El pez es dorado y grande, resplandeciente. Tiene el tamaño de un lenguado, el brillo de una medusa, la gracia amarilla de una joya. Por fuera de él, aquello que conoce como su afuera, solo hay pocos centímetros de agua verde. Un agua alcalina, con olor a batería, que no se han molestado en limpiar durante semanas. Quizá meses, aunque no hay sentido del tiempo para él. Las horas se han vuelto algo elástico, como las algas que le arrojan en esa estrecha pecera. Desde donde está, en una esquina entre el pasillo y la cocina, alcanza a ver solo un lado del comedor. Así ha conocido a quienes lo compraron y lo metieron en la pecera. Sabe que ambos son brasileños, que uno es alto, tiene barba y suele usar lentes de sol; el otro lleva el pelo al ras y está teñido de rubio. Tienen una peluquería en un departamento de estilo «mariposa» en pleno centro de Marsella. En una de las alas hay una pieza con una cama doble donde duermen, y a un costado una pieza más pequeña que suelen arrendar. En la otra ala del departamento funciona la peluquería, un salón con espejos y sillas ergonómicas para las clientas, y un espacio minúsculo que usan para lavar y teñir el cabello.
Un día llega una pareja de chicas —una chilena y una argentina— sin papeles. A los brasileños solo les importa su dinero, no sus documentos, así que les muestran la pieza pequeña y les dicen que les harán un precio si pagan al contado por tres meses. Las chicas aceptan vivir ahí, con todas las excentricidades de la casa: el pez dorado en su pequeña cárcel y la peluquería que atiende hasta altas horas de la noche. Al principio se llevan bien con ellos, son amables y entienden su situación migratoria. Han pasado por diversas ciudades y se sienten contentas de estar, al fin, en un lugar que promete estabilidad. Para sobrevivir la argentina encuentra trabajo en un café y la chilena logra un puesto de vendedora en una tienda de música. No son sus trabajos ideales, pero les parece que cumplen la promesa de la estabilidad por un tiempo. Aunque pasan largas horas fuera del departamento pronto empiezan a notar algunas incomodidades. Sobre todo los aromas desconocidos, miles de lacas y perfumes que van flotando como una nube por las habitaciones. La chilena se pregunta si eso siempre fue así o si solo ahora, ambientada como está al piso, ha logrado un nuevo nivel de precisión sensorial. Es claro que todos los días llega una multitud de clientas. Son decenas, quizá cientos, las señoras que comienzan a visitar la casa y dejan sus cabezas calentándose en los cascos de la peluquería, que les prometen tener el pelo tan rizado o tan liso como quieran. La chilena comenta que es como si pusieran sus cabezas en el horno y la argentina está de acuerdo. También piensa que está asfixiada por las mujeres que llegan a la casa y por los químicos que aspiran —demasiados microplásticos— en un reducido número de metros cuadrados, pero nunca se lo dice a la argentina. No quiere menguar los ánimos de haber llegado hasta allí juntas.
Poco tiempo después los brasileños traen a casa un hurón que ama restregarse contra el pelo recién cortado de las señoras que asisten a la peluquería. Es un hurón precioso, que a veces duerme con las chicas a los pies de la cama, como si las conociera de toda la vida. Luego llegan dos perros bulldog, una hembra embarazada y un macho. Las crías nacen y los brasileños venden los cachorros con alegría a las clientas. Consideran que es un negocio redondo. El hurón también es vendido a una clienta que dice tener una hurona. A la argentina le da risa como suena la palabra «hurona» porque le suena a gruñona o huraña, o en última instancia orina, pero a la chilena no le causa nada de gracia. Es más: la chilena la mira con recelo, siente que la niebla de los químicos le está atrofiando el cerebro a la argentina. Después llega a casa una tortuga caimán, hembra, de caparazón verde oliva, con puntas en el dorso, que suele estar en la bañera de la casa. Es bastante grande, por lo que los brasileños la limpian una vez a la semana —mucho más que el acuario del pez dorado—, mientras tratan de encontrarle un macho para que quede preñada. Así descubren la chilena y la argentina lo que ya sospechaban desde un inicio, aquello que el pez dorado ha sabido toda su vida: que han llegado a un criadero de animales y la peluquería es una excusa para ganar clientas.
Con este nuevo conocimiento la chilena no puede dormir y gasta sus noches mirando pasmada al pez dorado. Lo ve triste en medio del líquido mugroso del acuario. De todos los animales que pasan por la casa le parece el más noble. No es que los demás animales no le den pena, pero ese en especial le parece el más miserable. Es el único que no será vendido, así que desarrolla con él una afinidad inamovible. No entiende cómo los brasileños han podido ser tan negligentes y cómo lo han dejado vivir en semejante porquería. Su agua se ha vuelto densa y espumosa, tanto así que cuesta mirar bien lo dorado que es. En medio de la suciedad se ve opaco, como si su verdadero color fuera el marrón. Una noche decide sacar un colador de la cocina y limpiar al menos la basura de la superficie del acuario. Saca algunos pedacitos de basura, pelos, hojas de plantas, insectos que quedan atrapados en la superficie de acero, una malla finísima y perfecta. Como ve buenos resultados, comienza a limpiar todas las noches el agua del acuario con el colador, y luego lo devuelve a la cocina sin lavarlo. Piensa que, si los brasileños usan el colador, por ejemplo para hacer tallarines, una pequeña venganza puede gestarse. Cada noche el pez se mueve mejor después de la limpieza y cada noche la chilena llega a hundir el colador más abajo en la profundidad putrefacta del acuario. También se hace cargo de su alimentación. Encuentra en la cocina un envase de Tetra Pond Pellets, alimento para peces pequeños de estanque. Arroja los pellets al agua con esperanza, y piensa, guardando las distancias, que a ella también le gustaría salir de ese departamento. Quizá moverse mar adentro, irse a algún pueblo. Incluso dejar a la argentina, desviar caminos. Desde el comedor escucha sus ronquidos y siente que ya no tiene cosas en común con ella. No han hablado nada del acuario, por ejemplo. No sabe que ella pasa las noches en vela angustiada por la actividad de la casa.
Un domingo el brasileño alto mete a la tortuga en la bañera para su ducha semanal. La tortuga se resiste como siempre. Como es un animal grande él ya tiene una forma de operar. La envuelve en una toalla hasta dejarla quieta y luego va pasando el regador con suavidad por la caparazón y las rugosidades de sus patas y su cabeza. No le importa que se moje la toalla, solo está preocupado de pulir las puntas de su espalda, que brillen más para el posible comprador con el que han estado negociando los últimos días. La argentina y la chilena están en su pieza, acaban de despertar. De pronto las chicas lo escuchan gritar tan fuerte que salen corriendo y ven a la tortuga caimán colgando de la mano del brasileño. El dolor le llega a él como una oleada ardiente desde sus conexiones nerviosas. Al principio es un pequeño ardor y no entiende bien qué sucede; luego la herida crece y se ensancha, se hace insoportable. La palma del chico comienza a sangrar y las gotas espesas manchan la cerámica azul. Las chicas saben que el brasileño está solo —su pareja siempre sale a comprar tinturas los domingos— y rápidamente se distribuyen labores. La argentina abre el botiquín para buscar vendas y la chilena intenta despegar la mandíbula de la tortuga de una piel que parece muerta, y que late como el corazón venenoso de una víbora. Adentro de la mandíbula, cuando logran despegarla, ven un pico fuerte y afilado. Mientras la argentina empapa las vendas en yodo, sin saber nada de primeros auxilios, la chilena tiene solo una idea que hace mucho tiempo empezó a fraguar en su cabeza. Decide aprovechar ese momento de confusión y va a buscar el colador a la cocina. Piensa que, si ella no se puede ir de la casa, al menos lo hará el pez dorado.
Lo mete al colador y deja la malla sobre una fuente con agua del acuario. Le sorprende la serenidad del pez, lo fácil que se deja llevar. Está vivo, pero parece demasiado consciente de su situación. Un pez serio, se dice a sí misma, uno que ya ha esperado demasiado. Sale desaforada de casa, con chancletas y buzo, baja las escaleras y llega a una calle ancha que va en bajada. A lo lejos, al final de la calle, alcanza a ver el mar. Mientras corre hacia allá intenta razonar realmente qué busca; no sabe si el agua salada matará al pez dorado o si quizá lo mejor que puede sucederle es morir en el océano. Mientras corre le brotan lágrimas solas y son saladas como el mismo mar al que va. Sus lágrimas mojan la cobertura brillosa del pez que ahora sí se mueve inquieto, dudoso. La chilena siente que su cuerpo va más rápido que su mente. Por momentos, es como si pudiera verse desde afuera, como en una película. O desde arriba, la escena de una chica que corre despavorida hacia la costa. A esa altura solo le importa el bienestar de la criatura que ha estado observando las últimas semanas. Le ha conmovido su entereza, pese a todo, y también su persistencia para estar tanto tiempo con vida. Intenta acelerar el paso aún más y ya son casi zancadas las que da cuando de repente siente algo ajeno y líquido desde la cintura hacia los tobillos. Algo extraño ha pasado. El pez dorado se ha escurrido del colador y ha hecho enormes agujeros en la fina malla de acero. La fuente también se ha volcado, y no sabe qué hacer ahora con esa viscosidad que le colma la falda, le moja las rodillas y los dedos de los pies, como si hubiese roto la bolsa de un feto. Mira hacia el suelo y allí lo ve. El pez se ha deshecho en hebras resplandecientes, como papel celofán; decenas de hilos dorados, cadenitas de oro desperdigadas en el piso. Y ahora sí, ahora sí entiende la dignidad del pez dorado.





