Lo llamaban “El maraco de la Condell”, en referencia a la calle donde vivía, a esa lengua de tierra ubicada en Punitaqui, comuna del Norte Chico, a casi unos 30 kilómetros al sur de Ovalle, donde creció ese niño “marica y afeminado”, en la década del 80. Ese chico es el protagonista de El cabrito, el nuevo libro del periodista y escritor Juan Luis Salinas, que acaba de publicar ediciones La Pollera.
Ese niño es el autor, la reconstrucción de la infancia, donde también están los recuerdos del pasado en provincia. “Desde que tiene memoria ha vivido con sus abuelos”, dice en El cabrito sobre Carlos, detenido en dictadura, y María, que lo incitaba a defenderse (sus abuelos eran sus tíos biológicos). El niño crece en un entorno rural, donde la violencia transcurría feroz y silenciosa, como un río junto a la tierra árida y ajena.
“Desde que llegó al kínder solo ha acrecentado su fama de delicado y pusilánime”, leemos en El cabrito sobre ese niño curioso y creativo, que le gustaba dibujar vestidos, leer las revistas que compraba el abuelo, y que es recordado en tercera persona por el narrador. En algún momento, de inicios de los 80, ese chico descubre las revistas Time, People y Vogue, que dejó “una gringa”, a quien los abuelos le arrendaron una pieza en la casa.
El libro se construye con esa voz a distancia, las escenas del pasado protagonizadas por el niño en Punitaqui. Un chico que se entera que en la capital asesinaron a tres profesores comunistas (Caso degollados) como también del atentado al dictador Augusto Pinochet.
Las páginas, se intercalan con fragmentos de textos en cursiva: el diario del hombre adulto -sus recuerdos y reflexiones- que alguna vez fue un niño en provincia. “El hombre escribe, duda y borra. Narrar la infancia no es algo simple. (…) La memoria miente, altera esos recuerdos o los va mezclando”, apunta Juan Luis Salinas en El cabrito, donde utiliza con destreza los registros que entrega la literatura y el periodismo para crear un libro bello y profundo, conmovedor y sincero.
“Este libro es sobre la infancia en la provincia, en Punitaqui, cuando el bullying era hacerse hombre. Cuando el bullying no tenía nombre. Era algo naturalizado y era parte de un proceso de aprendizaje malentendido. Luego, en el liceo, en Ovalle, viví otro tipo de acoso, porque hablábamos más cantadito, y nos preguntaban si teníamos alcantarillado, baño, y en la universidad, ya en Santiago, hubo otro tipo de menosprecio”, comenta Salinas.
Periodista del diario El Mercurio, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Chile, Salinas es autor de los libros Linda, regia, estupenda. Historia de la moda y la mujer en Chile (2014) y El peso de la sangre: viaje personal al sida (2019), donde narra su experiencia tras ser diagnosticado con VIH.
El cabrito es su tercer libro y abre con tres epígrafes. Uno es de la autora Flannery O’Coonor: “Cualquiera que haya sobrevivido a su infancia tiene suficiente información sobre la vida para el resto de sus días”. Otra frase inicial es del poeta español Joan Margarit: “Los miedos de los viejos, ¿vienen todos de las calles oscuras de la infancia?”.

Territorio, tolerancia y disidencias
Le pidieron desde la editorial que escribiera un libro sobre haber crecido en la provincia. “Pero a medida que fue deshilvanando los recuerdos, apareció el desasosiego que entonces lo dominaba. Todo empezó ahí lo bueno y lo malo. ‘Ahí’, repite. ¿En qué momento pensó que sería una tarea fácil?”, apunta Juan Luis Salinas en El cabrito, ejemplar que se une a la colección “Surcos del territorio”, de La Pollera, donde diferentes autores narran sobre su lugar de origen, sobre las calles donde crecieron en alguna parte de Chile.
“El libro es más cosas que la historia de un chico gay”, dice Salinas, quien también deja entrever en su nuevo título la represión en provincia bajo dictadura, la discriminación ante la pobreza, las carencias, pero también las amistades y un paisaje diverso, semiárido y luminoso. “Me gusta volver a ese norte. Como que puedo respirar. Me siento más tranquilo”, señala el autor, quien reitera una frase en el libro en cursiva: “No te olvides de que, pese a todo, ahí fuiste feliz”.
Salinas escribió a mano, en varios cuadernos, lo que sería el texto de El cabrito de Punitaqui. Historia que finalmente quedó con el título que cita al animal con el que creció y vio tantas veces matar. “Es una vibración de terror que se mezcla con los cantos de unos pajaritos y la música ranchera de una radio que resuena muy lejos”, leemos en El cabrito, una narración que entrelaza la recreación del pasado con las experiencias íntimas del protagonista.
Cuando comenzó a urdir este nuevo libro, Salinas volvió a viajar a Punitaqui. No todos querían recordar. “Un 18 de septiembre, un amigo me invitó a un asado y mataron a un cabrito y yo sabía todo ese proceso. ¡Lo vi tantas veces! Mi abuela mataba a las gallinas frente a mí, y mi abuelo mataba los cabritos y los dejaba colgando por días”, señala el autor y agrega: “Es cierto, al comienzo nadie me hablaba. También surgían más preguntas y junté más libros de referencia”.
Para recrear ese pasado, el territorio, las voces ajenas que lo humillaron y que quedaron en su cabeza, Salinas leyó una serie de libros que lo ayudaron a elaborar el camino de vuelta a esa infancia en Punitaqui. Leyó poesía, memorias y novelas. Entre otros autores importantes para él nombra a Didier Eribon, Édouard Louis, W.H. Hudson, Maggie O’Farrell, Joan Margarit, J. M. Coetzee, Rodrigo Fresán, Marta Brunet y Gabriela Mistral.
—Entre tus lecturas, dices que hallaste un concepto que te interesa y que te sirvió: la psicogeografía…
—Me ayudó. Esa relación entre las emociones y los lugares. Sentía que la única forma que tenía de escapar del rigor del libro era describiendo el paisaje, intentando hacer poesía. Hablar del atardecer, de las polillas, de los grillos que cantaban. Le daba un poco de respiro al texto… Otra cosa que rememoré, escribiendo y recordando, era el maltrato hacia los animales. La gente se desquitaba con los animales, por ejemplo, era muy común ahogar a los gatos.
—¿Cómo crees que El cabrito se relaciona con El peso de la sangre?
—Cuando hablo de la historia de las revistas… Incluso digo en una parte: esto ya lo escribí. El libro es la infancia del hombre que le dio VIH después. Es un hilo que continúa. Después, espero, viene el libro sobre el padre y luego sobre la madre.
—En el libro escribes “Sabe que el pueblo castiga la diferencia”. ¿Crees que hoy existe mayor tolerancia hacia las disidencias?
—Yo creo que el respeto a las disidencias que ha existido es una bonita fantasía. En ciertos grupos esto no existe. Hace poco estuve en Barcelona, España, y venía caminando y unos jóvenes pijos me gritaban: ‘Oye viejo maricón dónde vas’… Siento que, tanto en los sectores acomodados como en los sectores bajos, está volviendo una suerte de conservadurismo, que no es sino discriminación… Me parece curioso que, en el último tiempo, en las marchas del orgullo gay, al principio del 2000 iban cuatro pelagatos, puras travestis, y ahora estas marchas tienen hasta auspicio de marcas de compañías de teléfono, se ha convertido más bien en un elemento de consumo más que de orgullo.





