Juan Pablo Meneses, periodista: “El fútbol cambió de era”

Desde el fútbol del barrio y las historias que se cuentan como entre amigos, Roberto Meléndez, creador de Barrio Bravo, conversa con Juan Pablo Meneses, cronista y autor que ha explorado el deporte en libros como Niños futbolistas. En torno a Postfútbol, ambos cruzan miradas sobre un mismo fenómeno: el paso de la pasión a la lógica del mercado.

«El fútbol ha muerto», sentencia Juan Pablo Meneses en una de las primeras páginas de su último libro, Postfútbol (Planeta, 2026), cuyo título emerge no solo como un concepto que profundiza la sentencia citada, sino también recorre con habilidad, y cierto sentido de abandono, la nostalgia del autor.  

Meneses no es primera vez que se viste de corto y sale a la cancha a través de sus crónicas y ensayos. El fútbol es un socio innato de su instinto como escritor. Niños futbolistas, su celebrada crónica sobre el temprano negocio del fútbol, publicada el año 2013, es probablemente la precuela, el anuncio de lo que podemos leer en esta obra. Porque como dirá en esta entrevista, su vínculo con el fútbol no tiene un punto de origen ni un inicio claro; reviste una permanencia de identidad; identidad que hoy no da pases con lo que asegura es un nuevo escenario. Y es este contexto el que es explorado por Meneses; donde compara sus recuerdos como hincha y periodista, con una industria presente que se ha expandido, y un juego de pelota que ha mutado, o en sus palabras: ha muerto.  

–¿Cuándo murió el fútbol para Juan Pablo Meneses?  

-No hay un punto que yo pudiera decir desde acá para atrás es fútbol y desde acá para adelante es postfútbol. Ha sido un proceso. Un proceso que se ha visto acelerado día a día en los últimos quince, veinte años, y ultra acelerado en los últimos cinco a seis años, hasta hoy cuando ya puedo decir, con seguridad, que vivimos en la era del postfútbol.  

-¿A qué te refieres, concretamente, cuando hablas de Postfútbol?  

-En el libro hago un largo recorrido por distintos caminos que justifican el concepto, pero por ejemplo, cuando trabajaba para Niños futbolistas, entrevisté a muchos jóvenes, y todavía existía algo de ilusión con el hecho de ser un jugador de fútbol; hace algunos meses, hablando con una joven promesa, al yo preguntarle por su sueño en el fútbol, este no me contestó que su sueño era obtener  alguna gloria deportiva, hacer un gol de último minuto con la camiseta de sus amores en un clásico, jugar un mundial. No, él me contestó acerca de un contrato, un auto, y ojalá ser famoso.   

–¿Pasamos de la ingenuidad del sueño, a un pensamiento materialista? 

-Sí, es uno de los tantos ejemplos del cambio de paradigma entre una era y otra. Nunca olvidaré, estando en Barcelona, escuchar a un muchacho, no sé, de once o doce años, hablar con su padre sobre el reciente fichaje de Neymar. Y en vez de sentir euforia o desconfianza, de decirle «ahora vamos a ganarlo todo» o «no era el jugador que necesitaba el equipo», lejos de eso, bien serio, se refirió sobre el monto de la transacción y de si luego podrían venderlo todavía más caro.  

–Algo que terminaría ocurriendo… 

-Jajaja, exacto. PSG gastó no sé cuánta plata en el fichaje. Pero eso fue lo que me impactó: que su primera preocupación fuera esa y no la de cuántos goles, pases gol, o bonitas jugadas podría hacer Neymar para su equipo. No. Al muchacho le importaba si Neymar sería un buen negocio.  

–¿Y cómo era el niño Juan Pablo Meneses y su relación con el fútbol? ¿Hubo algún hito que lo provocara?  

-Hito no hubo, solo sé que siempre estuvo. Creo que eso viene casi con la genética latinoamericana. Es parte de la vivencia en el barrio. De lo que te incorpora tu familia. Desde que recuerdo tuve una pelota cerca. Fue por lejos el pasatiempo, el juego favorito de mi infancia. Pasaba en la calle peloteando. Eso nos unía a todos. Te conectaba con tu gente, con los vecinos, con la época. Y luego vino el momento de hacerme hincha. Era hincha de todo lo que tenía que ver con el fútbol: los partidos en los que jugaba mi papá en la liga amateur, el coleccionar y leer revistas, escuchar los programas de radio, prender la tele para ver los goles en las noticias, ir al estadio y oler el maní tostado, cantar las canciones de la barra, mirar el partido. Lo vivía a concho.  

–¿Y a quién ibas a ver? 

-A la U, por supuesto. No nos iba muy bien, pero siempre fiel.  

–¿Y ahora? 

-No, me he vuelto más flojo para ir al estadio. Trato, pero ya no es como antes. La violencia, las entradas caras. Me fui alejando. A veces voy, pero ya no me parece lo mismo. Sigo más partidos por televisión. Algunos.  

–Uno podría preguntarse si no es solo una manera de reconocer que, cuando se está más grande, las personas vamos perdiendo la pasión y el interés por el fútbol. Que quizá solo se trate de una nostalgia. Me pasa en el chat de amigos: no siempre estamos enganchados con lo que está ocurriendo. Y en tu libro, si bien es agudo, analítico, y con una premisa importante y definitiva (Postfútbol), también lo desarrollas con efusividad a partir de tus experiencias y anécdotas.  

-En algún momento lo pensé. Seguramente tiene un poco. Obvio que extraño mi fútbol analógico, sin VAR, sin redes. Además, en el libro quiero dejar en claro que no es un texto antifútbol. Detesto a quienes piensan que son solo 22 tipos corriendo detrás de una pelota. Esa hueá es falta de calle. Pero el análisis es objetivo: cualquiera de 20 años ve que los goles ya no se celebran igual, el jugador corre a la cámara, no al público, o que los fichajes emocionan más que los títulos, o que el algoritmo decide qué vas a ver. No es solo que yo me hice viejo; es que el fútbol cambió de era. Y el postfútbol explica mejor el mundo nuevo que el fútbol viejo. Por eso lo escribí: para entenderlo, no para llorarlo. 

–¿Y queda algo del viejo fútbol?  

-Queda todos los fines de semana en las pichangas de barrio. En esos jugadores que no necesitan un pago para salir a divertirse, juntarse con amigos, o competir por el espíritu deportivo de la competencia. Ahí todavía queda fútbol. Queda cuando veo a un padre jugando con sus hijos en una plaza. Cuando los cabrochicos vuelan de la sala de clases al recreo a patear una pelota o lo que sea. ¡Ahí todavía hay fútbol! 

-Da la impresión de que el postfútbol es la distorsión que la industria profesional ejerce sobre el fútbol.  

-Sí. Pero el fútbol profesional es solo el espejo de lo que pasa en el mundo a través de los distintos cambios culturales, sociales, tecnológicos. Estamos en una sociedad más individual y de relato individual. Y lo vemos en la cancha. Cada uno intenta sobresalir a partir de sus peinados, de sus modos de celebración, o incluso con la pareja de turno que tienen, e incluso su manera de llamar la atención en las redes sociales. La carrera de un jugador es mucho más atractiva para los medios, y también para los hinchas, quienes se terminan proyectando en el comportamiento de un jugador en particular.   

-¿Qué personajes del fútbol representan para ti el surgimiento más expresivo del postfútbol? 

-Me resulta muy curioso el caso de Messi, porque fue una verdadera construcción: lo buscan de muy joven, lo llevan a vivir fuera de su ciudad, fuera de su país, le dan trabajo a su padre, casa a su familia, y le implementan todo un plan nutricional, médico, científico para hacerlo crecer y que su talento pueda rendir en el fútbol actual. Es un caso de absoluta ingeniería científica. Y un embrión del postfútbol. Una revolución. 

En el plano local, Arturo Vidal. Él desde muy joven determinó su corte de pelo como un elemento referencial, lo desarrolló como su marca. Cuando se discute sobre el mejor jugador de la historia del fútbol chileno, yo diría que Arturo es el mejor jugador de la historia del postfúbol chileno.  

-Me quedé pensando en cómo algunas veces, quienes nos sentimos hinchas acérrimos, estamos perdiendo el interés sobre esto que llamas postfútbol. ¿Hay también una especie de intoxicación? Muchos partidos, muchas copas, nunca un descanso.  

-Así es. En el fútbol teníamos una rutina de espera. Aguardábamos con expectación cuando nuestro equipo jugaba o cuando sabíamos que venía un partido especial que ningún futbolero, y también los no tanto, querría perderse. Hoy el postfútbol no tiene paciencia. Se alimenta de lo inmediato.  

-Está surgiendo un nuevo hincha.  

-Sí, un hincha compulsivo que agrega una apuesta para otorgarle más emoción al juego. No es como la vieja Polla Gol en que había una lista de 15 partidos con una posibilidad escasa de achuntarle a todo. Hoy puedes jugar partido a partido. Y la emoción de que tu equipo gane y encima ganes dinero es totalmente insuperable para un muchacho en la actualidad. Lo veo con claridad en mis alumnos de la universidad.  Y lo veo también en los estadios: la mayoría es gente de treinta años para arriba. Antes, la mayoría del público era menor a esa edad. La comodidad de ver la repetición de un gol o una jugada en tu casa, con el teléfono apostando, dando like a una publicación, comentando en una chat o en redes sociales en línea, han abierto el espacio para un nuevo hincha, menos cautivado por los 90 minutos, más preferente a la distracción y encaminado a los resúmenes de tiktok.  

–Y a las estadísticas.  

-Postfútbol total. Hoy son las estadísticas las que determinan una contratación, no necesariamente su desempeño en la cancha. Las métricas definen más que lo que cualquiera con algo de fútbol en el cuerpo pueda observar. Es el cambio de inteligencia. Es la inteligencia artificial operando.  

–En el libro señalas que el fútbol ha cambiado por distintos motivos. Uno de ellos, dices, es el periodismo.  

-Sí. Hoy no vemos la noticia ni el análisis como el elemento central en que los periodistas comunican el fútbol. Hemos pasado de informar y reflexionar acerca de un juego, a periodistas protagonistas, capturados por la fama y la necesidad de atención. Periodistas que quieren ser ellos la noticia, ya sea por comentarios populares, polémicas que los mantengan vigentes, conversaciones en doble sentido, o estrellas de su propio streaming. Como gran hueá te muestran un perro que entró a la cancha y hacen sociología barata durante media hora.  

–Tu tesis es que el postfútbol es la representación de todos los cambios relevantes que ha experimentado el mundo. Hablas de los cambios en la economía, el narco, la inteligencia, la moda, la religión, el territorio, etc. ¿Y el porno?  

-Bueno, sí, el consumo adictivo de lo inmediato, de lo inesperado, del show, para mí es una extensión pornográfica del fútbol. Y se está extendiendo. Por un lado tenemos la fascinación por los cuerpos, las posturas, como hace Cristiano Ronaldo. La fascinación por el modelo perfecto. Y dentro de lo perfecto, también está el no agotar demasiado al cliente, así que le damos capsulas de algunos minutos para que vean solo lo mejor de un partido. Y también lo que hacen Piqué, Ibai y sus amigos, con eso llamado Kings League, porque es darle pirotécnica y mero entretenimiento a la gente, usando al fútbol como base y excusa. Es pornografía futbolera. Ahí no hay amor por un deporte ni por un juego, es simplemente satisfacer lo más rápido posible con trucos, gritos y gemidos. Generar una emoción por el simple motivo de una reproducción. Es saber qué darle a la mente distraída del usuario.  

–¿El mundial de 2026 será el primero en la era del postfútbol?  

No, como dije, esto no se marca con un origen puntual, pero sí será el mundial de la consolidación del postfúbol. Entradas imposibles para el hincha común, geografía fragmentada solo para ampliar el abanico del negocio, horarios regulados a dedo, experiencia pensada 100% en lo digital. Incluso en la mitad de los primeros tiempos habrá una pausa para darle más presencia a los patrocinadores. Es el triunfo inevitable del capital.  

–Para ir finalizando, me llamó la atención que este libro se lo dediques a tu padre.  

-Es que haciendo este libro descubrí que soy hijo de un futbolista. Mi padre lo era. Aunque no jugaba por dinero. Pero su pasión siempre fue el fútbol. Levantarse a las 8 de la mañana todos los domingos, ponerse las medias, las canilleras, frotarse el calorub en una de sus piernas, o en ambas, y salir a la cancha con todas las ganas, para juntarse con veinte tipos como él. Y al salir a la cancha se daban una arenga, y si ganaban el almuerzo era una fiesta, y si perdían no tanto, y si lo expulsaban era un drama.  

-Es decir, cuando murió el fútbol, nació el hijo de uno.  

-Se lo dediqué con mucho cariño.   

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