Bárbara Tupper: “Acercarnos al naturalismo como personas nos hace bien porque nos invita a observar, a explorar y a volver a sentirnos parte de un entorno vivo” 

Los naturalistas son nuestros exploradores y científicos de campo, son quienes se aventuran a las profundidades de la naturaleza para descubrir los secretos que guardan nuestros ecosistemas. Son también el motor de Descifrar la naturaleza (Planeta, 2025), la primera compilación o pequeña enciclopedia de naturalistas chilenos. El primer libro de la periodista Bárbara Tupper ofrece una mirada a las vidas de quienes han hecho el mapeo de la naturaleza en Chile. 

“Mientras más inmersos estamos en la naturaleza, mayor bienestar emocional y físico obtenemos, y más conectados estamos con el ecosistema, lo que inevitablemente nos lleva a protegerlo”, reflexiona su autora en conversación con Revista Abismo.

Bárbara Tupper es periodista, editora general de la revista Ladera Sur que trata temas de naturaleza, conservación y medioambiente. Santiaguina, Bárbara se fue a vivir a Lampa a los ocho años. Allí, a través de la fauna que la rodeaba, creció su fascinación por la naturaleza y las criaturas que la habitaban. Desarrolló su carrera de periodista en la radio, siempre interesada en los temas medioambientales, en búsqueda de un espacio donde trabajar en ello a tiempo completo.  Por eso eventualmente se aventuró en trabajos independientes para perseguir un espacio donde dedicarse completamente al periodismo de naturaleza y ciencia. 

Hoy ese sueño ha culminado en las historias de los siete naturalistas modernos de su libro. Desde Buenos Aires, donde reside actualmente, Bárbara comparte sus reflexiones sobre la importancia de hablar de ciencia y naturaleza. 

—¿Hace cuánto tiempo venías pensando y armando este libro?

—Hace 7 años, y luego entre la investigación y la escritura, yo diría que fueron 3 años y un par de meses. A mí me encantan las historias de exploradores y muchas veces, sobre todo los naturalistas antiguos, eran exploradores. Siempre me parecieron muy fascinantes las historias, me parecieron muy atrevidos, me parecieron unos genios.

Siguiendo esas historias Bárbara dio con los naturalistas modernos. Conocía a los clásicos como Claudio Gay e Ignacio Domeyko, pero de pronto se encontró con científicos prácticamente desconocidos. Naturalistas del siglo XX y XXI, que se dedicaron al trabajo de campo para descubrir y catalogar las especies de Chile, y que, tal vez aún más importante, se dedicaron también a divulgar esos descubrimientos.

—Y ahí empecé el sueño verdadero, que es haber hecho un libro de las historias de los modernos y que conozcamos los nombres que no conocemos. Hay una selección acá, no son todos los nombres. Quiero contar estas historias, quiero contar estas historias desconocidas, me doy cuenta, leo una entrevista en el diario con una de estas personas y digo, «Qué persona más fascinante, lo que hizo. Quiero conocerla.» Ahí uno dice, «¿Cómo no voy a compartir esta cuestión con otras personas?» Y ahí viene ya el trabajo de la memoria colectiva.

Bárbara se cuestiona ¿por qué no tenemos memoria? 

—Como país, como pueblo, es importante tener memoria de quienes nos han mostrado mundos tan maravillosos, de quien nos contó cómo cambiaban de color las lagartijas, de quien creó las áreas de manejos de recursos bentónicos que es un proyecto realmente increíble, de quien ayudó a formar los parques nacionales. Tenemos que conocer esos nombres y sobre todas esas historias porque es muy entretenido. 

Descifrar la naturaleza reúne las vidas de siete mujeres y hombres cuya curiosidad incansable ayudó a expandir el horizonte del conocimiento sobre la riqueza natural chilena: María Codoceo Rojas, pionera de la herpetología en Chile y constructora de importantes colecciones de reptiles e invertebrados marinos que ampliaron el conocimiento de la fauna nacional; Guillermo Mann Fischer, que recorrió el país y la antártida levantando estudios fundamentales sobre su fauna e institucionalizando la zoología, llegando a tener incluso un zoológico en su casa; Luis Peña Guzmán, el entomólogo que describió cientos de especies de insectos; Adriana Hoffmann Jacoby, botánica y activista clave en la defensa de nuestros bosques nativos; Juan Carlos Castilla Zenobi, biólogo marino que transformó la comprensión de nuestras costas y de la vida intermareal; Jürgen Rottmann Sylvester, dedicado a la conservación y estudio de las aves rapaces; y Giuliana Furci George-Nascimento, impulsora del reconocimiento y la protección del reino Fungi en Chile, la única naturalista del libro aún viva y trabajando por los hongos que crecen y permiten el balance u subsistencia de nuestros ecosistemas. 

—¿Y por qué decidiste retratar a estos siete naturalistas?

—Fue muy difícil, muy difícil. Yo tenía claro y me parecía interesante que hubiesen distintas áreas. Eso no significa que todas estén cubiertas ni abarcadas en este libro, por supuesto. Me parecía importante que fueran áreas que a mí personalmente me parecen súper llamativas y también que podían tener cercanía con las personas. Uno se siente cercano en muchos momentos a estos personajes: porque has vivido algo parecido, porque reconoces una experiencia similar o simplemente por esa curiosidad innata que arrastramos desde la infancia. Parte del desafío que me propuse —y espero haberlo logrado— fue justamente acercar a estas personas al lector, no quedarme solo en su currículum, sino generar algún espacio de identificación. Que al leerlos aparezcan también esas ganas de volvernos un poco naturalistas en la vida: observar más, hablar menos a veces, quedarnos en silencio mirando lo que ocurre a nuestro alrededor. Porque cuando uno se detiene a observar la naturaleza que nos rodea, aprende muchísimo.

—Pensando en ese acercamiento hacia los lectores, ¿cómo se logra conciliar la jerga científica con la divulgación?

—Ese es un desafío, porque cuando uno empieza a investigar sobre el trabajo de estas personas, el lenguaje se vuelve cada vez más técnico y difícil de seguir. Y ahí empieza el proceso de traducir para el lector todo ese lenguaje técnico o jerga científica, porque si no se vuelve súper poco atractivo: si yo no estoy entendiendo de qué me hablan, ¿cómo va a entender el lector? Por eso están los nombres científicos, pero también los nombres comunes. Al final, ese es el gran desafío del periodismo científico: ampliar y bajar el lenguaje que viene de la academia.

Bárbara asegura que antes era un mundo mucho más cerrado que ahora. “Hoy se ha ampliado un montón: incluso los científicos toman cursos para aprender a bajar su lenguaje y que su divulgación llegue a más gente. Y esa mezcla es súper interesante, porque ampliar el lenguaje desde todos los lugares hace muy bien: permite que más personas accedan a la información, que seamos más reflexivos y que, finalmente, podamos llegar a mejores formas de convivencia para todos”, afirma.

—Estamos en un momento complejo para la ciencia en términos de credibilidad, donde se ha normalizado cuestionar la ciencia o derechamente negar los descubrimientos hechos. ¿Te parece importante acercar la ciencia al público general por esa misma razón?

—Efectivamente en un momento bien complejo respecto a la credibilidad de la ciencia, y muchas veces por personalismos. Que se desacredite tiene que ver, en gran parte, con líderes mundiales o con personas a las que simplemente no les acomoda lo que la ciencia muestra. Y yo creo que ese “no acomodarles” tiene que ver con algún tipo de miedo. Si no creemos en el trabajo científico, entonces estamos pisando en el aire. 

Y en este contexto mundial de desacreditación, sí: creo que es importante volver a leer estas historias y entender cómo se hace realmente la ciencia. La ciencia no se hace mirando un helecho un rato y sacando una conclusión al aire porque “ese día estaba más sensible”. Se trata de ir a observarlo 40, 50, 60 veces; de hacer anotaciones y cotejarlas; de pasar años en un laboratorio; de ensayo y error, una y otra vez, hasta llegar a una conclusión y luego comprobarla. Por eso me impresiona que hoy se niegue la ciencia de la forma en que se está haciendo. Y justamente por eso creo que este libro permite entender cuál es el trabajo que hay detrás —y ese, en sí mismo, es un pequeño tesoro.

—¿Cuál crees que es el rol que tienen los naturalistas?

—Yo creo que es relevante resaltar sus historias porque también es relevante volver —y aquí me agarro de tu pregunta anterior— a entender la importancia de la ciencia para nuestro propio bienestar. Es importante volver a reconectarnos con la naturaleza. Si miras el nivel de estrés al que estamos sometidos hoy, con la hiperconexión, la ansiedad, la angustia, la naturaleza se convierte en un lugar que nos hace bien psicológica, física y espiritualmente, y eso también está demostrado.

La periodista y escritora explica que más allá del trabajo de los naturalistas, “acercarnos al naturalismo como personas nos hace bien porque nos invita a observar, a explorar y a volver a sentirnos parte de un entorno vivo. Mientras más inmersos estamos en la naturaleza, mayor bienestar emocional y físico obtenemos, y más conectados estamos con el ecosistema, lo que inevitablemente nos lleva a protegerlo”.

Seguir el trabajo de los naturalistas, o intentar acercarnos a ese modo de mirar el mundo, ayuda a que cuidemos lo que tenemos. Y cuidarlo es lo que permitirá que tengamos un futuro más pleno, no uno empobrecido.

“Porque está muy bien interesarse por la naturaleza, pero también hay que educarse en cómo interactuar con ella: cómo explorar, cómo caminar por un parque nacional sin dejar basura, sin hacer una fogata donde no corresponde, sin poner música a todo volumen que puede estresar a un ave con crías. Es aprender a comportarnos para poder disfrutarla y protegerla a la vez”, destaca la escritora. 

—Finalmente, ¿qué le dirías a los lectores que no se sienten conectados con este tema?

—Yo le diría a esa persona que no importa que no le interese la ciencia, este no es un libro sobre ciencia necesariamente, este es un libro sobre historias de vida, es un libro que habla sobre la curiosidad, que habla sobre la exploración y la aventura.

Yo no le escribí a un público objetivo en particular. Traté de hacer la escritura de las historias lo más divulgativo, simple e interesante posible para que llegue a la mayor cantidad de gente posible para el fin último: que estas personas sean conocidas, que nos inspiren, que nos sirvan de ejemplo, que no se olviden sus nombres, y que nos inviten a la reflexión y a la observación.

*Fotografías cortesía de Editorial Planeta y Bárbara Tupper Baldwin

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