¿Por qué leo?, ¿para qué?, ¿por qué autoras?, ¿desde cuándo? Un día, hace siete años, paré a pensar “todos los libros que tengo —y los que no, pero he leído en fotocopias, en bibliotecas y en la casa—, son escritos por hombres”. ¿Por qué si tengo tantos libros, es como si no hubiera ninguno?, la sensación de no estar, de que como mujeres no aparecíamos en esas líneas aunque nos nombraran en general. La sensación de, en realidad, no tener libros. Eso me llevó a mirar hacia atrás.
Estábamos en pandemia, miraba los libros que tenía y pensé en el único estante con libros que había en la casa de mi abuela, 30, quizás 40 libros, escritos todos por hombres, con una excepción: Desolación de Gabriela Mistral.
Un libro antiguo, de hojas oscuras y letras pequeñas, con páginas a punto de romperse, con un olor fuerte a papel viejo, que no me invitaba a abrirlo, mucho menos a leerlo, porque solo veía muchas letras en frases que no entendía.
Vengo de una familia que le gusta leer. En la simpleza de la casa de mis abuelos donde pasé mi infancia y muchos años más, mi tata siempre estaba con un diario enterándose de lo que pasaba, y de vez en cuando releía algunos de sus pocos tesoros literarios, un par de libros sobre trenes, sus favoritos. Mi abuela por su parte, en la noche, tras todo el trabajo doméstico realizado, a la hora de las noticias, y también los domingos después de almuerzo, igualmente revisaba el diario que sagradamente mi abuelo iba a comprar todos los días al kiosco de la esquina, y sus libros sobre medicina.
En mi casa siempre vi leer a mis padres. A mi mamá, lectora voraz, rápida, con ansia de aprender, capaz de leer un libro en unas horas antes de dormir; a mi papá, todas las noches, eternas de lectura, despertando de madrugada para volver a tomar el libro, leer, dormir a ratos, levantarse y seguir. Tomando un libro para ir a la oficina, a la imprenta, a hacer sus clases particulares, un libro en mano en cada camino, siempre de compañía. Ya jubilado, las tardes se sumaron a la rutina de la noche, pero cuando me fijé en su velador, todos los títulos de estos libros eran escritos por hombres. Las cajas llenas de libros que me dejó, esa herencia viva, ese, su cuerpo extendido, esa, su presencia acá cerquita luego que el COVID se lo llevara, son cientos de libros de autorEs. No alcancé a preguntarle, ¿qué libros escritos por mujeres has leído? Me gustaría saberlo. Me hubiera gustado que me contara que sabía de esa autora española de apellido Montero que presentó “La loca de la casa”, en la Feria del Libro de Lima el 2003 cuando el tema era “La mujer y la literatura”. O de esa autora ecuatoriana, Alicia Yánez Cossío, que conoció mientras vivía entre Perú y Ecuador y que consideraba que su forma de contar historias era increíble.
Y es que por esos mismos días del COVID, mascarillas y encierros, pensé, “tengo libros de autoras pero pocos”, entre esos uno de talleres de cine de Alicia Vega; Space Invaders, de Nona Fernández; La mató por amor, de Viviana Ávila Alfaro; el inicio de la saga Hijas de una nueva era, de Carmen Korn; Al faro, de Virginia Woolf; Lumpérica, de Diamela Eltit y Teoría King Kong, de Virginie Despentes, y no solo es que los tenga físicamente en mi librero, sino que también las he leído poco. Ahí empecé. Tenía un mueble pequeñito y lo dejé para libros de ellas. De a poquito los fui sumando, y me prometí que si gastaba comprando un libro iba a ser uno escrito por una mujer, porque ya muchos tenía de los otros.
Me comprometí a leerlos, porque no quería solo tenerlos —aunque también me parece muy adecuado quien quiere el objeto y no lee necesariamente de inmediato—. Y así de a poco, pasaron los meses, algunos años y ese librero ha tomado forma de pequeña biblioteca que va creciendo con nombres que ya no me son desconocidos. Así, Guerriero, Ocampo y Woolf dejaron de ser solo nombres de mujeres que veía en tapas al pasar y se convirtieron en relatos e ideas, en historias que me han ido llenando, en otras que pasan más rápido, y empecé a sentirme representada.
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Con ellas comencé a entender otras partes de la historia, de Chile, del mundo. Y me vi. Vi de dónde venía mi madre, cómo era el contexto de crianza de mi abuela cuando niña en la pampa salitrera, entendí de donde aparecieron mis tías, las amigas de mi madre, cómo vivieron la violencia y la organización en dictadura, y cómo seguramente Albertina, mi abuela paterna vivió en el Valparaíso en ese inicio de siglo. Pensé cómo mi bisabuela vivió en el País Vasco y viajó en un barco hasta Latinoamérica. Cómo las primeras mujeres estudiaron en la universidad, y otras cosían en las fábricas y sacaban periódicos en el norte. Cómo en Colombia una Claudia de Pilar Quintana vivía su infancia en los ‘80 en Los abismos y una Claudia de Piñeiro la vivía con su padre Un comunista en calzoncillos en los ‘70, y Elaine en Ojo de gato de Margaret Atwood que vuelve a una infancia y juventud perturbadora en Toronto. Cómo madres en el mundo crían hoy con Maternidades subversivas de María Llopis, cómo Uribe vivió la muerte de su padre en Las heridas y cómo Catrileo define su territorio en Chilco, y en todo su recorrido literario.
Me clavé con la intriga que plantea Delphine de Vigan al mostrarnos a los niños de hoy, en medio de la sobre exposición en redes sociales con su novela Los reyes de la casa. Así han pasado los años y conocí el trabajo de Eugenia Tenembaum y supe de Las mujeres detrás de Picasso y cómo podemos reconciliarnos con ese placer que puede ofrecernos el arte, pensando en mirar una y otra vez las obras con un relato cercano, riguroso, y con mucho conocimiento en La mirada inquieta. Pasé y sigo volviendo a bell hooks* con su análisis directo, crítico, certero sobre mujeres, vida diaria, actualidad política, en su desarrollo como activista y feminista negra.
Conocí la obra de Han Kang, ¿y cómo no hacerlo?, en el boom publicitario de La Vegetariana y el aviso de ser recién la mujer número 18 en recibir el Premio Nobel de Literatura —hasta ahora solo 15 % del total—, cómo no va a llamar la atención también a Latinoamérica una escritora coreana. No voy a mentir, hasta ahí no la conocía, pero seguía el trabajo hermoso de Keum Suk Gendry-Kim, quien en sus obras ilustradas también presenta su origen y la cruda historia de ese país alejado en el mapa. Cruda historia que ella y Kang relatan con una cercanía impresionantes, conmovedoras, desoladoras, nerviosas. De esa realidad que hoy entra en la cultura occidental a través de jóvenes que consumen novela gráfica, música, series, y abren el público y la cultura. Cómo no pasar también por Marjan Satrapi, historietista iraní-francesa que nos muestra su propia historia, la de una mujer migrante, joven, en Irán en medio de conflictos políticos que llega a Francia y se desarrolla, pero también vive discriminación y muestra esa otra realidad de mujeres en el mundo que enfrentan la guerra en su cotidianidad, el desplazamiento, el exilio, la violencia. Historias que, aunque lejos en el mapa, dialogan con las nuestras.
Volví a Latinoamérica, a Perú con Gabriela Wiener, a Uruguay con Fernanda Trías, a Nicaragua, eternamente a Nicaragua, con Gioconda Belli, a la Argentina actual con Tamara Tenembaum, quien tomando el texto Un cuarto propio de Virginia Woolf nos analiza en su último ensayo Un millón de cuartos propios en nuestros días dentro de este post capitalismo, y aquí me detengo porque siento que poco nos vemos en el hoy, en este presente extraño, y este es un libro que lo permite. Tenembaum camina la obra de Woolf. Como dice en el libro «Virginia empieza a desarrollar una idea, pero en lugar de desplegarla en orden y de manera concisa, como si no alcanzaran los minutos, nos pasea: entra y sale de su pregunta inicial, mira por la ventana, va a la biblioteca, nos cuenta cosas sobre sus amigas o sus libros favoritos». Y en ese paseo, ella misma abre preguntas, sobre el dinero, sobre el trabajo, sobre la comida, la primera persona, la nostalgia, la tradición, y el resentimiento.
Vuelvo a la pregunta, ¿para qué leo?, y ¿qué leo? Si en esas páginas aparecen emociones, tensiones, análisis y situaciones que me permiten comprender un poco más el mundo que habito, entonces, ¿acaso leer se vuelve una forma de pensarnos juntas? Esa pregunta, la de mi propio “para qué”, se va respondiendo cada vez que una autora abre un camino para mirar distinto lo personal y lo colectivo. En un presente donde el pensamiento crítico incomoda, y la emoción es desacreditada, Un millón de cuartos propios recuerda que también desde ahí —desde el cuerpo, desde la palabra, desde el afecto— se resiste.
Esa misma resonancia es la que aparece en escritoras chilenas contemporáneas que, desde distintos lenguajes o registros, han abierto caminos para pensar lo íntimo y lo colectivo. Lorena Díaz, Viviana Ávila Alfaro, Bernardita Olmedo que refleja situaciones cotidianas en sus dibujos en los libros de Bruta y también a través de su escritura de Hija ilustre. Malu González con Tu muerte me sienta bien en una escritura que no te suelta. Angélica Ramírez con Las periferias, donde la escritura se hace eco de vidas y espacios que suelen quedar fuera de los relatos centrales, pero que sostienen la experiencia de muchas.
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Isabella Hammad, en una conferencia realizada en la Universidad de Columbia el 2023, que se transformó en el libro Reconocer al extraño, dice «tenemos que admitir que las novelas son un tipo de entretenimiento, que se encuentra en algún lugar entre el cine y la poesía. Son una forma que surgió en la época de la reproductibilidad técnica y se vende como mercancía, una actividad que hoy tiene mucho más que ver con las marcas registradas y la mercadotecnia que en tiempos anteriores (…) hay una relación entre las novelas y lo que, a falta de una expresión mejor, podríamos llamar nuestra vida espiritual. Hay personas que leen para consolarse o para evadirse; otras para aprender cosas sobre el mundo; otras porque es una ocasión excepcional para estar a solas y concentradas, para no estar trabajando ni consumiendo pasivamente el contenido de una pantalla, sino meditando sobre experiencias ajenas, empleando algunas herramientas de la vida onírica y escuchando atentamente las voces de los demás, de formas que piden su participación imaginativa y que también podrían arrojar luz sobre nuestra propia experiencia de estar vivos en este planeta. Las novelas reflejan la perpetuación del impulso humano de utilizar y experimentar la forma narrativa como medio de dar sentido al mundo».
¿Qué es para ti una novela?, ¿en qué se transforma un libro? Como señala Hammad, yo leo también para consolarme, para ver que hay/hubo/habrá otras realidades posibles, infinidad de mundos como infinidad de personas habitamos el planeta —y como dice Tenembaum— también para resistir.
«Somos criaturas sedientas de historias. Por esa razón llevamos libros con nosotros —o dentro de nosotros— a todas partes; también a los territorios del espanto, como eficaces botiquines contra la desesperanza», escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco. Y pienso que así, cada libro que leemos guarda una memoria y al mismo tiempo nos abre un presente.
Miro atrás y veo mi pequeña biblioteca hoy. Somos tantas y tenemos tantas historias contadas y por contar. Partí con un poco más de 7 autoras y en estos años he conocido y leído a más de 140 mujeres que a su vez han publicado diversos títulos, algunos de ellos hoy en mis estantes. Escribimos música, poesía, historia, política, economía, novelas, fantasía, ficción, ciencia. Escribimos esta historia que también es nuestra y dejarla en papel se convierte en obligación y derecho para lograr ese equilibrio. Insisto en la lectura de ellas porque no quiero que leerlas signifique abrir un libro gastado que “tiene que estar en toda casa porque es la Nobel de Literatura”, sino hacerlo por placer, por ese “gran deseo, ansia o interés profundo por conocer, aprender o experimentar el pasado” nuestro. Quiero que mi hija tenga la opción de leer a todo tipo de personas, de escuchar la historia del mundo desde cada parte que la compone, que el equilibrio sea tenerlos en las estanterías y también poder dedicarle el tiempo que requieren para conocernos.
*bell hooks, en minúsculas, es un seudónimo que la autora adoptó en bonor a su bisabuela Bell Blair Hooks. Se escribe sin mayúsculas, de acuerdo con su siguiente principio: «Lo más importante es lo que digo en mis libros, no quién soy».
ILUTRACIÓN DE MARA PARRA





