La imagen muestra el florecimiento de una mujer. Es una ilustración de Mara Parra del texto "Correr aunque nadie mire", publicado en Revista Abismo

Correr aunque nadie mire

Más de una vez me pregunté si era posible vivir de elecciones distintas y dedicarme a lo que me apasionaba: la música, escribir, leer y divulgar libros. Al momento de elegir una carrera, no pensé ni en cómo llegaría a fin de mes ni en mi futuro como jubilada. Pensé simplemente en seguir cerca de lo que amaba.

Vivía en Argentina, el país del todo o nada, dónde crisis tras crisis, apostar por el arte no es ingenuidad sino absoluta convicción. Tenía veinte y pocos años e iba al ritmo de ese famoso tambor diferente del que hablaba Thoreau, que me hacía marchar a un ritmo distinto a los demás. Así, trabajé como productora y guionista en la Radio Universidad de La Plata, la primera radio universitaria del mundo, en el Centro Cultural Estación Provincial, fundado por los vecinos después de su abandono como estación de trenes, organicé recitales con She Devils, Loquero, Fun People y Cucsifae, bandas que quería ver y nunca llegaban a la ciudad, armé un blog, Raros y Felices, después de no poder sostener un fanzine que circulaba por el mundo gracias a que reutilizaba las estampillas del correo. Pero la realidad se imponía: sobrevivir haciendo lo que amaba era difícil. Lo que ganaba apenas me alcanzaba para comprar un libro o un disco, salir los fines de semana, pagar la entrada a un concierto y tomarme una cerveza. Seguía viviendo a costa de mi papá, que por su parte, escuchaba una y otra vez, que así su hija no llegaría a ninguna parte. 

En 2011 vino el regreso a Chile. Y en ese nuevo retorno (el anterior fue volver de Brasil a los 15) sentí la urgencia de empezar otra vez. La presión por adaptarse, por entender que las cosas aquí funcionaban de otra manera, eran un murmullo constante. Sin conocer a nadie, me aferré a mi única conexión: un pequeño círculo de periodistas megalómanos que me habían invitado a escribir para Super45, un sitio de música independiente. Fue a través de esa puerta que encontré mis primeros trabajos: colaboré con un Michita Rex, un netlabel de distribución gratuita y terminé siendo “manager” por muy poco tiempo de El sueño de la casa propia, una de sus bandas. Sin embargo, trabajar en lo que me gustaba parecía un espejismo que no pagaba las cuentas. 

Fui abandonando todo lentamente. Dejé de escribir, leer e incluso me alejé de amistades que representaban esa otra vida. Me zambullí de lleno en la estabilidad laboral y empecé otra vez, ahora en el mundo del marketing y las agencias de publicidad. Mis días se convirtieron en una coreografía de reuniones infinitas, mails, crear permanentemente incentivos al consumo: compren más, gasten más, beban más. Mi mente y espíritu se sentían encarcelados dentro de una rutina en la que cada día era una repetición del anterior. Era una espectadora de mi propia vida. 

Y aunque se suponía que era un trabajo creativo, la creatividad siempre quedaba relegada a un segundo plano, frustrada o cancelada, un actor secundario en una obra que no había escrito. En uno de esos trabajos, una de mis tareas principales era el social listening, una forma elegante de decir que pasaba horas leyendo comentarios en redes sociales. Mi tarea era monitorear lo que la gente decía sobre ciertas instituciones y figuras públicas, identificar patrones, detectar crisis potenciales y elaborar informes. Pero en la práctica, consistía en sumergirse durante jornadas enteras en un océano de odio: mensajes racistas, xenófobos, clasistas, insultos y amenazas al presidente. Era como un capítulo de Black Mirror, donde el mundo digital revela su cara más cruda y deshumanizada. Y aunque mis jefes me decían que no debía tomarlo tan a pecho, que era apenas un trabajo, esas palabras que leía a diario afectaban mi ánimo y se instalaban en mi cabeza. Era una médium del malestar social que traducía la rabia colectiva a gráficos, alertas y powerpoints. Me sentía automatizada, una pieza más en una rueda que giraba tan rápido que no me daba tiempo para cuestionar si mis decisiones habían sido un acto voluntario o necesidad. Haber renunciado a mi vocación para inventarme una carrera y asegurar un sueldo a fin de mes se sentía, a fin de cuentas, como un rotundo fracaso personal. ¿Pero seguir mis sueños no había sido, acaso, lo mismo? 

Estuve quince años trabajando a ese ritmo, hasta que de un día para otro me vi sin trabajo. La reducción de presupuesto anual afectó a varios servicios externos, entre ellos en el que yo trabajaba y me desvincularon. No fue algo personal, pero al principio se siente un poco así. Y aunque Anna Wintour dice que ser despedida es una experiencia de la que se aprende, la situación no deja de llenarte de miedos e incertidumbre, es como un pequeño temblor que te sacude. Casi como repensar tu vida tras un largo matrimonio; uno con malos ratos, sí, pero del que tampoco te planteabas pedir el divorcio.

En medio del vértigo, algo cambió. Supe que por primera vez en mucho tiempo tenía mi tiempo a mi disposición. Sentí la libertad, de quien se libra de una condena, el momento para elegir qué camino quería tomar. Por alguna razón me acordé de Ray Kinsella (encarnado por un treintañero Kevin Costner en Field of Dreams), que impulsado por una voz que le susurra “si lo construyes, él vendrá”, construye un campo de béisbol en su granja con la esperanza de ver jugar a las leyendas. Para Kinsella, esa voz fue una fuerza transformadora de su vida y la búsqueda de sus sueños. Yo también sentía esa voz interior, esa intuición volvemos a escuchar cuando el miedo se acalla. Pero sabía que los sueños no se construyen solos. Como escribió Gabriela Mistral: “Sé tú quien aparte la piedra del camino”. Quizás había llegado el momento de dejar de esperar señales y comenzar a despejar obstáculos. Aún así, ya había vuelto a empezar tantas veces que me preguntaba si acaso no había un límite de intentos. ¿Es posible reinventarse pasada la barrera de los 40? ¿Es la reinvención tardía un acto de rebelión silenciosa contra una cultura que idolatra la juventud? ¿Y si madurar no fuera rendirse, sino encontrar por fin el ritmo propio? ¿Cuántas vidas caben en una sola si tenemos el coraje de seguir nuestros deseos? 

Nos pasamos la vida cronometradas: todo tiene que estar definido antes de los treinta. Las decisiones importantes, tomadas. Los sueños, encajados a la fuerza en la agenda, como si existiera un itinerario vital que, de desviarse, nos convierte automáticamente en ejemplos de fracaso. 

A las mujeres, además, se nos exige cumplir un plan con el que venimos sujetas al nacer: ser buenas hijas, buenas alumnas, buenas parejas, buenas madres. ¿Cuándo tenemos espacio para preguntarnos qué queremos realmente? ¿Cuál es nuestro propósito? ¿Qué nos haría felices y plenas? Son preguntas que nos hemos hecho todas en algún momento, quizás en la adolescencia, en medio de una crisis o después de una ruptura, como la poeta Maggie Smith, que tras veinte años de matrimonio y dos hijos, descubrió que su marido tenía una relación con otra mujer. A sus 48 años Smith se encontró cuestionando el orden de prioridades que había guiado su vida hasta entonces, reconociendo que por años había antepuesto el bienestar de los otros por sobre el suyo, como tantas otras mujeres antes que ella. ¿Cómo es que la idea de reconstruirse después de los 40 no siempre es leída como un acto de fortaleza, sino como un síntoma de desestabilidad? Y es que esa batalla que vivimos contra el tiempo no es solo nuestra, también es de las más jóvenes  (o centennials) que son permanentemente bombardeados en redes sociales por influenciadores que, desde sus aparentes mansiones y con sus dientes de diamantes, los cuestionan por no haber alcanzado ya el éxito. 

Hace unas semanas, se viralizó un video de una escritora brasileña de apenas veinte años que desde la Bienal del Libro en Río de Janeiro confesaba lo frustrada que se sentía al encontrarse sola en su stand, sin que nadie esperara su firma: “tengo fe en que algún día tendré una fila aquí”. La escena no tardó en replicarse en diversos medios y miles de brasileños, conmocionados con su historia, agotaron en los días siguientes sus libros y acudieron a la Bienal en espera de que la joven escritora los firmara. Un triunfo que no era solo suyo, sino también el de su madre, quien renunció a su propio sueño de ser escritora para criar a su hija.

Recuerdo entonces a Tillie Olsen que también antepuso las necesidades de otros a las suyas: marcada por trabajos precarios y la crianza de sus hijas, esperó a que crecieran para meterse en una clase de escritura creativa en una universidad pública, ganar una beca en Stanford y publicar su primer libro a los 50 años. Como dice Olsen en Silencios, “las vidas entregadas y dedicadas por entero a la creación, exigen el tiempo necesario para trabajar y la consagración total del propio ser”. Que lo diga Aurora Venturini, que aunque publicó su primer libro a los 32 años tuvo que esperar otros cincuenta para ser reconocida por su trabajo al ganar a los 85 años el Premio de Nueva Novela Página/12 con Las Primas. Y esto que parece una coincidencia no lo es tanto, me lo dice Google, se llama late bloomer (o flor tardía) y se refiere a “persona cuyo talento o potencial no se manifiesta o desarrolla completamente hasta una edad más tardía de lo esperado, en comparación con lo que se considera típico o habitual”. Bajo ese mismo término figuran también Isabel Allende y Maya Angelou que publicaron por primera vez a los 41 años y recibieron la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil en Estados Unidos. Laura Ingalls Wilder, por  escribir la famosa saga que se convirtió en un clásico, La casa de la pradera después de los 65. Delia Owens, es otro caso que me resulta fascinante, zoóloga y conservacionista, decidió lanzarse a la ficción a los 69 años con Where the crawdads sing, número uno en la lista de los más vendidos del New York Times. Y, para resumir maravillosamente todo lo anterior, descubro el caso de la poeta japonesa Toyo Shibata, que se convirtió en un boom literario a los 99 años con una antología titulada: “No te frustres demasiado”: ¿acaso no es la mejor cachetada a esta época que nos apura y exige florecer antes de tiempo? Ahí comprendí que no tenía que esperar ninguna voz divina que me anunciara, como a Ray Kinsella, que debía construir mi propio campo. Lo que tenía que hacer era actuar. Porque si todas esas mujeres tuvieron su late blooming, yo también podía, aunque sea, intentarlo. 

Retomé mi pasión por los libros, la escritura y un proyecto semiabandonado, Raros y Felices, esta vez en otro formato, ya no como blog sino como una cuenta en Instagram. El nombre no fue casual. Toda mi vida me sentí una “rara” por lo que leía, por la música que escuchaba, por volverme vegetariana en uno de los países con mayor consumo de carne a nivel mundial, por ir contracorriente. No por eso me sentí infeliz, al contrario. Con el tiempo aprendí a apreciar esa “rareza” pues me hacía habitar el mundo desde un lugar distinto. Cuando abrí el blog, y luego el Instagram, me di cuenta que no estaba tan sola como creía. Había muchos raros y raras ahí afuera a quienes, como a mí, tacharon de excéntricos por sus gustos, o cómo nos segmentan en las campañas de publicidad: gente de “nicho”. 

Lo que comenzó como un refugio personal se convirtió en una comunidad viva donde he conocido a personas tan apasionadas por la lectura como yo, he hecho nuevas amistades y, sobre todo, he podido tender puentes entre lectores y nuevas lecturas, entre editoriales menos conocidas, libros y autores que merecen mayor visibilidad. Pero ¿qué ganas con eso?, me han preguntado más de una vez. Si bien entiendo la curiosidad, no comparto la idea de que todo debe ser capitalizado, medible en clics, en likes o alcance. Para mí no se trata solo un pasatiempo ni una vitrina: es un trabajo silencioso, y a veces agotador, pero profundamente significativo. Porque aunque la retribución no sea económica, el valor que la comunidad le da es inmenso. El intercambio, el entusiasmo, los mensajes que me escriben diciendo “descubrí este libro gracias a ti” o “volví a leer después de años” son suficientes para entender que esto tiene sentido. Que vale la pena. Y eso, en un mundo que parece exigir resultados inmediatos es casi un acto de resistencia. Porque aunque desde afuera se tiende a romantizar la figura del creador de contenido, la realidad es menos glamorosa. 

En el nicho que habita Raros y Felices, no llegan paquetes en sobres de editoriales ni notas de prensa relucientes, hay que pelear contra el algoritmo, esa criatura insaciable  que demanda más constancia que un jefe y más ideas que un brainstorming. Y sin embargo, a pesar del fantasma de la incertidumbre económica siempre rondando y esperando que le preste atención, por primera vez en años siento que este es un trabajo absolutamente mío. No respondo a nadie más que a mí misma, a mi ritmo, a mis preguntas, a mis obsesiones. Y tal vez es ahí donde está la felicidad: en desviarse del mapa que nos trazaron, en elegir otras formas de vida, aunque no vengan con garantías e impliquen un florecimiento tardío. Porque si el éxito es realizar un sueño, ¿por qué le hemos permitido a la sociedad ponerle fecha de vencimiento? Crear, empezar de nuevo, hacer lo que amamos no debería ser una carrera con meta fija y cronómetros que dictan el paso. No se trata de quién llega primero, ni de quién lleva las mejores zapatillas, sino de quienes siguen entrenando incluso cuando nadie los ve. De quienes, aún perdiendo todas las anteriores, siguen corriendo. Quizás no al compás del mundo, pero sí al de ese tambor invisible que, como decía Thoreau, algunos oímos distinto.

ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

6 comentarios en “Correr aunque nadie mire”

  1. Andrea, solo agradecerte por poner por escrito lo que he estado viviendo y lo que he sentido gran parte de mi vida. ¡A apartar la piedra del camino, se ha dicho!

  2. Estoy llorando con cada línea que leo, me siento tan identificada… Ojalá algún día yo pueda volver la vista atrás y sentir que finalmente lo conseguí. De momento tengo 36 años y sigo siendo espectadora.
    Un abrazo.

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