Oye Gabriela

Celos de las nubes sentía Dorita porque Gabriela se la pasaba viendo el cielo en busca de inspiración, tal vez para agregar un pequeño ingrediente que toda relación, al igual que la comida, debía tener: ajo, pimienta, comino, sal.

En el epistolario compilado por Pé quedaba claro que comenzaron por escrito. La joven profesora de literatura estadounidense, que se decía tímida, había visto a la poeta leer en público dos años antes de animarse a escribirle. Aquella noche, después de la lectura, se la encontró a boca de jarro en el ascensor y no le salió la voz. Logró hablarle recién un par de años después, por carta. Las mismas que en un principio Pé trató de ocultar.

Washington D.C., 15 de julio, 2009

Clark es enviada a la Embajada de Chile en Washington, donde se guardan los papeles aparecidos tras la muerte de la última compañera de Mistral. Los asientos se llenan de turistas pobres, chinos cargados de bultos, estudiantes que sacan sus guisos asiáticos en el autobús. Viaja en el transporte económico que sale de Chinatown (aunque rinde pasajes de tren por un precio varias veces mayor). Desde que llegó a Nueva York gana menos que si lavara platos, pero esta misión la entretiene y paga bien. Hay cartas que nadie ha visto y que Pé está obligado a mostrarle. En el periódico están felices porque golpearán a la competencia. Y ella por no morirse de hambre. 

Los papeles han sido descubiertos, olvidados, robados, vueltos a olvidar y redescubiertos en más de una ocasión. La primera —hombre o mujer— latinoamericana en ganar el Nobel de Literatura y la primera escritora de Hispanoamérica en obtenerlo, otra de sus rarezas. Rara, excéntrica, singular, extraña. Es lo que le gusta acentuar a Flora: “La fascinación pública con la ambigüedad sexual señala la homofobia nacional, pero también la investidura de su sexualidad más fuerte que el prejuicio. Sin duda, Gabriela Mistral ha sido prefigurada en términos de ambigüedad, provocando el deseo de saber y, al mismo tiempo, la paranoia del Estado por la certeza de su heterosexualidad”, escribió en el libro que la reportera repasa en el autobús. En la embajada la espera Pé, sonriente y estoico funcionario público de voz aflautada. En la misión diplomática hay un actor que ocupa un alto cargo y que lo imita. 

—¿Qué tal el viaje? Acaba de estar aquí el diario de la competencia, pero no te preocupes, tú tienes la exclusiva, tú vas a ver más —saluda Pé, con su imborrable sonrisa que recuerda al anuncio de una pasta dental.

—¿Cómo? Se suponía que no iba a venir ningún otro, esto no puede ser, voy a tener que avisar a Chile —reclama Clark.

—Mira, si no es para tanto, todo va a salir bien. Además, quería aclararte una cuestión, yo no soy solo el conservador del archivo, como salió ayer en tu diario, soy un mis-tra-liano —reclama Pé ajustándose las gafas—, llevo veinte años estudiando a la poeta. Pero mejor subamos —dice avanzando por la escalera alfombrada. Una vez en el segundo piso, digita la clave secreta antes de abrir—. Pasa, ¿ves?, todas estas repisas fueron construidas especialmente para los documentos, toma asiento y dime, ¿qué es lo que te interesa ver?

—La correspondencia con Doris Dana, las cartas entre ellas —responde Clark, y se acomoda en la silla.

—Mmmm, no están, no las he visto, no venían en las cajas que la sobrina envió.

—No puede ser, si ella misma me informó de su existencia. Hay otras personas que las han visto…

—No están.

—Mmmm, entonces voy a consultar. Pero mejor comencemos, ¿cómo definiría la relación entre Gabriela Mistral y Doris Dana?

—Madre e hija, amigas. Dorita era su asistente, su secretaria. Se querían como madre e hija, se apoyaban, se necesitaban. Los que dicen lo contrario mienten, no tienen fundamentos, los guía un afán sensacionalista.

En la embajada chilena distintos funcionarios se interesan, por distintas razones, en los papeles depositados en la sala climatizada a la que se accede con clave secreta. ¿Qué los hace tan valiosos además del nombre de la autora? ¿Por qué atrapan como miel a las moscas? Esperé veinte años para esto y ahora lo estoy disfrutando, remata Pé con el pecho inflado. La reportera sospecha que le está dictando el título de la nota y se resiste a darle en el gusto.

***

La sesión de trabajo se interrumpe hasta el día siguiente. Clark avanza de prisa por los pasadizos alfombrados, recuerda el sueño de la noche anterior en que con la boca ensangrentada resistía la tortura, la falda larga y angosta le impide dar zancadas más largas, cruza una especie de laberinto y casi sin aliento toca a la puerta. Adelante, dice el cónsul adjunto, un reconocido galán de telenovelas que ha encarnado también al único santo chileno. Si tiene canas, se las tiñe, su rostro moreno casi no delata arrugas y está en forma (lo que a su edad y en Chile es bastante decir). Las revistas que se leen en el salón de belleza suelen tenerlo en la portada por su próximo rol o por el romance con una actriz bella, famosa y veinte años menor.

Washington D.C., 16 de julio, 2009

Lirios blancos en el mesón de entrada. 9:15 a. m., Clark llega casi corriendo a la embajada, tarde. Pedro Pé la espera, el cabello peinado hacia atrás, como lengüeteado de gato, el rostro imperturbable. 

—Buenos días, ya sé dónde están las cartas que necesito. C 13, caja C13.

—Ah, ¿segura que quieres ver eso?

Clark hace un gesto afirmativo. Ingresan a la habitación donde objetos y documentos se acumulan en estantes de madera. El material es sumamente delicado, yo te voy a ir mostrando mientras tú tomas las fotos, explica Pé, envolviendo sus manos en guantes blancos. Mostrándose amable, como si el día anterior no hubiera pasado nada, trae la caja con las cartas. La abre. Con voz impostada y femenil, lee:

“Tuve una impresión muy confusa y penosa al oírte hoy, sin lograr entender. Te oí una voz rota, desconocida. Tú sabes…”


La lectura se interrumpe por la tos de Pé. ¿Tú sabes?, pregunta Clark.

Ee-es que no se ve mu-mmuuy bien la letra. Clark lo releva, lee:

“Ambos nos hemos separado sin rematar el conocimiento de nosotros mismos, una mala cosa. Parece que tú ignoraras que a mí me viene una especie de borrachera, de amargura…

Retoma Pé:

… algo como una purga infernal que me sale de las entrañas y me avergüenza de mí mismo…”

La voz le tiembla. En los últimos segundos su rostro ha pasado del rojo al amarillo pálido, hasta quedar traslúcido. Su voz ha perdido vitalidad. Es evidente que no conoce las cartas; es la primera vez que se enfrenta a ellas.


—¿No será de otra persona? —pregunta Clark.

—Es confuso, pero tiene las correcciones de Gabriela, eso te lo puedo asegurar.

El conservador del archivo lee algo sobre un grupo de fotos unidas por un elástico. Abre un sobre con fotografías de Doris, bella y elegante en fiestas de la alta sociedad neoyorquina, sonriendo junto a amigas de su edad. Tose exageradamente, los ojos llorosos, la voz desfalleciente, como si de un momento a otro se fuera a desmayar. Debe ser alergia al polvo, cof cof, sí, eso es, me dio alergia al polvo trabajando en estos papeles. Cof, bueno, sigo:


“supongo que tú, que tú…”

“pasas bien acompañada…”, completa Clark.

“yo no debería escribirte en tal estado, pero soy arrebatado, recuerda, y colérico…”, sigue Pé, pasando las hojas con rapidez. La mano le tiembla. Se detiene abruptamente en este punto.

—¿Qué pasa? —pregunta Clark.

—Nada, ejem, es que no sé, cof, cof, no entiendo la letra, en realidad no hay firma, pero estaban en el mismo paquete y está corregida por ella, de eso estoy seguro. Esto tengo que verlo con más calma.

Pedro Pé lleva veinte años conviviendo con cartas y manuscritos de Mistral. En los pasillos de la Biblioteca Central hay vitrinas con documentos de su puño y letra a la vista del público (con los que me enfrento cada mañana, cada noche de este encierro; suerte que no haya venido ella misma a penarme, aunque con tanto movimiento telúrico una ya no sabe ni qué pensar). Clark da las gracias, aprieta la grabadora en la mano y corre a despachar. Pé se queda a solas con los papeles. Él, que proclamaba a los cuatro vientos la intachabilidad de la escritora (porque para él y sus secuaces esto es una mancha), no se convence de lo que acaba de ver. En uno de los mesones se encuentra un busto de Gabriela, realizado por una de las escultoras con las que tuvo un affair. Pé la mira con enojo: ¿Qué voy a hacer ahora, qué le digo a mi jefa y a los otros estudiosos? Esto va a ser comidilla de todo el mundo. Mira, qué cosa, ¡hablando como hombre! Le da un último vistazo a la carta que lo fastidia. Bueno, esto nunca existió, nadie lo ha visto, ojos que no ven, corazón que no siente, y en un arranque de ira arroja el papel arrugado a la basura.

*Este relato es un fragmento del libro Oye Gabriela, una novela que explora los manuscritos mistralianos y las disputas por su legado tras la muerte de Doris Dana, compañera sentimental y heredera de Mistral.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido