Gastón, el profe

Gastón Soublette tenía 89 años cuando encontró su identidad en una palabra. A esa edad, para casi todos era un sabio que, de vez en cuando, salía en los medios hablando de los grandes procesos, un hombre del renacimiento en pleno siglo XXI que había dedicado su vida a la música, al cine, que había puesto en el mismo nivel al Tao, a Jesús y a la sabiduría popular chilena, esa que se encuentra en las calles y en el campo, y que hablaba de ecologismo cuando aún no se veía como una lucha urgente.

—Me di cuenta de que me defino como profesor —le dijo a la historiadora, y su amiga personal, Catalina Rengifo, sentado en un sillón de mimbre en su casa en Limache.

Rengifo, que hoy está a punto de estrenar el documental El lugar al que llego, un homenaje al sabio de la tribu, vio que esa revelación había tomado tiempo en surgir, que era una idea que se había resistido a las otras etiquetas que Soublette llevaba a cuestas y aceptaba. Ahora, esa etiqueta al fin triunfaba para el intelectual y se imponía sobre las otras. 

Fue, quizás, el único que se tardó tanto en reconocerla. 

El domingo 25 de mayo de 2025, cuando se hizo pública la noticia de su fallecimiento, se llenaron los distintos grupos de WhatsApp de generaciones y generaciones de estudiantes.

“¡Se murió el profe!”, “¡no lo puedo creer!”, “¡qué pena!”, fueron algunos de los mensajes en el grupo de aquellos que estudiaron en los 1970, cuando Soublette recién empezaba a ser profesor; en el de los 1980, en pleno período de la dictadura; en el de los 1990 con el regreso a la democracia… En total, fue profesor durante 47 años en la Universidad Católica. 

Desde la UC, dicen que en una de sus últimas conversaciones que sostuvieron con él le preguntaron cuál había sido su momento más feliz. A lo que Soublette habría respondido sin dudar: 

–Todos los años que hice clases. 

***

Cuando Soublette entraba al Campus Oriente de la Universidad Católica lo hacía como un rockstar. Un rockstar que usaba bastón, un mesías pop, una figura casi sublime que, con un característico poncho mediante, caminaba por el clásico edificio neo-romántico. 

El profesor se paseaba por el campus como un personaje salido de las pinturas de El Greco: alto, algo dramático, con un rostro expresivo. Algunos se atrevían a saludarlo, otros lo miraban de lejos como se admira a un gurú. Unos cuantos –varios de ellos simulando a los peripatéticos de Aristóteles– lo seguían hasta su sala de clases. 

Ahí adentro el fervor tampoco disminuía: cuentan que en sus clases no pocos alumnos se quedaban parados, sentados en las escaleras o apretados en los marcos de las puertas para escucharlo. Daba lo mismo la hora en que el curso se dictara. 

—Yo tomé Arte y Religión con él en 1993. Era súper concurrido, pese a ser en un horario pésimo: los últimos dos módulos de la jornada, seguidos, casi tres horas de clases. Además salíamos en la noche –recuerda la periodista y editora Marcela Escobar. Esta organización, que priorizó siempre en su agenda, le permitía a Soublette volver a Limache en la mañana del día siguiente.

—Había una cosa súper magnética, como que era una necesidad de estar cerca de Gastón Soublette —cuenta Rengifo.

Era todo menos un profesor convencional. A menudo los estudiantes que ingresaban al aula eran sorprendidos por verlo tocando el piano mientras la clase no empezaba. También se enteraban de que él no creía en las calificaciones, ni en las jerarquías y que le cargaban los aspectos administrativos que suponen la docencia. 

Llevaba el concepto de libertad de cátedra a su máxima expresión. Escudriñaba los símbolos ocultos en el cine de Kubrick o Chaplin, se adentraba en la sabiduría de Jesús, del I Ching o de Violeta Parra, interpretaba detalladamente El Jardín de las Delicias, transmitía (y buscaba contagiar) su admiración por las catedrales góticas. 

—Definitivamente me contagió su pasión por ellas. Tuve el privilegio de conocer algunas y creo que empecé a ver los edificios antiguos y las catedrales con otros ojos gracias a él –comenta Sandra Melo, periodista y traductora y quien fuera su estudiante en la década de 1990.

El viejo del poncho se plantaba al frente y hablaba. Antes de la masificación de los computadores, el Internet y los smartphones, muchos exalumnos suyos coinciden en que su primera incursión a la cultura fue escuchándolo a él y, después, tratando de entender qué decía buscando libros en las bibliotecas de la Católica. 

Podía empezar por la contingencia y terminar ahondando la espiritualidad del norte de la India. Era un flujo constante en el que contaba algún episodio de cuando vivió en Francia o algo que pensó la semana pasada mientras subía uno de sus cerros sagrados de la quinta región. 

–Aunque algunos lo criticaban por hablar de muchas cosas y no profundizar en solo una como era habitual en el resto de las clases, lo que más destaco de Gastón Soublette como profesor es que estaba dispuesto a hablar de todo, en una época que no era tan simple hacerlo: hablaba de medioambiente, del clasismo en Chile y de Derechos Humanos –dice Paulina Wendt, directora de Estudios Generales de la Universidad Diego Portales y quien fuera su alumna en la década de 1980.  

No subía tanto la voz, pero inspiraba respeto. También tenía sus mañas: en su clase no volaba ni una mosca, rechazaba corregir los trabajos y pruebas que no tuvieran una buena letra y solía decir a algunos desafortunados que tenían que hacer caligrafía. Además, era el protagonista absoluto de las aulas. 

En una ocasión –recordada por muchos de sus exestudiantes–, Soublette llegó a dedicar las tres horas de clase a la trágica leyenda medieval de Tristán e Isolda. Habló sin pausa, moviéndose por toda la sala. Gesticulando, emocionándose. Al terminar, recibió una ovación de pie por parte de todos los presentes. 

Quizás por ese tipo de comportamiento es que Soublette también ha sido criticado. Tras conocerse la noticia de su muerte, en redes sociales algunos destacaron la modalidad jerárquica de sus clases, aludiendo a que solo él hablaba. 

Sin embargo, destaca Cristina Bustamante, académica de Teología de la Universidad Católica y quien estudió con Soublette en la década de 1980, todos los profesores en esa época eran disertantes. Era un periodo en el que no estaba tan en boga en la universidad la pedagogía activa. 

—Nadie hacía lo que hoy se llama “aprendizaje centrado en el alumno”. La crítica de que Soublette no invitaba a pensar por ser conferencista es un gran anacronismo. Hoy nadie aguanta escuchar una hora y media o más a un profesor, pero en esa época esa era la tónica. 

—Él siempre pensó que el pensamiento en comunidad, en conjunto, era mucho más valioso. Iba gente muy diversa, de distintas disciplinas y todos se sentían en confianza para hablar y preguntar lo que quisieran —añade, con una perspectiva diferente, Javiera Blanco, quien fuera su ayudante en el 2019 y que, en los últimos años de vida de Soublette, fue su asistente personal.

Se hizo su fama como profesor. Cuando aún no había torniquetes en las universidades y cualquiera podía entrar sin la credencial de la Católica, era frecuente que a sus clases asistieran, como oyentes, estudiantes de la Universidad de Chile y de la Usach. 

—Había el rumor que sus clases eran espectaculares y que había que ir solo para escucharlo. Pese a eso, estaba rodeado de un aire misterioso –dice Cristina Bustamante. 

Para un profesor como Soublette, que enseñaba con la palabra, como diría Gabriela Mistral, las aulas podían no tener paredes, ni estar, precisamente, en las universidades.

“Acá queda su otro salón de clases”, escribió el restaurant clásico de Plaza Ñuñoa Las Lanzas en su Instagram luego de que se conociera la noticia de su muerte. La expresión, por cierto, no es una metáfora. En las mesas del local de la calle Humberto Trucco, Soublette se reunía con estudiantes y continuaba enseñando en torno a una cazuela, una botella de vino y un consomé, al que aliñaba con una cucharada del mismo vino.

—Ahí se daba la ocasión de hablar mucho más a calzón quitado —dice Javiera.

—¿De qué se hablaba?

—Había mucha política. Él siempre decía que no se veía como un agente político, pero era tremendamente político y tenía una opinión sobre todos los temas.

***

Muchos exestudiantes reconocen que no sabían con exactitud quién era Gastón Soublette hasta que entraron a la universidad. O sabían muy poco. 

Marcela Escobar se ríe al recordar que solo sabía que era un hombre que se dedicaba a investigar el folclore, pero teniendo un apellido muy francés: 

–¡Yo creía que era un pituco! Y claro, yo venía de estudiar en el Carmela Carvajal, un liceo público, por lo que ese profesor efectivamente era pituco, pero que no parecía un pituco por cómo se vestía, por usar el pelo largo…

Ya para Cristina, que entró a la universidad en plena dictadura, su visión de Soublette fue otra. Para ella, él era “el profe que se manifestó con los estudiantes”. 

—Yo solo sabía su nombre, era el profesor imponente que mediaba en las protestas del Campus Oriente. Era el pacificador. Yo lo conocía por eso, después tomé su curso de Filosofía Oriental y me encantó. 

Soublette pregonaba la no violencia de forma activa. Mientras los estudiantes de Campus Oriente se manifestaban, a mediados de la década de 1980, en contra del régimen de Pinochet, el profesor se sumaba a ellos tocando el cultrún. 

En esa época, el campus no tenía las rejas con las que cuenta hoy, en la calle Jaime Guzmán. Cuando los estudiantes protestaban, era muy fácil para los Carabineros tirar bombas lacrimógenas al interior del espacio universitario y detener a los manifestantes. 

—Yo recuerdo como si fuera ayer: él hablando con los Carabineros, intercediendo por sus alumnos que estaban detenidos e intentando apaciguar los ánimos con el comandante de las fuerzas especiales… Era un hombre muy valiente y muy mediador en situaciones complejas. 

–¿Y cómo lo trataban a él? 

–Con mucho respeto, porque era una persona que se imponía por su porte, por su figura, por su forma de hablar. Llamaba mucho la atención. De alguna manera era intocable. Es el único profesor que yo recuerdo en esas protestas, a lo mejor había otros, pero no se destacaban tanto. Él llevaba a la práctica su discurso de no violencia. 

Algo de eso se vio en los procesos que entró el país en el 2019. En medio de la confusión, de la distorsión y de los cantos de sirena que coparon el debate público, no fueron pocos los que tocaron la puerta de Soublette en busca de una palabra que pusiera las cosas en su lugar. Fue entrevistado en matinales, en estelares de conversación, y fue invitado a exponer en los dos procesos constitucionales.

—La crisis moral que hoy está pasando nuestra sociedad no tiene solo una causa, pero la más determinante parece ser la falta de una orientación formativa de la persona, lo cual, a su vez, proviene de la debilidad cultural del país —les dijo a los consejeros constituyentes—. Ante el embate de un modelo de civilización que privilegia por sobre todo la economía y la tecnología, carecemos de una base de virtud y sapiencia, reduciendo inconscientemente nuestro entendimiento a un complejo de lugares comunes regido por la lógica de los negocios.

En sus clases, dentro y fuera del aula, incentivaba a tomar postura ante la crisis moral. Él, por su parte, era crítico del sistema neoliberal instalado en dictadura y vio en el estallido social una muestra de que la falta de solidaridad, ese individualismo rampante, estaba llegando a su fin.

—Lo que decía siempre era que es súper importante rescatar el conocimiento de la sabiduría popular chilena y del pueblo mapuche, porque ahí estaba la verdad. Decía que si descubríamos esa verdad íbamos a poder avanzar —comenta Javiera.

***

Soublette fue postulado al Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en tres ocasiones, en el 2019, 2021 y 2023. Esta última, la ganó.

En 2021 era favorito, pero, según contó en una entrevista en Radio Latina de Limache, una semana antes de que se anunciara al ganador fue visitado por el entonces ministro Secretario General de Gobierno, Jaime Bellolio, quien le preguntó sobre su postura en pensiones, pobreza, pueblos originarios, educación, medioambiente, entre otros.

 —Es mi adversario político —le dijo al ministro cuando este le preguntó por Piñera.

 El galardón de ese año fue para el abogado, diplomático y escritor José Rodríguez Elizoldo.

***

Independiente del deslumbramiento que Soublette podría causar, con el tiempo muchos exestudiantes han podido sacarlo del pedestal. Verlo de manera más humana, como un hombre de carne y hueso con el cual no es obligatorio estar de acuerdo. 

En muchos encuentros de exalumnos, ahora profesionales, su nombre salía a colación. Frases como “recuerdan cuando Soublette…” o “fue un privilegio tenerlo a Soublette”, a veces venían acompañadas ya no con la inocencia de unos veinteañeros, sino con elogios medidos del avance de la edad. “Sí, pero creo que se equivocaba al…”. Algo citado en muchas juntas fue el polémico poema “Al Führer”, al que muchos consideraron una apología al nazismo, pese a que en distintas ocasiones Soublette destacó que su redacción era más bien de carácter crítico. 

Algunos también tuvieron la oportunidad de conocerlo desde otra vereda, como colega y amigo y, así, pudieron aterrizar al personaje. 

—A veces nos reíamos cuando conversábamos con él, porque tenía muchas teorías conspirativas –cuenta Cristina Bustamante. 

Soublette siempre creía que el cine tenía algún mensaje subliminar, oculto e incluso propagandístico. También estaba dispuesto a probar cualquier tipo de terapia experimental. A veces contaba que estaba aprendiendo a alterar su estado de conciencia, otras que se sumergía en agua fría y que su doctor lo había retado fuerte: “¡Cómo se te ocurre hacer eso a tu edad! ¡Te hará mal de los riñones!”. 

Conociéndolo más de cerca, Cristina también descubrió que el sabio de la tribu consumía contenidos más pop, algo que reveló años más tarde en una entrevista a La Tercera, cuando contó que soñaba con Jennifer López. 

Un día, a la hora del almuerzo, dijo que había visto La boda de mi mejor amigo, esa comedia romántica del 1997 en la que la protagonista Julianne (interpretada por Julia Roberts) se enamora de su amigo el día en el que él decide casarse con otra mujer y prepara desesperadamente una estrategia para evitar que esto ocurra. 

—¡Me encantó! ¡Esa película tiene la escena más teatral del cine! –comentó, entonces, Soublette. 

Se refería a la famosa escena del restaurant, cuando los invitados a la boda cantan I say a little pray for you después de una descripción ficticia de cómo se conocieron Julianne y su acompañante. 

***

—El día en que llegaron los mensajes diciendo que se había muerto yo no lo podía creer. Pero claro, después paré para pensar y tenía 98 años… –comenta Marcela Escobar. 

Sandra Melo tuvo una sensación similar.

—¡Era una leyenda viviente! Me dio pena su partida. 

Muchos de quienes conocieron a Soublette sentían que sería eterno. 

Poco antes de morir, el profesor le hizo un último pedido a su ayudante: le entregó a Javiera Blanco un manuscrito con los lineamientos de lo que espera que sea su próximo proyecto, su legado. Una fundación que tenga por objeto el estudio de su pensamiento. 

Por otro lado, parte del legado de Soublette quedará en su voz. El sabio, el profesor inusual, dejó grabada una serie de nueve audiolibros que ya fueron publicados por Ediciones UC. 

Si es cierto, como dice la escritora japonesa Ryoko Sekiguchi, que al pulsar el botón de una grabación se altera la temporalidad de la vida y que la voz no conoce la muerte, entonces el profe sigue vivo. 

La voz del viejo del poncho seguirá enseñando.

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