“De verdad, para saber qué sucede en mi sueño, voy a tener que leer?”
Sabina Urraca, Diario de novela.
No logro precisar cuándo comenzó. Solo sé que desde hace tiempo sueño con palabras. Textos, párrafos, páginas enteras. A veces hay una voz narradora que lee esos textos; otras, creo que es mi cerebro el que trata de descifrarlo, pero las palabras no se dejan leer, se ven borrosas, ilegibles. Es como una película de David Lynch: por momentos todo parece tener sentido, hasta que te das cuenta que estás atrapada en una lógica que no se rige por la razón, sino a símbolos, intuiciones y ruido blanco. Es un esfuerzo que no rinde frutos, y entonces agotada entre sueños, me dan ganas de gritar de rabia como Sabina Urraca en su Diario de Novela, que además de leer y escribir también tiene que descifrar los textos que aparecen en sus propios sueños: “(…) ese pequeño descanso audiovisual que se da con la mano abierta, sin remilgos, sin que una lo busque, se han transformado en una prolongación de mi vigilia.”
Llevaba días peleando con un ensayo al que me invitaron a escribir en esta revista. Sabía qué quería decir, pero me asaltaba esa duda paralizante y que se ha vuelto tan popular: el síndrome del impostor, en mi caso, impostora. Esto no es tan bueno como pensaba. ¿A quién le va a importar? Una pulseada entre la confianza y la sensación de ser un fraude. En una de esas noches en las que me quedé hasta tarde tratando de darle un cierre al texto, las palabras volvieron a aparecer, pero no en la pantalla del computador sino en mis sueños. Esta vez, sin embargo, fue diferente. Un narrador (¿mi cerebro de nuevo?) leía en voz alta lo que yo reconocía como fragmentos del texto que estaba escribiendo. Me hacía sugerencias, me mostraba correcciones, en resumen, me estaba editando. Sentí la necesidad urgente de despertar y seguir sus indicaciones, pero mi cuerpo no respondió. A la mañana siguiente me levanté con la extraña certeza de que mi subconsciente editor me estaba ayudando a encontrar un cierre.
Frustrada y un tanto curiosa, busqué en Google información sobre interpretación de sueños. Después de varios clicks fallidos, leo algo que me detiene: en los sueños puedes hacer prácticamente todo (volar, conocer gente famosa, tener superpoderes) salvo un imposible: leer. Esto se debe a que las áreas del cerebro que procesan el lenguaje están, en su mayoría, inactivas durante el sueño. Habrían excepciones. “Se cree que hay algunas personas que pueden realizar actos similares a la lectura durante los sueños. Estas personas suelen ser aquellas que manejan las palabras de manera diferente a la mayoría de nosotros: escritores y especialmente poetas”. Entonces aparece, una vez más, la sombra de la impostora que siembra una nueva duda: ¿encajo en ese grupo?
Antes de soñar con palabras, tuve que aprender a leerlas. Elizabeth Hardwick escribió que “el regalo más grande es la pasión por la lectura. Es barato, consuela, excita, te da el conocimiento del mundo y la experiencia de una amplia clase. Es una iluminación moral”. Dudo que la tía Sandra, mi profesora de primero básico, hubiese oído jamás el nombre de Hardwick. Por eso releer la tarjeta que me entregó al cierre del año escolar -y que conservo gracias al apego de las mamás por guardar todo rastro de la infancia- resulta aún más profético: “Los bienes materiales, como la fortuna, la fama, etc. son cosas que puedes perder de un momento a otro. Pero la sabiduría, el misterio de la lectura que acabas de descubrir, nunca lo perderás. Es tuyo para toda la vida”.
Pienso entonces en mi mamá, que ya me había iniciado en las letras con recortes de cartulinas de colores, vocales y consonantes, viviendo ella misma entre dos idiomas -el español y el portugués- y que aún así encontró, a través del juego, la manera de transmitirme ambos. Entre su gesto y las palabras de la tía Sandra, comprendí que el lenguaje es un patrimonio íntimo: se aprende, se hereda, se guarda y a veces, se sueña.
Vuelvo a preguntarme cuándo y porqué comencé a soñar con palabras. Sospecho que pudo haber sido durante la pandemia. Fue un período de lectura voraz; según mi Goodreads – plataforma en la que puedes llevar un registro de lecturas- entre el 2020 y el 2023 leí 306 libros. Hoy, al mirar atrás descubro una bitácora que revela varias obsesiones: la mirada incómoda de Olga Tokarczuk en Sobre los huesos de los muertos; la intimidad desgarradora de Guadalupe Nettel en La hija única; la historia de las legendarias buceadoras de Jeju en La isla de las mujeres del mar de Lisa See; la hondura filosófica de Mircea Cãrtãrescu en Solenoide; la polifonía mágica de Irene Solà en Canto yo y la montaña baila; la intensidad feroz de Maria Fernanda Ampuero en Sacrificios humanos; o la sabiduría insurgente del líder indígena, filósofo y activista Ailton Krenak en El mañana no está en venta, un ensayo que explora precisamente la necesidad de repensar nuestro estilo de vida y la urgencia de cambiar nuestra relación con el medio ambiente. Cada libro fue un refugio y una oportunidad para escapar del encierro.
Quizás por eso al inicio, el confinamiento se sintió como un sueño hecho realidad. Desde chica he sentido la necesidad de recluirme, de tener espacios de soledad. Y en ese sentido trabajar desde casa tenía sus pros: evitar el metro, las conversaciones innecesarias, comer comida caliente y no hacer fila para usar el baño. Sin embargo los contras eran imperceptibles y bastante corrosivos: jornadas sin fin y la sobreexigencia de la proactividad frente a una pantalla a la que no le daba el tiempo de entrar en reposo. Cuando las restricciones se levantaron, casi tres años después, el mundo exterior se había vuelto aún más hostil. Salir a la calle me provocaba miedo y angustia. Me costaba interactuar con otras personas, no me salían las palabras, tartamudeaba y el nerviosismo me bloqueaba por completo. Sufría ataques de pánico y tenía ansiedad. Y no era la única: la depresión y la ansiedad aumentaron un 25% durante la pandemia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El doctor me recetó dos antidepresivos, los cuales debía tomar al despertar y al acostarme. Me levantaba dopada y me dormía de la misma manera. Temía que los medicamentos alteraran mi forma de pensar y ver el mundo, ¿seguiría siendo yo misma?, ¿me reconocería? o ¿es que en realidad sería quien debía ser a partir del tratamiento? En mi cabeza rondaba la imagen de los pacientes de Despertares (Penny Marshall, 1990), inmóviles en sus cuerpos, con la mirada perdida, como si la medicación los hubiera despojado de su vitalidad. ¿Era ese mi destino? ¿convertirme en una versión anestesiada de mi misma, incapaz de sentir, de imaginar, de crear? Siempre me he considerado una persona creativa, es el núcleo de mi trabajo y me atrevo a creer que forma parte de mi identidad. Por eso me asustaba que los antidepresivos disminuyeran mi motivación, la flexibilidad mental y afectarán la materia prima de todo lo que soy. A ese miedo se sumaba la falta de información y los estigmas sobre la salud mental. El día que tomé la primera pastilla, estaba en la casa de mi mamá. Me senté frente al computador, me despedí de mi misma en silencio y me pedí perdón. Cuando la tragué, sentí una lágrima que caía por mi mejilla. No sé cuánto tiempo pasó entre eso y sentirme fuera de mi cuerpo, podía verme sentada en un rincón de la casa mirando fijamente, a través de la ventana, los cables que colgaban en los postes de la calle. Recuerdo a los pocos días una sensación similar estando en una reunión online, alguien me hizo una pregunta, quise hablar y no pude. Las palabras otra vez no salían. Me sentía secuestrada dentro de mi propio cuerpo, una prisionera sin posibilidad de manifestarse. Cuando mis jefes notaron que mi nivel de producción había bajado, que demoraba más de lo usual en terminar mi trabajo, y que no podía pensar con claridad, tuve que contarles de mi situación. Pienso que para ellos fue la confirmación de su sospecha, de que mi personalidad respondía en realidad a una “falla de fábrica”. Estaba en un hoyo y la medicación en vez de sacarme de él, me hundía cada vez más. De un día para otro resolví dejarla. Había llegado a la conclusión de que no podía estar peor sin ella. No le dije a nadie, ni siquiera a mi papá o mi mamá (dos convencidos de que en su época no existía el estrés ni mucho menos eso que llaman depresión). Aunque seguía dándole vueltas al diagnóstico de aquel médico que, más que salud mental, parecía juzgar mi estilo de vida (que leía demasiado, que a mi edad no estaba casada ni tenía hijos), pude ver que su problema era que mi mundo no encajaba en su idea de normalidad y eso era sinónimo de trastorno.
Y es aquí donde encuentro un nuevo hilo que entreteje, y le da más sentido, a todo lo anterior. Descubro que existe un fenómeno conocido como alucinaciones hipnagógicas: un estado flotante entre la vigilia y el sueño, donde emergen imágenes, sonidos y ¡palabras!. Éstas pueden incluso intensificarse en personas que, como yo, sufren de ansiedad. Para creadores como Salvador Dalí, estas visiones eran percibidas, inducidas y exploradas como parte significativa de su proceso creativo. El pintor español, conocido por sus obras oníricas y surrealistas, se sentaba en un sillón con una llave en la mano a la espera de esas imágenes formadas por su inconsciente y las atrapaba antes de entrar en una etapa más profunda del sueño (momento cuando la llave caía y lo despertaba). También Mary Shelley se habría servido de estas alucinaciones para dar forma a uno de los personajes más icónicos de la cultura pop: Frankenstein. Escritores como Edgar Allan Poe y Franz Kafka, eran conocidos por incorporar en sus obras temas del subconsciente y lo irracional, asociados a menudo con estos estados del sueño. “Al despertar Gregorio Samsa una mañana tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.” Como también escribió Poe: “He aquí, al fin, un sueño dentro de un sueño”. Quizás por eso es común escuchar de personas que dejan una libreta en el velador para registrar y atrapar esas imágenes tan efímeras como estimulantes.
¿Qué diferencia un sueño anotado en un cuaderno del inicio de un cuento o una novela? ¿No es la lectura otra forma de habitar la mente del otro?
Comprendí en ese momento que esos textos indescifrables que se tejen entre sueños en mi cabeza no son un síntoma de desequilibrio como solía creer, sino palabras que, a falta de cartulinas de colores que mantengan mi atención en ellas, se me escapan durante el día y reaparecen por las noches.






1 comentario en “Sueño con palabras”
Me gusta este tipo de textos tan personales, que se llega a vivir el sentir de la escritora. A su vez me llama a curiosear y leer algunos de los y las escritores que cita. Me llegan mucho algunas frases como «el lenguaje es un patrimonio íntimo: se aprende, se hereda, se guarda y a veces, se sueña.»
Gracias a la autora por abrir su intimidad