La indomable imaginación de Jorge Gallardo

“Anoche, sentí como si me estuviera mirando desde los cielos. La aurora boreal se desplegaba en Minnesota: velos fucsia, turquesa y verde lima, reluciendo como las sedas de uno de sus trajes. La aurora boreal danzaba con la misma elegancia y sorpresa que marcó la obra de su vida: fugaz, radiante, inolvidable… mágica”, Gregory T. Wilkins.

Se podría describir la vida de Jorge Gallardo como se lee en las palabras de Wilkins. Como si una acuarela de colores traslucida lo hubiera rodeado a cada instante, marcando con luz la intensidad de los diversos tonos que se observan en el escenario. El movimiento, la liviandad, la pasión y la seducción de la tela sobre la tela con la luz, formando colores traslucidos, vívidos, sonrientes, exagerados, intensos… pero siempre con la sencillez de una vida que pasó de la incertidumbre al éxito.

“Era un personaje mítico, fantástico, hechicero, muy sensual, de sonrisa fácil, con una mirada intensa. La mayoría caía hechizado/a”, explica Daniel Palma sobre Gallardo, fallecido en noviembre de 2025. “Cuando lo conocí, junto a su pareja, un bailarín uruguayo, me parecieron hermosos, me enamoré inmediatamente, eran de otro mundo”, señala Cristian Contreras. Y es que sí, era inevitable, por su forma de hablar, la atención que prestaba a quien conversaba con él, las exageraciones constantes sobre aquello que le apasionaba, cuando decía: “No, es que esto es lo mejor, de lo mejor, de lo mejor”; o sentaba a sus amigos a escuchar bossa nova bajo la frase: “vas a escuchar esta canción, es que… te vas a morir, es que te mueres lo que es”; o cuando hacía invitaciones a Versalles, como si quedara a la vuelta de la esquina, pero claro, ¿quién no quiere ir al estreno del ballet Biarritz en el teatro de María Antonieta? Algo que suena absolutamente irreal para el mundo latinoamericano, pero que era posible junto a Jorge Gallardo, quien se convirtió en una importante figura en el mundo del diseño de vestuario y escenografía para danza, luego de un singular camino de vida.

©Olivier Houeix

Estudió tres años arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso y luego completó Licenciatura en Arte en la Universidad de Chile. Al egresar, partió a Francia junto a la bailarina norteamericana Nancy Raffa, su pareja en ese entonces, iniciando así una carrera que lo llevaría desde Francia a Estados Unidos (Nueva York y Miami), y luego de regreso a Chile. 

En Francia, Gallardo conoció a Thierry Malandain, director y coreógrafo del Ballet Nacional de Biarritz, con quien entabló una amistad eterna que se traduce en las diversas creaciones que realizaron juntos. El primer proyecto que realizó con Malandain fue “El amor brujo”, de Manuel de Falla. En este momento ambos creadores compartían trayectorias incipientes. Y el trabajo de Jorge logró llamar la atención de Ulysses Dove, el gran coreógrafo del momento en Estados Unidos y Europa, con quien desarrolló obras impresionantes en el mundo entero. Y mientras su carrera escalaba, la de Malandain iba en la misma dirección lo que les permitió colaborar como pares durante toda su vida. 

Entre ellos, aparece uno de sus grandes amigos, Ray Sullivan, con quien se conoció en un café viviendo en Miami, conversando sobre proyectos que hasta hoy no cesan. Porque en sus manos queda una de las últimas creaciones de Jorge, que fueron dialogando mientras estaba enfermo. Una desafiante trilogía que Sullivan ríe al recordar, porque en sus diálogos internos las conversaciones sobre lo que realizará con Jorge siguen fluyendo, como si aún pudieran juntarse a almorzar en alguna de las escalas de sus viajes entre Francia y Chile; o como si pudiera cruzar nada más que la cordillera para ver sus bocetos. 

Hay personas que cuando se van, siguen vivas en nuestro consciente, en nuestra piel. Así sentimos aún a Jorge, quienes tuvimos el placer de compartir ideas con él. “El último mensaje que le envié, fue que estaba en un estreno de ballet y le dije que no podía dejar de pensar en nuestra obra”, recuerda Sullivan.

La conversación como fuente creativa

Son las 3.58 de la tarde y estoy llegando al café donde quedé con Jorge. Faltan dos minutos para que escuche una idea que conversamos furtivamente en el cumpleaños de su querida sobrina Claudia. La idea le había interesado, pero quería conversar porque había visto ideas similares. Sin buscar más allá que en sus recuerdos menciona un par de obras que se asemejan a la propuesta; luego habla cabaret en barrios rojos de Holanda (desde el presente siento que debí grabar cada frase de las que dijo en esa conversación y retratar cada boceto que trazó en un par de minutos). Comprendía el placer de la sensualidad, de la provocación, de la crítica y lo compartía, se fijaba en detalles, en movimientos y confiaba en la libertad de la creación. 

“En Europa me quitan los proyectos de las manos”, señaló, sin ánimos de jactarse, sino riendo de esta inevitable realidad, con la intención de explicar cómo había llegado tan lejos. Encargos desde el ballet Biarritz eran su cotidiano. Con cientos de producciones a su cargo, el talento de Jorge Gallardo desbordaba originalidad, fidelidad a la obra y elegancia en todo aspecto. 

“Recuerdo una conversación con él sobre una obra de tango. Yo no quería el vestuario clásico; quería incorporar lo cotidiano, como a la señora que veía cada día lavando un vestido en un balde. Días después, Jorge me dijo: ‘Ya sé qué haremos’ y propuso crear un vestido gigante en escena, inspirado en esa imagen que yo no dejaba de mencionar.” Y el vestuario y escenografía es así, tal cual, bailarines con prendas mínimas, ropa interior de un solo color; la escenografía totalmente desnuda, descubierta. Entonces, cae un vestido gigante que ocupa la altura del escenario, generando un fuerte contrapunto entre la ropa de las/los bailarines y la escenografía. Invitando al recuerdo innegable de la elegancia del tango que ahora, en la propuesta de Sullivan, vemos desnuda. Recordando, que el minimalismo requiere mucha elaboración para funcionar. 

Algo similar a lo que ocurre en el ballet de “La Casa de los Espíritus”, estrenada en el Municipal de Santiago, donde los colores del vestuario fueron la clave para comprender la compleja trama familiar; con una escenografía minimalista en la que se ilumina un árbol enorme, marcando parte importante de la historia, rompiendo la narrativa visual de manera inesperada, sin generar una desarticulación del espacio escénico. Esta mezcla era uno de sus sellos creativos, así como los guiños a lo natural, lo orgánico, la luz de la naturaleza; y los cuerpos: “Le encantaba que se vieran, que no se taparan”, explica Sullivan. 

A Chile, sin embargo, parece haber llegado algo tarde, tanto así que es difícil encontrar información sobre él en internet, aunque esto no quita que haya realizado importantes obras: “Jorge Gallardo tiene 53 años y pareciera tener la experiencia de un octogenario. De su imaginación han salido los montajes más importantes de la escena artística mundial. Sin embargo, tuvo que esperar más de 20 años para brillar en los escenarios nacionales. Esta es la historia del hombre que sólo con música inventa mundos y personajes dándole forma a nuestras más ensoñadas fantasías”, señaló Carlos Loyola en revista ED en 2013. 

El mar, el amor y la amistad

“En algún momento empezó a ir muy seguido a Chile. Y se dio cuenta que necesitaba vivir allá; mantener su carrera internacional, pero quedarse allá”, explica Sullivan. Y en el diálogo señala que quizás era su origen chilote, o bien una extraña conexión que tenía con el mar, del cual siempre hablaba. Así, volvió a Santiago y habitando estas calles, se enamoró nuevamente, en un recorrido por el centro de la ciudad, de Lenny, quien logró compartir con Jorge el amor por el mar de manera constante.

Acá, también se reencontró con su antiguo grupo de amigos. Esos de la juventud tan vivida de los 80 que en plena dictadura sacaban las plumas sin vergüenza y vivían con la precariedad que la juventud tanto motiva. “Nos conocimos en el año 82, en la tienda de una amiga que vendía materiales de arte”, señala Daniel Palma, mientras recuerda sus salidas al Fausto, los café que tomaban en el Mulato Gil y la cantidad de gente que empezó a integrar este grupo, varios bailarines, actores y escenógrafos, entre estos últimos Cristian Contreras, Pablo Núñez, el Chino González, el director teatral Andres Pérez, la poeta Viviana Castillo, Alejandro Rogazi y Claudia Gallardo, una de sus sobrinas, quien lo seguía a todas partes, para nutrirse de tanta inspiración, generosidad y sabiduría. “Jorge cambió muchas vidas, siempre desde su conversación erudita, nos enseñó la belleza y libertad de vivir, de recibir todo lo que el mundo nos entrega a través del arte”, explica Claudia. 

©Olivier Houeix

En esos años de juventud, Jorge pintó quizá una de sus obras más libres, en la terraza Daniel Palma, en un departamento modesto de Santo Domingo con Amunátegui. Allí, preparando su examen de egreso, realizó Eva y Adán: dos telas enormes que parecían contener el germen de su lenguaje posterior. Eva, ligera, curva, azulada, como un ciclón que termina en la punta reconocible de un pie; Adán, sombrío y denso, casi una pared. Esas obras nacieron en días intensos, tanto por la dictadura como por el terremoto de 1985, cuando la ciudad se quebró mientras Jorge seguía mezclando colores en aguadas.


A esta vida les acompañaban las noches de fiesta y bohemia que no pasaron en vano, el amor fue fluyendo y así Jorge conoció a Nancy Raffa. Empezaron a pololear y el romance los llevó a compartir casa con Daniel Palma en una casa muy alta, en la calla Río de Janeiro. “En ese tiempo vivíamos de forma totalmente marginal, muy humilde. Era lo que se podía aspirar en esa época, al salir de la casa de los padres. Vivíamos en comunidad, solo Nancy y yo trabajábamos, entonces si había comer bien; y sino, bien también”, señala Palma mientras recuerda que siempre había muchos cigarros, conversaciones, café e I Ching, “todo se lo preguntamos al I Ching, todo lo que no se podía explicar con claridad a través del conocimiento, se explicaba a través de la magia. La pregunta clásica, sobre si cruzar el gran agua o no cruzar el gran agua, y al final, Jorge sí cruzó el gran agua”.

*FOTO DE PORTADA: TEATRO MUNICIPAL

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