Choko tiene un abrazo para todo lo que sobra, lo que no cabe, lo que queda en los márgenes y muchas veces es olvidado. La fotógrafa investiga a las personas desde lo íntimo, encuentra inspiración en las cosas que le pueden hablar y sumergirla en lo que no conoce o que el ojo estandarizado no ve. Se evidencia en sus trabajos con personas mayores, migrantes, racializadas, trans y aquellas que desde su visualidad o identidad habitan los bordes de lo normado.
Chokolatin (28) es oriunda de la Quinta Región. Nació y creció en el cerro Santa Inés de Viña del Mar. Pero dice no ser de aquí ni de allá. Su historia es la de la migración constante, la persecución de un sueño y ahora de la exploración para encontrar sujetos y lugares que hablen. Choko guarda el secreto de su nombre real, y juega en vez con su apodo de infancia Chocolatín. Disfruta el anonimato que su seudónimo le ha dado, pero, casi sin querer, abre una puerta a su identidad desde lo más íntimo.
Empezó su vida en la quinta, y luego se trasladó junto a su familia a la periferia de la capital, en la comuna de San Bernardo. Su sueño era ser bailarina, en 2018 estudiaba danza en el centro de Santiago pero no tenía gratuidad, así que lo dejó para financiar su mudanza a la capital argentina, Buenos Aires, y estudiar en la Universidad Nacional de las Artes. Pero allí, en algo distinto a la danza encontró su pasión; explorar, investigar y expandir su mundo.
“Estoy siempre buscando cosas que me hablen, que me hagan cavar o indagar en agua más profunda”, reflexiona sobre su trayectoria.
Marcada por sus territorios, Choko expande el imaginario cultural en su fotografía.
—¿Qué caracteriza tu estilo en la fotografía?
—Yo creo que lo íntimo, por esto que se me da, que tengo mucho feeling cuando voy a hacer sesiones. Me meten en casa de la nada o en el taller de los abuelos y termino comiendo cazuela, ensalada y tomando postre con los tatas. (se ríe)
Creo que es muy íntimo porque hago mi trabajo, pero después igual hay un proceso terapéutico en las personas. O sea, la gente también busca esos espacios de confianza para poder, por ejemplo, documentar a su familia, en el caso de Nonni, que es esta serie de adultos mayores.
O como en Trajín, el último trabajo de la fotógrafa que indaga en distintas afecciones de la piel, por elección o por una condición: tiene que ver con lo que nos compone, con la piel, que es el órgano más grande del cuerpo y que también narra un montón sobre quienes somos. “Creo que constantemente estoy en esta búsqueda de qué cosas me pueden hablar, quizás de alguna forma como una posición política y contestataria de una sociedad que cada vez es más superficial y que todo es un scroll constante”. Choko cuestiona lo desechable, la facilidad con la que todo se vuelve efímero; “estoy siempre buscando cosas que me hagan cavar o indagar en agua más profunda”, reflexiona, enfrentándose a la instantaneidad.


***
Luego de casi un año de estudiar danza en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2019, Choko tuvo que volver. La llamaron para decirle que, Angélica, su abuela materna, su nona, había enfermado. La fotógrafa volvió sin más a cuidarla, a “devolverle la mano” a su cuidadora.
—Tuve varias cuidadoras, la verdad. Siento que fui criada por muchas personas, y una de ellas, muy importante, fue mi abuela. Junto con mi abuelo, que tuvo Alzheimer durante ocho años, pasé casi toda mi infancia y adolescencia, así que también conocí lo que era cuidar. Y eso influye mucho en mí.
Choko también fue cuidada por su padre en su adolescencia, una experiencia poco convencional, admite. Fue un proceso que la marcó, un desafío tanto para ella cómo para su papá, algo que ninguno de los dos sabía cómo enfrentar.
—Creo que de ahí viene esta curiosidad que tengo por la memoria de las mujeres, sobre todo las adultas. Siempre he sentido un feeling genuino con personas mayores por mi historia de vida. Me gusta sentarme a escucharlas. Al final, la fotografía es un traductor, y para traducir también hay que escuchar a la gente que tiene más experiencia.
Cuando miramos las fotos de Choko se percibe ese interés genuino por entender y capturar la autenticidad de sus sujetos. Un ojo que mira desde lo cercano, desde adentro e invita a percibir la vulnerabilidad. Lo explora en Nonni, trabajando con abuelos y abuelas y sus nietos, observando a sus sujetos mientras va tejiendo un ejercicio de memoria, jugando con el archivo familiar. Se ve desde otro lugar en su última serie Trajín, donde explora en las pieles de aquellas personas cuya armadura trae su historia a vista de todos. Y en las fotos que ha tomado desde dentro de la escena travesti, captura a quienes parecen inalcanzables en su poder performativo, pero que, detrás de su indumentaria, guardan la complicidad de identidades violentadas que en el escenario se dan el espacio para ser auténticas y enormes.



—¿Sientes que el uso analógico le da un “ritmo” distinto a tu fotografía, uno más pausado, más consciente?
—Totalmente. O sea, cuando estás haciendo una sesión digital es como una ráfaga y la persona está dándolo todo en una performance (se ríe).
En lo análogo Chokolatin encuentra el espacio y el tiempo para integrar una conversación en la sesión, esa pausa le permite acercarse de a poco a sus sujetos y permitirse entenderlos para capturarlos. “Y es una danza finalmente, estoy ahí como una pantera en la selva con esta persona”. Además, reflexiona la artista, un rollo tiene sólo 36 exposiciones, y se transforma en un juego y un desafío poder narrar una historia en ese número limitado de oportunidades.
Este pensamiento empezó cuando Choko empezó a trabajar el archivo de su familia, y se encontró con un vacío desde el año 2000 en adelante. Se lo cuestionó «Qué mierda, onda hay cinco álbumes de fotos y Polaroid no sé qué, porque a mi abuelo le gustaba mucho (tomar fotos)”. Pero entendió que el vacío no estaba allí porque nadie tomaba fotos, estaba ahí porque nadie las volvió a imprimir y curar en un álbum como se solía hacer antes de la digitalización.
—No es que mi familia no haya tomado fotos, es que las tomaron con un celular que después murió, o los asaltaron, o se cayó el agua y eso era el archivo. No hay un pendrive, no hay un CD con esto, no hay un disco duro. Entonces al final lo tangible se ha perdido y la importancia de tener una foto se ha perdido. Lo importante de hacer un archivo familiar, juntar a la familia y decir, «Huevón, tomemos una foto.» Todos sentados y que nos veamos, o sea, como que existimos. Y es heavy porque al final igual estamos perdiendo algo que para mí es un tesoro, que es viajar e imaginar cosas y que es gratis. O sea, tú ves una foto y empiezas a acordarte y tienes memoria emocional a través de una fotografía. Y es super lindo porque no está ese espacio en tu cotidiano, pero sí cuando tocas una fotografía, «Oh, sí, acá estaba en la casa de campo de mi tía». Y empiezas a sentir el olor del pasto de la casa de tu tía, el sabor que tenía la cazuela que preparaba ella. Entonces, de cierta forma, igual nos estamos privando gratuitamente de algo muy lindo. Es tan fácil tener ese espacio de viaje, de sentarse una tarde de domingo con tu familia y empezar a ver fotos. Eso ya no existe.
Chokolatin tiene un talante muy tierno, claro, de ritmo pausado y reflexivo; algo que se siente también en sus fotografías.
—En tu trabajo hay mucha ternura, pero también resistencia. Háblame de eso, cómo sientes eso en tu identidad.
—Yo creo que la ternura tiene que ver con abrazar lo que no encaja o lo no hegemónico. Por ahí parte la ternura. Y creo que en estos espacios que sí son genuinos e íntimos hay un acto tierno en sí mismo, especialmente en personas que viven violencia sistemática. Siendo, por ejemplo, alguien marica o una persona de tercera edad, en esta invisibilidad que existe por tantos factores sociales, también aparece un espacio tierno para ser documentado, que no es menor.
Choko se pregunta si el ritmo análogo que le permite acercarse a sus sujetos también le da un aspecto más tierno a las fotografías, esa autenticidad que se da al conocerse entre fotógrafo y fotografiado.
—¿Y la marginalidad que se ve en tu trabajo?
Quizás es un abrazo, y se ve tierno porque como constantemente documento lo incómodo, lo distinto, lo no hegemónico, la gente está acostumbrada a que la foto sea incómoda en sí. Por ejemplo, una persona marica y que todo sea muy rupturista, muy intenso. Y está bien, pero ¿por qué lo no hegemónico siempre tiene que ser eso? ¿Por qué siempre algo incómodo, contestatario o revolucionario? También puede ser algo normal, tierno, suave.
Quizás tu identidad ya es rupturista de por sí —en el caso de una persona trans o una persona travesti que hace ballroom— pero eso no le quita la ternura, ni el deseo, ni la pena, ni que a veces esté chiqui y quiera tomarse un té con su amiga. Y eso también puede ser una sesión: algo normal. No siempre tiene que ser la persona que está en la Alameda, huevón, en tetas. También puede ser algo “normal”.


—¿Qué has descubierto en las migraciones que has vivido que no podrías haber visto si te hubieras quedado en un solo lugar?
—Me inspira lo distinto. Es lindo sentarse a conversar con alguien que no entiende nada de lo tuyo y aun así tener este intercambio cultural y de dolores, porque siempre hay cosas en común. Aunque, claro, no es lo mismo viajar por Sudamérica que ir a Europa. En Sudamérica somos migrantes, somos distintos, pero igual hay un abrazo en muchas cosas; en Europa tú eres el migrante racializado del tercer mundo. Eso fue positivo (en mi experiencia), porque allá me acerqué a espacios de migrantes marroquíes, pakistaníes o latinos. Me hizo entender un poco la cadena del mundo. Conociendo personas marroquíes, pensándolas como “el otro migrante” en Europa, me empezó a llamar la atención qué pasa en su propio tercer mundo. Desde el dolor y la discriminación, me llevó a preguntarme: “¿qué pasa en tu tierra? Quiero conocerla”.
Chokolatin acaba de volver de un viaje al viejo continente en el que pudo explorar Marruecos, el oficio del cuero y su gente. Comenta que se impresionó al ver familias musulmanas donde las madres paseaban con hijab, mientras que sus hijas adolescentes no, y reconoció que el batallar con el orientalismo también le abrió la mente.
—¿Cómo ves o qué opinas de los discursos actuales en torno a la migración que tenemos acá?
—Creo que hoy hay un discurso de odio circulando con mucha fuerza, y obviamente tiene que ver con el contexto electoral. La extrema derecha está ganando, hay que decirlo. Y eso me preocupa mucho. He conversado con gente migrante acá y muchos votan por la derecha, y no entiendo nada. Recién llegada, fue como: ¿qué está pasando? ¿Por qué las mujeres están votando ultraderecha? ¿Por qué los propios migrantes votan ultraderecha? Siento que la ignorancia es muy atrevida ahí, y que es un problema social, un fenómeno real. Lo veo desde mi barrio y desde personas cercanas que son de derecha pero no terminaron el colegio, no tuvieron acceso a educación. Y no tener acceso a educación no te permite cuestionar lo que sabes. Todos los discursos de odio con los que me he topado tienen como fundamento un “me dijeron esto”. No es “leí un libro, fui a un museo, estuve investigando”. Es “no, si a mí me contaron que en los 80…”, y es como: ¡huevón!
Por lo mismo, aunque suene hippie, lo combato desde la ternura y la visibilidad de lo que hago. No creo que genere mucho aportando más odio desde lo visual. Mi acción directa va por otro lado. Existir igual es resistencia.
—¿Qué caracteriza a tus sujetos? ¿Cuál es la intención de “darles tribuna”? De fotografiar a las abuelas, de fotografiar a las personas racializadas, migrantes, a las personas trans.
—Creo que no se trata de que encajen ni de que tengan un espacio “equitativo” en comparación con quienes sí entran en lo hegemónico. Lo que busco es normalizar la diferencia, porque hay un montón de personas ahí afuera que simplemente existen, y eso debería ser suficiente.
Siento que vivimos en un fenómeno del scroll, donde te van lavando un poco el cerebro con lo que consumes a diario. Entonces pienso: yo puedo hacer lo mismo, pero con lo otro. Puedo hacer que la gente empiece a ver perfiles no hegemónicos y que eso se vuelva normal. Que esté en el radar inconsciente: “verdad que existen los viejos”, “verdad que existen los oficios”, “verdad que existe la gente así o asá”. Eso es un poco lo que hago: tocar la puerta, decir hola, recordar que existen. Y en eso también hay resistencia.
Chokolatin no se considera un agente político que está luchando explícitamente; solo visibiliza lo disidente, y reconoce que eso ya es un acto político silencioso. Busca salir del enfrentamiento y en vez acercar lo diferente al público “no quiero que la gente se cierre, sino que diga ‘ay, qué lindo’, y desde ahí entrar a trabajar la empatía”.
—¿Crees que la fotografía también construye espacios de resistencia?
—Totalmente. Sí, obvio. Y no solo en la fotografía misma, sino en la alianza también. En reconocernos entre colegas que estamos visibilizando estas cosas. Porque la foto pasó de ser un espacio más artístico a transformarse en algo súper publicitario y mainstream, y eso igual hay que combatirlo cuando una quiere dedicarse al arte, ser trabajadora del arte. Así que sí, para mí es súper importante hacer esa alianza.


—Finalmente, ¿cómo imaginas que se va a ver tu trabajo en 10 o 20 años?
—Ahora estoy súper metida en este proyecto de Swe, porque más allá de ser una tienda con curaduría, quiero que sea un espacio de visibilidad. Para artistas emergentes, musicales, visuales, lo que sea.
Swe es el último proyecto de Chokolatin. En conjunto con el productor musical Sajo Bkule y DJ Sttffnno, Swe es una tienda de arte y curaduría donde las visiones creativas de los tres se mezclan para abrir un espacio de venta para artistas y diseñadores dentro de un ambiente cultural de nicho. No es sólo compra y venta: Swe también organiza eventos semanales que activen y acompañen ese mismo ecosistema.
—Queremos que las personas que llegan a este espacio puedan vivir de lo que hacen
Queremos ser un soporte. Y también crear cultura: líneas editoriales, ruido a nivel mundial. Confío mucho en que esto va a crecer, y que el día de mañana voy a poder estar haciendo curaduría a nivel mundial, creando conexiones interculturales. De hecho, ya empecé: traje un fanzine de amigos fotógrafos de Bogotá, también una marca de allá, dos marcas de España de personas migrantes… voy investigando, conectando cosas, generando alianzas con otros espacios.
Hasta en Marruecos conecté con alguien que tiene una tienda de cassettes y le habló a Sajo porque quería sus cassettes allá. Eso es un poco lo que espero hacer: ser un puente. Y claro, mi trabajo también va a ir hablando de esto y creando instancias. Pero ahora que existe un espacio tangible, me gustaría abrirlo a les demás: un espacio de intercambio, de exposición, y volver a esas cosas que estamos perdiendo—galerías, libros, espacios físicos.

*Los retratos de Chokolatin son de Jacinta Velasco. Las demás fotografías son parte de distintas series realizadas por la artista.





