El arte del encuentro

Emilia y Pía no se conocen de nada. Son dos completas extrañas que se sientan una al lado de la otra, como quien coincide en el metro, en la micro o en la sala de espera del consultorio. Se habían presentado apenas unos minutos antes, entre el barullo de un grupo de unas veinte mujeres chilenas y migrantes que participan en un encuentro. Hablaron, se escucharon y, para sorpresa de todas –también la suya–, acabaron fundidas en un abrazo apretado y largo entre los aplausos de las otras asistentes.  

—Nos encontramos dos personas extremadamente parecidas, aunque ella hable muy argentino y yo muy colombiano, y yo sea hermosamente negra, y ella no. Lo mejor que pude haber hecho hoy fue venir aquí y conocer a la Pía  –dijo después Emilia.

Pía, “agradecida y emocionada”, describió la sensación que le dejó escuchar a su compañera:  

“Una mujer –dijo sobre Emilia– que ha nacido muchas veces y que, en este año doloroso, es como si se hubiese parido a sí misma”. Luego agradeció el espacio “por lo lindo de encontrarse con otras personas” y “llevarse el regalo” de haber conocido la historia de otra mujer. “Hoy estamos muy acostumbrados a conectarnos, pero no a vincularnos”, reflexionaron durante su conversación.

Días después del encuentro Pía recordaba así el momento: “Desde el comienzo se instaló un espacio de cuidado y de confianza, y eso nos permitió a ambas hablar”. Con Emilia conectaron desde la herida compartida de la violencia sexual y de la experiencia de ambas de acompañar, cada una desde su área, a otras mujeres que pasaron por lo mismo. 

***

Es el último martes de octubre, un ajetreado día laborable cualquiera en el que las convocadas que llegaron al corazón del barrio Lastarria, a la Academia Capa, que cedió su local, respondieron a una invitación de la que desconocían los detalles. Solo debían cumplir con traer un objeto, un recuerdo o elemento “significativo” para ellas.

“Nos encontraremos para generar un espacio de conversación, reflexión (y un par de sorpresas) sobre los temas que nos unen como mujeres, más allá de nuestras diferencias”, decía la convocatoria a la actividad que envió por e-mail la periodista Amanda Marton, directora y fundadora de Revista Abismo, organizadora de la actividad con el apoyo del Fondo Alquimia y la Red de Periodistas Migrantes.

En tiempos en los que la virtualidad encoge los contactos y los sentidos, la propuesta de Amanda animaba a “volver a vernos las caras”, “regresar a lo físico” y apartar por un momento un mundo digital que destila cada vez más violencia e incomprensión. El llamado era a “detenerse” y “tomarse el tiempo de escuchar” la historia de una desconocida.

—Dejar de mirarnos al ombligo y darnos cuenta de cómo conectar con otra persona nos puede inspirar y recordarnos quiénes somos y por qué estamos aquí –dijo Amanda para romper el hielo.

No les hizo falta nada más a las mujeres de distintos orígenes –Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, Brasil, Ecuador, Cuba, España y Chile–, edades y clases sociales que acudieron a la cita. Todas confiaron, dispuestas a jugar y a dejarse llevar. 

–La idea es que se separen por parejas, idealmente con alguien que no conocen, para relatarle la historia del objeto que han elegido. Luego con los materiales que ven aquí –cartulinas, rotuladores de colores, tijeras, cola y decenas de revistas– deben crear un collage, un texto o lo que quieran que refleje lo que les evocó el objeto de la compañera –indicó la socióloga Nuria Hidalgo, dinamizadora de la actividad.

Desde ese momento, la incertidumbre cedió paso a un viaje personal y artístico, una catarsis compartida en la que cada una buscó su propia respuesta. Las paredes se volvieron testigos de confesiones, conversaciones íntimas y recuerdos de mujeres que encontraban, en la historia de vida de otra, su propio reflejo.

Elegir entre recuerdos

Amanda imaginó varias veces a las participantes eligiendo entre sus recuerdos un objeto para llevar al encuentro. 

—Algunas tuvieron dudas, quizás otras lo supieron de inmediato. Pero ¿quién soy yo para decir si lo que traen con ustedes son algunos granitos de arena de la playa, el libro de recetas de sus abuelos, el carnet de identidad de sus padres, o los primeros dientes de leche que cayeron a su hijo, hija o hije? –comentó antes de mostrar su elección. 

Ella, brasileña-chilena en este país desde hace 14 años, llevó tres figuritas: un gallo, una gallina y un pollito. Se las regaló su mamá cuando era niña y, en su cabeza, siempre simbolizaron su padre, su madre y ella. “Han pasado por las diez casas en las que he vivido en Chile”, bromeó. 

Francisca dudó al leer la consigna en el correo. Dudó si aquello que en un primer momento le vino a la cabeza sería apropiado. No es algo que lleve en su bolso o en la cartera. Tampoco cuelga en su cuerpo, pero –de alguna manera– se hace presente en su vida cada día.

—Fran trajo el cinturón de su mamá, que falleció cuando ella tenía 12 años –contó Diana, su dupla–. Lo guarda en el cajón de su ropa interior y, cada vez que abre el mueble, escucha su tintineo.

Ambas descubrieron algo tan inesperado como íntimo: las dos guardaban sus objetos más queridos en el cajón de los calzones. Diana conserva ahí, en ese mueble, un chal de su abuela Vicenta que representa –dijo Francisca– “su sabiduría” y “todo lo que le transmitió”.

Abuelas, presentes

Las abuelas y abuelos aparecieron en muchos relatos, como el pijama y el chaleco que llevó Marialmi y que inspiraron a Tatiana un emotivo texto en el que describió a las abuelas como “la conexión con lo maternal, la familia y el hogar”, “un lugar seguro” porque “trascienden en nosotras”.

También se hicieron presentes los tatas de Deiza, en una foto que siempre la acompaña. “Somos ese tejido de historias que están en todos nuestros antepasados”, dijo Ingrid sobre la imagen de su compañera. Los de Natalia fueron recordados por una agenda de teléfonos y recados “escrita a mano, amarillenta y abandonada, que por suerte nadie tiró”, que Magally representó en un cuaderno con decenas de hojas decoradas en el que escribió “No olvides”. 

Las parejas de desconocidas que aquella tarde se formaron encajaron de forma espontánea, como piezas de un puzzle que al unirse muestran el dibujo completo. Sin quererlo ni buscarlo, casi como imanes, se juntaron personas con historias en común desde vidas totalmente desconectadas.

Lucía llevaba su anillo de compromiso, inspirado en el que hace décadas lució su abuela. Vero portó un joyero que le había regalado su mamá, un obsequio que le resultó incómodo al principio porque ella no lleva joyas. En el intercambio interpretaron que la joya “era un regalo de autonomía” que muchas madres o abuelas regalaban “no como señal de feminidad, sino por entregar cierto poder económico”, explicó Vero. En su collage, Lucía escribió: “Dedicado a todas las que no nos gusta usar joyas, para que sepamos que el mensaje subliminal es que la joya eres tú”.

Sentir las experiencia de migrar

Colgado en la pared frontal de la sala, un mapa del mundo de gran tamaño mostraba las rutas migratorias de las asistentes: Venezuela-Chile, Brasil-Chile, Paraguay-Chile, España-Chile, Perú-Chile, Colombia-Chile. Antes de la actividad, cada una trazó sobre el papel su recorrido hasta llegar a Santiago, donde finalizaban todas las líneas, una buena metáfora de lo que pasó esa tarde. 

La experiencia de la migración fue el hilo conductor de la mayoría de los relatos, pero también la grieta por donde se filtraron la emoción, la pena o el duelo de dejar toda una vida atrás. 

Lucero exhibió el reloj del padre de su par, Maríajosé, “una reliquia” –dijo– que su compañera guarda junto con un monedero que le entregaron sus papás antes de partir de Venezuela, “en un viaje extenuante”, y donde llevaba el dinero “para cumplir sus propósitos”. Las dos, emocionadas, coincidieron en el afán de “perseguir sus sueños” en otro país y “meterle fichas” para lograrlo, como escribió Maríajosé en su collage que, como el resto de obras, se podrán ver el mes de enero en una exposición en la Academia Capa. 

Otras, como Sandra, de Cuba, emigraron para reencontrarse con sus hijos. Esa tarde en la que el paso del huracán Melisa por la isla la tenía tan angustiada, quiso llevar la figurita de una virgen a la que entrega su fe cuando está preocupada, sobre todo por las amistades que quedaron en su país. Aquellas de las que tanto habló con Irma, quien escogió la foto de un viaje con sus amigas a Escocia durante la celebración de su 62º aniversario. En su collage Sandra reflejó este sentimiento: “Amigas para siempre”, escribió con letras de colores recortadas sobre una cartulina naranja.

Para Nuria Hidalgo, que dirigió la actividad, la decisión de introducir el arte permitió que “las asistentas conectaran un poquito más con lo que estaban sintiendo y que la conversación se diera desde las experiencias y los sentires de las mujeres migrantes”.

“Un gran acto de rebeldía”

Javiera y yo escuchamos con atención todas las historias desde la última mesa de la sala. Fuimos las últimas en hablar, pero, como ocurrió con las demás participantes, compartimos una historia de coincidencias. Javiera es hija de padre peruano y madre chilena. Nacida y crecida en Arequipa hasta los siete años, cuando llegó a Chile, me explicó que se siente como “una fusión, una mezcla” de dos países vecinos, muy iguales, pero a su vez muy distintos. Se identifica con ambos, no quiere elegir entre uno o el otro y siempre que puede se enorgullece de su idiosincracia peruana.

Me habló de su doble identidad con una comodidad y soltura que me atravesaron por ese surco que desde que supe que sería madre me perturba con frecuencia. ¿Cómo enseñar a un hijo o hija a amar dos lugares a la vez, a sentirse de dos lugares a la vez? ¿Cómo evitar que “viva partido”?

—Meri vio en mí algo que anhela para su hijo y que traigo del amor que me transmitieron mi madre y mi abuela por Perú y su cultura, siendo ambas chilenas –explicó Javiera. Como en las otras ocho parejas que nos precedieron, concluyó, “entre nosotras se produjo la sintonía”.

Ninguna de las mujeres que estuvo esa tarde en la Academia Capa salió indiferente. Lo había dicho Amanda al inicio de la cita: contar una historia personal e íntima a una desconocida “puede ser un gran acto de rebeldía”, “un recordatorio” –en tiempos de extremos y polarización– “de que seguramente haya más cosas que nos unen que las que nos separan”. Y esa fue la magia de casi tres horas compartiendo entre todas. Una sensación a caballo de la satisfacción y el sosiego, que resume bien la canción del compositor brasileño Vinicius de Moraes, invocado durante la conversación: “la vida es el arte del encuentro, aunque haya tantos desencuentros por la vida”.

FOTOGRAFÍAS DE JORGE LÓPEZ OROZCO

1 comentario en “El arte del encuentro”

  1. Hola me encantó lo que contas de esta experiencia y me gustaría contactar con la persona que lo organizó.
    Me llamo Alicia Borisonik soy una argentina, que vivió 28 años en Canadá y ahora vivo an mis 60 en Costa Rica.
    Hace 5 años que Camila Reimers ( escritora chilena) y yo ( músico terapeuta, músico profesional) venimos dando un curso en inglés y español que se llama Autobiografía Guiada en Español. Leyendo tu nota veo que tiene muchos puntos en común. Ojalá me conectes con alguien. Abrazo
    Acá más info
    https://camilareimers.com/language/es/narrarte_es/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido