Artistas e investigadores han conmemorado esta fecha con la publicación de distintos libros, artículos y eventos en su honor. Pero más allá de los homenajes, su relevancia artística sigue vigente: nuevas generaciones de performers, desde la disidencia y la protesta, encarnan la rebeldía de un artista que hizo de su vida una obra política y radical. Este reportaje profundiza en su influencia más allá de lo literario: la presencia de Lemebel en el escenario artístico y performático chileno durante la última década.
El cine para adultos Nexo Cinema, a pasos de la Plaza de Armas, fue el lugar elegido para un encuentro que escapó de todas las convenciones. En vez de discursos de bienvenida, el lanzamiento del disco La perra de Pavlov, de la performer y artista visual Sofía Devenir, comenzó con una serie de vídeo-performance que sacudieron el ambiente. En la penumbra, entre butacas tapizadas y luces rojas, la imagen de cuerpos en tránsito —en protesta, en ternura y en furia— invadió la pantalla. Devenir irrumpió corriendo por los pasillos. Subió al escenario, entre aplausos y vítores, y, con la voz entrecortada, agradeció a quienes la acompañaron a “parir este disco”. Así comenzó una noche donde el cuerpo fue presencia y manifiesto.
El evento inició con la presentación de la video-performance Me cuido, del colectivo Las Indetectables, protagonizada por las performers Noelía de Shalá y la propia Devenir. En el vídeo, se ve a Noelía caminando por el barrio Matta- Sur, en la comuna de Santiago. En la primera escena, lleva una cinta roja gigante alrededor de su cabeza, con diversas palabras inscritas alrededor: gonorrea, candida, papiloma y otras más. En las escenas siguientes, ambas artistas aparecen compartiendo una tina, mientras Noelía de Shalá declama:
¿Amiga te cuidai? ¿Tú te cuidas? ¿realmente tú te cuidas?
Yo le respondí por supuesto que me cuido
Me cuido de aguantar la legendaria idea que las que las colas traemos las plagas de Egipto como nos gritan los evangélicos cuando cantamos en la micro
Me cuido
Me cuido de aguantar sus mitos patriarcales que buscan seguir dejándonos en el lugar del margen
del lo otro, de lo inhumano, lo asesinable
A esos maricones que se pueden matar
A esa gente que merece morir
Me cuido
En otro registro, la artista visual Rocío Usaperlas apareció compartiendo anécdotas sobre su perrita Lulú, mezclando lo íntimo con lo político. Después, Sofía Devenir interpretó las canciones Ar.0n, Descomposición y Ojitos Chinos, acompañada de audiovisuales preparadas por Andrés Valenzuela, en las que se ven los performers argentinos Valen Campus y Joaquín Catalán.
Uno de los momentos más potentes de la velada fue la presentación de la performance Las ollas, de Antonia D’marco y Valentina Kaos, una metáfora sobre las identidades trans, su complejidad y lugar en la sociedad:
Las ollas son las travestis que quieren tener vagina
Las ollas nunca pierden la oportunidad de ser revueltas
Las ollas que dicen esta es mi primera vez
Las ollas son históricas y también son histéricas
Las ollas son silenciosas
Las ollas ocupan a zapatos de seguridad y reciben quincena
Las ollas son tu papá
Las ollas son todos
La jornada del lanzamiento de La Perra de Pavlov fue casi una radiografía del estado actual de la performance en Chile: interdisciplinaria, provocadora y profundamente arraigada a lo corporal y a las disidencias sexogénericas. Y, en el ambiente, en el público, Pedro Lemebel también estuvo allí. No solo porque algunas personas vestían ropas estampadas con su rostro, sino porque también había un espíritu provocador y desafiante. Un eco que no es casual: las piezas presentadas en el lanzamiento dialogaban directamente con su obra. La esencia del evento se tradujo en cómo la disidencia —o cuerpo disidente— se transformó en territorio político.
Las performances de este evento no se destacaron por ser bellas —en un sentido clásico— orientadas a la perfección, armonía y proporción, sino por ser reales, y, por supuesto, producidas por personas reales. En el escenario, deslumbraron por su vestuario, maquillaje, por la riqueza de los gestos corporales y, por supuesto, por su atractivo de incomodar.
Todo fue parte de una estética de la provocación, que Lemebel conocía muy bien: lo hacía con sus crónicas provocando a sus lectores, e incluso en la radio, donde hacía viajar a la audiencia a través de su relato. Aquí, la utilización de los elementos en las performances —una tina, una cinta roja, cuerpos expuestos e, incluso, el lugar elegido para el lanzamiento del disco— evidenció la búsqueda por tensionar espacios con el fin de transmitir un mensaje. Uno que no se olvida a diez años de su partida. Al contrario, su legado sigue vigente en las acciones artísticas actuales. Y, en ese cine, entre sus butacas, su memoria se paseó entre los asistentes como una sombra querida y desafiante.
Estallido social: el resurgimiento
Pedro Lemebel falleció el viernes 23 enero de 2015. En ese momento, la gran mayoría de los medios puso el foco de sus titulares en su legado literario. “A los 62 años, fallece Pedro Lemebel, la lengua francotiradora de la literatura chilena”, tituló La Tercera. Algo similar publicó El País, que despidió al artista con el titular: “Chile llora a Pedro Lemebel, su revolucionario de las letras”. Pero esa cobertura dejó atrás otro aspecto clave del artista: su legado performático.
Desde su muerte, la dimensión performática de Lemebel ha adquirido una visibilidad cada vez mayor, consolidándose como parte fundamental de su legado. Durante las manifestaciones del estallido social, en 2019, su figura reapareció con fuerza en las calles: muchas personas usaron ropa estampada con su rostro, que también estaba presente en panfletos, chapitas y stickers. A eso se sumaron las grandes intervenciones en las paredes de Santiago, como el mosaico con su figura en la intersección de las calles Nataniel Cox y Tarapacá, que más tarde fue vandalizada. Lemebel estaba en todas partes.
Durante esos meses, quienes salieron a las calles encontraron múltiples formas de manifestarse: gritos, golpear ollas, preparar bailes, enfrentarse directamente con Carabineros, pintar letreros y algunos hicieron performance. Antonia D’marco, performer y activista LGBTIQ+, cree que el espacio público fue el mejor escenario para esta disciplina artística y que “la performance en Chile siempre se ha propuesto en el lugar de la protesta”.
Motivada por esa efervescencia social, Antonia publicó el artículo El cuerpo como arma en tiempos de revuelta social, en el sitio web Registro Contracultural, en el cual abordó la temática del desnudo como elemento de desobediencia y propuesta artística, y analizó algunas performance desarrolladas en el estallido.
Dentro de este registro, incluyó el trabajo de Rocío Hormazábal, quien realizó la performance Un verano sin Piñera, el 25 de noviembre de 2019, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Desde la calle Portugal, Rocío caminó rumbo a plaza Italia. Muchas personas le apoyaron con efusivos gritos e, incluso, algunos manifestantes le dieron su ayuda para sobrellevar la performance mientras lanzaban bombas lacrimógenas a su alrededor. Finalmente, la artista llegó al lugar, acomodó su piscina inflable y, con su letrero “Por un verano sin Piñera”, comenzó a gritar y a mover sus manos mientras era fotografiada por Zaida González.
Ese mismo día, el colectivo artístico Lastesis realizó su performance Un violador en tu camino, donde participaron múltiples mujeres en una jornada que tuvo gran difusión. Incluso, la ex Ministra de la Mujer, Isabel Plá, comentó vía Twitter (actual X): “Es una interpelación a todas las instituciones del Estado en su actuar en defensa de las mujeres agredidas o vulneradas en sus derechos. A las instituciones policiales, a la justicia, y a los gobiernos para que impulsemos legislaciones y planes de acción que protejan a la mujer”.
Habían pasado cuatro años desde la muerte de Pedro Lemebel, pero allí persistía algo suyo. Con el paso de los días, eso parecía crecer y expandirse: un espíritu provocador. La escena performática desbordó con fuerza las calles de Santiago. Rocío Hormazábal lo sintetiza desde su vivencia: “Vivir en este cuerpo ya me parece bastante subversivo e inspirador. A veces la inspiración no se trata solamente de algo bonito para hacer algo bonito. A veces, viene desde el dolor, desde lo que veo, lo que siento: las injusticias”.
Ese mismo espíritu, el de transformar el dolor en acción, el cuerpo como bandera, era el que encarnaba Lemebel. “Se inspiraba de su propia experiencia, lo que a él le tocaba vivir. Desde que nace homosexual en un país homofóbico, la dictadura, y empezó a hablar de los temas que a él le conmovían y que le tocaban profundamente”, comenta Joanna Reposi, cinesta y amiga de cercana del artista, quien, en febrero de 2019, estrenó el documental Lemebel, en el Festival Internacional de Cine de Berlín, galardonado con el Teddy Award al mejor documental LGBTQ+.
Las calles de Santiago fueron epicentro de un auge en la performance en Chile. Una muestra de aquello, fue la serie de tres performances del colectivo feminista-disidente “Yeguada Latinoamericana”, realizadas entre el 20 y el 25 de octubre de 2019, tituladas “Estado de rebeldía I, II y III”, bajo la dirección de la actriz, performer y directora del colectivo, Cheril Linnet. Tomando el cuerpo como elemento principal, la acción cuestionó y rechazó a la autoridad: las artistas aparecieron con largas colas de caballo que colgaban desde su ano como respuesta ante la violencia opresora del Estado en el estallido social.
Esa agrupación mantiene una relación estrecha con el colectivo Yeguas del Apocalipsis, integrado entre 1989 y 1993 por Pedro Lemebel y Francisco Casas: ambos proyectos son subversivos y ponen el cuerpo en el centro de la escena. Como señaló Linnet en la revista Cuadernos de Teoría Social, la premisa era clara: “Ser polémicas, generar desorden público, ser ‘intrusas’ y “jamás invitadas a ninguno de los lugares en los que irrumpimos de manera provocativa y desafiante”. Algo que era del estilo de Las Yeguas del Apocalipsis en plena dictadura.
Numerosos colectivos y artistas encontraron en la protesta un espacio legítimo para el arte. En ese contexto emergió también el trabajo de Andrés Valenzuela, performer y realizador audiovisual, quien a través de su proyecto Registro Contracultural ha desarrollado una labor pionera de archivo y resguardo del arte performático en Chile. “Sentía que alguien tenía que hacerse cargo de agarrar ‘unas cositas’ que para mí eran eso: el feminismo y las maricas. Agarrarlas y juntarlas y que alguien pudiera investigar. Para mí era importante que estuvieran disponibles en alguna parte y en ese caso en una página web”, comenta.
Durante el estallido social aumentaron las performance a tal punto que, dentro de la web existe un apartado exclusivo para las expresiones que se realizaron entre el 19 de octubre de 2019 al 27 de febrero del 2020, alcanzando un registro de 30 performances. Este trabajo representa una labor pionera en el registro para el arte performance en Chile, al tratarse del único archivo web de las acciones artísticas surgidas durante ese periodo.
Elementos de la performance e influencia
Pedro Lemebel llevó su cuerpo al límite: caminó por vidrios y respiró neoprén hasta sus últimos años de vida. “La vieja con cáncer se tiró envuelta en una arpillera. Estaba prendiéndose fuego, o sea, me parece que era radical”, menciona el periodista especializado en cultura, Pedro Bahamondes. Aquella imagen es un crudo reflejo que, hasta el último momento, Lemebel hizo de su cuerpo un arma política.
“Cuerpo, acción y espacio: así de simple”, dice Antonia D’marco al definir la performance. Esta práctica utiliza el cuerpo como soporte artístico. Pero hay un rasgo que la distingue de otras expresiones artísticas: lo efímero. Muchas veces ocurre de manera espontánea y no existe registro de estas, lo que hace que residan en la memoria de los espectadores que pudieron presenciarlas. Sin embargo, estas acciones son interesantes en aspectos artísticos, políticos y estéticos.
La palabra performance en el mundo artístico de la Yeguas del Apocalipsis, era renegada y traducida por ambos como acciones artísticas. Esto se debía a que las Yeguas eran bastante críticas con el uso del lenguaje y con encasillar su proyecto artístico dentro de los circuitos del arte internacional, por lo que este gesto tan sencillo de negarse a ocupar la palabra en inglés, respondía a una postura política que desde Latinoamérica los diferenciaba de sus pares.
Samuel Quiroga, doctor en Historia del Arte y curador de la Pinacoteca de Concepción, sostiene que “lo interesante de la performance es que desde el momento en que se inicia hasta que termina, no estamos frente a un artista ni frente a una persona, que sí, pero lo principal es que estamos frente a una obra de arte”. Esta idea es compartida por D’Marco: “Es un acto efímero: si no tiene registro, no existió”.
Un ejemplo de la continuidad de la performance tras la muerte de Pedro Lemebel, es el trabajo del colectivo Lastesis, que ha logrado articular un potente activismo político a través del cuerpo, visibilizando problemáticas de género desde un lenguaje provocador y profundamente simbólico. Al hablar de sus referencias, afirman: “Creemos que Lemebel es un referente y también un piso que nos permite pararnos”. Y añaden que el autor realizaba “performance al servicio de lo político, pero específicamente al servicio de lo político vinculado a causas disidentes, sexogenéricas y feministas”.
Andrés Valenzuela también reconoce esta conexión. Para él, existe una identificación directa por “ser marica” y, sin duda, el lenguaje que utilizó Lemebel, “directo e implícito”, que permitió que todas las personas entendieran su mensaje. También lo lleva a la práctica a la hora de realizar sus propias performances: “Me inspira mi propio contexto, mi experiencia vital, el contexto chileno”.
Desde un lugar íntimo y político, el trabajo de los distintos performers busca responder ante las injusticias de las estructuras de poder que aún siguen vigentes. Así como Lemebel convirtió su cuerpo en un manifiesto, estas nuevas generaciones de performers también entienden el cuerpo como una herramienta de resistencia. En sus propios cuerpos se inscriben historias personales y colectivas, marcadas por el dolor, contexto e incluso, por la disidencia.
En ese gesto —exponerse, interpelar, incomodar— las acciones performáticas en el espacio público siguen siendo una forma radical de confrontar el poder. Lo que se pone en juego no es solo el arte, sino la vida misma. La herencia de Pedro Lemebel es ese espíritu.
Orígenes
Quizás una de las primeras manifestaciones de la influencia de Pedro Lemebel se haya dado un año antes del estallido social, y tres después de su fallecimiento. En mayo de 2018, Chile comenzó a vivir una revolución feminista a raíz de diversos casos de denuncias por violencia sexual y de género dentro de las universidades. Esta revolución que logró convocar a 30 universidades de todo Chile en su momento más álgido, tenía como objetivo visibilizar la exigencia de una educación no sexista. Se realizaron manifestaciones que convocaron a más de 150 mil personas en Santiago, replicándose en Valparaíso y Concepción.
Andrés Valenzuela recuerda que sus primeras incursiones en el registro audiovisual de la performance surgieron de manera autodidacta justamente durante el “mayo feminista”. Comenzó a registrar las diversas acciones performativas que surgían y que, a la larga, impulsarían su proyecto Registro Contracultural antes mencionado. Desde el inicio estuvo acompañado por su amiga Antonia D’Marco, con quien incluso más adelante formaría una alianza creativa. “Esto surge entre ella, que hacía perfo, y yo que grababa. Entonces, nos retroalimentamos mucho: ella me enseñaba desde la historia del arte chileno y yo la grababa”, cuenta.
El impulso de Antonia y Andrés viene de una fuerte motivación en cuanto a su propia vivencia, algo que comparten con Lemebel. En su caso, inició su trayectoria en plena dictadura militar. Su obra performática —ya sea en solitario o con Las Yeguas del Apocalipsis —no solo fue provocadora, sino que emergió en un contexto de censura, represión y miedo.
Cada una de sus «acciones artísticas» —como él mismo las llamaba— desafiaban abiertamente la moral conservadora y la dictadura militar. Y a la vez, interpelaba a toda una cultura política que pretendía restaurar la democracia sin incomodidades. En 1989, durante un acto en el Teatro Cariola —que tuvo por objeto la presentación de las futuras políticas culturales del gobierno de Patricio Aylwin— Pedro Lemebel y Francisco Casas intervinieron el teatro. Posterior a esa acción, los medios la describieron “Los intelectuales de la Democracia quedaron atónitos cuando ellas subieron al escenario”. Las Yeguas con sus tacos y abrigos se apoderaron de la escena y mostraron la consigna ‘Homosexuales por el cambio’”.
Aunque la irrupción de la ceremonia fue uno de los momentos más importantes de Las Yeguas del Apocalipsis, Lemebel no se detuvo ahí. Tras la disolución del dúo a mediados de los noventa, continuó desarrollando sus performances en solitario. Su cuerpo fue eje de sus performances: con tacones, plumas, travestido o, incluso, desnudo. Las hizo en universidades, auditorios y espacios públicos. Su sola presencia quebraba la solemnidad del espacio.
Sus performances individuales mezclaban las palabras, los gestos, el cuerpo y la historia. Eran lecturas que no solo se oían, se veían. Lemebel caminaba, y hasta lo hacía por el fuego. Lanzaba preguntas incómodas, hablaba del SIDA, de la pobreza, de la infancia reprimida, de la dictadura y de la democracia excluyente. No necesitaba escenografía ni luces teatrales: bastaba con su cuerpo.
Lemebel y proceso creativo
En la majestuosidad clásica del Palacio del Museo de Bellas Artes, de Santiago, Samuel Quiroga, recuerda que, a principios de los 2000, conoció a Pedro Lemebel. Fue una de sus primeras experiencias profesionales en el área de mediación del museo. Luego, le tocó muchas veces atender a Lemebel en un ambiente más íntimo, fuera del ojo popular.
Para él, Lemebel era una persona muy “amorosa”, aunque en contextos sociales esto era totalmente diferente. Según relata Samuel, la figura performativa de Pedro Lemebel emergía mostrándose feroz y empoderada, encarnando en su propia persona una suerte de propuesta artística viviente altamente performativa y que daba cuenta del compromiso inherente que Lemebel tenía con su propuesta artística.
Aunque Pedro Mardones y Pedro Lemebel eran físicamente la misma persona, entre ambos existía un verdadero cara y sello. Su círculo más cercano ha insistido en la necesidad de distinguirlos: conocían la desmesura y el impulso transgresor de Lemebel, tan distintos de la afectuosidad y la profunda soledad que marcaban a Mardones.
Gestos de cariño y una lealtad incondicional hacia su círculo cercano son aspectos menos conocidos, pero fundamentales al momento de diferenciar a Lemebel de Mardones, según relató el periodista Óscar Contardo en una entrevista con la revista Mundo Diners. Contardo también destacó las múltiples contradicciones del autor, de las cuales era plenamente consciente. En ese mismo sentido, recordó un gesto especialmente afectuoso hacia su persona: Lemebel le regaló una imagen de su performance Las dos Fridas.
Para el licenciado en Historia, Pablo Cayuqueo, “su vida entera era una performance”. Desde esa perspectiva, Cayuqueo sostiene: “Innegablemente es un artista, porque es un productor de belleza (…) ¿Quién puede negar que sus performances, con todo lo terribles que son, no existe belleza?”.
Esa mezcla de desmesura, teatralidad y lirismo también impactó profundamente a quienes lo conocieron en la intimidad. Jaime Lepé, amigo muy cercano de Pedro Lemebel, recuerda su primer encuentro. Tenía solo catorce años y era otoño del año 1973. Como cada tarde, sacaba a pasear a su gato siamés por la Plaza de la UNCTAD, espacio que hoy alberga el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), en el barrio Lastarria.
De aquel primer encuentro, Jaime Lepé recuerda haberse impresionado con la figura de Pedro Lemebel, quien irrumpió en la plaza con una presencia que no pasó desapercibida. “Llega un personaje flaquísimo, alto, como Fido Dido, con unas cejas de travesti trasnochado, como estrella del cine mudo”, relata recordando con asombro aquel momento. Ahí fue cuando Lemebel se dirigió a una amiga con quien se encontraba Jaime y le hizo un comentario típico de su humor ácido que aún conserva en la memoria: “¿Y esta? Sale a putear con el gatito”, indicó Lemebel.
En 2015, The Clinic publicó una entrevista de Jaime Lepé, la cual es una de las pocas declaraciones públicas que Lepé ha dado a la prensa. En ella definió a Lemebel como una “diva punky”, a la que “no le importaba ni una huevada” y que se daba “el lujo de ser todo lo mala onda que quería ser”. En la misma, Lepé también señaló haber sido cercano a Pedro Mardones, a quien describió como alguien completamente distinto a Lemebel, evidenciando así la dualidad identitaria que caracterizaba al artista.
La forma en que Pedro Lemebel ponía en escena lo que muchos interpretaban como una “propuesta artística performática” —que parecía fundirse con su propio estilo de vida— podría entenderse también como una construcción selectiva dirigida a determinados espectadores o audiencias. El periodista Pedro Bahamondes asegura que más allá de ser un “estilo de vida”, esto tiene que ver con la “figuración pública” que Lemebel había generado con todas las acciones artísticas que llevaba sobre su cuerpo. Esto surge en un momento muy determinante en la vida de Lemebel, “cuando Pedro Mardones adopta Lemebel como su apellido, este homenaje a la madre y todo, asume el performer como figuración pública”, comenta.
Este ejercicio de figuración pública también es reconocible en el artista Víctor Hugo Pérez Peñaloza, conocido como “Hija de Perra”, quien en palabras del periodista “nunca más dejó ver qué había detrás de Hija de Perra, o sea, fue mucho más radical el gesto”.
Desde ahí, este cuerpo acompañó a Lemebel en diferentes escenas que fueron paulatinamente conformando el corpus de su obra, el cual finalmente logró situarlo dentro de la escena artística chilena en dictadura y postdictadura.
En abril de este año, Francisco Casas —la otra Yegua del Apocalipsis— fue entrevistado por La Tercera. En la conversación, Casas afirmó haber sido amigo de Pedro Mardones, no de Pedro Lemebel, marcando una clara distinción entre ambas identidades. Sin duda, aún persiste un dejo de misterio en torno a la dualidad poco explorada de Lemebel. Tal vez fue su carácter transgresor y vanguardista lo que ha contribuido a eclipsar la posibilidad de humanizar su figura. Enaltecer al personaje público resulta más sencillo que indagar en una faceta más íntima, de la cual solo se tiene registro a través de los testimonios de su círculo cercano.
Pedro hoy y mañana
En la presentación del libro Tú voz existe: Vida de Pedro Lemebel, de Jovana Skármeta y Marcelo Simonetti, en la terraza del bar Liguria en el barrio Lastarria, en Santiago, había más de 100 personas. Fue tal la importancia del lanzamiento que incluso llegó el Presidente de la República, Gabriel Boric, acompañado por su pareja, Paula Carrasco.
Eventos como este, que reúnen a artistas, académicos, seguidores y diversas figuras del mundo cultural y político, reflejan la vigencia y el poder de convocatoria que Pedro Lemebel aún ejerce en la escena artística chilena.
En los últimos años han salido a circulación varias biografías póstumas sobre Pedro Lemebel, disponibles en librerías de todo el país. Entre ellas destacan Loca fuerte, de Óscar Contardo; Lemebel sin Lemebel, de Juan Pablo Sutherland; y Las viudas odiosas de Lemebel, de Víctor Hugo Robles, todos amigos cercanos de Lemebel.
A pesar de que estas publicaciones contemporáneas se encuentran disponibles en las librerías nacionales, esta presencia editorial contrasta de manera significativa con la limitada disponibilidad de la obra literaria y artística del propio Lemebel. Durante años sus libros estuvieron prácticamente ausentes de las estanterías debido a un conflicto entre los herederos, que recién a principios de agosto de 2025 se resolvió, permitiendo al Grupo Planeta volver a publicar sus obras.
“Cuando una familia hereda los derechos de obra de un escritor y estos no entienden cómo administrarlos, es muy difícil que, su obra vuelva a circular (…) esto cierra incluso la posibilidad de que su obra performática o su obra visual se logre difundir en el futuro”, dice el periodista cultural Pedro Bahamondes.
Actualmente, en Chile circulan 173 libros de Pedro Lemebel dentro de la red de bibliotecas públicas a nivel nacional, según datos entregados por el Servicio Nacional del Patrimonio Cultural a través de una solicitud de transparencia para este reportaje. Las regiones Metropolitana y de Valparaíso concentran la mayor cantidad de ejemplares disponibles, con 43 y 22 libros respectivamente.
Se suma que en 2025, el año en que se conmemora una década desde la muerte de Lemebel, las solicitudes de préstamos de sus libros en el sistema de bibliotecas públicas aumentaron en un 58% en comparación al año anterior. Esta cifra refuerza el interés que existe en el legado que Pedro Lemebel ha construido en la sociedad chilena, tanto por su literatura como por su arte.
A pesar de que desde el mundo de la cultura en Chile, algunas voces consideran que la figura de Pedro Lemebel no ha recibido el reconocimiento que merece por su aporte a la literatura, esta situación se vuelve aún más evidente en el caso de su propuesta artística performática. Aún hay deudas pendientes: premios que no llegaron a tiempo, libros difíciles de encontrar, políticas culturales que siguen postergando lo disidente. Pero también hay señales de que su fuego no se ha apagado.
“Recién el próximo año se hará una retrospectiva, Las Yeguas del Apocalipsis en el Museo de Bellas Artes en Chile. Tuvo que pasar por el Reina Sofía, por el MoMA, por el Bienal de Arte, por el Museo Arte Latinoaméricano en Buenos Aires y llegamos tarde. Yo creo que siempre llegamos tarde con los grandes éxitos”, reflexiona Joanna Reposi.
El reconocimiento al trabajo de Las Yeguas del Apocalipsis llega casi cuatro décadas después de su primera acción documentada en su sitio web oficial: una provocadora intervención en la ceremonia del Premio Pablo Neruda, en 1988, donde ofrecieron al poeta Raúl Zurita una corona de espinas como crítica al componente religioso de su obra. “No pienso ponérmela”, respondió el galardonado poeta, según declaró el diario La Época ese mismo año.
En relación a la retrospectiva anunciada para 2026 de Las Yeguas del Apocalipsis en el Museo de Bellas Artes, Pedro Bahamondes señala: “En las artes visuales ese reconocimiento va a llegar con la muestra de Bellas Artes: ese es el reconocimiento. El Museo de Bellas Artes es la Pinacoteca Nacional de Chile, ellos guardan el acervo de arte público más importante”.
Aunque tardío, este reconocimiento representa una valoración a la trayectoria artística de Pedro Lemebel y Francisco Casas en la escena del arte performance en Chile. Se trata de una reivindicación de su propuesta que, por sobre todo, marcó un precedente fundamental para el arte contemporáneo del país.
Sin embargo, a pesar de su importancia, la visibilidad institucional de su obra ha sido relativamente limitada. Desde 2015 a la fecha, solo 11 proyectos relacionados con la figura y obra de Pedro Lemebel han sido seleccionados por el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes (FONDART), según cifras entregadas por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio vía solicitud de transparencia. Entre ellos destacan la producción de la película Tengo miedo torero, la itinerancia por festivales europeos del documental Lemebel, y diversas publicaciones que abordan su legado artístico y literario.
Con la intención de saldar una deuda histórica con la comunidad LGBTIQA+, desde la SEREMI de las Culturas, las Artes y el Patrimonio se anunció la creación del Premio Regional a la Trayectoria en las Culturas y las Artes LGBTIQA+. La iniciativa, inédita en el país, busca reconocer el aporte de artistas disidentes en distintas disciplinas. “Por primera vez vamos a tener, dentro de la historia de Chile, un premio respecto de la temática LGBT”, destacó Cristián Cerón, Seremi de Cultura.
Si bien las bases aún están en elaboración, no se descarta que la performance sea considerada entre las posibles disciplinas a reconocer. “Existen premios en otras áreas artísticas, pero en el caso de la performance, al no estar en una categoría determinada, podrían existir chances de que el premio pueda ir en esa línea, siendo esto finalmente determinado por un jurado”, explicó Cerón.
De manera similar, a pesar de que Pedro Lemebel es un fenómeno literario en Chile y Latinoamérica, reconocido en diferentes medios internacionales como el New Yorker en 2015 o The Guardian en enero de este año, su literatura llega en la etapa adulta a sus lectores. Según datos del Ministerio de Educación (MINEDUC), solamente en la asignatura de Lengua y Literatura se sugiere la visita de la obra De Perlas y Cicatrices de Pedro Lemebel, incluida como lectura complementaria para tercero medio. Lo cual deja claro que sus textos no figuran como lecturas sugeridas en los niveles educativos anteriores, permaneciendo ausentes del currículo nacional de educación.
El año 2014 existió una fuerte campaña para que Lemebel fuera el próximo Premio Nacional de Literatura. La editorial Planeta y la Librería Metales Pesados fueron los principales patrocinadores de la campaña, que incluso, contó con firmas de la ciudadanía, que se reunieron en la misma librería de José Miguel de la Barra. Lo cual, a la fecha, sigue siendo una deuda vigente.
En ese aspecto, Pedro Bahamondes añade: “Desde la literatura, merece un homenaje grande que yo creo que tiene que ver con el Premio Nacional de Literatura póstumo que se prometió y no se le dio en su momento”.
El 21 de noviembre de este año, Pedro Lemebel habría cumplido 73 años. Imaginar qué estaría haciendo hoy es un ejercicio tan fascinante como imposible: su naturaleza impredecible, siempre desbordando los márgenes de lo esperable, escapa a cualquier predicción. Sin embargo, Pedro Bahamondes se aventura con una hipótesis: “Hoy día seguramente Las Yeguas estarían boicoteando el GAM”. Puede que tenga razón. Pero quizás, como tantas veces con Lemebel, la respuesta no está —ni estará— nunca del todo clara.
«En los planes de Pedro no estaba morir», confesó Jaime Lepé, uno de sus amigos más cercanos, apenas seis días después del fallecimiento de Pedro Lemebel en la prensa. Esa frase resume el sentir que ha marcado la última década: la ausencia de Pedro Lemebel aún pesa en las calles y las librerías. Sin embargo, pareciera ser que su legado revive a través de las nuevas generaciones de artistas que se toman el espacio público y desafían el statu quo, usando el cuerpo como herramienta de denuncia y creación.
Y de cierta manera no ha muerto. Lemebel sigue aquí: en las calles que protestan, en las banderas que flamean y en los cuerpos que desafían la norma. Pedro no se ha ido, sino que se ha multiplicado en todos quienes lo leen, lo escuchan y lo ven.
Aún existe la posibilidad —y la responsabilidad— de que quienes hoy dirigen el país impulsen un homenaje o reconocimiento oficial que esté a la altura del legado de Pedro Lemebel. Porque su obra, inmensa y filosa, dejó una huella imborrable en la escena artística y cultural chilena. Ya que la ausencia de Pedro es tan profunda que duele, y en esa herida se asienta una certeza: Lemebel es, sin discusión, una figura esencial para el pueblo de Chile.
*Este reportaje es parte de la tesis de sus autores, desarrollada en el marco de Seminario de título en Periodismo Usach, a cargo de la periodista y docente Amanda Marton. La edición final, para Revista Abismo, estuvo a cargo de la periodista Natalia Figueroa.
ILUSTRACIÓN DE PATO VERA.





