En la cama
En la cama de Mateo las sábanas nunca estaban del todo puestas. A veces estaban enroscadas en la esquina del colchón. Otras, directamente en el piso. Pero casi nunca estiradas ni tampoco donde tenían que estar.
Ele pensó en eso, con el detalle con el que siempre repasaba estas cosas –excesivo, se decía a sí misma después– mientras se aferraba a la edición de Pedro Páramo que le había recién regalado en un encuentro fortuito en la calle.
Era la primera vez que se veían después de años y ella no había podido abordar ni la mitad de lo que hubiese querido. ¿Qué había sido de él? ¿Qué hacía? ¿Dónde vivía? Todo eso le hubiese gustado preguntarle a ese Mateo aparecido, a un costado del Parque Bustamante, que vendía ediciones rebuscadas de sus libros favoritos. Pero los nervios la inhibieron y apenas pudo balbucear algunas ideas aisladas sin la fluidez y seguridad que la caracterizaban.
Una torpeza inaudita le había jugado una mala pasada y no había vuelta atrás, como si no hubiese podido ante tanto vértigo. Pero, a esas alturas, no encontraba mucha utilidad en el auto castigo. La verdad es que no había logrado dimensionar si ese encuentro inesperado había sido una aparición o si de verdad se había encontrado en este espectro mundano con Mateo. Frente a esa duda, seguro todo comportamiento torpe era permitido.
Años atrás, cuando eran compañeros del colegio, Ele había ido un par de veces a su casa. Fue ahí que se fijó por primera vez en esa cama desarmada. Hacer la cama era de las pocas acciones cotidianas que le aliviaban la manía controladora y, por lo mismo, cada vez que entraba a una pieza, se fijaba en esos hábitos ajenos.
Pero Mateo solo tenía un colchón en el piso, las sábanas desparramadas y miles de hojas sueltas y dispersas, pegadas en la pared, dobladas y guardadas bajo algún objeto de peso para que no se volaran. En ellas anotaba palabras; las que se encontraba en los libros, las que le disparaban la curiosidad y esas cuyo significado y etimología buscaba desglosar, descuartizar y memorizar. Primero en cuadernos, pero cuando esos no alcanzaban, en cualquier superficie en la que pudiera anotar. Ese acto obsesivo disipaba su afán dominador, porque Ele estaba segura de que quería poseerlas hasta que fueran una extensión más de su cuerpo. Tal vez anotándolas compulsivamente lo lograría.
En su caso, había una razón. Mateo era freestalero y a los 13 años participó en su primera batalla de rap. Esos años solo se juntaba con los amigos ‘del barrio’, como les decía él, y durante horas improvisaban, tiraban palabras y se enfrentaban el uno al otro con prosa para ver quién sostendría por más tiempo la fluidez lingual. Ele siempre se preguntó cuál sería ‘el barrio’, porque como sabía, él vivía en una casa –modesta pero cómoda– en San Carlos de Apoquindo. ¿Ese era ‘el barrio’?, se preguntaba cuando lo escuchaba hablar de ellos. Pero nunca le preguntó.
A él se le daba bien la improvisación y sus amigos se lo hicieron saber. Tenía memoria, oído, era rápido, imaginativo. Tenía que competir. Y así fue; sin muchas pretensiones, por el solo hecho de jugar a ser profesional. Después de la primera hubo una segunda. Y después de esa, la lengua se volvió su herramienta más poderosa.
Devoró libros, releyó atentamente lo que antes había leído con otros ojos, y nunca dejó de anotar. Eso Ele lo sabía porque él mismo se lo confesó en el metro una vez, cuando la amistad era aun incipiente –tal vez siempre lo fue–, y Ele lo había visto escribir meticulosamente en un cuadernito negro que guardaba en su bolsillo. Esa vez le preguntó qué hacía. Y él, como si todos se vivieran la vida con esa intensidad, le respondió que anotaba palabras que no quería olvidar.
Ele también se vivía la vida con esa intensidad, así que no cuestionó el gesto. En ese mismo vagón se dijo a sí misma que de ahí en adelante ella también coleccionaría palabras. Esa tarde llegó a su casa, desarmó la base de su cama, se acostó y empezó a anotar. Nunca más, en los años que le siguieron a ese encuentro en el metro, transó el colchón en el piso.
Nunca fueron tan amigos. Tal vez nadie tuvo ese privilegio. Pero en esos años de adolescencia, todos querían compartir con él. Lo poco que entregaba, se aprovechaba sin reclamos. Su casa acogió las primeras fiestas improvisadas y los primeros encuentros sexuales incómodos y precoces. Pero unos años después, ya nadie se atrevía a entrar. Si por casualidad alguien pasaba en micro o en auto por fuera, miraban de reojo a ver si lograban dar con algún resto de tiempos pasados, algo anecdótico, como para contar en un almuerzo, pero sin muchas ganas de profundizar.
***
«No supe más de ti»
–No supe más de ti– le dijo Ele nerviosa mientras se despegaban del abrazo en ese encuentro imprevisto a un costado del parque. Había sentido algo crujir en su bolsillo cuando se acercaron, pero no se atrevió a preguntar. Descartó por un momento la intriga y lo miró fijo, atenta a su respuesta.
–No he estado por aquí–, dijo él –he estado vagando por allá–, completó después.
Ele se preguntó dónde sería ese allá. No había señalado ni apuntado con el dedo, pero imaginó que la falta de especificidad había sido intencional, así que desistió y no preguntó más.
–Me voy a vivir a México– le dijo después de unos segundos para rellenar. Le sonrió cariñosamente y desvió la mirada hacia abajo donde había puesto una sábana blanca –como las que siempre estaban desordenadas en su pieza– para apoyar los libros. Hizo un escaneo y finalmente agarró una edición rugosa y manchada de Pedro Páramo.
–Que te acompañe–, le dijo a Ele mientras se la pasaba.
Ele ya la tenía, esa misma edición de hecho; una de portada tipográfica con fondo blanco. Pero no le dijo. Había sido de los primeros libros que la hizo conectar con la omnipresente –e incalculable– ausencia de su padre. Hasta entonces, no había querido asumir cuánto le pesaba y cuánta influencia en sus decisiones posteriores había tenido ese abandono temprano. De hecho, nunca lo había considerado un abandono hasta que tuvo ese libro en sus manos. Pero no le dijo nada de esto al Mateo y fingió sorpresa.
–¿Era tuya esta edición? –, le preguntó.
–Sí– le dijo él, y siguió– muchos de estos libros eran míos, pero está difícil leer estos días. Está difícil no sentirse inútil–.
La miró un rato, esperando que Ele se extrañara frente a su comentario, y se sacó unas Oreos sueltas del bolsillo de la camisa. Pero Ele no se extrañaba con esas divagaciones mentales. Se fijó más en esa Oreo –al fin sabía lo que había crujido cuando se abrazaron– y se preguntó si estaría dispuesta a dejar que las migas ensuciaran su bolsillo. Para Mateo esas cosas no eran tema.
Ele siguió con la mirada resbaladiza el recorrido de la galleta desde el bolsillo hasta su boca y como una alarma sin anuncio se le asomaron los recuerdos de una noche en la que ella y su ex se quedaron escuchando música hasta las siete de la mañana en esa casa oscura en la que el Mateo parecía siempre estar solo. El ex de Ele era melómano, tocaba instrumentos y había empezado una larga y profunda transición hacia la música electrónica. La que compartía el Mateo, un hip hop crudo y clásico de los noventa, había sido fundamental en esa búsqueda, una que parecía ser progresiva y natural para muchos; de las bases del hip hop, rítmicas y repetitivas, a las bases igualmente monótonas de la electrónica más suave, más comprimida y pareja, cuyos inicios también se gestaron en los noventa.
Esa vez Mateo les habló apasionadamente de los beats, de las bases, del sampleo, de la transición de un género musical a otro, de sintetizadores análogos y las infinitas posibilidades de la composición. El ex de Ele había comprado sus primeros vinilos y ya se le había metido el bichito, ese que aparece con hambre cuando se emprende una búsqueda de oficio, de interés o de amores, y que persiste cuando uno entra a un mundo hasta entonces desconocido. Quería escuchar música todo el día y Mateo, con su calma y sabiduría, parecía ser la persona indicada para acompañarlo en ese camino. Algo de profeta tenía y Ele no alcanzaba a desenredar si era algo particular a su forma de ser o si ella y su ex –un par de adolescentes hambrientos y confundidos– lo habían inflado para tener alguien a quien admirar.
En esos años, Ele pensaba mucho en el vértigo que le generaban ciertas situaciones sociales. Con todo que gozaba de muchas habilidades en esa área, muy pocos sabían que de base existía una incomodidad que ella había aprendido a disimular. Esa incomodidad se la atribuía a una sensación vertiginosa que la acompañaría de por vida, porque una vez leyó que el vértigo no era necesariamente el miedo a las alturas, sino que el miedo a lo que uno podría llegar a hacer desde esa altura. Ese cambio de perspectiva le voló la cabeza y de ahí en adelante, se convenció de que ese era un pensamiento que la acompañaba y con eso justificó muchos de sus comportamientos. No es de temer la altura en sí, pensaba de manera compulsiva, sino los actos que uno puede cometer desde esa altura, o saber que existe en cada uno de nosotros la tentación –incluso la excitación, si es que se le da espacio– de tirarse al abismo.
También por ese entonces, le daba muchas vueltas al hecho de que si hubiese sido espeleóloga, como en algún minuto fantaseó, no hubiese sentido claustrofobia. Todos le advertían que no hubiese podido pasar horas en las cavernas, pero ella estaba segura de sentirse cómoda en lo comprimido. Su alma elástica y escurridiza a ratos soñaba con una estructura contenedora.
Pero esa noche que pasaron los tres juntos, todo eso desapareció. Escucharon discos hasta el amanecer y pudieron haber seguido muchas horas más. Fumaron hasta quedar con el suspiro abatido, se mostraron los pelos de punta y hablaron sin escrúpulo de las emociones, de la trascendencia, del poco interés que les despertaba la posibilidad de trascender, de juegos sensoriales, de impulsos viscerales y de lo mucho que deseaban que la vida se acabara ahí, en ese instante, en ese cuarto, con esa música de fondo. Con esas palabras y con esa seguridad, creyéndose invencibles.
Entre los tres se reforzaron esa intensidad adolescente, cuando todo se vive con energía desbordante y todo parece estar encapsulado ahí, sin mayor conciencia de posibles repercusiones o contextos lejanos. El high que te dan las primeras fiestas, pensaba Ele. Esa manera de vivirse la vida que con los años se diluye, se desplaza o se taponea con otra cosa.
Ella y su ex se fueron a eso de las siete de la mañana esa vez, apenas pudiendo caminar, y Mateo se quedó en su pieza. Probablemente envuelto en sus sábanas, en sus sonidos y navegando un tormentoso mar de palabras.
Pasaron los años, terminaron con ese ex y Ele tuvo muchas noches más como esa. De música, de afters, de sensaciones desbordadas y, en la medida que fue creciendo, noches de eterna adolescencia combinada con la funcionalidad que le exigía la vida adulta. Habían entrado y salido de su vida amistades y amores, con los años más impacientes e idealistas, porque así llegaban a ella, o eso se decía a sí misma cada vez que editaba mentalmente algún extracto de su propio guion. Quebrados y queriendo la cura inmediata, pensaba. Y ella, sintiéndose cada vez más exigida. ¿Por qué no se iban alivianando con el tiempo esos bagajes?, se preguntaba, y si no era cosa de tiempo, ¿por qué entonces no parecían tener efecto las interminables horas de terapia que le había dedicado a aprender a poner límites? Pero esa noche en la casa de Mateo le había podido poner un freno a ese bucle obsesivo y abstraído.
***
«¿Te acuerdas…?»
–¿Te acuerdas de esa vez que nos quedamos los tres en tu pieza escuchando música?, le dijo Ele cuando volvió a integrarse.
El grupo de amigos del colegio se había desintegrado hace años. Ni Ele ni Mateo eran de esas personas que mantenían a toda costa las amistades escolares por el solo hecho de ser relaciones tempranas. Pero si alguna vez Ele se encontraba con alguno por casualidad, no faltaba la pregunta clave; ‘¿Has sabido del Mateo?’. Ele no sabía cómo responder y aparentemente no era la única. No podía creer que ahora tendría una respuesta que podría desplazar lo último que se decía de él; que lo habían visto en una casa ocupa en Valparaíso, flaco, huesudo y despistado.
Otros se lo habían encontrado durmiendo debajo del Puente del Arzobispo, con dos perros negros y una chica de pelo largo acostada a su lado. Pero esa vez sí le fueron a tocar la puerta a la mamá, quien aun cuando había aceptado –desganada y dolida– que tenía que dejarlo ir, seguía buscándolo. Le había costado, pero al fin había entendido que a Mateo no se le podía seguir el rastro mucho tiempo más; se le escurría por las manos ya hace mucho tiempo. Hasta que escapó, de esa casa fría, de esa familia que apenas lo entendía y de ese colegio de arquitectura fascista.
Los que lo habían visto debajo del puente habían sido los famosos ‘amigos del barrio’, esos con los que freestaleaba pero que ya no tenían el mismo poder de convencimiento.
Cuando le tocaron la puerta a su mamá, abrió en bata mientras regañaba a la hermana menor del Mateo. Ella se había vuelto modelo y estaba emparejada con un tipo igual a su hermano, con el mismo pelo color ceniza y ojos deslavados. –Sean delicados–, les advirtió.
–Solo te queríamos avisar que vimos al Mateo– vomitó uno sin darle muchas vueltas.
Cuando terminaron de hablar, ella los llevó a su pieza, esa en la que Ele y muchos más habían pasado noches y mañanas enteras. Estaba intacta, aún con el mismo colchón en el suelo, y no porque pensara que Mateo volvería, pero porque no le daba la energía cada vez que intentaba transformarla en algo más, a pedido de su hija menor quien quería armarse un taller o un clóset enorme.
–Esta pieza no puede evolucionar, siempre va a proteger a una única alma–, les dijo y cerró la puerta.
Los amigos entendieron esa vez que no le guardaba la pieza al Mateo de carne y hueso, sino que al Mateo que algún día, y muy probablemente en otro estado, llegaría a morir de nuevo a su casa. Cuando estuviera libre de ciertas ataduras mundanas, volvería a descansar a su colchón.
***
Los minutos de silencio
En los minutos de silencio, de esos tan profundos que se alcanza a escuchar como baja la saliva y los sonidos del cuerpo resuenan, a Ele se le disparaba la cabeza. La increpaba una melancolía intrusa que había aparecido hace años y, aunque no alcanzaba a comérsela, siempre parecía estar ahí, dispuesta a rebosarse. Mateo había roto el silencio varias veces ese día, pero ella no pudo disimular.
Estaba muy consciente de que sería de las últimas personas en verlo. Ese encuentro en la calle –años después de que su entorno cercano lo hubiera dado por perdido– no se volvería a repetir. Ni con ella ni con nadie. Quizás el Mateo había sido para todos lo que cada uno necesitaba que fuera. Quizás había sido un alma errante en la que todos depositaron algo; ganas, egos, miedos. O tal vez simplemente le espejó a cada uno lo que no podían ver de sí mismos y por eso acercarse a él siempre resultó ser tan atractivo y perturbador. Que egoístas habíamos sido todos, pensó Ele. Qué poco había pedido él de vuelta.
Aún no se liberaba y aún seguía vagando, pero de manera intermitente y cada vez más desvanecido. Su presencia ya era escasa, borrosa, se sentía y no se sentía para nada. Lo que iba quedando eran los videos de YouTube, en baja resolución pero prueba innegable de que todo había ocurrido, con palabras como ‘delirio’, ‘misterio’ y los derivados que Mateo inventaba en su pieza cuando los subía. En esos videos tejía prosas frente a una multitud. Esa multitud, que en el pasado lo siguió tan de cerca, también se había desvanecido.
*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA





