Rodrigo Jarpa, psicólogo: “El alcohol nos adormece; las terapias asistidas con psicodélicos nos despiertan” 

El concepto de la flexibilidad psicológica lo obsesionó. Durante la pandemia, el psicólogo Rodrigo Jarpa descubrió que si la rigidez está en la base de la mayoría de los trastornos de salud mental, del dolor y sufrimiento, la flexibilidad psicológica es una habilidad clave para potenciar el bienestar.

“A través de esta profundización en el concepto de flexibilidad psicológica me topé con esto que estaba pasando, que se conoce como el renacimiento psicodélico y, a medida que empecé a ver qué es lo que se estaba haciendo identifiqué que ahí había un componente para potenciar la flexibilidad psicológica de manera muy, muy profunda”, recuerda. 

Ese fue el punto de partida de un camino de ida, sin vuelta atrás. Se inscribió en un curso del Integrative Psychiatry Institute de Estados Unidos, se certificó como proveedor de psicoterapia asistida con psicodélicos y tan pronto publicó en sus redes sociales la fotografía con su diploma, fue invitado a escribir un libro sobre esto. Lo hizo: el resultado es Psicodélicos y mi otro yo: un viaje por la mente y la consciencia (Grijalbo, 2025),  una obra que entrelaza historia, neurociencia y experiencias personales. 

En entrevista con Revista Abismo, Rodrigo Jarpa cuenta sobre su investigación y reflexiona sobre la necesidad de hablar de salud mental. 

–En el libro comentas que cuando hiciste público este trabajo fuiste blanco de muchos cuestionamientos…

–Sí, ya lo había vivido de alguna forma cuando hace varios años decidí ser sexólogo y acá en Chile era muy raro. Ahora sexólogo y metido en esto de drogas –y es lamentable que lo psicodélico esté en el saco de las drogas– claro, fue de nuevo meterme en un tema tabú y que levanta muchas cejas/miradas juiciosas. 

–¿Pero vale la pena? 

–Sí, yo creo que sí. Yo lo pensé bastante, pero después me convencí de que valdría la pena el sacrificio. Uno siempre que escribe un libro quiere que la gente lo lea, pero este tiene una intención más profunda todavía. Si yo fuera millonario, regalaría el libro. 

–¿Por qué tan así?

–Porque me encantaría que mucha gente tuviese acceso a esta información, porque creo que eventualmente –y espero que así sea– se empiece a integrar, se empiece a legalizar este tipo de terapia. Pero para que eso ocurra también tiene que estar acompañado de información y de saber de qué se trata realmente, entender que los psicodélicos son muy distintos a lo que conocemos por drogas, no son sustancias adictivas. 

–¿Distintos cómo? 

–Son diferentes de muchas drogas que se consumen de manera muy habitual, como el alcohol. Chile es un país con un alto consumo de alcohol, que es una de las sustancias más dañinas. Mientras el alcohol nos adormece, los psicodélicos y las terapias asistidas con psicodélicos, al contrario, nos despiertan, nos abren los ojos, nos amplían la conciencia, son muy diferentes. Por eso me complica un poco que esté todo dentro de este gran saco de las drogas. Para mí es como cuando una canción de reggaetón se considera música así como una canción de los Beatles se considera música.

–Pensando en el origen del libro, que nace con tu curso: ¿Qué fue lo que más te sorprendió? ¿Hubo algún punto de inflexión para ti? 

–Me sorprendió y me gustó que se esté dando una integración de saberes, de sabidurías tradicionales, prácticas ancestrales, pero también integrándose con la ciencia. También me sorprendió la cantidad de estudios científicos que están haciendo,  la evidencia del potencial terapéutico que tienen las terapias asistidas con psicodélicos y de manera transdiagnósticas, es decir, que pueden servir para tratar adicciones, depresión, trastornos, estrés postraumático. Como los psicodélicos potencian la flexibilidad psicológica, hay una herramienta maravillosa ahí.  

–¿Lo comentas desde tu caso particular? Porque cuentas en el libro que has probado psicodélicos… 

–Sí, en la certificación parte del proceso comportaba un componente experiencial en Estados Unidos. Teníamos que pasar por los distintos roles: el de paciente, el de terapeuta y el de acompañante de terapeuta. En ese estado con lo único que se podía experimentar legalmente, en esa época y en ese contexto, era con ketamina… La verdad es que no la había probado y le tenía un prejuicio. Había visto su consumo en otro tipo de contexto y no me gustaba lo que había visto. Tuve la experiencia como parte de la certificación con ketamina inyectada. Nunca me había inyectado nada en la vida y fue una maravilla. 

–¿Te daba miedo? Justamente por esos prejuicios que comentabas anteriormente. 

–Con los psicodélicos no. Porque bastante más joven ya había experimentado, quizás ahí le perdí un poco del miedo. Pero ahora de adulto, curiosamente… No sé si es miedo, pero creo que implica mucha responsabilidad y hay que tener cuidado, hay que tener cuidado del contexto, de cómo está uno, del estado mental, no son sustancias superficiales, pueden tener un impacto profundo. También son sustancias que a nivel fisiológico son súper seguras, no generan adicción en general, pero, el potencial lado oscuro tiene que ver con lo emocional y eso depende mucho de cómo está uno. Ahora, las veces que he experimentado, ha sido siempre tomando todos esos resguardos y siendo mucho más cuidadoso, más responsable.  

–Como bien dices a lo largo del libro, puede ser un arma de doble filo. 

–Claro, además que uno cuando es más pendejo uno cree que nunca le va a pasar nada, pero ahora ya uno aprendió que sí le pueden pasar cosas.  

–Un elemento no menor es que en Chile recién se está hablando de salud mental. En muchos casos, la gente no conoce su carga genética porque antes no se hablaba de eso en las familias y, en esos casos, puede ser peligroso el uso de psicodélicos… Pensando en eso: para poder manejar este tipo de tratamiento ¿sería importante que todos los individuos hablaran más de su salud mental sin tabúes? 

–Sí, yo creo que incluso más allá de estos tratamientos, es importante. Hoy se está hablando mucho más de salud mental, de trastornos de salud mental, de problemas, etc. Por un lado eso es positivo porque hay mucha más información, pero, al mismo tiempo, como pasa en general en internet, hay una especie de biblioteca infinita sin bibliotecario. No sabemos y las personas no tienen por qué saber qué es correcto, qué no es correcto, qué tiene base científica y qué no, pero creo que es un primer paso para empezar a visibilizar algunas problemáticas. Ahora, sería bueno empezar también a tener un pensamiento crítico o saber discriminar qué información es útil, cuál tiene base científica y cuál no, porque también sucede que se comparte, en vez de sugerencias terapéuticas, diagnósticos por TikTok y ahí puede haber un lado bien peligroso también.  Por eso yo en el libro soy bien enfático de todos los cuidados que se deben tomar. 

El asombro

En las terapias con psicodélicos, explica Rodrigo Jarpa en su libro, muchas veces las personas se enfrentan a una sensación de asombro que posibilita el cambio de perspectiva. Es similar a lo que ocurre cuando alguien se relaciona con la naturaleza: el cambio de prioridades “no es casualidad; surge de una conexión más íntima con el mundo natural, donde todo parece tener su tiempo y su ritmo, y en el que las ambiciones humanas pierden algo de su urgencia”, escribe el psicólogo. 

–¿Qué es lo que generan en la práctica los psicodélicos que podrían generar esta sensación de asombro, de reinicio, de cambio de perspectiva?  

–Mientras hacía la investigación me gustó mucho esto de la ciencia del asombro, porque yo lo recuerdo, pero como algo más bien lejano y me dio un poco de tristeza también eso de ¿hace cuánto tiempo no me asombro con algo imponente, con un cielo estrellado de esos que ya no veo hace mucho tiempo? Estamos acostumbrados a la ciudad, a nuestras pantallas, es difícil experimentar realmente esa emoción de asombro que nos deja con la boca abierta y nos hace abrir los ojos. Los psicodélicos nos hacen abrir los ojos, nos hacen expandir la consciencia y eso es como volver a mirar con esa mirada de cuando éramos más niños. 

–¿Cómo se explica eso, científicamente? 

–De alguna manera los psicodélicos despejan la mente de creencias, de la nube. Nos permiten mirar ese cielo despejado, ese cielo abierto que es asombroso. Los psicodélicos actúan a distinto nivel. Pero veamos: algunas áreas específicas del cerebro permiten cierto caos, un estado de entropía, de desorden. Entonces, nosotros a medida que vamos crecimiento vamos armando ciertos caminos, ciertos patrones y eso va quedando en el cerebro, va dejando las huellas de los hábitos, de las conductas que vamos repitiendo, de los pensamientos, de cómo nos tratamos a nosotros, de cómo tratamos a los demás. La terapia con psicodélicos le pega como un remezón a todo eso que se ha ido asentando, eso que se ha ido rigidizando. Permite estar en un espacio de mayor apertura, más flexible, lo que nos da más posibilidades de cambio, de empezar a adoptar hábitos o patrones distintos que puedan ser más útiles. Además, la terapia genera también una hiper conectividad del cerebro de áreas que habitualmente no se comunican entre sí. En ese estado de entropía, se comunican todos los departamentos del cerebro, y desde ahí también pueden surgir nuevas posibilidades. Eso es muy positivo, es muy terapéutico… Creo que estamos también en una crisis de sentido, de propósito, generalizada. 

–Sin dudas vivimos en tiempos en los que ha habido un aumento de la desconfianza, proporcionando un contexto poco armonioso con los demás. ¿Eso puede explicar el resurgimiento del uso de psicodélicos? 

–Sí, de todas maneras, hay una búsqueda de algo más allá también desde el sentido más práctico. La psiquiatría y la psicofarmacología también llegaron a un límite, ni siquiera están invirtiendo más en investigación porque se dieron cuenta de que no hay mucho más que se pueda hacer por ese lado. ¡Se siguen usando las mismas moléculas de hace cincuenta años y necesitamos nuevas herramientas! Claro, aquí hay una posibilidad tremenda de mucho potencial. Además, la terapia con psicodélicos también es algo que cuando nos pega este zamarreo en el cerebro nos hace volver a conectar con lo que realmente importa. Y en general ahí están también los vínculos, las relaciones, está el poder volver a mirarnos realmente, poder realmente volver a conectar con lo que somos, con los otros seres humanos y con la naturaleza, con todo lo que nos rodea. 

–¿Entonces hay que dejar de endiosar a los psicofármacos? Hoy por hoy varios estudios muestran que estos son casi que la salida fácil que muchos doctores utilizan… 

–Sí, yo creo que en general se endiosan los caminos cortos y muchas veces los caminos cortos no necesariamente nos llevan por el camino de una vida rica, con vitalidad, con sentido. Muchas veces las personas también buscan la solución más simple, un fármaco cuando funciona es el camino corto, pero no hay mayor trabajo, no hay mayor desarrollo, aprendizaje. Con esto tampoco quiero demonizar a los psicofármacos porque hay tratamientos que para muchas personas son efectivos y que les han permitido cambios, tener una vida de mejor calidad, pero creo que están lejos de ser la única alternativa y, de nuevo, este tipo de terapia con psicodélicos puede ser útil… También es importante saber que hay muchas otras formas de poder cultivar el bienestar, por ejemplo, a través de la naturaleza. 

–¿Tu última sensación de asombro fue usando psicodélicos para obtener tu diploma? 

–A ese nivel sí, pero he vuelto a asombrarme. Y después de escribir el libro he sido mucho más consciente y he buscado mucho más espacio en la naturaleza, estar en ese tipo de lugares… 

–¿Cuál ha sido la última vez que te asombraste? 

–Con mis hijos me asombro mucho, mirándolos. Pero para mirarlos –y eso suena obvio– tengo que mirarlos. Es decir, tengo que detenerme a observarlos y darme cuenta de que eso maravilloso puede estar justo ahí, al frente mío.

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