Sus padres tenían una casa en Lo Barnechea. Él diría, cada vez que se refiriese a ella, que era la casa de mis papás, pero nunca, nunca lo escuché decir: mi casa. Rozaba los veintitrés años viviendo ahí. Cuando lo conocí no me imaginé que tuviera que ir allá, lejos, para encontrar su hogar. Tampoco pensé que tendría auto, pero, nuevamente: es el auto de mis papás. Y la plata con que cargaba la bencina es de la tarjeta adicional de mi mamá que, por cierto, me encontraría con su nombre años más tarde, trabajando para una señora en Vitacura que la conocía.
Había ido para allá solo unas veces para visitar a supuestos amigos de la universidad que vivían cerca de la casa de él. No los visité mucho más. No quería asociarme con ellos. Los pocos intentos que hice yendo para su casa, tomé el metro hasta Escuela Militar y luego una micro eterna. El trayecto fue de, al menos, unas dos horas, contando donde comencé el viaje, en el metro más cercano a mi departamento. Cuando salía con Tomás, este viaje era de veinte minutos a media hora, porque íbamos en el auto de sus papás. Me buscaba en una de las farmacias cerca de donde yo vivía, donde podía estacionarse en medio del caos, jamás se atrasaba. Me devolvía ahí mismo en la noche, pero no se detenía por mucho: tenía miedo por su auto. Caminaba de vuelta al departamento sola. No tenía quién me cuestionase, o me buscase, o me quisiese, a excepción de él.
Al contarle esto a un amigo que hice un tiempo después de conocer a Tomás, hizo una mueca que no sabría replicar. Me preguntó si duré mucho en esa relación. Me reí: ¿relación? Pero no dije nada. En cambio, respondí: no. Me preguntó por qué. Yo no sabía por qué habíamos durado tan poco, pero temía que era porque le había mostrado un reflejo de mí, lo que era realmente.
En ese entonces, yo vivía en un departamento en el centro, entre Baquedano y Universidad Católica. Con una linda beca, estudié agronomía por siete años que podrían haber sido cinco. No pagaba un solo peso, pero el costo emocional de vivir sola —dependiendo exclusivamente de mí misma— me carcomía.
No lograba entregar las tareas a tiempo, sobre todo con los trabajos en grupo, y me odiaban mis compañeros más capaces por eso. La unidad académica me ofreció un tutor para no atrasarme más, y ahí apareció Tomás, con su infinito conocimiento. Tenía un año menos que yo y mucho mejor promedio en prácticamente todo. Yo estaba atrasada, él adelantado. Ya estaba enamorada de él cuando supe que iba y venía en auto. Lo dejaba en un estacionamiento privado durante las clases. Nunca podría haber adivinado antes que él era de Lo Barnechea. No vi el auto hasta mucho después. Cuando me hablaba de allá, se sentía como si me hablase de vivir en otro país, uno con microclima y tradiciones tan, pero tan ajenas. Me gustaría vivir donde vives tú me dijo en un momento y no supe qué contestarle.
¿Por qué vivir donde vivía yo? Qué tontera. Él tenía una buena madre, un triste padre, algunos amigos —nadie demasiado inteligente tiene muchos amigos—, casa con piscina, un patio enorme que incluso tenía un árbol de limones, buenas notas que seguramente pudo obtener debido a su calma mental, y me tenía a mí, supongo, con mi corazón desbordante, que fue demasiado para él. Te apuesto que tu vida es mejor le dije en algún momento. Me respondió levemente ofuscado, que no, que su vida era igual a la de cualquiera. Un día subimos un cerro en Lo Barnechea. Me fue a buscar en auto y subimos un cerro. Él tenía una polera con hoyos y yo, francamente, no me acuerdo qué tenía encima. Esto fue hace años. Me acuerdo que nos desvestimos al lado de un riachuelo. Abajo, yo tenía un traje de baño enterito negro. Creo que le gustó. A mí me pareció rarísimo que hubiese un río en el cerro, al lado de una casa, en un inmenso barrio dentro del radio urbano de la Región Metropolitana, pero no hice ningún comentario. Vimos vacas pastando y era aún más surreal. Qué bacán por acá le dije. Me contestó que ahí iba a pensar cuando necesitaba hacerlo. Incluso vengo a meditar. Es bueno meditar, es como rezar, te conectas de otra manera. Deberías intentarlo. Él era medio budista, medio cristiano. Apenas lo escuché. Estaba fascinada en el río, sintiendo el agua fría, sintiendo el calor en mi cuerpo y viendo el suyo, incluso muy escuálido él me parecía atractivo. No pude concentrarme en lo que decía si es que lo estaba viendo. Le tomé una foto con mi celular, él hizo como que no posaba. Por otro lado, yo no quería meditar al volver, porque en mi edificio había mucho ruido y en mi cabeza también y eso era demasiado para yo poder concentrarme o despejar mi mente y no pensar en nada. Yo tenía mucho en qué pensar. Y mucho más qué sentir.
No me di cuenta en ese momento que él meditaba porque podía tener la calma necesaria para hacerlo. Tampoco me di cuenta que él no quería mi vida, no realmente. Él quería el peligro que sentía inherente a ella, por eso se interesó en mí. Pero no lo quería vivenciar de primera mano. Quería verlo a través de un filtro. Quizá le parecía atractivo no tener la vida asegurada, como seguramente él pensaba que era mi vida, qué sé yo.
Bajamos el cerro por el mismo camino en que lo subimos. Habíamos caminado muchísimo. Vimos otra vez las vacas, que todavía no sé cómo llegaban ahí y, aunque Tomás me explicó, no recuerdo mucho. Luego, volviendo del cerro, su mamá nos vio caminar desde su auto. ¿Ya dije que tenían dos o tres autos? Una locura, pensé. No dije nada. Ella nos preguntó si volvíamos a almorzar. Él dijo que sí. Yo solo sonreí. No pensé que volveríamos a su casa, con su madre, con sus hermanos, y ese padre algo deprimido por motivos que no reveló, pero yo intuía que era algo enraizado en la profundidad de su psique y no tenía nada que ver con su vida perfecta. Tomás me lo mencionó una vez y nunca más. Supongo no quería abordar el tema. Almorzamos juntos en el patio. La nana nos llevó la comida desde la cocina a esa mesa grande. Otro día conocí a su abuela. Cada día era más surreal, pero hice buenas migas, hablamos de una a una mientras ella reposaba en la cama y yo estaba parada frente a ella, con la incertidumbre de la interacción. Yo pensé que Tomás me amaba. Los gestos indicaban eso. Pero la verdad es que no. Al menos, no como yo lo hacía por él.
Tomás hablaba alemán. Su familia era alemana, colonos de otro siglo, me imaginé. Me pareció interesante que hablase tres idiomas, junto al español y al inglés. No me cuestioné a su familia, todavía no lo he hecho y no planeo hacerlo: realmente eran la familia perfecta. Y yo habría matado por pertenecer ahí. No sé si siempre tuvo en mente lo extranjero, o era más de celebrar las raíces de su historia por su familia, pero me hacía sentir inferior, de la mejor de las maneras. Lo admiraba como quien admira a un salvador.
Yo podía ir a cualquier lado con absoluta independencia, escaparme a su casa en Lo Barnechea e irme con él en su auto, pese a que me daban ganas de llorar, porque solo ahí me sentía cómoda. En ninguna otra casa podía sentirme así. Al ver mi departamento pequeño y vacío sentía los huesos débiles. Buscaba tanto a Tomás. Me decía constantemente: vivo en la casa de mis papás. Nunca en su casa. Pero el yugo de sus padres no era tan fuerte. Cuando iba por el fin de semana podía dormir en la pieza de invitados, donde Tomás se escabullía hasta la madrugada, y luego volvía a su pieza. Más tarde, durante el día, usábamos la piscina y almorzábamos lo que preparaba la nana. Creo que nunca cocinamos.
Yo pensaba en la muerte bastante seguido. Cuando me dijo que no quería estar conmigo, lloré el día entero. Intuí que tenía que ver con haber pasado por mi departamento por primera vez, cruzar el umbral. Seguramente también fue por quién era yo. Demasiado real, demasiado cruda, simplemente demasiado. Estaba seguro al hablarme, lo que me parecía más desconcertante. Él había estado visitando el lago Rapel con su familia la semana anterior, y esa semana lloré más de la cuenta en videollamadas desesperadas desde el encierro. Cuando fue a verme, preocupadísimo y sin saber qué hacer, no pudo moverse entre los metros cuadrados estrechos y miró con desdén a su alrededor. ¿Este es tu depa? Decidió terminar la relación en la escalera de emergencia al irse. Algo que, a mi parecer, venía gestándose desde antes. El ascensor estaba malo. Supongo que no soportaba verme mal y, también, estaba preocupado de que le rayaran el auto. Ahora estoy encadenada a la penosa idea de qué habría pasado si nunca hubiese llorado, pensando que él podría consolarme. Si nunca hubiese sido yo misma: en esta vida, en este cuerpo y en este pedazo de tierra.
No logramos superarlo. O, más bien, él no logró superarlo. Me mentía a mí misma que la relación andaba bien, tal vez porque él tenía piscina y hogar y yo debía pertenecer ahí de una forma u otra. La piscina de mis papás me imagino que me corregiría si siguiéramos en contacto. Vio mis historias de Instagram varias veces durante un par de años, pero parece que ya no lo hace. Él me debe recordar como una trampa, seguramente, una atractiva situación que se tornó ingobernable.
Ya no vive en Lo Barnechea. Vive en Berlín. No debe vivir en la casa de sus papás por primera vez en la vida. Debe estudiar alemán o música o filosofía. Meditar en las mañanas. Rezar por las noches. Olvidar mi intensidad como quién olvida que yo le tomé su foto de perfil, con absoluta devoción, en el cerro cuando quiso mostrarme que él no era como lo que le rodeaba: opulencia, superioridad. Llamar a su familia, su madre, a veces su padre, sin llorar. Jamás videollamadas porque le recuerdan a mí. Subir cerros con indiferencia contemplativa y budista. Leer el I Ching, o lo que sea que se hace con eso. Vestirse aún en harapos. Hacer grandes cálculos del tiempo de sus trayectos hacia la universidad. Conducir por el viejo continente. Volver a Chile, a veces, supongo. Yo aún vivo en el mismo departamento en el centro. No me moví. Nunca tuve tarjeta adicional de mis papás.





