un silencio que asusta. Es como si te perdieras en el presente. El tiempo tiene su propio ritmo, mucho más lento que el habitual, las horas se hacen eternas. El viento ya no me zumba en el oído como en capital; los árboles se quedan quietos y me observan desde muy alto. Creo que estoy entre un bosque y la selva.
Ha sido un viaje lindo esta semana. Hace tiempo que no venía por varios días y eso hace que disfrute de otra manera la ciudad. Este paréntesis en el Tigre es algo que necesitaba. Cuando estoy en otro lugar logro desconectarme completamente. Pensé que extrañaría más mi casa, mis gatos y no ha sido así. Me gusta quien soy solo.
Día 2 / Mediodía
Fue una primera noche extraña en el Delta. Delia, la chica con la que me estoy quedando, es una especie de budista zen, pero de esas pacifistas que de tanto mantener la calma explotan de manera impredecible. Me contó que una vez casi le rompe la cara con una botella rota al vecino porque había abandonado a un perro a su suerte y venía a atacar a los suyos. Ella llevaba tres años diciéndole que hiciera algo con él, hasta que este le sacó la nariz a su perro y ella entonces amenazó al dueño. Después empezó a decir cosas tipo: “aquí no se respetan las reglas”, “si vos golpéas a un animal, multa, si vos matás que te maten”, estilo ojo por ojo que me dio un poco de miedo. Me hubiera gustado que la chica fuera distinta, que no fuera tan tibia políticamente o tan categórica al hablar de ciertas cosas. Me pareció una mujer que se quejaba de todo, que la Argentina, que la luz, que los vecinos. Hablaba mucho de ser pacifista y de actos individuales, pero yo notaba cierta violencia en su forma de comunicar. Creo que en la noche me puse paranoico. Quizás estar desconectado te hace pensar cosas. Tenía miedo de quedarme dormido y despertar sin un riñón. El no poder pedir ayuda me asusta. Después pensé en mi gata Greta, que murió hace unos meses y lloré. Entre tanto llanto logré quedarme dormido. Desperté y estoy vivo y por eso escribo estas líneas. Delia se fue al continente y tengo ganas de que no vuelva. Me gusta estar solo aquí y sentir que esta es mi vida. Con ella presente, me recuerda que estoy de visita. Si se me pasa el miedo por la noche, quizás me quede unos días más.
Día 2 / 19:30
Una vez S me dijo que la poesía es un trago amargo, se toma rápido y quema. Creo que tiene razón. Acabo de terminar el libro de mi amigo G, El tiempo de las flores y me quedé con un nudo en la garganta. Estos versos se resisten al olvido mientras habito el desamor: una cama es una casa / demasiado / angosta y delicada / para compartir.
Día 3 / 13:17
Anoche nuevamente me costó dormir. Me acosté a las 21:30 pero recién pude conciliar el sueño a las 1 am. Delia no me da confianza y pienso que en cualquier momento vendrá a atacarme en la noche. Vi una llave con punta en la entrada de la casa, que luego en la noche no estaba y pensé que sería el arma que usaría para atacarme. Si sentía que se movía en la noche, se anidaba una presión en mi pecho que no me dejaba respirar. Creo que esa es la sensación del miedo. Solo logré calmarme cuando pensé que tiene cinco perros rescatados y dos gatos, que los trata con cariño, los alimenta y protege y asumí que debía ser una persona empática.
También me ha pasado que las historias de mi novela se me presentan en imágenes y me desbordan. Ya había apagado el computador y tuve que escribir en mis notas del celular.
“El silencio y la calma pueden ser agobiantes”.
Día 3 / 18:38
He llorado varios días desde que llegué a Buenos Aires. Algunos llantos han sido largos y sentidos, otros más breves. Podría atribuirle todo esto a mis hormonas, pero también tiene que ver con estar conectado conmigo, con dejarme sentir y permitir que las distintas emociones me habiten.
Todo este año se me han presentado dos conceptos como antípodas que tengo que incorporar en mi vida: la maternidad y la muerte. Este viaje tiene que ver con esos dos temas. La muerte y la maternidad pueden tomar muchas formas, no necesariamente parir un hijo o la partida de una persona. Hay algo en mí que está muriendo, que está soltándose y que tengo que dejar ir: estructuras aprendidas, la forma de vivir la vida, la manera en la que me relaciono con otras personas. Mientras eso muere otra cosa crece y renace dentro de mí. Me siento la protagonista de mi novela cambiando de piel. No me convertiré en algo mejor, pero sí diferente.
Me traje los libros precisos al Delta. Estoy leyendo uno que se llama Okasan. Diario de viaje de una madre de Mori Ponsowy. Okasan significa madre en japonés y se trata justamente de una madre que viaja a visitar a su hijo a Japón donde decidió irse a estudiar. Es un libro íntimo, que habla sobre el cambio que está viviendo esta madre al ver a su hijo convertirse en adulto. Ponsowy tiene una manera muy poética de reflexionar sobre la relación con su hijo y la cultura japonesa la acompaña de fondo. Me gustan sus preguntas, me interpelan también en este momento de mi vida.



“Me pienso como escritora que escribe en soledad. Me pienso como madre que extraña a su hijo y viaja hasta el otro lado del mundo para verlo. ¿Pero todo esto que creo ser no es, más bien, el personaje en el que me he convertido ante mi propia mirada?”.
Me pregunto también, ¿quién soy? ¿Soy este Caro en el Tigre que escribe en soledad, lee y conversa con animales, llora, escucha música y tiene miedo por las noches? ¿Soy Caro compañero, pésimo dueño de casa, amante de las siestas, mapadre de dos gatos? ¿Soy Caro amigable que le gusta estar metido siempre en proyectos? ¿Soy Caro que ama leer o ir a la radio? ¿Soy Caro profesor? Quizás soy todos esos Caros y está bien.
Día 4 / 13:34
Tercera noche que me cuesta dormir. Ya no tengo miedo de Delia, he logrado verla como una persona común y corriente y puedo apagar mi cabeza sobre eso. Sin embargo, se agolpan muchos pensamientos que no me dejan descansar. Probé contando ovejas, ser consciente de mi respiración y nada, estuve tres horas dando vueltas en la cama.
Hoy por primera vez me cociné algo rico y fue bonito. Nunca me doy esos espacios en Santiago, pero pienso que de vez en cuando es necesario. Creo que también ayer me sentía mal físicamente porque no me he estado alimentando bien.
Han sido días intensos y tranquilos simultáneamente. Es extraño tener todo el día a tu disposición, no tener nada más que hacer que leer, escribir, aprender a jugar ajedrez en el computador. El día se me hace eterno y quizás por eso deseo dormirme temprano.
Ayer salí a caminar en la noche. Volví al verano del 2010 y recordé cuando me aprendí todos los trayectos de memoria en la noche desde el lugar donde estaba acampando hasta el de D. Ha sido la única vez que mi ceguera le ganó a la oscuridad.
Durante mucho tiempo pensé que, si me permitieran revivir un día de mi vida, habría escogido uno con ella. Pero ya no, ahora reviviría un día con mi Greta, cualquiera de esos en que estábamos todo el día juntas, durmiendo siesta haciendo cucharita. La extraño. Cambio a toda esta familia por un segundo con vos.


Día 4 / 16:22
Ayer por primera vez quise estar en Santiago. Empecé a sacar cuentas y pensé que me había vuelto loco por venirme 18 días. Recuerdo que cuando compré el pasaje, pensé mucho en el tiempo que estaría. La decisión de que fuera prolongado fue porque hace bastante que no tengo unas vacaciones extensas. Mis últimos viajes a Buenos Aires habían sido por cinco días y se me pasaban volando. Quería estar tranquilo y tener tiempo para hacer todo lo que quisiera. Quizás quería sentir que vivía acá nuevamente. Pero ayer, sin poder conciliar el sueño, en esa cama que creo es más pequeña que una plaza, deseé mi vida en Santiago. Estar en mi cama gigante junto a los gatos viendo una serie y comiendo rico. Ayer, por algunos minutos, me arrepentí de haberme comprado un pasaje por tanto tiempo.
Día 4 / 20:41
Terminé Okasan. Hace tiempo que no me pasaba que quería hacer durar tanto un libro, solo pienso que me hubiera gustado que tuviera cien páginas más. Mori Ponsowy está viviendo en Buenos Aires, en La Lucila cerca del río. Me gustaría ir a buscarla, tocarle el timbre y conversar sobre lo que me provocó su libro. Marqué muchas citas, pero me quedo con la de agradecimiento: “Gracias porque tengo un hijo. Este hijo. Gracias porque puedo escribir. Y porque existen las palabras y otras mujeres y países como este. Gracias por esta manera de sentir. Aunque me duela casi todos los días. Tracción. Aunque me siga doliendo. Compresión. Aunque el dolor no se vaya nunca”.
Día 5 / 11:44
El paseo al Tigre está llegando a su fin. Viviendo esta experiencia de estar una semana en una isla sin conexión a internet, me doy cuenta de que quiero estar conectado, quiero saber qué está pasando en Chile, quiero revisar el Instagram, comerme una hamburguesa con papas fritas y tomarme una cerveza. Mañana viajaré al continente a buscar un poco esa conexión y ya el domingo me voy de vuelta a capital. Desde que mi mente tomó esa decisión ando más tranquilo y ayer por fin pude dormir bien. Era como si pensar en más noches en este lugar me agobiara a tal punto de no dejarme disfrutar. Ya quiero volver a Chile. Es como si hubiese estado un mes afuera y ya es suficiente. Creo que me estoy volviendo loco de conversar tanto conmigo mismo. Creo, en definitiva, que estoy un poco cansado.
Día 5 / 22:23
El 11 de agosto de este año murió la Greta. Habíamos estado toda la tarde juntas. Yo acostado en el sillón del living, ella encima mío durmiendo mientras le hacía cariño. Me levanté para cambiarle su arena cuando escuché un ruido y supe lo que había pasado. Agradezco no haberla visto reventada en el piso. Pero sí la vi con su carita llena de sangre, llorando y gimiendo de dolor como si fuese un humano. Ese día recé en la clínica para que se salvara, para que volviéramos a estar juntas. Recibimos la llamada a las cinco de la mañana diciendo que su cuerpo no había resistido. Nunca pensé que esa tarde iba a ser nuestra última. Pensé que viajaríamos juntas, que sería una gata de mundo, que me acompañaría hasta pasados los cuarenta. Al día siguiente la fuimos a buscar y nos la entregaron muerta. Se veía más grande de lo que era porque sus piernas estaban tiesas. Su carita mostraba el trauma, como si se hubiera ido sufriendo. La enterramos en La Florida, donde la mamá de I.
No he podido superar su muerte. Cada pérdida me recuerda que también la perdí a ella. No sé cómo lidiar con una muerte así, repentina, de este ser con el que compartía todos mis días, mi existencia.
Día 6 / 1:30 am
La isla me ha hecho enfrentarme a mis fantasmas, miedos que se personificaron de las maneras más absurdas posibles pero que ahí están, acechando, sobre todo por las noches.
Me tomé una lancha para ir al pueblo por el día, quería una jornada de ciudad, dejar por un momento de escuchar mi voz interior y conectar con otras cosas. Siempre que voy a Tigre hago lo mismo, como en los mismos lugares y paseo por el Puerto de Frutos, pero hoy tenía ganas de hacer algo distinto, de conocer nuevas calles. Me fui por el puente que cruza el río y en el kiosko de la esquina compré la Revista Ñ. El kiosko tenía un cartel que decía guía turístico oficial, así que me animé a preguntarle a la señora que me recomendara un lugar. Me dijo que el letrero era de su hermano, pero que me recomendaba seguir por la costa hasta el Museo de Arte de Tigre. Le hice caso y emprendí camino. Llevaba tres cuadras y estaba fascinado con el paisaje. Recorriendo el Paseo Victorica me sentí como cuando tenía 19 años y estaba en la selva boliviana pensando que era demasiado joven para emocionarme tanto viendo el atardecer. Diez años después, vuelvo a sentir lo mismo, un sobrecogimiento al ver los jacarandás florecidos a la orilla del río. Hace tiempo que no experimentaba una intensidad tan grande como la de esta semana, la de este día. Extrañaba ese yo, esa parte más sentimental, que llora porque le emociona cómo suena el viento sobre el arroyo.
Llegué a una heladería que reconocí inmediatamente. Había estado ahí antes y no tenía registro en mi memoria de haber caminado por esas calles. Me senté en una banca afuera de Vía Toscana a mirar el río mientras comía mi helado y conocí a Andrés y Matías, padre e hijo, uruguayo y argentino. Conversamos sobre política, sobre lo que está sucediendo en Chile. Intercambiamos números y quedamos de juntarnos en capital cuando volviera.
Cuando regresé en la lancha al Delta, apareció Romina, la encargada de una residencia artística que estaba en el mismo arroyo en el que me estaba quedando. Me dijo: ¿vos sos el escritor que anda escribiendo su novela en el Tigre? y le respondí que sí. Me invitó a su casa a tomarme unos mates. La casa residencia era muy acogedora, sencilla pero con todas las necesidades para poder crear durante una semana o dos. Estaba muy metida entre los árboles, no sé cuánto caminamos para llegar a ella. Tomamos mate y fumamos como si fuéramos amigas de toda la vida que no se veían hace años. Conversamos muchas horas, de arte, brujas y magia, de ser latinoamericanas, de la lucha que se está dando en Chile, de resistir y buscar nuevas formas de vivir.
Recién volví a la casa de Delia para mi última noche y siento que este viaje termina con un poco de magia.





