Amor paterno

Like father, like son:

both driftin’ down the stream,

both tryin’ to find our own way home,

both dreaming the same dream.

I see three pairs of footsteps through time:

yours are fading, so are mine,

but our lives sure entwined.

—Kristoffer Gildenlöw

Lo fue a buscar al aeropuerto de Osorno, como siempre. Estacionó la camioneta y trotó torpemente hacia la salida de los pasajeros frotándose las manos por el frío. Mientras daba un sorbo a su mate, vio el avión en el que venía su hijo. Cuando aterrizó y se detuvo, le vibró el celular. Era él avisándole que había llegado. Estoy afuera, respondió. Se sentía nervioso, era la primera vez que lo visitaba desde que se había separado y vivía solo en el campo, acompañado de sus perros y un par de ovejas. 

Las ventajas de un aeropuerto tan chico es que la espera es corta. No tardaron en verse, ambos con algo que sería exagerado llamar sonrisa. Se saludaron con un abrazo más protocolar que afectivo y caminaron hacia la camioneta. El hijo puso su mochila y su bolso en los asientos traseros y se subió de copiloto. Partieron rumbo a la casa. Qué tal el viaje, dijo de pronto el padre. Bien, ni una guagua llorona ni guatones que roncan, contestó el hijo. La misma pregunta y la misma respuesta de siempre, más de diez años repitiendo la conversación. Ambos evitaban hablar de lo que sabían que tenían que hablar. El viaje no era por vacaciones ni por trabajo, sino más bien una huida. El padre sabía que a su hijo le hacía bien el sur, lo dejaba respirar y, si había suerte, le quitaba las crisis de pánico y el sufrimiento que Santiago le bombardeaba. Al mismo tiempo, el hijo sabía que la soledad del padre era un tormento, que nunca había aprendido a pedir ayuda y que su presencia podía ser de alguna utilidad.

Llegaron a la casa. Al hijo siempre le encantó que estuviera en medio de la nada, que fuera campo de verdad, que el vecino más cercano estuviera a varias hectáreas de distancia. Le hacía bien el sonido de la naturaleza. Cuando se bajó de la camioneta los perros se tiraron sobre él, ahí apareció la primera sonrisa genuina. Jugó con ellos mientras el padre entraba la mochila y el bolso del hijo. Los perros saltaban encima suyo, le traían palos para que les tirara, parecían felices. Él imaginó cómo sería ser un perro. Pensó en esa vida de perseguir autos, cazar gallinas, no tener mayores preocupaciones. Los tomó a los tres, los estrujó en un abrazo, luego caminó hacia la casa.

Apenas entró sintió el vacío. Sus hermanos se habían ido a estudiar a la capital y la soledad paterna pesaba con una certeza insoportable. Acomódate en cualquier pieza de arriba, le dijo de pronto, están las camas hechas. El hijo asintió y subió, dejó sus cosas en la pieza que fue de su hermana y desempacó. Había traído algunos libros, el computador para trabajar, los fármacos y algunas prendas. Suspiró al recordar la casa llena de ruido. Se acordó de su hermana apurando a su hermano y sonrió. Los extrañaba, aunque había decidido no decirles. Siempre pensó que sincerarse sería agregarles un peso, recordarles que él era el diferente, el bicho raro de una familia que no lo soportaba ni lo quería, el que pasó por el psiquiátrico y vio la demencia a los ojos, el paria que las personas preferían marginar. Por eso optaba por el silencio y fingir que la vida estaba bien. En medio de lo agridulce de la memoria escuchó un grito paterno que lo invitaba a salir de la casa, le quería mostrar algo. Eso también era parte de la rutina. El padre, desde su infancia, soñó con vivir en el sur. Soportó cincuenta años en Santiago hasta que partió a Río Negro. Su vida cambió, al fin tenía su huerto, sus animales, su aire limpio y su jardinería tan tosca pero honesta. El hijo supuso que se trataría de lo usual: un nuevo animal o una nueva herramienta, unos troncos de madera noble, un árbol florecido. Sintió ternura por ese ser humano que siempre había admirado, ese que alguna vez creyó inquebrantable, pero que más tarde entendió que era tan sensible como él. Ver una hoja caer en otoño u observar sobre una rama esas gotas de lluvia que amplificaban el mundo como un lente podía conmoverlos a ambos.

Cuando salió vio a su padre en la entrada de la bodega haciéndole señas. Los perros miraban con curiosidad. Se acercó y vio lo habitual: herramientas por doquier, tablas de madera, una parrilla para el verano. Te quiero mostrar algo, dijo el padre. El hijo asintió y esperó. El padre se sumergió en el desorden, movió todo de lugar. El polvo hizo que estornudaran y tosieran. No logró notar de dónde la había sacado, pero el padre tomó una caja pequeña de lenga y le pidió que la abriera. El hijo obedeció y su rostro se puso blanco. ¿Estás consciente de lo que estás haciendo?, preguntó, sabes perfectamente que, bueno, no sé, ¿por qué? El padre intentó hablar, pero la voz no salía. Luego de un momento dijo que sí, que sabía lo que hacía. Ninguno pudo mirar al otro. Fijaron la vista en el suelo y al hijo lo fatigó el mutismo exacerbado del campo que tanta calma solía darle. Por dentro los gritos inconexos y erráticos combatían contra la afasia del exterior, hasta que no soportó más. Sabes que quiero suicidarme y me muestras esto, no entiendo, no sabía que tenías un arma. Las miradas permanecían en el suelo al punto de que el suelo mismo parecía incomodarse. La tengo desde que me quedé solo, siempre quise aprender a disparar, no sé por qué, respondió con la respiración entrecortada. Y sí, sé lo que sientes, por eso te la muestro. No entiendo, contestó el hijo. El padre no aguantó y soltó un par de lágrimas, empezó a temblar. Lo he pensado mucho, más de lo que puedes imaginar. Qué cosa, increpó el hijo. El padre se acercó y lo tomó de los hombros. Sé que sufres en exceso, sé que lo que anhelas no es una tontera ni algo impulsivo. En mi vida entendí muy tempranamente que hay personas que no vinieron para quedarse. Nunca quise que una de esas personas fuera uno de mis hijos, pero… ¿Me estás diciendo que me mate?, interrumpió agitado. ¿Con esto? ¿En tu casa? Solo si es lo que quieres, pero tiene que ser lo que quieres de verdad, no algo irreflexivo, respondió el padre limpiándose las lágrimas y los mocos con la manga de la camisa. Se quedaron en silencio, cada uno observando al otro de reojo. Papá, no sé qué decir, tú sabes, no entiendo, antes hiciste lo posible para evitarlo. Sí, contestó, pero aprendí que ante la evidencia hay que rendirse, y tú no soportas más, ¿o sí? El hijo miró otra vez hacia el piso y susurró un no cansado. Pero ¿esto no te metería en problemas? ¿No te irías preso? Quizás, habló el padre, pero me importa una mierda si esto termina con tu sufrimiento. Además, ya no tengo nada que perder, cumplí las metas de mi vida: tuve hijos, éxito laboral, una hermosa parcela en el sur. Mientras hablaba, el hijo tomó la pistola y la puso en su sien. ¡Espera!, gritó el padre. Tranquilo. Sé que lo deseas, pero, por favor, tengamos una cena, la última, concédeme eso, te lo pido. El hijo bajó el arma, la puso en la caja y asintió. Igual nunca he usado una pistola, no sé disparar. El padre le pidió el arma. Mira, está cargada, es llegar y disparar, solo tienes que sacar este seguro. ¿Eso nomás?, replicó el hijo. Eso nomás, sentenció el padre, que guardó la pistola en la caja. Se quedaron de pie un momento, los perros miraban con sospecha. Te espero adentro, murmuró el padre. El hijo se quedó en la bodega, no comprendía lo que había pasado. El ladrido de los perros lo volvió a la realidad. Miró la casa y caminó hacia ella como si la fuerza de gravedad hubiese aumentado. No toleraba entrar y toparse con la ausencia del aperitivo comunitario, la pareja feliz y los hijos peleando por quién pondría la música.

Son papas de la huerta, afirmó el padre, que preparaba las frituras. Tú encárgate de la carne. El hijo tomó los bistecs y los selló con sal antes de tirarlos a la sartén. Cuando la comida estuvo lista, se sentaron en la mesa familiar, ahora tan vacía. Comieron en silencio, cada uno sumergido en su plato. El padre sollozaba, cortaba la carne en pedazos minúsculos, no quería que la cena terminara. El hijo, por su parte, pensaba en lo que había sucedido, la confusión lo desconcertaba. Una mezcla de alegría y miedo se apoderó de él. Al fin podría morir, después de tanto tiempo intentándolo, después de tantas luchas por un desenlace digno, y su padre sería su cómplice. Recordó cuando era chico y jugaban juntos. Él era el mayor de los cuatro hijos, el experimento. Vinieron a su memoria las veces que vieron películas, que jugaron en parques, las veces en las que él, su padre, lo defendió de otros, los conciertos compartidos, los libros conversados, los lagos recorridos. Sin darse cuenta, empezó a llorar. Sabía que lo que haría provocaría un gran daño a sus hermanos, su padre y su madre, que quedarían traumados de por vida. Pero sabía también que era momento de pensar en él y que la vida era insoportable, imposible. Cuando la comida se acabó, cruzaron las miradas, ambas acuosas y sinceras. Permanecieron así unos minutos hasta que el padre, como dando permiso, asintió con la cabeza. Se levantaron, ordenaron la loza y volvieron a la bodega.

El sol amenazaba con irse, pero todavía le quedaban unos minutos. Apenas entraron, el padre le pasó la caja al hijo. Este, sin vacilar, tomó el arma, quitó el seguro y la acercó a su sien, pero el padre se le tiró encima. ¡No! ¡Espera un poco más, por favor!, gritó llorando. Le quitó el arma y la puso en la caja, luego lo abrazó como nunca antes lo había hecho. El llanto paterno contagió al hijo, que devolvió el abrazo y lloró lo que había acumulado por tanto tiempo. Perdón, perdóname, no fui un buen padre, nunca quise que sufrieras tanto, perdón. El hijo lo abrazó con fuerza, como si invirtieran los roles, aguantó las lágrimas y le dijo que no era su culpa, que no era culpa de nadie, que él mismo le había dicho que había existencias anormales que conducían al suicidio, así de simple, que había sido el mejor padre, que lo quería y que agradecía haber sido su hijo. El abrazo, el llanto, el ladrido de los perros y la luz que se iba fueron el paisaje que acogió ese momento único y final.

*FOTOGRAFÍAS DE JOAQUÍN MIRANDA.

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