La ilustración muestra a una madre en un hogar, mirándose al espejo y dando de amamantar a su bebé.

La memoria de las madres

Fui madre por primera vez a los 36 años. Eso es importante decirlo o declararlo o gritarlo, que es casi siempre lo mismo. Si miro para atrás veo a mis abuelas que con 19 y 20 tuvieron a sus primeras hijas. Mi mamá un poco después. Tenía 21. Lo digo o lo anuncio, porque uno va aprendiendo desde su historia. Y la mía partió mucho antes de que llegara Ele. Han pasado tres meses desde ese día y mi vida, esa que fue MÍA (así con mayúscula), tanto tiempo mía, mutó a otra realidad, una que tiene la vocecita de una guagua que conozco de memoria y que me guía a través de hipos, pañales y sonrisas. También su mirada amplia y profunda y sus quejidos y sus llantos y sus brazos que ahora, recién ahora, empiezan a rodearme el cuello como diciéndome que estoy también atrapada.

Siempre quise ser madre. Hace muchos años, quizás 20 o menos, me imaginaba con seis hijos. Pero el tiempo pasó y me avoqué a desarrollar mi profesión, mi pasión, mi espíritu. Estudié y estudié mucho, viajé todo lo que pude, sumergí la cabeza en el agua (y también el corazón) una y mil veces hasta que conocí a P que a los 10 días me pidió matrimonio. Fue casi casi como una película y yo solo seguí el deseo, la intuición y el amor. Desde la primera cita no volvimos a dormir separados. De ello han pasado casi dos años y medio.

Ahora, en pleno postnatal -bendito postnatal-, escribo estas líneas intentando encontrar los nombres de aquellas cosas que parecen tan comunes, tan clichés, tan universales. ¿Qué pasa con la maternidad en el siglo XXI? No me había interesado el tema hasta ahora que lo vivo. Durante las casi 40 semanas que duró mi embarazo me embarqué en buscar libros que me hablaran de ella. Siempre me faltó algo en esas lecturas y mi cabeza se llenaba de preguntas: ¿Por qué se hablaba tan poco? ¿Por qué se hablaba tan corto? Era como si las novelas que trataran esta temática se quedaran en la superficie de la desmemoria, la soledad y el silencio. Y es que la maternidad es una bolsa, a veces grande y pesada, de omisiones, frustraciones, culpas, miedos e inseguridades. Quizás porque la mayoría de las mujeres la vive demasiado solas. En mi caso, mi marido teletrabaja. Es decir, estamos 24/7 juntos en nuestra casa. La repartija es equitativa y él es un hombre que hace (quizás por eso y otras cosas me enamoré de él).

Pausa. A mi guagua se le cayó el chupete. Tengo que detener la escritura. Pasan un par de segundos o minutos. No sé contar el tiempo.

¿Qué pasa con la maternidad en el siglo XXI? No me había interesado el tema hasta ahora que lo vivo.

Me detengo a reflexionar por qué estoy escribiendo sobre esto. Sí, sí, soy escritora. Sí, sí, he publicado algunas novelas y ahora en 2025 pretendo terminar mi quinto libro, pero si hago un repaso, por cada una de las tramas que he elegido (¿o fueron ellas?) jamás he escrito sobre mí (al menos no deliberadamente). ¿Por qué entonces, justo ahora, doy ese salto? Quizás porque quiero encapsular estas emociones, estos pensamientos, estas ideas que espero que Ele pueda leer y decirle y que sepa: “tú estabas ahí, tú, con tus tres meses a cuesta, estabas ahí y te  hacías cariño en el pelo y  yo me preguntaba si acaso soñabas con las cosas que hacíamos durante el día”. ¿Dónde quedará esa memoria, la de ella, pero también la mía, si no le doy una estructura a estas imágenes? ¿Dónde van a quedar o dónde van a irse nuestros bailes, nuestros cuentos, nuestros paseos, nuestras siestas, nuestras risas, nuestros colores, nuestra música, nuestros juegos, nuestros baños en el agua? Me imagino que en alguna parte de su inconsciente van a existir, ordenaditamente, esas confidencias que le he hecho, que le he contado, mientras me ato al presente para capturar esa almita de bebé que algún día será también una persona. Y no, no la siento una amiga, como dicen muchas madres. La siento mi compañera. Mi compañera de memoria. ¿Mi mamá me habrá sentido así? Yo nací después de que mi hermano murió. Y es otra historia y es otro tiempo y son otros los duelos. Por eso las mujeres necesitamos escribir nuestra memoria y la memoria de las madres es tan personal y tan diversa y tan irrepetible y a veces tan indecible que permite que el silencio emerja como la alternativa, pero esa alternativa no es la mía y yo no la quiero para mi vida con Ele. La gente me pregunta: ¿cómo va la maternidad? Yo sonrío, agradezco y amo y la beso en esta nueva vida y en esta nueva piel y en este nuevo mundo que apareció con ella. 

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

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