Después de denunciar años de violencia psicológica y económica, y de haber sido atropellada por su exmarido frente a sus hijos, en su libro «¿Cómo no lo viste venir? – Un testimonio de violencia, resistencia y verdad», Macarena da cuenta del momento en que la violencia cambia de forma y se vuelve institucional: cuando informes, peritajes y sentencias empiezan a explicar por qué lo vivido “no fue suficiente”. Con motivo de la publicación de un fragmento de esta obra aquí, en Revista Abismo, la autora dice: «Fue un proceso largo y muchas veces doloroso, para terminar en un libro tan chiquito. Pero está narrado lo preciso. Partió como un desahogo, la necesidad de poner en palabras lo vivido y no olvidarlo. En un momento se volvió un seguro de vida, que mi verdad quedará escrita por si algo me ocurría. Pero finalmente considero que es una historia común, demasiado frecuente al punto que se ha normalizado y quizá alguien debía recordar que detrás de cada hecho de violencia, detrás de cada juicio, detrás de cada acción en esos hechos, hay familias completas afectadas y mujeres capaces de reinventarse».
El 9 de octubre de 2024 es un día que se quedó pegado en mi cuerpo. No en la memoria —porque esa la puedo forzar a olvidar—, sino en la piel, en la respiración, en la forma en que la sangre se mueve por mis venas. Ese día, el Estado chileno me dijo, con un lenguaje técnico y elegante, que no me creía. Que lo que viví no fue suficiente.
Los meses previos a esa sentencia fueron de espera agónica. Sabía que el resultado iba a marcar todo lo que venía después. Si me creían, si validaban que lo vivido fue violencia, eso fortalecería las otras causas: la de vulneración, la de cuidado personal, incluso la penal del atropello que seguía arrastrándose. Pero si no me creían, si archivaban, entonces todas las otras piezas del rompecabezas se debilitaban. Porque el sistema funciona así: cada resolución se apoya en las anteriores. Si un tribunal dice «no hubo violencia», los siguientes tribunales lo citan. Se convierte en verdad judicial, aunque sea mentira humana.
Entré al tribunal con el corazón roto, pero con la esperanza terca de quien ha sobrevivido demasiado. Pensé que bastarían los testimonios. Que las palabras de mis padres, cargadas de años de violencia presenciada, harían temblar el suelo del tribunal. Que los informes psicológicos, las terapias, las noches en vela, los temblores, las veces que mis hijos me vieron llorar, serían suficientes para que alguien —al fin— dijera: «Esto es violencia. Usted fue víctima. Y él será responsable».
Pero no fue así.
La jueza —una mujer, lo que hizo todo más extraño, más doloroso, más simbólicamente desgarrador— escuchó. Sí, escuchó. Lo hizo durante meses. Estuvo ahí cuando mi padre relató cómo M. me arrastró con el auto. Cuando mi madre explicó cómo yo me descomponía cada vez que él llamaba a las tres de la mañana, entre lágrimas, amenazas y promesas. Estuvo cuando describieron cómo me aislaba, cómo me menospreciaba por no tener un título profesional, cómo se refería a mí como «gorda», «floja», «fracasada». Cómo repetía que mi familia era «rasca» por vivir en Los Andes.
Escuchó. Y, aun así, no fue suficiente.
En su sentencia, la jueza habló de una «relación tóxica», implicando responsabilidad compartida. Como si el veneno lo hubiéramos puesto los dos en partes iguales. Como si mi reacción a sus gritos fuera equivalente a sus gritos. Como si defenderme fuera lo mismo que atacarme. Usó palabras como «dinámica de pareja conflictiva», borrando al agresor y a la víctima. Somos solo dos personas que «no supieron convivir», que «tenían problemas de comunicación», que «reaccionaban mal mutuamente».
Se pierde de vista quién ejercía el poder y quién sobrevivía bajo él. «Sobrerreacciones recíprocas», «estructura de personalidad vulnerable», fue lo que más dolió. Porque tomaba mi fragilidad —construida por años de abuso— y la convertía en evidencia en mi contra. Como si fuera prueba de que exageraba en vez de prueba de que me habían destruido. Dijo que sí, que hubo malos tratos verbales, pero que también yo había reaccionado mal. Que también yo tenía una forma de ser que contribuía a esa dinámica. Que mi ansiedad, mi baja autoestima, mi estado depresivo no eran necesariamente consecuencia de la violencia de M. Que eran rasgos míos. Propios. Preexistentes. Como si ser mujer y frágil anulara cualquier posibilidad de ser víctima.
Con una elegancia quirúrgica, desarmó todo lo que con tanto dolor expusimos. Les quitó peso a los informes de mi psicóloga porque no tenían pruebas psicométricas. Le dio más crédito a un perito que habló de «rasgos narcisistas» en él y «culpabilidad dependiente» en mí. Y, aunque ese mismo perito señaló que M. presentaba baja empatía, control de impulsos deficiente y tendencia a la confrontación, eso tampoco bastó. Porque, según la jueza, yo también tenía responsabilidad. Porque no bastaba con haber sido humillada, denigrada, atropellada con un auto delante de mis hijos, para ser considerada víctima real de violencia.
Era como si me dijeran: «Sí, él te hizo daño, pero tú también lo permitiste». O, peor aún: «Sí, te dolió, pero no lo suficiente para que sea considerado violencia».
Cuando la sentencia se leyó, sentí que el aire se me iba. No era solo la impotencia. Era algo más profundo, más primitivo: la certeza de que estaba absolutamente sola. Que el Estado al que acudí, el que supuestamente debía protegerme, me devolvía al agresor. Que mis hijos, sus temores, sus noches sin dormir no valían lo suficiente. Que una jueza pudo decir que lo que pasó «no era tan grave». Que se acreditó que él ejerciera violencia sobre mí, pero yo debía estar más dañada, más rota. Como si la violencia se midiera con armas o gritos y no con el miedo constante, con las llamadas a la madrugada, con las amenazas económicas, con el silencio en medio de una cena, con la forma en que te dice «no sirves para nada» y tú le crees.
Me pregunté si esa jueza alguna vez ha temido que la maten. Si ha sentido que su dignidad se deshace entre las paredes de su casa. Si alguna vez ha tenido que mirar a sus hijos y decirles que no pueden ir a la feria porque no alcanza, mientras el padre se da el lujo de elegir cuándo deposita, si lo hace, y cuánto. Si ha tenido que escuchar a su hija decir: «Mamá, no quiero ver a mi papá porque tengo miedo de que nos haga daño» y luego ver cómo eso no vale nada ante un tribunal.
Hay un tipo de violencia que el sistema judicial no ve porque no está buscando. Busca golpes con testigos, huesos rotos con radiografías, amenazas de muerte grabadas. Busca el estereotipo cinematográfico: el hombre borracho con el puño levantado, la mujer con el ojo morado fluyendo en la noche. No busca lo otro. Lo sutil. Lo sistemático. Lo que se instala tan despacio que, cuando te das cuenta, ya estás atrapada y no sabes cómo salir. No busca al hombre que te regala flores después de gritarte. Al que te dice «estás loca» cuando cuestionas algo que viste con tus propios ojos. Al que controla la plata, pero nunca te pega. Al que te aísla, pero siempre tiene una razón razonable. Al que destruye tu autoestima con comentarios que suenan a «ayuda». Al que te tiene en alerta constante sin tocarte un pelo.
Esa violencia no deja marcas fotografiables. Deja insomnio, ataques de pánico, pérdida de peso o aumento descontrolado, contracturas musculares, gastritis crónica, caída de pelo. Deja mujeres que no se reconocen en el espejo. Deja niños que caminan en puntas de pie para no hacer ruido. Pero el tribunal quiere pruebas «objetivas». Y la violencia psicológica, por definición, es subjetiva. Entonces se convierte en tema de credibilidad: ¿le creemos a ella? Y si ella tiene «estructura de personalidad vulnerable», si «tiende a la ansiedad», si «percibe amenazas donde no las hay», entonces no, no le creemos. Es la trampa perfecta. El daño que él causó se usa como evidencia de que ella no es confiable para denunciar ese daño.
La violencia institucional no siempre grita. A veces llega con firma digital y lenguaje técnico. Con citas a tratados internacionales y artículos de leyes. Con frases como «no se acreditó suficientemente», «no es posible establecer una relación causal directa», «se desestima por falta de rigor metodológico». Así me dijeron que no existía. Que mi historia no era creíble. Que mi dolor era discutible.
Pero yo sí estuve ahí. Yo sí lo viví. Yo sí escuché cómo me decía que era una fracasada. Yo sí me miré al espejo preguntándome en qué momento me convertí en esto. Yo sí sentí cómo el auto me arrastraba. Yo sí contuve el llanto para que mis hijos no se asustaran más. Yo sí bajé la cabeza mientras él decidía si me iba a castigar con silencio o con golpes. Yo sí llegaba después de cada audiencia a repetir los audios y releer los mensajes para convencerme de que no estaba loca, como pretendían hacerme creer los funcionarios del tribunal.
Yo sí fui víctima, aunque no tenga el «perfil» que una jueza espera. Y, aunque el tribunal diga lo contrario, aunque su sentencia no lo reconozca, mi cuerpo lo sabe. Mi historia lo grita. Me levanté de mi silla y solo atiné a mirar fijo a los ojos de la jueza. No me preocupé de quienes seguían en la sala ni conectados al Zoom de la audiencia. Solo la miré y, en voz alta, me dirigí a ella: «Espero que nunca sea víctima de violencia intrafamiliar y le toque una jueza como usted», y con la misma frialdad abandoné la sala.
Irónicamente, mientras la jueza entregaba su sentencia, rechazando la denuncia, M. era denunciado por la pareja que tenía en ese momento. Una escort con la que llevaba conviviendo unos meses, la misma que me llamó para anunciar que esperaba un hijo de él, lo denunció por lesiones.
De ese supuesto hijo, nunca se supo nada más.
Apelar era lo único que me quedaba. Después de cada audiencia, de cada resolución adversa, la frase se repetía como un alivio de bolsillo: «siempre puedes apelar». Y yo apelaba. No porque creyera de verdad que algo cambiaría, sino porque la alternativa —rendirme— era imposible. El día de la notificación ya no esperaba justicia, apenas un gesto: la señal mínima de que lo que habíamos dicho, relatado y entregado había sido leído con humanidad, que alguien —en algún nivel de ese edificio frío— era capaz de verme como mujer y no como pieza de un ajedrez procesal.
No fue así. El recurso fue rechazado. La noticia llegó por correo electrónico; ni rostro, ni voz, solo un PDF que enunciaba, con asepsia, lo de siempre: lo que viví no es suficiente. No lo suficientemente grave, no lo suficientemente probado, no lo suficientemente creíble. Cerré el archivo y me quedé en silencio.
No lloré ni grité; fue más bien un vacío, como si alguien apagara las luces por dentro. ¿Qué se hace cuando la justicia falla?
¿Dónde se deposita el dolor cuando ni siquiera es reconocido?
¿A quién se le pide auxilio cuando quienes deben protegerte te dicen —en lenguaje jurídico— que no lo harán?
Entonces entendí que el sistema no estaba roto: funcionaba tal como fue diseñado. Para proteger al más fuerte, para castigar a quien incomoda, para dudar de quien denuncia. Y yo, por denunciar, por insistir, por no callar, me había vuelto una molestia. A veces el golpe no es un grito ni una bofetada; a veces el golpe es una resolución de una línea, con firma digital, que en su forma más cruel reduce todo a dos palabras: «Se rechaza».
Ese día dejé de pedir permiso para hablar y empecé a escribir con la certeza de que ya no podía esperar protección del sistema. La protección tendría que construirla yo, paso a paso, palabra a palabra. Aprendí a mirar de frente lo invisible: la indiferencia que enfría, la burocracia que desgasta, el sesgo de género que recorre cada pasillo del tribunal. Y, aun así, sigo. Porque contar lo que pasa también es una forma de cuidado, aunque el papel responda que no.
A veces me descubro estudiando la cara de quienes resuelven: ¿alcanzan a notar cuándo una mujer se está desmoronando de pura impotencia? ¿Saben qué significa salir de ahí y explicarle a una hija que otra vez no, que todavía no? Me gustaría creer que sí, pero cada vez lo creo menos. Me pregunto cuántas mujeres habrán pasado por esto antes que yo. Cuántas se habrán preguntado si vale la pena seguir peleando. La respuesta llega sola: no por mí, por ellos. Por mis tres monos que merecen saber que su mamá no se rinde, aunque el tribunal le diga lo contrario.






1 comentario en “¿Cómo no lo viste venir?”
Macarena, te abrazo enormemente por tu ejemplo y valentía. Por asegurar generaciones de personas que no sólo no se rendirán sino que serán empáticas y justas. Por sostenerte y creer en vos pese a tanto dolor y a tanto ejército queriendo convencerte de que no sos fuerte ni tenés la verdad. Las palabras que le dijiste a la jueza fueron un proyectil que si no le hizo mella ahora lo hará algún día. Y felicitaciones por tu libro, otro proyectil disparado desde el centro de tu dignidad, de tu amor, de tu entereza, prueba de tu fortaleza y cordura, y prueba de un amor infinito hacia vos misma y hacia el prójimo, porque tu relato se transformará algún día en miles de proyectiles disparados al corazón de un sistema que tiene que cambiar. Gracias.