Diego Soto, cineasta: Filmar a escala humana

A Diego Soto, cineasta de 32 años, le apareció un quiste en su mano izquierda hace unos meses, cuando empujó con demasiado ímpetu una pesada puerta de un hotel valdiviano. Por esos días estrenaba en el reconocido festival de la capital de Los Ríos La corazonada, su tercer largometraje, el mismo que lo ha tenido atareado durante las últimas semanas, moviéndose con prisa entre estudios de radio, mesas de cafés y conversatorios ante salas llenas, en el esfuerzo más intenso que se ha visto obligado a hacer para promocionar alguna de sus obras.

En el Festival de Valdivia, en octubre, La corazonada recibió el Premio del Público y una Mención Especial del Jurado, así que el quiste dolió un poco menos. Hoy, sentado en una cafetería de Santiago situada a pasos de la sala de la Universidad Católica donde se está estrenando su película, repasa la agenda del día. En un rato tendrá que cruzar la calle para conversar con los asistentes tras la función. Mientras espera, palpa ese incómodo bulto que apareció bajo su muñeca y bromea: “Quizás deba preguntarle a un doctor cuando tenga tiempo… como en marzo”.

Sus compañeros de aventura lo definen como alguien de trato afable y horizontal, gracioso pese a su introversión, generoso con lo que sabe y atento siempre a las ideas del resto, confiando en un cine íntimo que, aunque sea personal, se arma colectivamente.

Precisamente por eso, reducir sus películas solamente a él sería injusto. El cine de Diego (desde su debut en 2019 con Un fuego lejano, pasando por la consagratoria Muertes y maravillas de 2023 y llegando ahora a La corazonada) no puede explicarse sin su socio y mano derecha, Manuel Vlastelica, director de fotografía y productor de sus cintas. Ambos llevan casi una década moldeando una forma de trabajo que han hecho propia: filmar ficciones usando métodos del cine documental.

—Lo fundamental está en el encuentro de ambos mundos —explica Soto.

En los rodajes de sus películas —formados apenas por un puñado de personas—, Diego transforma a sus amigos y familiares en actores dando sus primeros pasos frente al lente de su cámara. Para eso les da escenas ligeramente escritas, algún punto de partida o un objetivo al que arribar y un amplio espacio en el medio para que improvisen. En esos ejercicios se cuela la vida real.

* * *

Manuel y Diego se conocieron en la Escuela de Cine de Chile, primero como estudiantes y luego como profesores ayudantes. Con rapidez se dieron cuenta de que compartían referentes, pasiones y miradas semejantes, así que comenzaron una sociedad que —cuenta Vlastelica— “es un proyecto a largo plazo”.

Juntos grabaron un cortometraje poco visto acerca de “conexiones y azares entre el paisaje urbano y familiar”, crearon una productora que no funcionó (la fallecida Tos seca) y postularon a una serie de fondos “más por necesidad que por gusto”, lo que implicó “pegarse contra la pared un par de años”.

Pero siguieron y encontraron un camino. Fundaron un nuevo espacio creativo, Las Noches Cine, donde llevan desde 2022 impulsando con éxito los proyectos de ambos, y grabaron una serie de películas que se han ido ganando un espacio relevante en la cinefilia local.

Son filmes de factura pequeña, hechos a pulso y ligados en su mayoría a la historia sentimental de Diego, a los lugares donde creció: las calles de Rancagua, la casa de sus tíos, el estacionamiento que ambos regentaban y donde una vez una pareja dejó abandonado su auto (como se ve en Un fuego lejano).

—Las películas del Diego son muy personales, pero las siento muy mías —explica Manuel.

Conscientes de que lo suyo es capaz de florecer sin grandes recursos, Diego y Manuel suelen bromear con que son como las cucarachas, así que podrían sobrevivir a una explosión nuclear y sacar de eso una película. O que podrían ser abandonados en una isla desierta… y harían una cinta al respecto.

Para Francisca Lila, distribuidora del Centro Arte Alameda, “lo suyo es un cine de experimentación entre amigos y familia, que trata de capturar elementos muy íntimos y muy emotivos, a través del amor por las artes”.

Son cintas hechas artesanalmente, historias simples contadas en espacios íntimos. La escala humana es parte intrínseca de su visión del cine.

—Y de la vida —agrega Diego—, porque al final las dos cosas están muy unidas.

Cineastas de fin de semana

A Diego no le gustan las estrellas. Ha dicho en entrevistas que le irrita tener a una persona especial en el set, que tenga que dormir en un lugar especial, comer una comida especial y a la que todos tengan que tratar de una manera distinta, asustados, tratando de pisar despacito. De ahí la importancia que le da a trabajar con personas que conoce y donde el cariño mutuo guía sus interacciones.

Como Natacha y Germán, sus tíos, los protagonistas de La corazonada, la historia en que ella (Nieves) ve pasar el verano mientras administra un balneario/piscina en el patio trasero de su parcela en Doñihue, hasta que él (un motociclista que iba pasando por la zona) se enamora de ella. Una pareja madura, que ha estado unida por 35 años, y que ahora juega en pantalla a conocerse y conquistarse por vez primera.

O sus amigos Isidora Gálvez y Felipe González, quienes interpretan a la cineasta y al director de fotografía que deciden grabar su nuevo filme en esa misma parcela, incluyendo a Nieves y al motoquero como actores en su ficción dentro de la ficción, dándoles una oportunidad de encontrar el amor en medio de la filmación.

Antes que estrellas de la pantalla, Isidora y Felipe son una productora de cine y un carpintero. Ambos —que son pareja hace ocho años— conocieron a la dupla Soto-Vlastelica tras una función de Muertes y maravillas en Buenos Aires y, fruto de la buena onda instantánea, no pasó mucho tiempo antes de que el propio director de fotografía los invitara a colaborar en su próximo proyecto.

Así, sin saber de qué iba la cosa, pero convencidos de que sería interesante, se dirigieron a la casona de Doñihue donde transcurría la magia, o donde se inventaba sobre la marcha como descubrieron rápidamente.

—Llegamos a la casa de sus tíos, en medio de un cumpleaños de la nieta de Natacha. Como no conocía a nadie, tuvimos que presentarnos y decirles que veníamos a grabar una película. Ahí Diego y Manu nos dijeron: “Ya, tú vas a actuar y tú, Felipe, ayúdanos con las luces” —recuerda Isidora—. Esa misma tarde grabamos una escena en que (tal como en la vida real) me presentaba ante Natacha/Nieves en medio de un cumpleaños, pero esta vez yo era una directora de cine que quería usar esa casa como locación para mi película.

Así descubrieron el método Soto: Diego toma cosas que están pasando y las pone dentro de la ficción. Como filma cronológicamente, va encontrando la película paso a paso, en la misma medida en que la está haciendo.

Ahí les va dando a sus actores-jugadores información sobre la escena, algunas premisas, indicaciones con más o menos detalle. Cuando los deja jugar, se produce el milagro de que afloren sus personalidades reales en pantalla.

—Mi manera de dirigir es siempre dirigir lo menos posible —confiesa el cineasta—. Para eso, la clave es trazar un terreno que los actores entiendan más o menos. Uno les da instrucciones medias vagas y se las lanza a ellos para que las resuelvan. Acá, por ejemplo, los poníamos en situaciones donde el motoquero tenía que declararse ante Nieves, y todo eso quedaba en manos del actor. Él verá como la conquista. Lo que aparece entonces en pantalla, excede lo que puedo imaginarme.

—Trabajar con Diego es fácil. Su forma de hacer las pelis es súper simple, porque deja mucho a nuestra disposición para que le pongamos de nuestra propia cosecha —explica Felipe.

El plan se va formando en tiempo real entre Diego y Manuel: qué escenas grabar, qué camino seguir, dónde pondrán la cámara. Pero siempre escuchan a sus actores, “para que no se sientan interpretando un papel que no les haga sentido”.

—Así como nosotros confiamos en él, él confía harto en sus actores —dice Isidora.

Los límites entre trabajo y amistad son difusos, si no inexistentes. Y eso no es un problema, sino parte del diseño. El colectivo que están formando entiende el séptimo arte de forma lúdica, desde el juego, “aunque obviamente no inventamos eso, le debemos mucho a Raúl Ruiz, Ignacio Agüero y Cristián Sánchez”, añade Manuel.

Un día normal del rodaje de La corazonada era más o menos así: Viajaban dos horas de Santiago a Doñihue en la mañana / Bajaban del auto sus pertenencias / Desayunaban / Conversaban con los tíos-protagonistas-dueños de casa / Preparaban el almuerzo / Grababan una escena / Jugaban ping-pong / Tomaban un café / Grababan otra escena / Se metían a la piscina…

—Es un lujo, pero también una necesidad —aclara Diego—. Con Manu somos sumamente trabajólicos. Pasó que nuestra manera de poder trabajar y además tener vida fue incorporar la vida al trabajo. Entonces, claro, los rodajes son muy divertidos, pero en secreto estamos yo y él bien sobrecargados, siendo nuestros propios asistentes, cuidando los tiempos, cocinando y acarreando los equipos.

El crítico Héctor Oyarzún los definió recientemente como “cineastas de fin de semana”, y a ellos el término les encantó.

Para Vlastelica, parte de la libertad que han conseguido implementar tiene que ver con la ausencia de dinero. Bendición soterrada que se hizo evidente luego de comprobar que su tipo de cine no es el más apetecido por los fondos.

Por eso siempre se repiten que, como son películas baratas de producir, todo lo que generan es ganancia. Y todas las ganancias se utilizan para financiar el siguiente proyecto.

—Nos dimos cuenta de que no tener plata nos permitía hacer esto en los tiempos libres de nuestro trabajo, sin las ataduras del cumplimiento de pasar por Work in Progress, de tener que escribir muchas versiones del guion que se pulen y se pulen. Podemos producir de otra forma. Y creo que el valor que tienen las películas que estamos haciendo radica un poco ahí, en que se sienten hechas a pulso y eso les da cierta frescura, ciertos matices de realidad, de realismo.

Felipe e Isidora entraron al cine de Diego sin conocerlo demasiado, pero hoy en día consolidaron su amistad a tal punto que seguirán colaborando en sus próximas producciones. De hecho ya filmaron en Idague su próximo corto, El dormido, proyecto en el que también participa el tío de Felipe, Nano, hombre de campo, y que debería ver la luz durante el año.

—Lo lindo de actuar es que a uno le da más seguridad —reflexiona el carpintero devenido en intérprete—. Ahora lo uso para tener más peso cuando tengo que trabajar en la vida real. Digo: Ya, hay que actuar en este momento. Y actúo.

Amor a la Soto

Diego dice que en algún momento pensó en La corazonada como una especie de taller abierto, donde daba a conocer su manera de trabajar. “Al ver la película uno tiene pistas de cómo fue el proceso tras Muertes y maravillas. El equipo de filmación ficticio no es tan distinto de como trabajamos nosotros”, explica. “Aunque la exploración meta es una bala que uno puede gastar una sola vez y no voy a hacerlo de nuevo”.

Más allá de eso, la película nació a partir del deseo de captar con su cámara la posibilidad del amor e indagar en una pregunta que le carcomía la cabeza: ¿Cómo sería filmar un romance en su estilo? Dígase, con herramientas conscientemente limitadas, sin montar la cámara sobre un dolly que les facilitaría la vida, obligándose a sacarle el jugo a las herramientas más básicas del cine.

—Quizá como nuestra manera de trabajar es tan limitada, uno puede hacer esos ejercicios divertidos, preguntarse cómo sería una película romántica si le aplicamos este método. Luego, ¿cómo sería una política? Y después quizás qué cosa: ¿Por qué no hacer una película de extraterrestres?

En el camino, sigue buscando la belleza en las imágenes más que en las palabras. Su pesquisa sobre lo chileno (cómo se habla, cómo se vive, cómo puede captarlo el cine), encuentra forma en el rostro de su tía (tratada a lo diva, como una Monica Vitti del campo) o en una once con pan con palta, salame y queso cortado.

Su escena más comentada —la que eligieron para el afiche promocional— es una toma sencilla que va de izquierda a derecha y viceversa, en la que el motoquero enamorado debe transitar en dirección a su amada, de un lado a otro de la parcela, con una lata vacía de bebida en la cabeza, sin botarla. “Si tu amor es real, llegarás a mí sin ningún desliz”, le dice su desafiante musa.

—Toda mi vida he sentido que el lenguaje es un mal necesario. Siempre me he sentido muy insatisfecho con que tengamos que comunicar lo que nos pasa interiormente —intenta explicar Diego, irónicamente, con palabras—. Me incomoda. Las palabras son demasiado un invento y lo que a uno le está pasando es infinitamente más real que eso. Quizá por eso me pasé al lenguaje del cine, porque aunque el cine está lleno de palabras, te permite ponerlas entre comillas. El cine te muestra gente diciendo algo y, al mismo tiempo, te muestra la imagen, que es evidencia de lo que excede eso que se está diciendo.

En La corazonada las declaraciones amorosas del comienzo son rápidamente descartadas por la musa y el viaje del motociclista se trata, en buena parte, de ir desprendiéndose de ese lenguaje prefabricado para finalmente captar la atención (real) de su enamorada.

Según el autor, hay una conexión muy fuerte entre lo real y lo ficticio cuando pensamos en lo que significa el amor en nuestras vidas.

—El amor es la instancia donde más fácilmente uno se ve a sí mismo reproduciendo códigos que vienen de la ficción. Por mucho que trate de escapar de eso, de repente uno se ve diciéndole a alguien te amo, te quiero, te extraño y después se da cuenta que eso mismo canta Ricky Martín en una canción.

La reseña de la película que más likes tiene en Letterboxd dice “Que viva el cine que se siente como una taza de tecito” y da en el clavo con algo que es intrínseco de este tipo de cine: la ternura que expele. Y a Diego ese adjetivo (tierno) no le incomoda.

—No sé si la ternura como eje de la creación artística sea un fenómeno nuevo. Quizás solo es un fenómeno radicalmente opuesto a lo que venía pasando en el cine de los últimos 20 años, un cine del shock y de la crueldad, con un abordaje de la realidad quirúrgico y frío, como si la tarea del artista fuera infringir dolor en su búsqueda de la verdad.

Para él eso han sido el alemán Michael Haneke o el argentino-francés Gaspar Noé, un cine “que los festivales europeos fomentan”. “En Latinoamérica no tiene tanto sentido esa lógica, porque vivimos en un estado de fragilidad muy grande”, manifiesta. Por eso no está mirando a Haneke o Noé, sino a la poesía del Primer plano de Abbas Kiarostami, la intimidad de El porvenir de Mia Hansen-Løve o el humor austero de Aki Kaurismaki en El hombre sin pasado.

—No sé si la ternura sea punk o no, pero me parece ética —reflexiona—. Es decir: Vale, voy a pasar por el mundo, voy a tratar de explorarlo, pero haciendo el menor daño posible, comprendiendo que la vida es muy frágil y que todos estamos en un estado de fragilidad, aunque tratemos de ocultarlo y disfrazarlo.

Las expectativas las ponen los demás

Francisca Lila y Martín Castillo habían visto La corazonada en sus respectivos computadores, a través de un screener. Pero otra cosa, dice Lila, fue verla a sala llena en el Festival de Valdivia, con ciertos de personas riéndose de las ocurrencias de sus protagonistas, volviendo a creer en el romance.

El Centro Arte Alameda había fichado recientemente la película de Diego para distribuirla a lo largo del territorio nacional. Estando ambos a cargo de esa distribución, se miraron y dijeron: “Acá tenemos algo grande en nuestras manos”.

—Al ver la reacción del público, sentí que la película merecía competir comercialmente con las demás. Teníamos el ejemplo de Denominación de origen el año pasado, de ver como una película chilena pequeñita, de región, sin actores profesionales, puede conectar con la gente, ser un éxito y competirle a películas gigantes —señala Francisca—. No tengo idea si lo vamos a lograr, tampoco es que sea nuestra gran meta. Pero, ¿por qué nos vamos a achicar si podemos hacerla grande?

Aunque desde Las Noches Cine habían planteado exhibir La corazonada en espacios reducidos, como salas independientes y cineclubes, el Centro Arte Alameda confió en lo que se tenían entre manos y terminó lanzándola en 25 salas, de Antofagasta a Coyhaique, un número incomparable con el de las películas con vocación comercial, pero gigante para un filme de estas magnitudes.

Si Muertes y maravillas partía con su protagonistas saliendo del Cinemark de Rancagua —decepcionados tras la última aventura de James Bond—, esta pequeña película grabada en Doñihue logró estrenarse en ese mismo recinto, al lado de Avatar, Crepúsculo y Zootopia. “Es la sala con más público en Rancagua, ¿por qué no vamos a estar ahí?”, dice la distribuidora.

De todas formas, plantea Manuel Vlastelica, “las expectativas las ponen otras personas. Nosotros luchamos un poco contra eso”.

Él pone el foco en un lugar distinto.

—Está la tentación de hacer cosas distintas, de no repetirnos, de no hacer todo el tiempo lo mismo, sino que ir explorando cosas nuevas. De repente eso puede que implique más gasto de plata, pero el trabajo es que ese gasto de plata o ese crecimiento sea siempre a escala humana. Si alguna vez salimos de ahí, vamos a estar equivocándonos.

Para Diego y Manuel, evolucionar no implica cambiar su forma de hacer, sino ir dominando el oficio. Algo que sienten se reflejó en el avance que significó La corazonada respecto de sus obras anteriores, y que esperan que se note también en El dormido (que será menos narrativo, más silencioso) y en su próximo largometraje.

De eso solo pueden adelantar que se tratará de una película más política, pero sin caer en lo obvio, abordando desde Idague una nueva pregunta en la que quieren indagar: la solidaridad con las personas sin tierra.

—De repente uno ve extensiones y extensiones de tierra en el campo, sin señales de los dueños a la vista —plantea Diego—. Todavía es muy abstracto, pero nuestra pregunta hoy es cómo hacer una película política en el sentido de lo que hacemos.

Mientras siguen haciéndose preguntas e inventando juegos nuevos, Francisca Lila pone un punto sobre el espacio que este cine está ocupando entre la audiencia, pues sea más o menos masivo, tiene evidente vocación popular.

—Quizá en los libros de historia del cine chileno del futuro se hable de la ola de cine de bajo presupuesto hecho en región, que apela al humor chileno. No sé —piensa Francisca—. Lo que sé es que al público chileno le gusta verse reflejado fidedignamente en la pantalla, y eso aparece en estas historias de personas anónimas de localidades pequeñas, incrustadas en lo más profundo de nuestro país.

Consciente de que acaba de estrenar una película que complace al público, Diego Soto ha visto cómo las risas, la ilusión y la ternura que desata su corazonada entre los asistentes se han mantenido función tras función. Eso, más allá de cuánta gente vaya a entrar en las 25 salas donde está presente. Ese dato nunca fue parte de la ecuación, no de la que le importa al menos.

—Todo lo que podría esperar que pasara con la película ya pasó —dice, tocándose inconscientemente su quiste, todavía desatendido—. Ahora solo me gustaría que este proceso de encauzar mis energías a la distribución se acabara y pueda empezar a concentrarme en el siguiente proyecto. Todavía hay mucho por hacer.

** La corazonada sigue exhibiéndose en cines independientes como el Centro Arte Alameda, la Sala Nemesio y la Sala K en Santiago, además de diversos festivales a lo largo del país.

FOTOGRAFÍA DE PORTADA: DIEGO FIGUEROA – MIGRAR PHOTO PARA REVISTA ABISMO

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