Jaulagrande

Jaulagrande. Nadie quiere ir. A qué, piensa Boris y mira el cielo de aspecto enfermizo como si el sol estuviera dando los últimos rayos que le quedan. El camino está vacío. La línea por la que van corta la mitad o lo que a él le parece la mitad de ese paisaje sin color. Desde el asiento de atrás puede ver las nubes moverse lento, grandes hongos de humo copando el cielo. Tienen que doblar a la derecha y seguir por ripio hasta dar con la puerta principal de la base. Hay partes de pasto seco hasta donde llega la vista: poco crece en un lugar así. Lo único que se diferencia del tono monocorde del paisaje son los troncos negros, sin follaje. La hilera combada que se extiende sobre el final y que irradia brillo. Una luminiscencia suave que le da forma al bosque.

***

Jaulagrande es una tierra plana que no tiene horizonte. El cielo es de un color pajizo que se obtura cuando hay nubes. No siempre es así. Hay días limpios, aunque no sean limpios exactamente, porque esos son los días más opresivos, da la sensación de que el cielo empezara a bajar despacio, a comprimir el lugar como si en algún momento fuera a tocar el piso y apagarse. Hay gansos por todas partes, y el olor a pis es tan poderoso que por momentos no se huele, pero basta afinar el olfato y uno se da cuenta de que se instaló en las fosas nasales.

El muro de cemento pertenece al cuartel: la peor base militar, la última. En la base de Jaulagrande —como en cualquier otra— no se mata. Puede haber una sola muerte, que en realidad no es una muerte, sino una ofrenda.

Más allá del muro hay cuatro cosas:

  1. El camino de ripio por el que se accede desde el norte.
  2. La Laguna Vieja al este: una extensión de agua quieta, contaminada por desechos y pólvora vencida en la que desembocan las cloacas.
  3. Los gansos: únicos animales que han sobrevivido a las aguas contaminadas. Están en la orilla o al costado del camino que conduce a la base, andando como si fueran dueños. En cierto modo lo son.
  4. El bosque detrás de la laguna: un conjunto de troncos sin hojas ni ramas, negros igual que madera quemada. A veces puede verse dando vueltas un pájaro perdido que llegó por equivocación y vivirá poco.

La camioneta frena delante de una barrera, las ruedas aplastan las piedras que están en la entrada. Un grupo de gansos los observa, el que los había seguido se mezcló con el resto y Boris no sabe cuál es.

Un soldado sale de la caseta de seguridad, se acerca y hace la venia dejando el dorso de la mano derecha en diagonal. Un saludo que a Boris le da vergüenza, pero viniendo de aquel muchacho, no sabe por qué, le gusta.

—Bienvenido, mi general —dice el soldado y se arrima al interior de la camioneta.

—Llegamos a destino —dice Fresno. Inclina ligeramente la cabeza y saluda.

Peggy mueve la mano como si estuviera arriba de una calesita. Boris se acomoda, se sienta derecho, dice hola. Hay algo en el soldado que le resulta familiar. Apenas se anima a pensarlo: podría ser que el muchacho tenga un parecido con Moca. Ha pasado el tiempo y la cara de su amiga se ha ido borrando. Alguna vez, mientras juntaba piedras en la barranca de la base anterior, escuchó su risa, su voz alegre, o cortante y malhumorada, vacía de palabras. No lo que decía, sino solo su modo de hablar. Tan militar como el de su padre, a través de comunicados, y a la vez ajeno a ese mundo hermético de rangos y mujeres copiadas entre sí. Nunca podía reconstruir a Moca entera, su amiga volvía por partes, y Boris no intentaba retener ni quería olvidar, a fin de cuentas ella iba y venía en su cabeza igual que lo hacía antes cuando estaban juntos. Ahora que el soldado está asomado a la ventanilla, la cara apenas iluminada por la luz débil de Jaulagrande, la recuerda. No es un parecido físico, aunque hay algo en la menudez del cuerpo. Seco, él les dice cómo entrar a la base y encontrarse con otro soldado que los guiará. Cuando habla no fija la vista en nadie, ni siquiera en Boris que es el más insignificante, el único al que podría mirar a los ojos. Boris se asoma entre los asientos, inclina el pecho y queda casi a la altura de Peggy y Fresno que están adelante. El muchacho indica, calle pavimentada siguiendo la fila de palos negros hasta el final, ahí lo esperan. Boris se echa para atrás, ese tono indiferente lo enoja.

***

El suministro de electricidad se opera desde la base superior. Los alumbrados son vigas de hierro gris con una luz colgada en el extremo. Están encendidos de día y de noche, aunque la tensión es tan irregular como la hilera de palos negros que está siguiendo Fresno. Los habitantes de la base saben que cuando un alumbrado se apaga, no volverá a encenderse. Los palos fueron ubicados de manera caprichosa, a dos metros de distancia, a cinco metros o cincuenta centímetros. Se ven grupos de mujeres que cruzan la zona de casas grises, por los jardines. La familia va arriba de la camioneta, cada uno absorto a su modo. Peggy se tapa la nariz con dos dedos en forma de pinza, su vista sigue el movimiento de la camioneta, el camino que deja atrás. Boris tiene el estómago revuelto y se agarra la panza. El general no se inmuta, se muestra indiferente aunque el olor principal le repugne y los gansos no paren de chillar.

Al final los espera Arón, un soldado flaco con cara alargada, al que Boris le ve perfil de pájaro. Los hace bajar de la camioneta, saluda al general y Boris nota cómo el soldado mira a Fresno, son dos segundos en los que su padre siempre consigue cautivar al otro, así le pasa a él. Luego Arón da media vuelta y avanza mirando el suelo como si llevara peso en la nuca.

La base ocupa cien hectáreas. Las casas que acaban de ver pertenecen a los suboficiales y sus mujeres. Al estar cerca de la Laguna Vieja, el olor a baño se vuelve inmundo. Son casas chicas en contraste con la que será destinada a Fresno, una de dos plantas que recién podrán ocupar al día siguiente. Hay un polígono de tiro de forma circular y una plaza de armas con una torre. Desde allí se consigue una perspectiva completa de Jaulagrande.

Será por los alumbrados que no terminan de encenderse o apagarse, el olor a pis, el graznido de los gansos, que Peggy entra en un estado somnoliento, su cuerpo se debilita a medida que pasan las horas, está un poco dormida. En ningún momento amagan a visitar la casa para tomar un vaso de agua o recostarse. Se lo diría a Fresno, al menos podrían descansar cinco minutos, pero después del grito que él le pegó en la camioneta, prefiere callarse. Avanza detrás de él, que a su vez camina detrás del soldado flaco al que las piernas se le mueven como piolas. Boris es el último, tose y mira a los costados, parece perdido.

Este es un fragmento del libro Jaulagrande, cuyo lanzamiento se realizará este sábado 31 de mayo a las 15:00 en la Sala Pedro Prado, en el Centro Cultural Estación Mapocho, en el marco de la Furia del Libro.

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