En medio de la publicación de su nuevo libro, el ilustrador reflexiona sobre Chile post estallido, la incapacidad de dialogar y la brutalidad del ego en tiempos de redes sociales. “No puedes pensar que vamos a tener un país sano si no somos capaces de conversar cosas profundas sin querer matarnos”, dice en esta entrevista con Revista Abismo.
Aunque hace cuatro años se fue de Chile, el ilustrador Alberto Montt (52) tiene un lazo inevitable que lo conecta con la realidad nacional y que tuvo su reencuentro a finales agosto cuando de manera veloz viajó para la inauguración del festival de cine Sanfic21, cuyo afiche principal fue su creación.
Originario de Quito, en donde vivió por más de dos décadas, se radicó en Chile en 1998. El Cono Sur fue el caldo de cultivo donde desarrolló gran parte de su carrera dibujando viñetas tan ácidas como profundas, las que alcanzaron mayor alcance con su blog Dosis Diarias. Su obra fue publicada en variados medios de comunicación, tiene una veintena de libros y es seguido por más de 300 mil personas en Instagram, donde, como forma de advertencia, indica en su biografía: “Ne me importen tes sentimientes”.
“Yo no sé en realidad a quién le hablo. Creo que en muchos casos hay un sesgo de confirmación en que le hablo a gente que ya piensa más o menos como yo, y eso me asusta”, cuenta desde Angouleme, pueblito de 40 mil habitantes fundado en el suroeste de Francia y al que llegó invitado por la Maison des Auteurs para hacer una residencia artística. Hace dos años que Montt no volvía a Santiago y por primera vez lo hizo de manera profesional: unas charlas, el Sanfic21 y el lanzamiento de El gran libro de los humanos según mi gato.
Volver fue extraño, reconoce. Chile post estallido y pandemia, es otro.
“Fue la primera vez que vi Santiago Centro como la cicatriz de todo el levantamiento humano, emocional y espiritual, de la explosión que hubo en Chile. Y es muy loco porque es una cicatriz de la que yo creo que no aprendimos absolutamente nada. Fue como un proceso interrumpido que no llegó a ningún lugar y que terminó moviendo el péndulo, incluso peor de lo que estaba antes”. Habla también de un sentimiento en las personas de altas desconfianzas, “Chile cada vez está más dividido, más partido y siento al país muy golpeado, con un estrés postraumático importante”, reflexiona.


El derecho a opinar
La voz de Alberto es suave. A pesar de que sus opiniones son más bien tajantes y que sus dibujos interpretan pasiones y dudas transversales de la humanidad, su timbre vocal es calmo y reflexivo, casi como el corolario de divagaciones mentales más profundas que habitualmente terminan en sus dibujos con mensajes al hueso. Montt tiene harto para decir, pero en época de haters hay que tener cuero de chancho.
“Me parece muy impresionante cómo estamos en un punto en donde ya no se puede hablar porque cualquier cosa que digas te convierte inmediatamente en un villano. O sea, digas lo que digas, siempre va a ser un villano para un grupo determinado”, cuenta desde su hogar.
Cuando viajó a Chile dibujó una serie de ilustraciones referidas a su tiempo de ausencia y a sencillas ideas que se había dado cuenta del país, estando lejos. Advertía que era una opinión personal y que si alguien se enojaba mejor no leyera. En las viñetas contaba que la empanada de pino era mejor con pasas, que la cordillera era sobrecogedora, que la ensalada a la chilena no era chilena, que nadie saluda en ningún lado y que Santiago, para Alberto, era lindo. Pero también contaba que el “completo” lo encontraba sobrevalorado y que la materia prima con que estaba hecha la salchicha le provocaba “menos confianza que llanto de político”. En los comentarios ardió Troya.
“Si algo tan idiota causa el revuelo que causó, imagínate hablar de cosas que son realmente importantes. No puedes pensar que vamos a tener un país sano en la medida en que no podamos conversar cosas profundas sin querer matarnos”, cuenta Montt y continúa: “La gente se vuelca a este tipo de cositas chiquitas que le hacen sentido, porque las cosas importantes son inalcanzables. A veces es más fácil defender eso, porque lo que hay que defender realmente es imposible”.
Montt dice que vivimos en la era del ego. “Es muy brutal que todos se sienten el personaje principal, todos creen que son mucho más importantes de lo que son, porque antes uno era tonto, pero ahora todos somos tontos con micrófono”.
El post Chile según Montt
Aunque sus dibujos no son políticos y el artista tiene ideas claras al respecto y no rehúye a la temática. Se reconoce de izquierda y cree que Chile va directo a un gobierno de derecha por no saber capitalizar la fuerza que estuvo en las calles desde octubre del 2019.
“En el estallido social, tanto yo como una gran mayoría de chilenos, sentimos que había fuerzas unidas en función de un Chile mejor, más justo, más ético, más igualitario, equitativo. Y de repente soltamos la pelota y esta fuerza que conseguimos fue cooptada por un grupo de desquiciados que no supieron aprovechar la oportunidad que habíamos ganado”.
—¿Te refieres al gobierno de Boric?
—A todo desde que lo agarró la política. Estoy hablando incluso del primer boceto de Constitución y desde que dijeron que íbamos a refundar Chile. No era lo que queríamos. Yo no quería eso. Yo quería una mejora del Chile que ya teníamos y no convertirlo en una utopía fantasiosa, porque al final también sabía que eso no iba a ganar.
“Ahora ni siquiera puedes decir eso, porque o estabas a favor al 100% del movimiento, con todas sus consecuencias, o eres un facho ultraderechista. Y para mí no es tan así, porque conversaciones en ese nivel no son posibles. No hay espacio de reflexión, la autocrítica es considerada una traición o un ataque flagrante, cuando para mí, las ideas son justamente los espacios que tenemos para la crítica. En mi opinión uno de los conceptos más estupidizantes en la sociedad moderna es que todas las ideas merecen respeto. Eso es ridículo. Entonces llego a un Chile donde tienes los dos polos tan separados que te das cuenta que ya no preferimos conversar, porque esa conversación es inasible. No puedes llegar a tener una charla real y termina pasando un fenómeno que es muy común en sociedades tan divididas: terminas hablando para los que ya te escuchaban”.
Y eso, el conversar con iguales, le causa escozor a Alberto Montt. “Cuando entro a leer los comentarios sobre lo que hago y son, en general aprobatorios, me digo ¿estoy haciendo algo mal?”.
El humor como cachetada
Maestro en el humor negro, Montt cree que éste debe ser una sorpresa. Dice que es un encuentro no necesariamente cercano a la risa o a la alegría, si no algo que hace cuestionarse, dolerse o cambiar de estado de ánimo. Cuenta que creció leyendo a Quino y que no recuerda haberse reído alguna vez con sus ilustraciones:
“Quino me enfrentaba a mí mismo y me planteaba una mirada distinta. Para mí era ese el gran valor. Hoy en día hay mucho de confort en el humor. Es como de sentarte y consumir cosas que te hagan sentir bonito o suavecito. Yo prefiero la cachetada porque me hace estar más en contacto conmigo mismo”. Montt reconoce que toda la crítica que hace parte de una mirada sin piedades sobre sí mismo. El humor se vuelve vehículo para hundirse en su propia honestidad.
Revela que no cree ser para nada un tipo especial ni esencialmente observador. “Lo que sí siento es que estoy condenado a vivir conmigo mismo y eso me lleva a estar constantemente viendo mis propias falencias. Es como vivir con un crítico en el hipotálamo el 100% del tiempo, y que me obliga a ver cómo funciono en relación a el mundo donde vivo. Y ahí es donde entran estas disonancias entre lo que me hace sentir bien y lo que me descoloca. Por alguna razón he llegado a disfrutar más de aquello que me descoloca, porque me hace sentir más presente y esto es un ejercicio que lo llevo haciendo tanto tiempo que ya ni siquiera lo hago consciente. Eso tampoco me permite ver nada en paz, porque encuentro que todo es muy idiota y muy en función del efecto”.

Aunque en los tiempos turbulentos que transita el planeta, hay cuestiones que lo han congelado. Durante la entrevista, cuenta que en una charla con Liniers –su amigo e importantísimo ilustrador argentino– acerca del tema de Palestina le quitaban todas las ganas de publicar.
“¿Qué puedo decir que sea importante en un momento como este? Nada. No hay nada que supere la tragedia que está pasando en Medio Oriente, ¿no es cierto? Y, al mismo tiempo, ¿cómo no puedo hablar de esto?, ¿cómo puedo mantenerme callado? Y todo eso se mezcla con ¿y qué saco yo hablando? Ese movimiento pendular por el que hemos pasado ambos: tengo que hablar porque es importante hablarlo, y después: no saco nada hablándolo, porque el mundo se rige por otras fuerzas”.
Al terminar la entrevista, Alberto Montt, se manda una de esas profundas reflexiones que termina sintetizando, de manera chistosa, ácida o desencantada, en sus dibujos: “Muchas veces lo que opino es un conjunto de mis ignorancias tratando de convertirlas en una balsa que me mantenga a flote en un mundo que es demasiado complejo y que es imposible asirlo. Hoy en día la gente apenas tiene un segundo libre, una luz en rojo o un viaje de 10 minutos en el bus, y lo primero que hace, es abrir el teléfono para idiotizarse porque es mucho más confortable, a pesar de que estés viendo accidentes y matanzas, todo es mucho mejor que enfrentarte a tus propios demonios y eso es muy loco. Es muy loco”.
*FOTOGRAFÍA DE PORTADA DE MÓNICA MOLINA





