La imagen, una ilustración de Pato Vera, muestra a dos personas en una sala de terapia.

En diciembre no hay milagros

— Doctor Correa, el paciente Julián Oporto está acá.

— Gracias, Gladys, hágalo pasar, por favor.

Soy terapeuta de terapeutas; no era precisamente en lo que esperaba hacer cuando me titulé de medicina y terminé mi especialidad en psiquiatría. A mis 53 años, yo suponía algo más de glamour o al menos un cargo con más tiempo para mí y menos “incendios” existenciales que apagar de pacientes con egos del tamaño de una galaxia completa. Algo que tampoco pensé que pasaría sería conocer a Julian Oporto, mi paciente más conflictuado, intenso, profundo e inseguro. Julian es el menor de cuatro hermanos de una familia proveniente de uno de los barrios más acomodados de la ciudad. Hijo de un respetado doctor, todos siguieron la misma profesión y disciplina, todos cardiólogos, solo él se aventuró a la psiquiatría para demostrar una rebeldía que incluso a él mismo le parecía ridícula pero necesaria.

Julián llegó por primera vez a mi consulta hace más o menos 3 años. No existía un conflicto en particular, nunca hubo un motivo explícito de atención. Él decía que el hablar con alguien que sabía lo que él hablaba lo conectaba con su propio mundo y lo liberaba de ideas que prefería depositar en un tercero. Sentía que esa “simetría intelectual” lo liberaba, quizás por eso nuestras terapias eran monólogos de Julian, hablando y pensando en voz alta, si lo expresaba a través del lenguaje estaba apartando esas cargas afectivas de su vida y del diván de su lujosa y pulcra consulta del barrio alto de Santiago.

Hace unos días, Julián llegó más perturbado de lo normal, e inusualmente confundido, necesitaba hablar de un diagnóstico que lo tenía inquieto: esa fue la palabra que eligió, lo recuerdo perfectamente. Mientras encendía su primer cigarro, recuerdo que su mirada estaba fija hacia afuera, hablaba sin expresión, Apoyado en la ventana de mi oficina, que había transformado en consultorio, desde donde la calle Miraflores se extendía hasta perderse en el cerro Santa Lucía.

En las últimas semanas, llegó a su consulta María, una joven de no más de 20 años, sin hermanos, de un círculo social más bien reducido, clase alta y con padres muy cercanos a la iglesia católica. Ellos eran mayores, estrictos pero amorosos, tradicionales hasta la médula.

La derivación de la psicóloga de Maria, decía: 

“Paciente de sexo femenino, joven, quien relata experiencias de comunicación directa con entidades celestiales y la convicción firme de haber concebido sin mediación humana. Presenta discurso organizado, afectividad adecuada, sin signos de alteraciones perceptivas mayores en otros ámbitos. Se sugiere evaluación para descartar un trastorno delirante tipo místico o un episodio psicótico breve”.

—Esta vez sí que no sé por dónde empezar, Gastón — soltó Julian como si el aire llevara días ahí dentro cargado— Tengo a esta paciente… María, una adolescente que dice que está embarazada, pero asegura que no ha tenido contacto físico con nadie, indica haber sido elegida por un ser celestial.  Al principio pensé en un delirio místico más, como indicaba su psicóloga, algo relativamente encasillable, pero… no estoy seguro de que sea eso. No hay agitación, Gastón, no hay ruptura con la realidad fuera de ese relato. Todo lo demás en ella es… impecablemente normal. No hay miedo, no existe nada de culpa, sólo una certeza serena, pausada y en momentos hasta conmovedora, como si supiera algo que nosotros no sabemos.

La mirada de Julián seguía tan imperturbablemente fija en la ventana que daba al exterior, que por momentos sentí curiosidad de sumarme para averiguar qué era lo que observaba tan concentrado. o pestañea, hablaba, fumaba, respiraba, repetía.

–Lo más extraño es cómo me hace sentir… Tú sabes, Gastón, que he aprendido a dudar de todo. Sentí, escuchándola, que… ¿y si fuera verdad? No en el sentido literal, tal vez. Sino en que ella lo cree de un modo tan puro, tan intacto, que no tengo herramientas para desmontarlo sin traicionar algo sagrado en ella.

Se quedó callado unos segundos, como haciéndose cargo de las palabras que acababa de decir. Su expresión se volvió triste, como si pudiese ver a través de su cráneo: todo encajaba dentro de su lóbulo frontal…sus pensamientos se ordenaban tras su relato, por primera vez, fuera de su conciencia y de su consulta.

–Gastón, siento que lo que me pasa con todo esto es que no sé si mi rol es diagnosticarla… o protegerla, yo sé cuál es mi rol como psiquiatra, pero siento que esto es diferente. No sé si es coincidencia o destino o mala suerte, pero siento que no es una terapia más, no se como explicártelo ahora …. pero siento que hay algo para lo que nunca nadie me preparó. ¿Te puedo hacer una pregunta? —acando, por fin, su mirada hipnótica y vacía de la ventana—.¿Alguna vez has sentido que un paciente te traía noticias de otro mundo? Tranquilo, no te asustes … No es necesario que me lo respondas y no me estoy volviendo loco, como debes estar pensando.

Me costó mucho no ponerme en el lugar de Julián. Hace un tiempo ambos habíamos dejado de participar en estas terapias desde un punto de vista estrictamente clínico, lo que me hacía sentir culpable porque él seguía pagando la consulta cada semana y, a pesar de que esto había dejado  de tener una estructura guiada desde lo terapéutico, creo que al final nos hacía bien, él se descargaba y ordenaba sus ideas carente de todo prejuicio, yo oía sin el peso del diagnóstico encima. Ni siquiera tenía que responder o hablar, yo solo escucho a un Julián a veces reflexivo, otras confundido y muchas otras atrapado en sus propias inseguridades, y me gusta pensar que ambos encontramos libertad en nuestros encuentros.

Julián retomó una postura más entera, se incorporó y se sentó justo frente a mí. La luz amarillenta del consultorio lo alcanzaba de medio lado, marcando con sombra la otra mitad de su cara. Encendió otro cigarro con un gesto más seguro, casi satisfecho. El humo se quedó flotando a medio camino entre nosotros mientras inclinaba el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, por unos segundos solo me miró en silencio, creo que seguía intentando ordenar las ideas y las palabras.

—¿Cómo le cuentas a alguien que te embarazaste en un sueño? —se levantó rápido de la silla, apagó el cigarro y merodeó por la consulta. Mientras hablaba, se paseaba mirando y tocando los lomos de los libros de la biblioteca como lo había hecho cientos de veces. Se movía lento, sigiloso y seguro de cada paso—. ¿Qué harías tú si tu novia te sale con este pastelito?

No sé cómo lo ves tú, Gastón… pero yo creo que María siente que si le habla a su novio, desde la fe, él no podrá seguirla, pero si le habla desde la razón, lo perderá, y esa es la gran grieta en la que hoy estamos atrapados, yo la acompaño, pero también sé que, en algún momento, el dolor será inevitable, de un lado o del otro, y todo se iría a la mierda.

En la sesión de ayer hablamos con María acerca de una sola pregunta durante toda la sesión: ¿Qué te gustaría preservar, tu verdad… o tu vínculo?, lo peor de todo es que ni siquiera estoy seguro de que haya una respuesta para eso. ¿La hay? 

Julián se fumó el último cigarro, se puso su abrigo gris, sus gafas y se preparó para irse de la misma manera, rápida e intensa, de la que había llegado esa tarde. El cigarro fue apagado en la mitad y Julián se quedó entre la distancia que separaba la puerta de la consulta y el ascensor.

Desde ese día han pasado siete meses. María dejó las sesiones a finales de ese mes, no fue un portazo: más bien se fue apagando, como alguien que apaga la luz al salir de una casa de la cual ya no está seguro. Julián me contó por teléfono que al final solo la dejó ir, ellos siguieron en contacto por correo, mensajes breves y de complicidad clave, propia de una terapia que ha fracasado de forma exitosa: “Estamos bien”, “Nos movemos”, “José entendió lo necesario”.

Julián me contó que se fueron lejos, a una ciudad sin historia propia, sin fantasmas ni herencias que explicar. José se fue con ella. No sé si creyó en todo o solo en María, que en el fondo es casi lo mismo. Ella dio a luz un varón los últimos días de diciembre, la misma noche en que un cometa cruzó el cielo de Santiago y la gente se quedó mirando hacia arriba, buscando señales que no siempre llegan. No hubo milagros, solo decisiones en solitario, fe en su forma más humana: esa que no exige pruebas. A veces pienso que, entre la verdad y el vínculo, ellos eligieron otra cosa. Yo, que por casualidad me encontré con esta historia, elijo creer.

*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA.

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