Tras el éxito de su libro Las biuty queens (2019) y del documental que lo puso en el radar internacional, el autor y performer chileno radicado en Nueva York cayó al fondo de su adicción a la metanfetamina. Dejó de escribir, se internó en distintos centros y hoy, mientras transita el campo minado de la rehabilitación, intenta darle forma al caos en un nuevo libro, narrado desde un lugar que la sociedad prefiere aún no ver.
I. Directo al fondo
La escena fue breve, pero detonó algo profundo: una mujer fumaba crystal meth en una pipa de vidrio, sentada, sola, en los andenes del metro de Nueva York. Nadie la miraba. Nadie decía nada. Iván Monalisa ha pasado por esa estación durante años y ha visto de todo, pero nunca personas consumiendo metanfetamina cristalizada, una de las drogas químicas más adictivas y favoritas del chemsex gay neoyorquino.
Tampoco supo qué hacer en ese momento. Se quedó paralizado, observándola, reconociendo instintivamente ese impulso. Fue como estar frente a un espejo. No era una imagen literaria ni una alucinación: se vio reflejado en ella.
“Quedé para adentro, y fue como: alright, esto ya no es tan explosivo o algo aislado. Lo estamos viendo todos y nadie reaccionó”, cuenta al teléfono el autor y performer chileno desde Estados Unidos, donde vive hace tres décadas.
“Después pensé: chucha, yo estoy haciendo la misma hueá. He estado pegado y consumiendo Tina desde hace rato, u know? So, la imagen de esa mujer en el metro se me quedó por mucho tiempo. Y todavía, yo creo. Así que, ¿cómo estoy? Estando, no más. Day by day. Estuve peor que Guatemala, hundido hasta el cuello”.
Iván Monalisa recuerda nítidamente el día en que probó el crystal meth. Fue hace más de diez años y dice que, curiosamente, no sintió nada. La inmunidad de la primera vez, según algunos. En lugar de entregarse al frenesí sexual –principal razón por la que consume–, pasó las siguientes 32 horas despierto, escribiendo sin parar.
Fue la primera y única vez que logró producir bajo ese estado de estimulación extrema. Incluso narró su experiencia en El fan club de la Tina Turner, uno de los relatos que componen La misma nota, forever (2014), su magnífico primer libro. La trama gira en torno a la relación conflictiva que la narradora –una escritora trans migrante– mantiene con la metanfetamina, y a la insistencia de su amiga La Manuel para que consiga más droga.
“Oye loquita, ¿cómo estás para escuchar el último CD de Tina Turner?”, es el santo y seña que circula entre los personajes.
“Tina” es el término popular en el mundo queer para referirse al crystal meth. No solo rinde homenaje a la diva, ícono gay y símbolo de la resistencia y los excesos; además funciona como clave secreta para despistar policías y asegurar la transa callejera. Monalisa recoge esos códigos de las hermandades disidentes en el cuento y además construye una bitácora personal de la sustancia y los efectos inmediatos en su propio cuerpo, escrita a un ritmo delirante.
“Esta Miss Tina me tiene escribiendo a lo acelerado. Escribo y escribo, y de pronto me detengo. Me pongo de pie, bajo a la tienda. Bajo las escaleras de este edificio viejo donde vive La Manuel, en la Octava Avenida, entre las calles Quince y Catorce. Chelsea. En la esquina compro dos galones de agua y un sobre de Tylenol PM para lo que se pudiera presentar. […] Vuelvo al estudio. Dejo mis compras en el suelo. Abro un galón de agua. Bebo como si fuera la última Coca Cola del desierto y comienzo a escribir de nuevo”.

En otro pasaje del cuento, el plano sexual irrumpe con fuerza y echa por la borda la promesa entre las dos amigas de no consumir. “Tal como había previsto, el huésped de Pittsburgh volvió. Apenas entró al estudio, comenzó a desvestirse. Sacó una bolsa de Tina. La vació sobre un billete de veinte dólares para triturarla. La Manuel tomó el billete y me lo ofreció. La miré: ¿no te acuerdas de lo que habíamos acordado? ¿Nada de Tina y dormirnos a la medianoche?
Y él me miró de vuelta:
–¿Y para qué me haces caso, no ves que este embale me hace decir tonterías?
Pero bueno. Me doy dos jales. Dos jales bien fuertes”.
II. Decirlo por su nombre
Iván Monalisa Ojeda debutó en la escena teatral santiaguina con La Bufonada (1992), una obra donde ya abordaba, desde el humor y la performance, preguntas sobre la identidad de género y la maternidad. “Quiero ser madre”, dice el personaje principal ante el repudio del resto: “Estoy dispuesto a todo con tal de ser madre. Incluso a renunciar a mi sexo”.
Nacido en Llanquihue en 1966 y formado como actor en la Universidad de Chile, por esos años se rodeaba de figuras disidentes de la escena artística local, como Pedro Lemebel, Francisco Casas y la poeta Carmen Berenguer, integrantes del colectivo Las Yeguas del Apocalipsis, amigos cercanos y compañeros suyos de andanzas nocturnas.
En 1995, Iván Monalisa fue invitado a participar en una residencia en el centro New Dramatists, en Nueva York. Decidió quedarse, hacer la vida con lo que tenía, y pasó casi tres décadas indocumentado. Allí adoptó el spanglish como lengua oficial y se rebautizó como Iván Monalisa, asumiendo una identidad que define como two spirit (he/she).
Como en los casos de Pedro Mardones y Lemebel, o de Víctor Hugo Pérez Peñaloza e Hija de Perra, Iván Monalisa asume el rol hablante y la figuración pública del artista. Iván sigue siendo la placa madre; Monalisa, la performer, el discurso encarnado.
Recién en 2019, el autor logró regularizar su situación migratoria, cambiar legalmente su nombre en el Estado de Nueva York y volver a Chile. Visitó a sus padres en el sur y la casa donde creció, junto al lago, después de 25 años, convertido en una reina y en una figura inclasificable dentro del mapa literario chileno.
Su arribo al país marcó también un punto de inflexión y el descenso de una montaña rusa que lo había mantenido en lo alto desde comienzos de ese mismo año, cuando publicó Las biuty queens, su segundo libro de cuentos. Editado por Alfaguara y distribuido en Chile, Argentina, España y México, dos años después fue traducido al inglés por la editorial Astra House. El cineasta Pedro Almodóvar firmaba el prólogo de esa última edición y lo definió como “una voz nueva, radical y necesaria, capaz de hallar belleza incluso en la miseria”.
Casi en paralelo al arrollador éxito del libro, se estrenó El viaje de Monalisa, el documental biográfico dirigido por Nicole Costa, realizadora y excompañera universitaria suya, que lo seguía en su tránsito de género, las noches de performance y trabajo sexual en la calle, y su vida en los márgenes del sistema migratorio estadounidense. Tras su debut en el Festival de Valdivia, la película circuló por prestigiosos certámenes internacionales –como el DOC NYC y el Cinéma du Réel– y llevó su nombre a otras geografías, más allá del terreno literario.
Era difícil no marearse con tantos focos y flashes encima.
A ratos parecía que todo se alineaba, pero entonces vino el confinamiento global por la crisis del Covid-19 y el escenario se fue a negro. El encierro, los cheques de ayuda del gobierno, el tiempo libre. Todo conspiró para que Monalisa cayera de lleno en la adicción. “¡Pum! Blackout total”, dice ahora, siempre al otro lado de la línea.
“Me volví más adicto durante la pandemia, ese es un hecho. Tenía más plata de lo acostumbrado, estaba encerrado, y entonces apareció la Tina. De ahí no he salido. Para una persona que tiene una personalidad adictiva, como en mi caso, la Tina puede consumir todo”.
Monalisa no habla con vergüenza ni victimismo. Sabe que desaprovechó un momento clave y que toda esa exposición, que otros habrían capitalizado con contratos, giras, nuevas publicaciones, a él lo empujó directo al abismo. Pero supo parar a tiempo: dejó de escribir, de trabajar, y puso su vida entera en suspensión para pedir ayuda.
“El año pasado me metí 28 días a un rehab, algo que nunca había hecho. Estuve 28 días sin meterme nada”, cuenta.
Fue su primer intento formal para combatir la adicción. Un centro residencial sin teléfono, sin computadora, sin visitas ni salidas a la calle. Aislamiento total. Sin ruido, sin tentaciones.

No obstante, “la vida no es así”, reflexiona hoy. “Ahí adentro estás como en pausa, tomando vacaciones sin haberlas pedido ni estar preparado. Pero bueno, fue positivo físicamente hablando. Estar limpio hace bien. Allá adentro estás con psiquiatras, pastillas, cuidados. Anyway… al menos salí limpio de ahí”, agrega.
Después probó con un segundo centro, más estricto, de cinco meses de duración. Se internó en octubre de 2024. Al término del primer mes, pudo usar el teléfono; al segundo, buscar trabajo. Todo iba bien hasta que un día salió sin permiso y sin saber que no lo tenía. Debía cambiar una tarjeta del banco y tenía autorización de su consejero vocacional, pero no del portero. Al regresar, sus cosas estaban en la puerta. Encima, ese día había vuelto a consumir. Le hicieron un test y dio positivo. Eran las diez de la noche y estaba de patitas en la calle.
Al poco tiempo, hizo un tercer intento. Cuento corto: le asignaron un guía, un tutor que se convirtió en su sombra, día y noche. No pasó ni una semana antes de que Monalisa lo mandara a la cresta en plena calle, cuando el tipo intentó impedirle ir a donde quería.
“Según los tratamientos convencionales de rehabilitación, en esto no hay matices: si estás limpio, estás dentro. Si no, fuera. He probado en distintos programas, pero no me resulta. Me terminan echando de todas partes por romper una que otra regla”, comenta, entre risas.
Monalisa no vende la pomada de la salvación. No quiere estar clean ni convertir su desintoxicación en una historia ejemplar de redención: “No quiero dejar la droga, pero sí medirme. Bajarle a esta compulsión”, confiesa.
“La adicción es un problema de salud mental, pero nadie la trata como tal. El sistema atiende solo a quienes asumen la tortura de dejar la droga de golpe. Pero, ¿y quién se hace cargo de las demás personas que no lo hacen? No se condice con la realidad. I mean, mucha gente nunca deja de consumir completamente, pero busca la medida justa. En parte, para no morir. Yo he sido consciente y afortunado, después de todo, porque he visto chicos con los que compartí y que luego se volvieron locos. Eso asusta a cualquiera”.
III. Por si esto ayuda a sanar
“Digamos que cuando cae la noche ni las sombras son una compañía. Los clientes se van. Son las dos o tres de la madrugada. No tienes sueño. Una fuerza inexplicable te tiene full energy. Y empiezan a aparecer mensajes de textos de chicos que quieren venir. No son clientes. Son frituras –for free– sí, de gratis, y la verdad es que cuál de todos es más guapo”, se lee en Emergency Room, uno de los cuentos incluidos en su libro Las biuty queens, donde Monalisa expuso también su conflicto personal con la metanfetamina.
“Así aparecen algunos como el Drew, un blatino. Mitad puertorriqueño, mitad afroamericano —continúa el relato—. No venía solo. Venía acompañado de lo que casi sería mi absoluta perdición, la Tina Turner”, continúa el relato. La narradora es una trabajadora sexual trans que vive en West Harlem, en pleno Manhattan.
“Como cada regla tiene su excepción, le dio por aparecerse un día jueves de madrugada. Ya me disponía a dormir, cuando recibí un mensaje de texto.
–Whats up. U up?
El corazón me comenzó a palpitar. No porque estuviese enchulado con el nene. Los nervios se debían más bien a lo que ya se mostraba como una adicción”.
***
Retomar la escritura tras su paso por centros y tratamientos de rehabilitación ha sido casi tan difícil como mantenerse limpio, dice Iván Monalisa. Pero está en eso, intentando darle sentido al caos. “Cuando las cosas son buenas, cuesta hacerlas. Si no, son cualquier cosa”, dice.
“Tú quieres saber qué pasó con mi carrera. Yo te digo: la literatura me seguía importando, me sigue importando, pero la Tina atrapó toda mi atención y toda mi energía. Podía pasar despierto por días. Y yo me dejaba llevar. Me gustaba esa hueá. Y sin darme cuenta, caí tan hondo que ningún éxito pudo levantarme. Mucho menos podía escribir”.
Con el correr de los meses, sin embargo, llegó otra claridad: “La adicción me pone en un lugar negado o prohibido que me obliga a hacer algo, partiendo por tener una postura crítica. No frente a la droga, sino frente al estigma que recae en las personas adictas y a lo invisible que estamos”.
El año pasado, Monalisa envió un primer borrador a su editorial de un texto que, de momento, se titula C H E M S E X. Así se denomina a la práctica sexual con drogas químicas, fundamentalmente en el ambiente LGTBIQA+.
“Es una novela, o algo así como una novela. Son distintos cuadros, fragmentos y personajes que tienen un hilo común. El hilo es la Tina”, adelanta el autor, quien comparte y autoriza la reproducción de parte de su material inédito.
El texto arranca con su última resaca de Tina, después de una noche salvaje con un boricua. A la mañana siguiente: el cuerpo destruido, la caña moral y los nervios por el vuelo que lo llevará a Chile después de 25 años. “Empecé a ver por qué a Las biuty queens y a La misma nota, forever les fue relativamente bien. Y tiene que ver con que eran historias que yo había vivido. No podía sino escribir sobre la adicción”.
“Sentado en la cama de mi cuarto, a un día de salir al aeropuerto, muchos recuerdos me invadieron. Luchaba al mismo tiempo con el craving de seguir consumiendo”, se lee el manuscrito.
“Me puse de pie, me miré en el espejo, y con una especie de responsabilidad atrasada más que de culpabilidad, recordé que al siguiente día tenía un vuelo. Un roundtrip ticket to Chile. Ya era residente de estas tierras babilónicas. Con la green card me sentía seguro, como protegido con un escudo que me dejaba ready para cualquier guerra que se pudiera venir”.

Monalisa aterrizó en el aeropuerto de Santiago y tomó de inmediato un vuelo a Puerto Montt. Lo esperaba su hermana Lidia. “Nos dimos un abrazo y un beso. Nada de lágrimas. Antes de que el taxi nos dejara en casa de mis padres, le pedí pasar a una cafetería. Así con mi hedonismo. Mis ganas de saborear un buen trozo de torta alemana, en ese momento, era más importante”.
No pudo evitar sentir cierta extrañeza. El país era otro. También él mismo. “De vuelta en otro taxi con rumbo a la casa familiar, noté cómo Llanquihue no había cambiado en nada, con una atmósfera adormilada, y rodeado de ese lago maravilloso que estaba en la retina de mi cerebro, desde que despertaba hasta que me dormía. Un sueño que se había hecho realidad, el de volver a mi homeland”, escribe.
Monalisa narra otra escena poderosa de ese regreso: la noche que durmió con su padre. “Despertaba a medianoche y veía cómo me observaba. No en la onda hijo querido, sino en la de: ¿quién es usted? A lo que yo le respondía, medio adormilado: ‘Pues, ¿quién más? Tu hijo’. Y con esa respuesta se tranquilizaba, apagaba la lámpara que estaba sobre la mesita de noche y se volvía a dormir”.
Su paso por Chile lo dejó con emociones encontradas, reflexiona ahora Monalisa. “Me encantó ver más diversidad: incluso en el sur, en lugares como Llanquihue, vi haitianos, venezolanos, chinos. Eso me fascinó”, dice.
“Pero también noté actitudes que me chocaron. En Nueva York, la soberbia no está bien vista; en Chile, en cambio, percibí una prepotencia cotidiana que me incomodó. En las tiendas, por ejemplo, preguntaba algo y me respondían de mala o sin ganas, como con desprecio: “Búscalo ahí poh, ¿estás ciego?”. Caminando por la calle, más de una vez alguien me empujó sin decir oh, sorry, u know? También me impactó ver tantos locales con rejas de seguridad, donde te abrían la puerta para entrar y la cerraban de inmediato, como si estuvieran en peligro constante”.
De vuelta en Nueva York, Monalisa tenía mil dólares guardados. Lo primero que hizo fue buscar habitación. “Fui a buscar mis cosas donde los panameños, diciéndoles que ya cuando pudiera les pagaría lo que les debía. Como aquí, y a esta altura, en todas partes, eso del money talks and bullshit walks, en un par de días ya estaba instalado en una habitación de un departamento que quedaba en el sexto piso de un building, a solo un par de cuadras de West Tremont y University Avenue, en el Bronx”, escribe también en el manuscrito de su nuevo libro.
Cargado de su propia biografía, sin biombos de ficción de por medio, su relato tendrá al centro su conflicto personal con el crystal meth y lo que el autor considera una “epidemia silenciosa” dentro de la comunidad LGBT+ de Nueva York, que ha arrasado con vidas y vínculos sin que nadie se atreva a decirlo en voz alta.
“Aquí no hay gloria a los beatnik. Tampoco es Burroughs ni Bukowski”, aclara Monalisa. “Lo que estoy escribiendo no es para romantizar o glamorizar la droga. Es para entender lo que me pasa, que al mismo tiempo es lo que les está pasando a muchos chicos y hombres jóvenes. Yo siento que esto, escribir de esto, es urgente para mí ahora mismo y una forma de sanar. Si no lo hago, me muero”.

En 2022 se registraron 34.022 muertes en Estados Unidos por sobredosis relacionadas con psicoestimulantes –principalmente metanfetamina–, según datos del National Institute on Drug Abuse. La cifra había aumentado en 1.4% respecto a los años anteriores.
“¿Sabes por qué nadie habla de esto? Porque todavía no le ha llegado a los heterosexuales. Pasa lo mismo que pasó con el sida. Mientras era ‘el cáncer rosa’, no le importaba a nadie. Hoy todo el mundo habla de la crisis de los opioides, pero nunca verás una campaña contra el uso del crystal meth. Con Trump haciendo estragos en el poder, sobre todo, es necesario que se visibilice y se hable del tema”.
Monalisa se recrimina haber malgastado tanto dinero en el vicio: “Shame on me… ni pensaba en lo que había gastado en crystal meth”, escribe.
A la semana reinstalado en Nueva York, el autor encontró trabajo en una tienda de belleza, en la sección de fragancias. Estaba lleno de ilusiones nuevamente y lo consignó también en sus notas: “Quería seguir clean, cero tóxicos, cero crystal meth. (…) Durante la semana, ya había tenido mi training en el nuevo trabajo, quería estar fresh y energética para el lunes que empezaba ya oficialmente a trabajar en el piso. Nine to five, igual que la canción de Dolly Parton”.
Sin embargo, pronto describe cómo lo invade el deseo: “Ese deseo que se llama carne. Me acordé del cubano Max”, escribe. Acto seguido: llamó a su dealer. Fue la primera de varias recaídas.
Rehabilitarse es un campo minado, dice Monalisa: “Me gustaría en algún momento decir en voz alta: ‘Hola, soy Iván, soy adicto’, como lo hacen en las reuniones. No porque busque rehabilitarme en esos términos, sino porque creo que nombrarlo, decirlo, ya es una forma de enfrentarlo”.“Ser adicto es entendido como un inválido social, como ser una mierda de persona. La gente cree que quienes son adictos lo son porque quieren serlo. Y no es así. En mi caso, la adicción ha sido parte de mi vida y no voy a fingir lo contrario. Me gusta cómo me pone, la onda salvaje que trae consigo, y no creo que vaya a dejarlo. Sí quiero aprender a controlarme, para seguir escribiendo y haciendo cosas. La estoy peleando. Day by day”.
Fotografía de portada de Mariela Murdocco.






1 comentario en “Iván Monalisa Ojeda, notas desde el infierno”
Excelente entrevista, a través de la cual Monalisa/Iván deja al descubierto otra de las grandes virtudes de quien es mi querido amigo de infancia y de la vida. No solo valoro públicamente su gran capacidad y estilo creativo literario que está demostrado in situ,sino también, inmensamente la actitud con la que refleja sus vivencias,alejado de las caretas y máscaras propias de muchas personas del mundo de hoy.Creo qur su sensatez y autenticidad con la que escribe y expone el tema de la adicción, entre otras experiencias de vida,lo han llevado al reconocimiento, la valoración y el posisionamiento de su nivel artístico actual.Valoro cómo a través de su capacidad literaria,escribe de su propia realidad y la de su entorno,no como una forma de aprovechamiento de las mismas,sino más bien como una manera de transparentar ante el mundo que no sólo es una realidad de él, sino de muchos,muchas y muches, que legítimamente o no,han decidido no enfrentarlo y esconderlo como cuando barremos y ocultamos la basura bajo la alfombra.Por otra parte,que Estados Unidos,a pesar de ser una potencia mundial,no está exento de esta realidad,por el contrario,ya que a pesar de los miles de dólares que invierten en atacar el flagelo de tráfico,la internación de droga y el consumo en su país, sigue siendo uno de los principales consumidores del mundo.