Cuéntame de tu Abuela: la memoria íntima que se vuelve colectiva

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?

¿A dónde van las miradas que un día partieron?

¿A dónde van? – Silvio Rodríguez

Antes que cualquiera, ella estuvo ahí. Cuando mi mamá me retaba, ella me servía agua con azúcar; “para que se le quite la penita”, decía. Mi abuela lleva cuatro veces más que yo en este mundo y aún así, es tan chiquitita que me llega al hombro. No siempre fue de esa forma. Cuando yo era más pequeña, ella me protegía, me acurrucaba, me acostaba al lado de ella y me tapaba los pies con una toalla. Ahora puedo ver en mí mucho de ella; es regalona, no le gusta cocinar y le fascina el té.

Pero antes, mucho antes de que yo naciera, ella ya me había traspasado parte de su ADN. De acuerdo con una investigación realizada por el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental, las abuelas nos traspasan información genética de forma directa ya que los óvulos transmiten mayor carga genética e información mitocondrial. Esto sucede porque las mujeres nacemos con una cantidad de óvulos determinados para el resto de nuestras vidas, lo que quiere decir que mientras nuestra abuela esperaba a nuestra mamá, ella ya tenía esos óvulos que más tarde se convertirían en nosotras.

Eso me hace sentir como si mi abuela estuviera más presente en mi vida de lo que creo, más allá de lo físico, como si me sobreviviera a través de la genética, lo cotidiano y lo afectivo, y esta última parte es quizás la que más remite día a día. 

En ocasiones me pregunto dónde quedará la memoria cuando me toque envejecer, mis tíos se vuelvan mayores y mis abuelas fallezcan. Y no, no me refiero al hipocampo, me refiero a los artefactos cargados de recuerdos, a las fotografías que transmiten momentos y a las historias que sólo mi abuela y yo recordamos. Porque cuando las cosas se venden, la ropa se regala, se reparten las propiedades, esas casas que alguna vez fueron el hogar de mi infancia; ¿dónde queda la memoria?

Esa inquietud me llevó a fijarme en quienes también estaban pensando en cómo resguardar esas memorias. Como Cuéntame de tu Abuela, un proyecto que nació luego de que Laura Flores Moraga (36), Daniela Véliz Carbullanca (32) y Fabiana Caballero Talavera (33) (que juntas son Lenta Colectiva) se conocieran en el Diplomado de Gestión de Archivos y Colecciones Patrimoniales de las Artes de la Pontificia Universidad Católica de Chile que realizaron durante 2022. En esa instancia empezaron a notar que su punto de encuentro eran las historias “minúsculas”, “lo cotidiano” y la “pausa”, y ese vector que las unió fueron sus abuelas. A través de esas historias es que decidieron crear esta serie de archivos afectivos, que constituyen una forma de “explorar formas alternativas de aproximación a la dimensión colectiva de los afectos y emociones, y comprender el papel que estos ocupan en la modulación de la vida pública”, de acuerdo con el académico argentino, Rafael Blanco.

Esta serie de archivos surgió de la necesidad de “preservar, salvaguardar y revitalizar estos documentos asociados a las historias personales de las abuelas de Latinoamérica, cuyas narrativas han sido indispensables para la construcción de identidades locales y colectivas”, una figura que para Lenta Colectiva configura un patrimonio.

En el sitio web de Cuéntame de tu Abuela se encuentran cuarenta carpetas de cuarenta abuelas de personas que decidieron compartir su historia y que vivieron en Latinoamérica: quince de Chile, catorce de Perú,  seis de México, dos de Colombia, dos de Venezuela y una de Brasil. 

En cada serie clasificada por país existen tres archivos por carpeta: una imagen de la abuela o que la representa, un objeto o lugar relacionado a ella y un relato de su historia personal escrito por el o la nieta.

Lenta Colectiva 

Laura Flores Moraga es diseñadora de ambientes y diplomada en historia del arte y en gestión de archivos, vive en Quilpué, Chile, es hacedora en Corintia diseño + microeditorial y autora del fotolibro Cariátide que trata sobre el duelo. El nombre es en referencia a Nena (Elena de las Nieves), su abuela paterna, quien fue parte de la razón por la cual Laura decidió desarrollar el proyecto archivístico.

Cuando Nena falleció, algo en ella hizo click; se había dado cuenta de muchas cosas que quizás no había preguntado, muchas dudas sin resolver que no pudo acallar. Así decidió crear, en conjunto con Lenta Colectiva, Cuéntame de tu abuela, “para entender también un poco de la historia familiar y quizás encontrar coincidencias y entenderse a una misma como la identidad propia”, cuenta.

“Estábamos las tres pasando por cosas similares”, dice Laura. Resulta que por separado, las tres estaban trabajando en algo relacionado a la memoria y sus raíces ligadas a sus propias abuelas: paralelo al diplomado, Laura había trabajado en el fotolibro sobre Nena, Daniela llevaba investigando desde 2017 su apellido materno y Fabiana siempre sintió el peso de su origen, ya que sus abuelas habían fallecido cuando ella era pequeña.

De la misma forma en que Nena fue parte sustancial en la vida de Laura, la abuela de Daniela, mamá Mela (Imelda Núñez), lo fue todo: “Ahora que no está, yo me doy cuenta que era mi vida”, dice. Mela murió con ella la primera semana de diciembre de 2023, justo antes de cerrar la convocatoria, por lo que tuvieron que aplazarla unas cuantas semanas.

Daniela Véliz Carbullanca es artista visual y gestora de archivos, vive en la comuna de Pudahuel de Santiago, Chile, es artista visual y además archivera. Dentro de su labor, ha asistido los archivos personales de Emilio Ellena, Lotty Rosenfeld, Sergio Vodanovic y desde el 2024 es una de las encargadas de levantar el Archivo Memoria del Exilio Español en Chile.

“Era una persona de mucha fortaleza. Mi abuela perdió a su madre cuando tenía diez años por tuberculosis. Era la hermana mayor así que tuvo que hacerse cargo de su hermana pequeña que tan sólo tenía dos años. Tiempo después tuvo siete hijos, resultando el mayor con una discapacidad, lo que hizo que dependiera toda su vida de mi abuela. Él murió a los 33 años producto de un accidente ”, cuenta Daniela.

Fabiana Caballero Talavera, también artista visual y tallerista de literatura, es de Lima, Perú, y se dedica a la asistencia archivística y a la curaduría de poetas y artistas peruanos, pero sobre todo en el fondo del poeta Javier Heraud. El caso de ella es un poco diferente. Fabiana vive de recuerdos lejanos de dos abuelas que fallecieron cuando ella era muy pequeña.

“Han sido dos personas que fueron clave en mi vida, aunque no han estado presentes. Creo que ha habido mucho vínculo desde el anhelo de haber querido conocerlas más y también ha sido en parte porque me han contado cosas de ellas”, dice Fabiana.

Una parte de ella siempre busca figuras femeninas mayores con quienes formar ese tipo de vínculos que quizás nunca desarrolló por completo. En parte, su trabajo con el archivo de Heraud la hizo acercarse mucho a la hermana del fallecido poeta llamada Cecilia, que “es la que se ha encargado de guardar su memoria y sus documentos. Entonces, he formado un vínculo bastante fuerte con ella. De hecho le he contado sobre mis abuelas”; cuenta Fabiana que en cierta forma, Cecilia la “abueló”.

Entre ellas, se repite siempre una palabra, que es el cuidado, pero también una sensación, que es la calidez con la que hablan de su pasado, de sus historias de niña.

***

Yo no crecí en las bibliotecas ni leyendo revistas o periódicos. En mi casa teníamos a la abuela que nos contaba cuánta historia podía.

Dina Ananco

Durante todo 2023 estuvieron trabajando en la parte preferida de Daniela, el diseño del proyecto; los criterios de selección de información; las fichas; pero el desafío mayor fue aterrizar la teoría archivística al afecto y a la producción de un archivo comunitario. Esa parte que no te dice nada pero es la columna vertebral del resultado final. “Toda esa parte a mí me gustó mucho, pensar de qué forma estructurar el proyecto de manera que me permitiera desmenuzar las historias de las abuelas”, cuenta Daniela.

Luego de esa etapa, realizaron la convocatoria entre septiembre y diciembre de 2023 y esperaron la recepción de los archivos. Esta fue la parte favorita de Laura; ir poco a poco recibiendo las carpetas cargadas de afectos de nietos y nietas de abuelas latinoamericanas de diversas partes del mundo: Perú, Chile, México, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Nueva Zelanda.

“En sí, el proceso de recibir los relatos e ir revisando el ejercicio ya hecho fue muy fructífero ir clasificándolas y ya luego la creación de la página web, que estuvo a mi cargo. Fue super entretenido darle forma a esto y ya después ver el resultado final”, asegura Laura. Ese resultado final fue la recepción de las nietas cuando por fin pudieron ver lo que Lenta Colectiva había hecho con sus documentos.

En el caso de Fabiana, fue realizar un taller de fanzines en la Facultad de Arte y Diseño en el área de asuntos culturales en noviembre de 2023, la idea era “tener este espacio cercano y físico para conversar un poco con las personas que se inscribieron”. Entonces lo que más le agradó fue descubrir que las personas que fueron parte del taller no habían experimentado algo así, no habían tenido la oportunidad de hablar de sus abuelas.

Esa conexión les dio la confianza para compartir cosas que en muchas ocasiones son fuertes y muy personales; esa apertura y esa intimidad surgió cuando el tópico fue: Cuéntame de tu Abuela.

Historias que destacan

Dentro de las decenas de carpetas, hay tres casos que poseen peculiaridades para las investigadoras y las marcaron durante su proceso archivístico: Oliva Santamaría (a Laura), Ragnhild Goetz de Bornhorst (a Daniela) y Nelly Alosilla Caller (a Fabiana).

La carpeta de Oliva Santamaría, enviada por su nieta Gloria Morales Osorio, cuenta “un relato muy crudo de tres páginas que habla de que su abuela se casó en 1950; tenía catorce años; tuvo a su papá cuando ella era prácticamente adolescente, se casó como con una promesa de un hombre que la carteaba; se escribían cartitas de forma muy romántica; pero finalmente resultó ser un hombre violento y machista”, narra Laura.

“Mi abuela y yo estamos a la orilla del mar, en Santa Marta. Estábamos de vacaciones, seguramente en diciembre de 1996. Yo tenía 6 años. A mi abuela le da miedo el mar en general, pero sorpresivamente en esa foto se ve tranquila y feliz”. (Gloria Johana Morales Osorio, sobre la imagen)

Para ella, la historia de Oliva demuestra la realidad de muchas abuelas en Latinoamérica: cuidar del resto, hacerse responsable de la vida de otros a edades muy cortas y esperar mucho para por fin ser felices: “Este relato como que termina bien, pero pasan muchos años y muchas cosas como para poder salir de esa situación”.

En el caso de Ragnhild Goetz de Bornhorst, a Daniela le sorprendió porque la nieta de Ragnhild, Alexandra Bornhorst, narra la historia a través de un caligrama de un puma, ya que ella tenía muchos animales pero para ella su puma lo era todo: “A mí lo que más me llamó la atención fue que tuviese de mascota a un puma al que le llamaba Miau”. 

“Mi abuela Ragnhild y su puma llamado Miau en su casa – Caracas, Venezuela”.
(Alexandra Bornhorst, sobre la imagen)

Sucede que Ragnhild era antropóloga y le gustaban mucho los animales. Emigró desde Alemania a Venezuela y cuidó animales de todas las especies, pero nadie era su Miau. “Ella tenía una especie de zoológico citadino en casa. Habitaban de manera ordinaria animales exóticos como el puma, cocodrilos, búhos, serpientes, monos y demás, quienes paseaban por sus pasillos, cuartos y jardines. La doctora vivía en la casa llamada la Quinta Cristiana con sus tres hijos y con su hermano Guido”, asegura Daniela.

Ya Fabiana conoció personalmente a una de las nietas que participaron sin saberlo: “Se inscribió en mis talleres y me contó que había participado en la convocatoria de Cuéntame tu abuela”. Resulta que sin planearlo, conoció a Jimena Moscoso Segovia, nieta de Nelly Alosilla Caller, una carpeta que cautivó a Fabiana por la delicadeza del contenido, el cuidado y la relación que Jimena expresaba con su abuela.

“En la foto aparece mi abuela de joven. Está en la ciudad de Cuzco y hay nieve. Era alrededor del año 1966, así que ella tenía 26 años. Aún no se había casado con mi abuelo. La foto es parte del archivo familiar. Fue mi tía quién me facilitó la foto”. (Jimena Moscoso Segovia, sobre la imagen)

“Esta es la parte que a mí me movilizó un montón. Dice: ‘Sería una desgracia que habiendo estudiado literatura, ambas no pudiéramos seguir conversando como antes. Siento que tendiste un puente cuando me regalaste tu libro de literatura, pero no te dejan cruzarlo (…) ¿Qué sería de nosotros si se va tu voz doble, tu voz rebelde que aprendió quechua cuando se lo prohibieron?’, expresa en el relato con un dibujito y la fotografía de un libro de texto que era de Nelly”, cuenta Fabiana.

La experiencia colectiva: la segunda parte del proceso

Cuando realizaron la convocatoria procuraron ser muy cautelosas con todo aquello desprendible de la figura de las abuelas latinoamericanas; fueron muy tajantes al aclarar dentro de la convocatoria que las “malas abuelas” también existen y que la figura de la abuela no debe ser romantizada.

Pese a esto, la gran parte de las carpetas que recibieron estaban cargadas de agradecimiento tanto a sus abuelas como a Lenta Colectiva por tener la oportunidad de poder hablar de sus raíces, hacer memoria de quienes fueron indispensables en sus vidas y continúan presentes más allá del velo de la muerte.

“Algo que me di cuenta es que, bueno, creo que tiene sentido que muchos relatos hayan estado cargados de nostalgia, de cierto dolor, porque finalmente las abuelas tienen una temporalidad, una línea de tiempo distintas, entonces creo que hablar las abuelas también, en casi muchos casos, es hablar de sus muertes”, destaca Fabiana.

Según Lenta Colectiva, uno de los puntos que mantenían en común los relatos e historias sobre las abuelas de las personas participantes fue la labor de cuidar, sostener un hogar, trabajar con las manos, y muchas veces, soportar más de lo debido. “El quehacer con sus manos, el manejar un conocimiento específico que les permitía hacer cosas determinadas”, cuenta Daniela.

Para Lenta Colectiva hubo oficios que convergieron entre las abuelas de las personas que enviaron archivos, tales como las artesanías, la jardinería y lo doméstico: “Ese tipo de ocupaciones eran muy propias del sexo, como decían antes, muy propia del género. Era algo de la época. Hoy en día las mujeres tenemos muchas más opciones y libertades”, asegura Laura.

Bajo la misma línea, un fenómeno bastante recurrente dentro de las abuelas fue la migración. Del total, 25 abuelas vivieron en más de una ciudad a lo largo de su vida producto de la migración a las ciudades o del desplazamiento forzado tras la Gran Guerra o la Segunda Guerra Mundial, entre otros conflictos bélicos. Por otro lado, quince abuelas nunca salieron de su ciudad natal, lo que refleja en sus casos particulares la falta de recursos y la precariedad.

De momento es una etapa que aún no está lista. Si bien han entregado devoluciones de datos como los mencionados anteriormente, aún queda camino por trazar. “Para una próxima convocatoria nos gustaría incluir dentro de las preguntas del formulario la ocupación, labor o actividad. En la primera convocatoria no consultamos esto porque asumimos que las participantes lo pondrían dentro del relato sobre sus abuelas, lo cual no necesariamente sucedió”, aseguran.

Laura, Daniela y Fabiana tienen algo en común y no, no es sólo la pérdida de sus abuelas, es la búsqueda por posicionar esta figura dentro de la memoria colectiva, no olvidarla y continuar descubriendo el pasado a través de los archivos afectivos. Como también lo intento hacer yo. 

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