Bailes típicos indígenas hacen una procesión a la imagen del santo patrono de San Pedro de Atacama con trajes de suris, ceremonias andinas, challa y agua bendita. ¿Y si es lo indígena lo que ha cooptado la imaginería católica? Aquí los curas y las monjas se arrodillan ante un volcán y besan hojas de coca.
La mesa ceremonial está lista en el suelo de tierra del patio de la iglesia de San Pedro de Atacama. Dos jarras de greda, un botellón de vino, aloja (fermentado artesanal de vainas de algarrobos del desierto), harina tostada, hojas de coca sobre la lliclla.
Cuando se anuncia el amanecer del 29 de junio, Rubén Reyes, maestro de ceremonia lickanantay, pone un puñado de hierba coba sobre la brasas y se arrodilla mirando el volcán entre el humo blanco de los abuelos. Luego de hacer las ofrendas a la tierra y a los ancestros, se para y llama al cura Néstor Veneros. El sacerdote, que lleva un poncho y una chuspa colgando al cuello, se arrodilla en la mesa ceremonial, toma un puñado de coca y lo alza hacia el volcán. Sigue, prolijo, al pie de la letra, la ceremonia andina, usando la mano derecha y la izquierda cuando corresponde. Entrega sus ofrendas, toma un sorbo de vino y dice al viento “que sea en buenahora”. Agradece a Dios y a la Patta Hoiri, espiritualidad de la tierra en ckunsa (lengua lickanantay). El día anterior, también inició en ckunsa la misa de víspera de San Pedro.

Después del cura pasan otras personas del pueblo. Entre ellas está la monja superiora, que llama con un gesto a la monja más joven y se arrodillan juntas en la mesa. Da la impresión de que la inicia en espiritualidad andina.
Una vez terminada la ronda, el maestro de ceremonia toma las ofrendas y las despacha en la tierra de la iglesia. En la puerta de entrada del templo, el cántaro de greda de agua bendita adosado a la pared queda lleno de hojas de coca.

San Pedro de Atacama es una comuna compuesta por más de 10 ayllus o comunidades lickanantay (más conocido como atacameños), pueblo indígena que habita el desierto de Atacama hace cerca de 12 mil años. Además, vive gente quechua, colla y aymara, de Bolivia, Perú y el norte de Argentina. Según datos del Ministerio de Desarrollo Social de 2025, casi el 60% de la población de la comuna es indígena.
El pueblo lickanantay generó relaciones de intercambio con la cultura Tiwanaku y con los Incas. Ha sido siempre un sitio de encuentro andino transfronterizo. Pero la llegada de los conquistadores españoles fue diferente. Invadieron el territorio, despojando a las personas de sus tierras y animales. Comenzó la persecución de la cultura indígena, se prohibió hablar ckunsa y se cortaron las lenguas a quienes sorprendieron haciéndolo. Mataron, violaron. Y se impuso la religión católica, que predomina en el territorio hasta el día de hoy.
El resultado ha sido un sincretismo cultural, un megamix, un popurrí lleno de imaginería santa que esconde la permanencia de las fuerzas milenarias. Esto se puede ver especialmente durante el 28 y 29 de junio, cuando se celebra la fiesta del santo patrono del pueblo. Se bautizó como San Pedro de Atacama, una mezcla entre el patrono traído por los españoles y una palabra que, se cree, derivó posiblemente de accatcha (cabecera del país, en ckunsa), «p’atacama» (reunión de gente, en quechua) o hachhakama (monte poblado de árboles, en quechua). Hasta el día de hoy, la ceremonia andina es parte de la celebración de San Pedro.

Este año, un hombre con su vestimenta tradicional de llamero abre la entrada de los bailes tradicionales andinos a la iglesia de San Pedro el 28 de junio. Está hecha de adobe y cactus cardón, igual que la del ayllu lickanantay de ChiuChiu; la iglesia más antigua de todo Chile.
Jaime Romero, bajo Jesús, rodeado de santos y vírgenes, dice: “Nos trae el compromiso con nuestras raíces, mantener nuestras tradiciones, nuestra esencia en este mundo moderno. Le pedimos a San Pedro que nos siga cuidando, lo mismo a nuestra wak’a ancestral, que nos siga guiando en el camino y nos siga dando fortaleza para resistir. Porque esto es resistencia. No es folklore. Tiene un significado muy profundo”.
Wak’a: lugar sagrado para culturas andinas, en lengua quechua. Es un espacio donde la tierra y su espiritualidad entran en comunicación con el ser humano y reciben lo que se les ofrenda.
En su cintura, Jaime Romero lleva una cría de llama muerta colgando. Es parte de su atuendo del grupo de llameros, que recorre el pueblo con una banda de lakitas -músicos de vientos andinos- y un cuerpo de baile con trajes tradicionales que incluyen lazos y cabezas de llamas.

Uno de los curas presentes pasa salpicando agua bendita entre el cuerpo de baile. “A algunos les quema el agua”, dice uno de los llameros. La multitud estalla en risa. El cura incluido.
Karen Gavia es una de las bailarinas. Lleva tres topos de plata prendidos al pecho, señal de estatus. “Sin duda que nosotros tenemos una dualidad: navegamos entre una religión que fue impuesta, pero también tenemos una visión que viene desde lo más nativo, lo ancestral, desde nuestros antepasados. Sabemos que esto antes de ser un santo era un volcán. Esa wak’a era, pero fue rebautizada con la imagen del santo que hoy estamos venerando”, comenta la educadora tradicional quechua.

“Aquí está la energía. El pututu que toca el llamero se ha usado milenariamente para despertar el espíritu de la wak’a. Lo mismo los cascabeles. Estas wak’as despiertan y reciben las ofrendas o peticiones que quieras dar. Yo vengo a danzarle a la wak’a”, dice.
Además del baile de los llameros, están los bailes de los gitanos, los negros, los catimbanos, el torito y Pedro Pablo. Los últimos cuatro son exclusivamente lickanantay y, aunque no existen detalles históricos, se sabe que se bailan desde antes de la llegada de los españoles. Todos cuentan con un personaje clave: el achache, que significa viejo en ckunsa. Simboliza la figura de quien cuida, protege o lleva sabiduría. Es inevitable reconocerlo: lleva un suri muerto en la espalda. El ñandú que habita el desierto. Cada uno de los suris que los achaches cargan han sido vestidos por muchos achaches de generaciones anteriores y los cuidan con esmero.

Después de pasar por la iglesia, los bailes van a una casa sede en la calle principal del pueblo, en donde hay un gran altar a San Pedro rodeado de velas. La dueña de casa ofrece fanta, vino, empanadas y dulces a quienes entran y también a quienes pasan por la calle. Es un gesto muy propio de la cultura local: el compartir. Cuando se pone el sol, se hace la entrada de cera. El altar a San Pedro que estaba dispuesto la casa sede es alzado y llevado en procesión de velas hacia la iglesia.
Antes de salir, un grupo de achaches decide sacar al ruedo a los sacerdotes presentes y enseñarles a zapatear como achache. Se burlan, les dicen, una y otra vez, que lo hacen mal, que tienen que repetir los pasos con más fuerza y precisión. Un sacerdote dice que le duele la rodilla, lo que solo retrasa el fin de la clase. Los sacerdotes se prestan para el juego con buena voluntad. El juego dura lo que los achaches deciden que dure. El público ríe a carcajadas.
Ya en la iglesia, después de una misa de víspera, se prepara todo para cantarle feliz cumpleaños al santo. Cerca de mil personas se agrupan en el patio, confeti en mano. En una esquina, sobre una mesa, ocho tortas esperan ser devoradas. Una de ellas dice, escrito con crema de colores, “Feliz cumpleaños San Pedro”. Cuando dan las 12, suenan las campanas de la iglesia y se abre la puerta dando paso a la figura del santo. Llueven las challas y los lakitas comienzan a tocar la melodía cumpleañera en zampoñas al tiempo que la gente canta en coro cumpleaños feliz. Se aplaude. Se reparten tortas, sopaipillas, chocolate caliente y no falta quien llevó vino. San Pedro es un cumpleaños.
El suelo de la iglesia amanece regado de vino, challa y coca y, uno a uno, comienzan a llegar de nuevo los bailes para presentarse ante el santo. Es el turno del baile Pedro Pablo. Dos achaches adultos y una aprendiz de 6 años zapatean el piso con fuerza. La niña ejecuta sus pasitos con esmero. En vez de sable de metal, tiene en un mano una espadita de madera. Se arrodilla y la entierra en el piso como señal de respeto al patrono. Uno de los achaches la toma en brazos y la pone cara a cara con el santo. Ella se persigna.
“Nuestros suris tienen más de 50 años”, cuenta Luis Cruz, achache del baile hace casi 20 años, luego de dejar a la niña de regreso en el suelo. Ella dice que, cuando grande, quiere ser achache.
Después de la boda -un almuerzo comunitario en la casa parroquial- comienza la procesión. Como un desfile, la multitud se agrupa en bloques por baile y avanza por un circuito de ocho cuadras junto a la figura de San Pedro hasta volver a la iglesia. En algunas esquinas, personas del pueblo han preparado estaciones en donde reciben a quienes caminan, bailan y cantan en nombre de San Pedro. Una dinámica muy similar a la que se practica durante el carnaval del pueblo lickanantay, en donde hay familias que reciben al carnaval en su deambular por cada ayllu.

En una de las paradas, instalan al santo bajo un arco de hojas de palmera y globos mientras se reparte un gran fondo de chocolate caliente a quien quiera. Dos mujeres esconden queques y caramelos a los pies de San Pedro. Uno de los curas, que sujeta una bolsa llena de challa, tira agua bendita, pide por los ayllus lickanantay, agradece a dios y a la pachamama.
En la noche, Luis Cruz, la niña bailarina y los otros integrantes del baile Pedro Pablo hacen entrega de sus trajes, una ceremonia en la que se sacan sus vestimentas prenda por prenda en un salón de su comunidad en Solor con un coro de padres, hijos, espíritus santos, amén. Los trajes serán guardados y cuidados por el patrono del baile hasta el próximo año.
En el centro del pueblo, cuando finaliza la fiesta, una turista dice: “No entiendo por qué los pueblos indígenas caen en esto”. Hay que preguntarse si acaso esta fiesta no es la cultura andina siendo cooptada por la Iglesia, sino el catolicismo siendo cooptado o dotado por la espiritualidad indígena en un acto de rebeldía, resistencia y perspicacia histórica. ¿Qué nos hace asumir que en esta disputa cultural ganó del todo el colonialismo? El pueblo lickanantay maneja la lengua del desierto. El silencio. Quisieron borrar su cultura, su memoria. Muchas personas no saben de su existencia viva. Pero permanecen. Existen quienes saben interpretar las nubes, siembran lluvia, leen el fuego. Así como existe el agua subterránea, invisible, resistiendo el bombeo de la minería del litio. ¿Y si hicieron de las creencias católicas un disfraz de su propia espiritualidad? Es la imagen del Santo pero la fuerza milenaria del Volcán.
FOTOGRAFÍAS DE DANIELA ESPERANZA, fotógrafa documental y realizadora audiovisual lickanantay, dedicada a preservar y difundir la memoria cultural, patrimonial, indígena y socioambiental del norte de Chile. Fundadora de Suri Films, creadora del Sello de Artesanía Lickanantay y de obras fotográficas como Raíces, Puricamani y Territorio. Es directora de los cortometrajes Aquina, aquí está, 18.10 y Aysaire.






1 comentario en “San Pedro es un Volcán”
Me encanta y suscribo la hipótesis planteada en el reportaje, da vuelta el órden colonialista. Da espacio y fuerza a la cultura milenaria de los pueblos originarios en comunión con su entorno. Que linda descripción dan ganas de visitar y participar en esta fiesta.