Fue como una aventura. Cuando Félix Vega llegó a la bodega, se encontró con un ambiente oscuro, húmedo y silencioso. Había llovido recientemente y la filtración había dejado marcas en los objetos apilados. Llevaba mascarilla y fue rebuscando hasta que llegó a los baúles de madera que su padre había construido décadas antes para guardar pinturas y originales que nunca fueron recuperados por las editoriales, o que él mismo guardaba sin mayor orden.
“Nos encontramos con una cantidad de originales de él… Cuál de ellos más hermoso que el otro, una maravilla y muchos, muchísimos. Varios se me habían olvidado y fue increíble, épico. Era como estar en una película de Indiana Jones. Fue muy emotivo, como encontrar un tesoro”, recuerda hoy el ilustrador y narrador gráfico autor de obras como el cómic Juan Buscamares y Thor y la mujer águila.
Ese hallazgo fue el punto de partida definitivo para armar El mundo de Óscar Vega, publicado este año por Reservoir Books. “Eso me llenó de energía para seguir con este trabajo”, comenta.

No era cualquier trabajo. Casi veinte años antes, en 2007, cuando su padre estaba a punto de morir, Félix le prometió que lo haría. “Hubiera sido muy injusto que pasara al olvido su obra. Y él necesitaba saber que su obra no iba a morir, que iba a prolongarse en el tiempo”, comenta.
Óscar Vega, su padre, creador de personajes como Mampato, Tantán, autor de innumerables páginas didácticas, humorísticas y críticas publicadas en Picarito y en La Tercera, era rigurosamente ateo. No creía en el más allá. Su única forma de trascendencia era la memoria, el recuerdo. “Otros artistas célebres ateos han dicho que no mueren mientras los recuerden. Era una suerte de consuelo para mi padre saber que había dejado una huella y que esa huella no se iba a extinguir, que no lo íbamos a olvidar. Esa fue mi motivación para hacerle esa promesa”, detalla.
Cumplir con ello no solo implicó seleccionar materiales, restaurarlos, escanearlos y ordenarlos con el apoyo de su editor, Daniel Olave, su pareja, Mónica Gutiérrez, amigos como Francisco Ortega, e incluso desconocidos, como el coleccionista Chapita Retro. También significó revisar una vida entera de aprendizajes compartidos y recuerdos, muchos recuerdos. “Fue duro. Todo era como volver al pasado y era muy emotivo, muy demandante emocionalmente”, reconoce.
–¿Pero valió la pena?
–Sí, era necesario. No solo por la promesa. Sino porque realmente pienso que el material no podía perderse en el tiempo, en el olvido. La obra de mi padre es una cosa que escapa a la autoría o a la herencia, por mi parte, y ya es una suerte de patrimonio cultural chileno del siglo XX. Y eso también me convoca. Por lo mismo, si no lo hacía yo, ¿quién más?
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Ver las obras de su padre lo catapultaron directamente a su infancia.
De pronto volvía a ese mundo donde el arte ocupaba cada rincón de la casa y donde la vida familiar y el trabajo creativo eran la misma cosa. Félix creció entre pinceles, papeles y caballetes que se movían de una vivienda a otra, porque en plena dictadura su familia cambiaba constantemente de hogar: un departamento en Independencia, una cabaña en El Arrayán, otras casas improvisadas. En todas, sin excepción, había un taller, porque su madre, Ana Encina, también era artista.
“A veces mi mamá pintaba en el mismo living de la casa y mi padre en una habitación, siempre transitando, deambulando los materiales y los trabajos invadiendo todos los espacios”, recuerda. Los niños (Félix y sus hermanos, Christian y Óscar) aprendían a convivir con telares, libros, tintas y conversaciones sobre arte. “Sin darnos cuenta, nuestros padres nos condicionaban a normalizar un método de vivir bastante inusual, eso de que se te junte la vida hogareña con la vida profesional y artística en el mismo sitio, la familia-el trabajo, la familia y el arte, hace que luego no puedas saber dónde empieza una cosa y termina la otra”, comenta y se ríe.
Antes de caminar, Félix ya rayaba las paredes, y en vez de retarlo, sus padres le pasaban más lápices. “Me decían que las paredes, a medida que yo crecía, fueron elevándose en la cantidad de rayados. Cuando empezaba a rayar con un lápiz negro, después me pasaban colores para que también lo pintara y así. Siempre tuve mucho apoyo, tuve la academia en la casa, siempre lo reconozco, soy consciente de la suerte que tuve con ellos: tener acceso a sus bibliotecas, sus amistades, sus colegas, todo eso me enriqueció muchísimo y por eso también trato de devolver un poco la mano en libros como este que nos convoca ahora”, sostiene.


–Más allá de esos rayados, ¿cuál fue tu primer trabajo artístico?
–Me acordaste de que mi primer cómic lo publiqué cuando yo tenía cinco años y fue en la revista Mampato, en una página que los niños y niñas enviábamos dibujos relacionados con personajes de la revista o nuestras propias historias. Si bien es cierto mi padre trabajaba en la revista, sin que él lo supiera, yo envié una historia mía que se trataba de una ballena, se llamaba Arbas, ¡imagínate!
No es solo una coincidencia. Su padre, dice Félix, “siempre estaba preocupado del medioambiente”. Prueba de ello es Econautas, uno de sus últimos trabajos, y que recién ve la luz en el libro publicado este año. Se trata de una historieta en la que plasma sus preocupaciones por el cuidado de la naturaleza y que, según Félix, funciona como una carta de despedida para sus nietos y las futuras generaciones.
–¿Cómo era Oscar Vega, el hombre detrás de esas historias?
–Mi padre tenía una mirada muy consecuente del mundo. Estaba preocupado de los derechos, de la ciencia como camino para mejorar la vida.
Óscar era un artista de ideas firmes y convicciones humanistas. Y aunque no creía en lo sobrenatural y era ateo (al punto que dejó instrucciones para que no se le hiciera ningún servicio religioso tras su muerte) tenía una admiración real por la figura histórica de Jesús, por su ética, por lo que representaba. Esa mezcla, a veces contradictoria, era su modo de estar en el mundo.
Para Félix, crecer junto a él significaba convivir con un padre que podía pasar horas explicando cómo funcionaba un estudio de televisión o cómo habían nacido los números, y que al mismo tiempo dibujaba historias críticas sobre la condición humana. Era un hombre que regalaba originales a cualquier niño que se los pidiera, que dejaba trabajos sin retirar de la editorial, que confiaba más en la belleza del gesto que en el resguardo del patrimonio. Esa forma de ser impactó profundamente a Félix, quien desde pequeño entendió que alguien tendría que cuidar lo que su padre descuidaba por idealismo. “Él mantenía esa capacidad de asombro infantil que lo acompañó hasta el final”, comenta.
–¿Crees que esa capacidad de asombro es la gran lección que te dejó?
–Sí, la admiro muchísimo. Él mantenía esa mirada que a uno le cuesta imaginar en un adulto, y eso era muy bonito porque es lo que le permitía conectar con el público de la infancia y de la juventud. Pero yo, por lo que nos tocó vivir, perdí esa inocencia temprano. Él no. Era incluso peleador cuando había que serlo. A lo mejor por su inocencia era muy valiente. Yo era distinto; calculaba más, tenía una visión más desencantada.
La época, las constantes mudanzas, los temores propios de los años de dictadura y la fragilidad económica que acompañaba a una familia de artistas hicieron a Félix un hombre que se autodefine como más cauteloso y desencantado que su padre. Esa diferencia terminó definiendo también la manera en que Félix entiende hoy el legado paterno. El descuido amoroso de Óscar, el ser desprendido con su trabajo, es precisamente una de las razones por las que su hijo se volvió tan cuidadoso con la conservación del patrimonio familiar.
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Aunque ya tiene 54 años y no es el niño que rayaba paredes, Félix sigue activo en el mundo del arte. Está dando “los últimos toques” a una novela convencional que tiene que ver con ballenas, ciencia ficción y terror cómico. “Es toda una vida con estas temáticas, porque son las que me convocan desde la primera infancia… Es muy interesante ver eso en retrospectiva”, comenta, riéndose.
–Eso tiene mucho que ver con cómo te criaron tus padres… ¿Qué lugar diría que tiene, entonces, la obra de tu papá en el mundo de hoy?
–Yo creo que ocupa un lugar… tiene un rol histórico acorde a su época. No podemos instalar esta obra hoy en día y pretender que funcione en nuestra época sin que haya, a lo mejor, un ruido con la contemporaneidad en la que vivimos.
El valor actual está en otra parte, dice, en la memoria y la transmisión. “Apela mucho a la nostalgia”, reconoce, pero no como gesto vacío, sino como un puente entre generaciones que crecieron con ese imaginario. “Estamos remitiendo a dos o a tres generaciones que son quienes leyeron esta obra… y que esta obra se transmite por parte de ellos, ya sea a sus hijos, sus hijas o nietos y nietas. Allí creo que está la función que cumple hoy en día; es como una posta que se va traspasando de generación en generación”.
En firmas de libros o lanzamientos, Félix ha visto esa circulación de la memoria hacerse real: “Llega un abuelo con su nieta o un padre con su hijo y se produce ese déjà vu, ese flashback de la maravilla que vivió en aquella época y esas ganas de traspasarle esa capacidad de asombro… Eso es lo más lindo que tiene este tipo de producto”.
Para él, ese es el corazón del libro recién publicado: generar un sentido de pertenencia real que se contrapone a los fenómenos tóxicos de redes sociales. “Hoy en día se puede, justamente a través de las fake news, generar falsas pertenencias. Ya este libro genera pertenencias reales, tangibles. Es sumamente atingente para esta generación”.
Aunque no está pensado para niños de hoy de manera directa, funciona dentro de la memoria afectiva de las familias chilenas. Una familia como la suya, a cargo de este tesoro nacional.






