Gran Sala Sinfónica de Chile: donde lo intangible encuentra cuerpo y lo fugaz se hace eterno

“Con el ritmo sería inútil ponernos individualistas. El ritmo es biológico. Los ritmos insistirán, sin ellos nos despachurramos ya que son los huesos de los sonidos”. 

—Isabel Mellado, “Vibrato”.

Esa noche hubo dos batutas. La del maestro Maximiano Valdés, que condujo con su talante de costumbre el programa de la jornada, pero también hubo otra, una espectral, que le entregó la fuerza, la alegría y la sinceridad a la música interpretada esa histórica noche. La sala estuvo atiborrada de personalidades: fue el presidente de la República, fueron ministros, fueron premios nacionales, fueron intelectuales y fue la prensa internacional. Pero faltó uno. El hombre que debió dirigir esa noche: Rodolfo Saglimbeni.

El maestro venezolano tenía la misión de inaugurar la Gran Sala Sinfónica Nacional el jueves 10 de julio de 2025, pero murió 36 días antes de una agresiva enfermedad, como una sinfonía sin terminar. Él se cruzó con la historia de Chile, esa historia trágica de victorias pírricas y derrotas morales. 

Como la del dirigente deportivo chileno Carlos Dittborn, quien consiguió que su país organizara el Mundial de Fútbol de la FIFA de 1962 —a él se le acuña la frase épica, pero incomprobable: “porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo” —, pero murió un mes antes de la celebración del evento a causa de una pancreatitis aguda. O el arquitecto italiano Joaquín Toesca, el encargado de diseñar y levantar la Real Casa de Moneda de Santiago a fines del siglo XVIII, pero que falleció durante el proceso y no alcanzó a ver terminado el palacio que, luego de la instauración de la República, pasó a ser la casa Presidencial.

Esa noche, la del 10 de julio, en el foyer del teatro se proyectó una imagen del fallecido director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, que estrenó su casa definitiva tras ocho décadas de andariegas experiencias, pero en orfandad. Saglimbeni era un conductor generoso con su conocimiento sin importar el interlocutor; era apasionado por Mahler, fusionador de géneros, democratizador de espacios y mentor de, entre otros, el director Gustavo Dudamel, uno de los más importantes del mundo en la actualidad. Participó en varios hitos con la Sinfónica Nacional, tutelada por el Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC). En enero de 2023 dirigió la “Novena Sinfonía” de Beethoven en la Plaza Italia —la llamada “Coral” u “Oda a la alegría” por su movimiento final— y lo repitió en diciembre de 2024 en el Estadio Nacional, con más de 35.000 personas, quienes se pueden jactar de haber asistido al concierto sinfónico con más público en los anales musicales del país. “Lo que queremos es que sientan que esta no es una música especial, es una música que es para todos”, dijo Saglimbeni en la cancha de fútbol, que ese día no vibró por el contacto de los toperoles con el pasto, sino por los portentosos vientos de la Novena y las voces del Coro Sinfónico de la Universidad de Chile que reemplazaron por un rato a los desaforados cánticos de las barras bravas. 

La Gran Sala es parte del Complejo Universitario Vicuña Mackenna 20 (VM20), un viejo anhelo de la comunidad de la Universidad de Chile que, por su dilatada construcción, entró en la categoría de mito, hasta 2025. La Orquesta Sinfónica de Chile —que en 2017 se le agregó la palabra “Nacional” para institucionarla— fue fundada en 1941 por Domingo Santa Cruz y fue la primera creada por el Estado chileno para contar con una orquesta estable para la interpretación y la creación musical. Es considerada la madre de todas las orquestas sinfónicas en esta nación austral y, aunque nunca tuvo un hogar definitivo —hasta ahora—, puede fanfarronear de haber sido dirigida, entre otros, por el maestro ruso Igor Stravinsky (1882-1971) en 1960, cuando condujo sus obras “El pájaro de fuego” y “Oda” en el extinto Teatro Astor. Aunque el compositor de “La Consagración de la Primavera” —que no la interpretó esa noche, pese a que el mismo CEAC lo repite en los boletines actuales— ya tenía 79 años y no era bien visto por los compositores jóvenes, quienes estaban encandilados con el dodecafonismo de Schönberg que Stravinsky receló, el evento se transformó en un hito sonoro para Chile y la misma Sinfónica Nacional, la que tuvo un rendimiento “magnífico”, según recuerda en un artículo el compositor Jorge Urrutia Blondel (1905-1986), testigo presencial de la escena. También se suele repetir hasta el hartazgo que el maestro estadounidense Leonard Bernstein (1918-1990), mahleriano como Saglimbeni, la dirigió en su visita a Chile en 1958, pero esto nunca ocurrió; un mito que no necesita la frondosa historia de la orquesta chilena.    

Afinando un cuerpo

La Gran Sala es un cuerpo con una anatomía única: su esqueleto es un rectángulo compuesto por la platea y tres balcones que totaliza 1.078 butacas, como una caja de zapatos, lo que permite a los asistentes ver incluso de espaldas a la orquesta y de cara al director: una visión en 360 grados. En ese esqueleto, los pulmones se revelan en el revestimiento de bambú de la construcción, imbricados en los muros y en el piso de roble, que respiran junto a cada nota. El corazón está en el escenario de pino canadiense, donde laten las frecuencias que generan los músicos. Su sonrisa es la gran escalera de corte imperial que custodia y saluda en el foyer. Mientras, en el cielo, luce su cerebro desnudo: grandes estructuras de madera suspendidas sobre el escenario llamadas plafones acústicos que se pueden bajar, subir o inclinar según las características de la orquesta, para guiar la energía de los instrumentos por toda la sala hasta los oídos de cada espectador; como otro conductor, pero invisible y sin batuta que no conoce el silencio —o la ausencia del sonido—. Este ensamble es autónomo: ríe, llora, se acongoja o llena de júbilo con los estímulos correctos, un cuerpo que, por sus peculiaridades, debe mantener su buena salud. La Gran Sala es un instrumento musical en sí mismo y, por esta condición, debe se afinada para alcanzar su mejor rendimiento, como un atleta que entrena para una maratón

En la historia de la música se cuentan con las cuerdas de un arpa la cantidad de músicos que pueden vanagloriarse de haber afinado una sala o teatro. Porque las construcciones siempre van en contra del reloj y las inauguraciones se roban el tempo —como el rubato—. Pero los intérpretes de la Sinfónica Nacional mejoraron esa aciaga estadística y ¡varias veces! Entre mayo y junio de 2025 se realizaron una retahíla de sesiones para ensayar y ecualizar este espacio, con y sin público, ambas para estudiar el lugar.

Al ser en gran parte de madera, la Gran Sala casi no tiene elementos que generen absorción acústica, como extensas alfombras, por lo que el mayor porcentaje de esta absorción es efecto de los mismos cuerpos de quienes la ocupan y hasta de sus vestimentas. “La acústica es la arquitectura hecha sonido, es una manifestación de la arquitectura”, explicó en uno de los ensayos Gustavo Basso, el ingeniero argentino a cargo del diseño acústico de la sala. Este auditorio de resonancia natural se afina según el grado de inclinación de los plafones, la ubicación de los músicos en el escenario o por las butacas que permiten la misma cantidad de cuerpos humanos, un elemento más de absorción. El sonido se debe cuidar, como un valioso objeto etéreo.

En una de esas afinaciones la sala se repletó, sin importar que la convocatoria fuera a las 12 del día de una jornada laboral. Las ropas de los asistentes coloreaban el espacio impregnado de tonos madera, junto a los colores de la música que se deslizaban errantes provenientes de los ensayos sin público. Cuando todos se acomodaron en sus butacas, irrumpieron en la sala ataviados con cascos y overoles los artífices de esta obra: los obreros que levantaron VM20: recibieron un fervoroso aplauso que quedará tallado en cada madera que ellos mismos montaron en la Gran Sala. 

Los músicos ensayaron con “Una Noche en el Monte Calvo” de Modest Mussorgsky, “Obertura festiva, op. 21” del compositor chileno Juan Orrego Salas y parte de la “Novena” de Beethoven, bajo la dirección de Christian Lorca. Mientras Basso, el ingeniero acústico, se paseaba por el lugar, su equipo tomaba mediciones con sensores dispuestos en varios puntos definidos en el auditorio. Los rostros del público, los músicos, los ingenieros y todos los equipos sopesaban el suceso histórico en el que estaban involucrados. Alberto Dourthé, el concertino de la orquesta, daba las gracias a los asistentes con una de sus manos en el pecho antes de arrancar el ensayo, compungido por la emoción del momento. En el intermedio, entre otra de las pruebas, se le pidió al público silencio por varios segundos después de cada explosión de globos que se pincharon en distintos sectores de la sala. Mientras se reventaban, otro encargado tomaba registro de las frecuencias de los impactos en la platea; el estallido de un globo contiene todas las frecuencias posibles al igual que una orquesta; el sonido de su estallido se propaga, oscila y todo vibra como un acorde suspendido que se derrama por la sala hasta perderse en el infinito. 

“El globo genera toda la energía en un punto, permite comparar la sala vacía, que ya la tenemos medida, con la sala llena”, detalló Basso, quien también es violinista. La argentina María Andrea Farina, también acústica que colaboró con el diseño de la sala, agregó que registraron y analizaron esa respuesta al impulso y, con esta información, obtienen datos acústicos del funcionamiento de la sala. Como un intérprete más, el encargado de reventar los tres globos recibió su respectiva ovación de los presentes.

Dominique Thomann, la directora del CEAC, metaforizó que la Gran Sala es un cuerpo al que hay que vestir. Los registros que obtuvieron con pequeños cambios en la inclinación de los plafones demostraron que este auditorio permite “posibilidades infinitas” de ecualizaciones para distintos formatos y estilos musicales. Thomann es ingeniera comercial y además violista, un instrumento cuyo timbre se asemeja al de la voz humana, como suele repetir. Con una batuta imaginaria dirige este espacio y con el arco de su viola lo llena de emociones.

Por el momento, esta sala quedó afinada para conciertos sinfónicos-corales.

“No tiene precedentes y es algo que nos llega a todos muy profundo en el corazón”, profundizó Lorca, el director de orquesta que dirigió los ensayos, sobre esta inefable experiencia. Esta sala es de uso exclusivo para conciertos, la primera en su tipo en Chile ¿No se pensó en la ópera?, rezongaron algunos porque no se contempló una fosa. El mismo director Maximiano Valdés aclaró en una entrevista que para esos fines está el Teatro Municipal de Santiago, donde se estrenan óperas. “El repertorio sinfónico es el repertorio esencial en el mundo de la música clásica. No es la ópera. Tener una sala sinfónica es fundamental (…) hoy tenemos en Chile una gran sala y la aplaudo complemente ¡por Dios!”.

“Me parece que estoy en un sueño, como que no era mi vida, esto no es posible”, agregó al cierre del ensayo Dourthé, el mismo que saludaba emocionado al público. Aunque también reflexionó sobre un nuevo dilema que esta sala generará: al final de cada función, ¿cómo agradecerán los aplausos a todos los asistentes desperdigados en la platea y butacas que los rodea en 360 grados?, un gesto que necesitará otra afinación.

El presidente y el Bolero

“Esto es el vibrato. Una regular perturbación del sonido. Una desafinación programada, una ínfima fluctuación, hermosa inexactitud de la exactitud de la música”. 

—Isabel Mellado, “Vibrato”.

En el exterior perturban los ruidos de los buses del transporte público —aunque casi todos eléctricos— saltando los baches rebeldes, las bocinas de los conductores atribulados o los gritos de los ensoñadores universitarios rumbo a los bares de Bellavista. Colinda en una de las esquinas más bulliciosas de Chile, pero, cuando suena el primer compás, esta caja de zapatos subterránea cambia el temple de los apesadumbrados santiaguinos. En este espacio el tiempo se suspende. Un teatro que interpreta repertorio sinfónico o sinfónico-coral es un lugar donde se hace magia: renueva los bríos anímicos, inspira a adolescentes y activa recuerdos longevos de ancianos. Es la belleza de la música clásica. Es la belleza de la música. Es la belleza del arte. Es la belleza. Cada intérprete es un interlocutor de Dios que toca las melodías que solo un origen divino explica su existencia —diría un sacro romántico— o, en clave laica, son los músicos que juegan con la creatividad de un compositor, por eso tocar es jugar en varios idiomas.

Ese jueves 10 de julio de 2025 tuvo su gran inauguración la Gran Sala Sinfónica Nacional, levantada en Vicuña Mackenna 20, a pasos de la Plaza Italia y en el pretérito edificio de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas, de la que se mantuvo su fachada neoclásica. 

Las 1.078 butacas rebosaban de gente, aunque esa noche parecía que hubiera el doble de espectadores, como un redoble de caja que desbordó el pentagrama. En un asiento se acomodaba el Premio Nacional de Historia Gabriel Salazar, un habitué del Teatro Municipal, mientras en las primeras butacas, reservadas para las magnánimas autoridades, el presidente del Senado, José Manuel Ossandón, le conversaba acaloradamente al presidente de la estatal Corporación Nacional del Cobre de Chile (Codelco), Máximo Pacheco, quien asentía, pero no respondía —¿comentarían el alza de aranceles para el cobre anunciado por Trump más que sobre un aria?—. Unos minutos después, se sintieron efusivos aplausos, pero no fue por la aparición del director de la orquesta, sino porque la triunfadora de la primaria presidencial de las izquierdas, Jeannette Jara, irrumpió en escena. La candidata militante comunista saludó insuflada de confianza a cada entusiasta que se le cruzó, como ensayando su estilo en caso de ser ungida con la banda presidencial. Simón Boric, el hermano del presidente Gabriel Boric, también estrechaba manos por compases como una sempiterna melodía, pero porque era el dueño de casa: oficia como el jefe de Gabinete de la Rectoría de la Universidad de Chile. Entre varios, se cruzó con la ministra de la Mujer y Equidad de Género, Antonia Orellana, ambos compañeros cuando estudiaban Periodismo en esta universidad. Mientras, la madre de otra ministra reaccionaba ofuscaba porque no la dejaron acceder a las butacas de las magnánimas autoridades. La música clásica también generó algunos milagros, como el saludo de la actual ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Carolina Arredondo, con su antecesor —cuando aún no existía este ministerio y era un consejo— Luciano Cruz-Coke. El actor ha dicho sobre la actual administración que el país está en “un momento cultural famélico”, aunque en una ocasión, en un programa radial conducido por Cristian Warnken, tras confesar su pasión por la ópera, quedó sin respuesta cuando le consultaron por el director predilecto para su ópera favorita; esta simple consulta es mutable a preguntarle a un ornitólogo cuál es su pájaro favorito.

En su discurso, la rectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés, mencionó que Chile tuvo una deuda por más ocho décadas con sus elencos estables patrimoniales y destacó que esta Gran Sala también considera salas de ensayo de alta calidad para la Sinfónica Nacional, el Ballet Nacional Chileno así como el Coro Sinfónico y la Camerata vocal de esta casa de estudios. “Es así como este edificio es futuro, pero es también memoria y se levanta para honrar el valor de lo público en su sentido más amplio y profundo. Grandeza pública es lo que este lugar representa y comunica”, versó. 

Le siguió la voz entusiasta del presidente Gabriel Boric. Su intervención tuvo dos improntas, la segunda fue con un tono solemne, tradicional de un mandatario: lejano, frío, protocolar. Pero, sus primeras palabras, fueron afables, transmitieron calidez, emoción, cariño. Fueron entonadas como un exestudiante de Derecho. Con la inflexión de un expresidente del Centro de Estudiantes y de la Federación de Estudiante de la Chile (FECh). Con la tonalidad de un patrono de Universidad de Chile. Nombró a Andrés Bello, a Juan Gómez Millas, a Eugenio González y a Juvenal Hernández. Nombró a los exrectores Ennio Vivaldi —actualmente su embajador en Italia— y a Víctor Pérez, a quien le recordó “tantas que pasamos juntos”, cuando él era líder estudiantil y Pérez la cabeza en esta universidad. “En tiempos donde cunden el individualismo, la idea de salvarse solos, este espacio es un lugar de encuentro que rema contracorriente para volver a ser mayoritaria. Es un espacio de diálogo, de emoción, de inspiración, de reflexión (sic)”, exclamó Boric en su parlamento.

Tras los prolegómenos, la batuta dirigida por Maximiano Valdés interpretó la energética “Obertura festiva, op. 21” de Juan Orrego Salas y la “Novena” de Beethoven, que sumó las fuerzas del Coro Sinfónico preparado por Juan Pablo Villarroel. 

Cuando finalizó el concierto, y como una forma de poner a prueba la acústica de la sala, el maestro Valdés explicó al público a viva voz que ellos «trabajan con el sonido, no con la palabra», además de calificar el recinto como «la casa del sonido» y «la única realidad que nos conecta con la otra realidad». Como nunca sucede, la voz de la batuta fue un instrumento más que concluyó con un estruendo aplauso de los presentes. La noche perfecta para un espacio perfecto. Quizá demasiado perfecto. 

En los meses posteriores, lo más clásico de la música clásica testeó a esta sala y una incombustible pieza la consagró como un espacio inmejorable: el Bolero del compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) que fue dirigido por el maestro brasileño Tobias Volkmann. El fallecido locutor de la radio Beethoven Patricio Bañados solía advertirles a sus auditores que sus equipos de audio no estaban desperfectos, sino que era la peculiaridad de “Bolero” que va crescendo hasta el estruendo. Este aumento progresivo de volumen permitió que la Orquesta Sinfónica Nacional pusiera a prueba la acústica de la Gran Sala. La limpieza con la que sonó la primera flauta, que abre esta obra acompañada con el ostinato de la caja, generó una extraña tensión. Se logró percibir el nerviosismo del intérprete en cada respiración a través de su instrumento. Los más fatalistas temían escuchar desafinaciones por la claridad del sonido, porque aquí todo se oye: lo magistral y lo garrafal; el error no perdona. Aunque la primera flauta usa vibrato para darle expresividad al sonido, una “hermosa inexactitud en la exactitud de la música”, que en esta sala se siente como un susurro en el oído.

A medida que se sumaba el resto de los instrumentos, nunca se perdió la transparencia de cada uno: los pizzicatos llegaban a todos los recovecos, al igual que la ejecución de las cuerdas del arpa, mientras las percusiones retumbaban en las maderas, como tronaduras, junto al sonido de los trombones, que saltaban hasta el techo y bajaban en vaivenes en la parte final. Escuchar música en vivo es siempre una experiencia única, por más que se escuche la misma pieza. Pero en la Gran Sala, debido a sus condiciones técnicas excepcionales, es como escuchar una obra por primera vez, como diría un petulante coleccionista de vinilos tras oír en su tornamesa una versión japonesa de algún disco de rock progresivo. Acá, en la Gran Sala, las piezas calan hondo, hasta el alma más perturbada. El Bolero se ha oído una y mil veces. La reinrtrepretó el rockero Frank Zappa, la usó el cineasta Andréi Tarkovski y coloreó a la serie animada Digimon. Pero esta interpretación fue diferente, fue única. Antes de la última nota, los que estaban frente a la orquesta lanzaron vítores sincopados, los apostados en los balcones de los costados aplaudieron con ahínco, pero los que osaron situarse tras las percusiones y mirando al director, o a espalda de la orquesta, botaron lágrimas de emoción; así se debió sentir el filósofo francés Stendhal cuando sufrió una especie de crisis de pánico tras contemplar tanta belleza artística en Florencia —y dio origen al Síndrome de Stendhal—. Son las posibilidades de la Gran Sala: un lugar pensado para lo etéreo, para lo improductivo, para lo inútil y, sin embargo, para lo más sublime de la vida: el arte. Acá lo intangible encuentra cuerpo y lo fugaz se hace eterno. 

*FOTOGRAFÍAS DEL  CEAC – Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile.

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