La imagen es una ilustración de Mara Parra y acompaña el cuento "El pueblo sin nombre", publicado en Revista Abismo.

El pueblo sin nombre

El pueblo en que nació mi abuela no era más que una calle sin nombre. 

Estaba al lado de la línea del tren y no tenía mariposas amarillas, estaba ya muy lejos de la magia. Lo único místico que recordaba era la animita del roble viejo, ahí donde había una virgencita con velas, donde se decía que se aparecía la santa si le rezabas con efervescencia. 

La calle vieja en la que se crió mi abuela tenía una cantina para los hombres del pueblo: vino tinto, música y amanecidas. Se preguntaba qué habría allí dentro, donde el pueblo reía y vociferaba. También había una iglesia a la que iba cada domingo con su único vestido, ese de color blanco que le había tejido su madre. No comprendía lo que era rezar, a pesar de que todos lo hacían, aun así apretaba las manos con fuerza y repetía, pedía, agradecía. 

Se sentaba en los rieles del tren y escogía las tapas de bebida que más le gustaban. Las de gaseosa tenían el dibujo de un personaje pequeño y divertido color gris, las de cerveza traían escrito su nombre en color dorado y las de agua eran blancas. Las ordenaba sobre la línea del tren y esperaba pacientemente a que la enorme máquina de hierro les pasara por encima. Luego, con total ansiedad, iba a recoger sus tapas aplastadas: ahora era dueña de medallas, monedas falsas, fichas, juguetes intercambiables, una infinidad de posibilidades. 

No hay fotos de ella de niña, era demasiado pobre como para retratarse. Pero según dice, era una niña linda, morena, bajita, saludable y pecosa. Al pueblo iba un fotógrafo una vez al año que siempre tomaba la misma imagen, la de los alemanes dueños de los campos, en blanco y negro, que parecían dibujos a lápiz. Ellos las colgaban en sus enormes salas de tejuela y las lucían sobre sus alacenas, las que les limpiaba mi abuela cuando era adolescente.

En la calle larga vivía una adivina, vieja y arrugada. Cuando mi abuela tenía ocho se metió a hurtadillas a su patio y la vio tender la ropa en los cordeles. A la semana siguiente, segura de que se trataba de una mujer de aspecto normal y no de una bruja con piel de colores, como siempre pensó que debían ser, fue a preguntar por su suerte. Sus manos huesudas la atrajeron a un mazo de cartas de tarot pintadas, de sus orejas colgaban enormes argollas y  de su boca salía un hálito de cigarro insoportable. Le dijo que solo tenía un par de tapas aplastadas por el tren para darle a cambio, pero que podrían ser valiosas si las transformaba en un collar. La adivina, conmovida, accedió. Le confesó que crecería y se casaría, viviría en la capital y tendría su propia casa llena de hijos y nietos, tendría un jardín con flores y una sala con fotos de la familia. Pero mi abuela salió molesta, segura de que la adivina era una mentirosa.

Un día la madre de mi abuela se enfermó. Acababa de tener a su último hijo y, aunque la adivina a ella le había advertido que no se metiera al río, lo hizo igualmente para lavar la ropa. Mi bisabuela quedó ciega de un momento a otro y, como si se tratara de una maldición, quedó postrada. Mi abuela se hizo cargo de sus hermanos y, con nueve años, se vio obligada a crecer.

Un día, al pueblo llegó un viajero. Tocó la puerta del hogar de mi abuela y le pidió un vaso de agua. Entró y observó la pobre casa. Alguien aquí tiene un mal de ojo, le dijo. Mi abuela se sorprendió. Envuelve a tu madre en hoja de nalca y cúbrela con leche, luego de tres días estará bien. Obediente mi abuela lo hizo y ocurrió el milagro en la calle larga. El pueblo no era más que una calle sin nombre que ya no existe, se lo comió el tiempo. Nunca tuvo magia, solo miseria, con una cantina y una iglesia para rezar. Lo atravesaba una línea de tren en cuyos rieles se podían hacer monedas.

ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido