Fue con una canción de fondo. “Medio segundo separados / Parece una eternidad / Todo el otoño y el invierno / No lo vamos a superar / Era para siempre, sin paréntesis nuestro amor / sellado con un beso, grabado en un corazón”.
Hilda Alarcón llevaba días recordando las letras que marcaron su juventud. Sellado con un beso; Volveré; Te quise, te quiero, te querré y tantas otras interpretadas por artistas como Demis Roussos y Leo Dan y que fueron parte fundamental de su vida con Luis, su marido. Las ponía para hacer el ambiente de su casa en Casablanca más ameno, y también porque quería que él recordara su historia de amor.
En eso estaba, escuchando las canciones de su vida, observando a su marido y ordenando la casa, cuando encontró una caja repleta de fotos y cartas.
—¿Quieres que te la lea? —le preguntó Hilda.
—Sí —contestó, sin dudarlo, Luis.
—“…Sellado con un beso, Luis”.
Durante ocho años Hilda y Luis intercambiaron cartas. Cerraban cada una de las misivas con fragmentos de canciones. Pequeñas serenatas en papel.
Hoy, sentada en el sofá del departamento de su hija, en Ñuñoa, ella no puede evitar emocionarse al recordar ese momento: “Estábamos quebrados, muy abrazaditos. Entre leer, llorar y limpiarme la nariz, era todo un paisaje que estábamos armando los dos. Fue enternecedor”.
El descubrimiento encendió un impulso antiguo: escribir. Hilda lo hacía al menos desde los quince años, cuando su padre le regaló un diario. Y esa mañana, mientras leía a Luis los fragmentos encontrados, sintió la urgencia de contar su historia.
***
Cuando se presenta, Hilda primero dice que es esposa de Luis. Luego, que tiene 75 años, que es madre de Luis Rodrigo Esteban, Mauricio Andrés y Marcela Carolina y abuela de Matías y Celeste. Después menciona que es enfermera naval, “retirada de las filas hace muchos años”, y que se dedica al cuidado de su amor de 80 años y de sus enfermedades. “Ese fue el motivo que me hizo reiniciar este libro escrito hace 48 años”, comenta.
Él lee su libro por ratos, llora cuando ella llora, la abraza para dormir porque ese gesto sigue siendo su manera de decirlo todo. A veces confunde ciudades, fechas y lugares; otras, recuerda con precisión momentos que solo viven en esas cartas y en la escritura de Hilda, la mujer que quiso desde el primer día.
Hilda y Luis se conocieron en un tren, una madrugada helada, cuando ella tenía 18 años y él, carabinero, la cubrió con su chal para protegerla del frío y de los hombres que la incomodaban. “Nos separamos en San Rosendo, él tenía que hacer combinación a Angol, donde vivían sus padres, y yo iba a Concepción. Estuvimos conversando toda la noche. Él muy poco hablaba, fuera de reírse de todas las leseras que yo le hablaba”, recuerda. Ella, que nunca había tenido un amigo hombre, le pidió que le escribiera al internado de Yerbas Buenas para no ser la única que no recibía cartas. Y él aceptó.
En las cartas hablaban de todo. Como si fueran viejos amigos que cuentan sus pololeos, sus historias del día a día. Ella ignoró que él le decía “mi chiquita”, pensó que era una broma, una forma de molestar. “Si me hubiesen dicho que él sería mi marido, no lo hubiese creído”, dice entre risas.
Cuando por fin se reencontraron, ya adultos, Hilda se enamoró. El pololeo duró dos años, también a distancia, también con cartas de por medio. Y cuando decidieron casarse, ocurrió el episodio que marcaría su vida: Luis no llegó al matrimonio. La llamada en que le pidió suspender la boda, el silencio posterior, las preguntas sin respuesta. “No podía creer que el hombre que me escribía cartas tan románticas y tan lindas me estaba diciendo eso. No entendía qué pasaba, mi mundo se cayó a pedazos”, recuerda.
Hilda estuvo dos días sin levantarse de la cama, rodeada de las cartas que tanto había amado. Un shock hipoglucémico la dejó sin conciencia. Fue un quiebre profundo, pero no el final. Días después Luis volvió, la miró como si fuera la misma joven del tren, y se casaron sin vestido, sin fiesta, sin más testigos que un desconocido del Registro Civil. En contra de la familia, en contra de lo que ella había imaginado para sí misma.
Hilda dice que nunca se lo recriminó. Pero ese episodio, silencioso por décadas, fue el motor de un libro que empezó a escribir en las guardias del Hospital Naval de Talcahuano, cuando trabajaba como enfermera. Después de la luna de miel, mientras Luis estaba en Calama, entre turnos en la UCI, comenzó a reconstruir su vida. Desde la niñez, pasando por el internado agrícola de Yerbas Buenas, el romance epistolar y la boda interrumpida. “Yo volqué ahí todo lo que sentí y luego me olvidé de ese texto”, dice Hilda.
Hasta esa mañana al sonido de Sellado con un beso.
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Cuando Hilda retomó la escritura, no se imaginaba que ese impulso podía transformarse en un libro. “Yo ni siquiera ahora me lo creo”, dice. Todo empezó casi por azar: un día apareció en Facebook un hombre que ofrecía un curso gratuito para quienes soñaban con escribir un libro. Le habló por interno, le dijo que leía lo que ella publicaba para los cumpleaños de Luis o para sus aniversarios de matrimonio y la invitó al curso.
Hilda aceptó de inmediato. “Soy rápida para todo, tomé apuntes, escuché cada clase y escribí muchísimo”, recuerda.
En las noches, después de tomar once y ya acostados, mientras Luis veía un poco de televisión, ella escribía desde el celular. No sabía borrar, no sabía editar, no sabía casi nada. Se mandaba cada fragmento a sí misma por WhatsApp. Le leía a Luis lo que avanzaba. A veces él no entendía; otras, solo la miraba. Pero cuando la veía llorar, él también lloraba. En algunas ocasiones, en medio de esa fragilidad, se iluminaba un recuerdo: “¿Te acuerdas de tal cosa?”, le decía Hilda. Y él hablaba. Aunque se confundiera, para ella, ese pequeño gesto era suficiente. Era prueba de que escribir estaba abriendo un puente para los dos. Un lugar donde todavía podían encontrarse.


Pero, al terminar el curso, su profesor mencionó que publicar en Amazon podía costar entre dos y cinco millones de pesos. “Se me cayó el mundo”, recuerda Hilda. No tenía ese dinero. Para su suerte, su hijo mayor se ofreció a editarle y a publicarlo en la plataforma. Fue él quien tomó los textos, los ordenó y revisó. Y fue entonces cuando Hilda tomó una decisión:
—Quiero hacerlo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Quiero que tu padre alcance a leerlo. Él es el protagonista. —le dijo.
Todo ocurrió en apenas diez días. Ella quería tener el libro publicado el 11 de julio, su aniversario de matrimonio.
***
—¿Qué querías con este libro, Hilda?
—Que la gente entendiera lo que significa la palabra amor —responde, con lágrimas en los ojos.
—¿Y qué significa la palabra amor para ti?
—Entrega, aceptación, corazón abierto. Es como una cirugía: lo abro, abro la palabra amor y veo tantas, tantas cosas. Cuando se hace una cirugía de abdomen, tú miras, hay hartas cosas que ver, venas, arterias, todo se mueve y cuando se abre el corazón para ver la palabra amor, o abres tu mente… ¿Qué es el amor? El amor para mí es eso, es una palabra que, si la llevamos a la parte humana, una operación, ves tanto. Una sonrisa, por ejemplo, si ves una persona que está muy triste, pero tú le sonríes con amor, esa persona se va a quedar con esa sonrisa. Eso es amor. Es algo tan sencillo y que te puede hacer tan feliz.
***
A su hijo mayor, Hilda le dijo: “Hacer este libro fue como tener un bebé”. Pero, al igual que con un hijo, trajo alegrías.
Además de tener un ejemplar físico de su obra, a la que tituló Un nuevo triunfo al amor – ocho años de cartas y una vida entera de amor, Hilda y su familia organizaron un lanzamiento en Casablanca, unos días antes de esta conversación.
No fue multitudinario, pero sí emotivo. Hilda dice que ha transitado muchas pérdidas en los últimos años: la muerte de su madre, el distanciamiento de varias hermanas, las fracturas que deja la vida cuando las familias se rompen por intereses y heridas antiguas. “Fui muy sola”, reconoce. Solo mantiene contacto con una de ellas, la misma que hace décadas le preparó una once improvisada cuando se casó sin apoyo. Las otras no saben del libro; no quieren saber. “Mis hijos me dicen: ‘mamá, sánate’”, cuenta.
El 29 de agosto, un pequeño grupo llenó la sala. Había lágrimas por todas partes. “Una persona dijo que le costaba mucho llorar, y ese día lloró”, recuerda. Ella habló poco; la gente escuchaba y se emocionaba. Sus hijos estaban a su lado. Y Luis, sentado junto a ella, respiraba la emoción sin poder ponerla en palabras.
—¿Luis leyó el libro?
—Sí, lo lee un rato, lee, llora, me hace cariño o me llama. Si él está solo, me dice “mi moni, vente”. Él es mi moni y yo soy su monina. Me abraza y me dice que me ama. Yo le digo “lee tú” y él me dice “no, yo quiero que tú me leas, yo quiero escucharte”, de repente las palabras no le salen.
Cuando Luis agarró el libro, se encontró con esta dedicatoria: A ti, mi amado Luis, el amor que esperé sin saber que esperaba. Al que me escribió con paciencia, me miró con ternura y me amó sin condición. Y ahora todo lo comprendo porque todo lo sé. Mi compañero de cartas, de esperas, de silencios y de amor sin tiempos. Gracias por hacerme sentir que valió la pena cada lágrima y cada esperanza. Llegaste por carta y te quedaste por siempre. Eternamente tuya, Hilda.

***
Después de horas recordando su historia y el camino que recorrió para publicar su primer libro, Hilda llora. Me toma la mano al hacerlo. Dice que piensa mucho en lo que fueron y la situación actual de Luis. Dice que la escritura tiene que ser una forma de fijar lo que se escapa, de dejar testimonio del amor que compartieron y del que todavía los sostiene.
—¿Seguirá escribiendo, Hilda?
—Sí, en el pueblo ya me dicen “escritora” —se ríe— Tengo pensado hacer una trilogía con nuestra historia con Luis.
—¿Y qué es escribir para ti?
—Es llenarme, es despejar. Despejar el corazón, vaciar el corazón. Ojalá que Dios me dé vida y me dé una cabeza como para poder escribir como lo hago, con el corazón. Lo que brota del corazón, y se expresa a través de la palabra con una pluma, con un celular, con lo que haya.
***
Días después de mi entrevista con Hilda, su amado Luis falleció. Ella, como no podía dejar de ser, ha escrito en redes sociales homenajes semanales a su marido. Uno de los más recientes dice así: Tu forma de amar sigue floreciendo en todos nosotros. De mi alma brotan lágrimas que son tinta, hilo y aguja, para seguir escribiendo y bordando nuestra historia de amor.
Por eso, aunque este relato no es una carta, lleva el siguiente posdata: en memoria de Luis.






1 comentario en “Un libro a los 75 para que el amor no se olvide”
Es una historia que conocí de cerca. Hay un amor inmenso que sobrepasa todo límite y deseos materiales.
Mis felicitaciones y todo mi cariño para usted Sra Hilda y sus hijos.
Saludos cariñosos y reitero mis felicitaciones.
José Rojas, papá de Sebastián, vecino de Los Jardines de Vespucio.
Saludos a Luis.